Wayward Pines, ciudad de vacaciones

wayward-pines extracto poster

Con el verano metido en la maleta, toca hacer balance. Nada gusta más que decir lo bien que nos ha ido este año porque hemos tenido millones de turistas. Nuestro oro negro (o rosita para ser más exactos) parece inagotable. Invadidos por tropas extranjeras de turistas, el amor/odio que ambos bandos se profesan, no impide que las ganas de unos y de otros, se antepongan a cualquier recelo. Ya están aquí. Los turistas son el objeto del deseo de cualquier país y lugareños e invasores estamos condenados a entendernos. Camareros a pie de playa (o en cualquier recóndita terraza de secano bajo el sol abrasador), engrasan sus gargantas para entenderse a grito “pelao” (si el volumen de la voz sirviera para entendernos, seríamos uno de los pueblos más políglotas) y convencerles que la paella que se van a zampar a 60 euros por cabeza (el tamaño no importa, de la cabeza, no de la ración) se cocina en cinco minutos, que es fresquísima, nada congelada, y que la sangría se hace al momento “solo con productos naturales”. La guardan en tetrabrik por comodidad. Serán malpensados.

El turista se ha convertido en una especie que todo el mundo quiere en su ciudad pero que detesta en voz baja (a veces, no tan baja). Seamos claros, lo que quieren son sus carteras. Esto es, que si nos enviaran lo que se gastan por transferencia, nos quedaríamos tan anchos. Se buscan monederos y si el impuesto que debemos pagar es prestarles nuestras calles y playas, pues se les prestan, se les regalan y se envuelve para regalo. Ea. “¡Puri, cóbrale a este señor tan majo por 300 fotos del contenedor”…

Matt-Dillon

Todos parece que hemos estudiado el manual del turista perfecto. Sabemos que es imprescindible el dress code formado por chanclas, sandalias con calcetines, gorras y pamelas (como sombrillas), cámaras fotográficas (grandes como cabezas), camisetas de tirantes y mapas del territorio a conquistar. Un extraño camuflaje que les otorga más visibilidad, imprescindible, porque así les damos una denominación de origen, no vaya a ser que timemos a uno del pueblo en lugar de a uno de Chechenskaya. ¿Esto lo he dicho en voz alta?. Por supuesto, todo envueltito con una piel blanco lavabo (que nunca pasa de moda) que en apenas unas horas, mutará a cáscara de gamba que duele solo de mirarlos. A los pocos días, se convertirá en marrón chocolate, y de ahí, posible desintegración del sujeto, con pleno consentimiento del mismo, que para eso se ha gastado un pastón, y sus vecinos en el país de origen, tienen que saberlo, verlo e olerlo.

Nosotros también tenemos lo nuestro. Aquí no se libra nadie. Quizá por aquello de la economía, y de llegar los últimos al primer mundo, los españolitos hemos salido al extranjero mucho más tarde que nuestros vecinos. Ese tufillo a nuevo rico, sin olvidar los antecedentes que el cine de Alfredo Landa o Paco Martínez Soria nos ponía como ejemplos, nos ha dado un ligero barniz de catetillos, que llevamos estupendamente, oyeeee… Nos dejaron muy claro (o eso pensamos), que para ser turista, hay que ir de… turista. Me explico. Desde el mismo instante que cerramos la puerta de casa, uno ya es turista (previa comprobación una y mil veces de que la luz, el gas, la nevera, las ventanas de casa, las plantas y la abuela están donde deben estar… lo de la abuela da para otro post). Vecinos y comerciantes del barrio deben saber que nos vamos de vacaciones. Se apreciará que un amigo o un familiar (al que tocarle las pelotas haciéndole levantarse de la cama a las tres de la madrugada para ahorrarnos el taxi) nos lleve hasta el aeropuerto. Nos hemos dejado 2.500 euros en el pack vacacional, pero los 35 del taxi nos parecen un disparate… Que nos lleven es, además de un ahorro, una manera elegante de decir “ahí te quedas pringao”.

wayward-pines-matt-dillon y juliette lewis

Llegamos al punto de partida (aeropuertos tenemos para regalar y nunca mejor dicho). Toca mezclarse con el resto, hacerles creer que estamos muy viajados y que nada nos asusta. Si pedimos un café en el aeropuerto, sabemos que pagaremos el equivalente al precio de un metro cuadrado de la plantación de donde se extrajo (en plan multipropiedad), pero no importa, estamos de vacaciones. La gota de sudor que se descuelga por nuestra frente tras ver la cuenta (con el cafelillo han caído dos bocatas también con denominación de origen: proceden de la madre que parió al chef) se la achacaremos al calor, aunque el aire acondicionado del aeropuerto esté a punto de criogenizarnos. Pequeña charleta a los que nos atienden. Sacaremos el móvil, tablet, portátil, auriculares… Es fundamental que sepan que somos muy tecnológicos. Te sitúa en lo más alto de la tabla del viajero perfecto. Películas, series, lo último de Bisbal. Lo que sea. Estos dispositivos los carga el diablo. Sorprendentemente, el vuelo sale tarde. Tras una ligera mueca de desagrado  y el consiguiente “vaya, el año pasado nos pasó lo mismo” dicho en un tono suficiente para ser oído por media terminal, intentas controlar tus nervios. El personal de tierra actúa con normalidad. Son grandes profesionales, porque nunca se han enfrentado a un retraso. Disimulan. Muestran indiferencia, como si les importara una mierda cuándo embarcamos. Mentira. Sufren, y mucho, pero por dentro. Cuando hablan y se ríen entre ellos, en el fondo, muy en el fondo, se están tragando sus lágrimas. Cuando miran la pantalla de su ordenador, están intentando buscar respuestas para tranquilizarnos (nunca para ver si el vuelo de su compañera ha salido y se pueden ir a tomar un refresquillo juntas). Fuera pensamientos negativos. Estamos de vacaciones.

Tras horas y horas, es muy probable que ya hayamos hecho amigos. Adaptaremos nuestras exigencias  a lo que somos. Si somos pareja sin niños, pues a por pareja sin niños. Si los tenemos, pues a por nuestros iguales. Que dos veinteañeros se interesen por un par de jubilados despertaría cierta inquietud entre el pasaje. Tres, cuatro, cinco horas de retraso. Naaaadaaa. “Hace dos años, cuando fuimos a Cancún, nos pasó lo mismo”. Bonificación extra. Así se hace.

Wayward Pines Cast 2

Una vez en el destino, seguiremos las instrucciones al pie de la letra. Si hemos ahorrado mucho, nuestro destino podrá ser un todo incluido, hotel de cuatro estrellas (quizá alguna comprada en el todo a 100) con pensión completa (ensalada y pasta a discreción), visitas sin control al chiringuito (a seis euros la cañita bien tirada en vaso de plástico que sospechosamente, nunca los ves en la basura), e incluso compras de marca (en el top manta de las marcas, si hombre, según sales de hotel, a mano derecha)… Los cruceros están de moda, aunque en las ofertas haya una letra pequeña que te diga que a los 999 euros, hay que añadirle el traslado en avión, impuestos, y lo más acojonante: propinas. Esto es lo más. Tengo que pagar la propina por adelantado y obligatoriamente sin saber si el camarero me tirará la sopa por el pescuezo o en caso de avería, me robe el bote salvavidas. ¿A qué genio se le ocurrió este impuesto revolucionario? ¿Al jefe de camareros del Titanic, por aquello de que nadie se me vaya sin pagar? Aun así, lo de embarcar nos pone.

Si el año ha sido flojito y el presupuesto escaso, tendremos que tirar del plan B que consiste en 16 horas de playa (o piscina de dos por dos para 600 habitaciones cuya agua tendrá un inquietante color) y visitas constantes a la panadería, donde amablemente pediremos que nos abran la barrita para meter el salami que hemos traído de contrabando en la maleta. Existe la posibilidad de robar un cuchillo en la pizzería que hay debajo del apartamento y a la que solo hemos entrado para usar el baño. Esto no lo he dicho yo. A media tarde, daremos interminables paseos cerca del mar para terminar en un banco estratégicamente instalado por el ayuntamiento, que digáis lo que digáis, siempre piensa en el turista. Barra libre de pipas y puede que caiga una cañita en una terraza, pero solo si el sol nos provocado daños irreversibles y hay que hidratarse (o hemos acertado dos en el euromillón). Además la foto es necesaria para contar a la vuelta aquello de “íbamos todos los días, se comíaaaa, unas gambas, la sangría casera, nos hemos hecho superamigos del dueño, lo mismo vienen a vernos”… Muchos siguen pensando que cuanto más moreno vuelvas mejores han sido las vacaciones.

El apartamento por el contrario, ha quedado relegado a familias con niños. “Es que es mucho más cómodo para ellos…”, como si en los hoteles, hubiera riesgo de secuestro. También resulta una propuesta económica (jamás será la razón), si en un estudio para dos, nos metemos ocho. Bueno, nueve, que la prima de fulanito, se apunta el fin de semana.

Wayward Pines Cartel ok

La vuelta a casa no significa el final de las vacaciones. Queda enseñar las fotos a la familia y amigos. Esto se está perdiendo (y da una pena) desde que nos cosieron el móvil a la mano. Ahora uno ya no va a ver la catedral de San Puñetas, se ve a través del móvil. Y aunque terminarás por enseñar las imágenes no es lo mismo que sacar al álbum.

El capítulo de las batallitas debe incluir “que bien hemos comido”, “había un restaurante buenísimo, caro, pero chica, estábamos de vacaciones”… No olvidemos los lugares de interés. Iglesias, castillos y ruinas, monumentos, plazas, callejuelas, mercadillos, calas y demás lugares turísticos que hemos visitado (aunque no sea cierto) deben ser vistos por nuestra audiencia como si ellos hubieran estado allí mismo. De nuestra cuidada descripción dependerá que lo sientan como suyo o no. Tómate tu tiempo. Pero cuidado. Apartado de preguntas trampa tipo: “¿fuiste al cerro de santa…( nosequé)?”… Hay gente muuuuuuuuuy mala. Desconcierto. Hay que estar preparado. Sueltas  aquello de “que vaaaa, íbamos a ir un día pero salió nublado…”.  Error. Inmediatamente te soltarán en toda la cara “baaaahhhh, entonces no has visto nada”… ¿Se puede ser más cruel?.

Ser turista no es fácil. La competición por las mejores vacaciones es dura. Hay que volver no solo de color wengué, haber visto más iglesias que el Papa y comido en más restaurantes que el Rey (emérito)… Agotador. Pero irresistible. Estar viajados se lleva. Aunque el resultado haya sido una pesadilla y desde el minuto uno, desearas regresar al hogar dulce hogar. ¿Las vacaciones mal? ¡Por favoooorrrr! Eso no se confiesa ni bajo tortura. El turista no llora. El turista perfecto alaba su destino (en el que ha estado, no el otro). Aunque hayas caído en un lugar como Wayward Pines…

Wayward Pines

waywardpines banner ok

Cuando uno escucha el nombre de M. Night Shyamalan (confieso que acabo de copiar y pegar el nombrecito), a uno se le ponen los pelos como escarpias. Y no porque sus películas den miedo, que algunas lo dan (y no por sus sustos precisamente), sino porque el género tiene sus riesgos. Tropezones los tenemos todos. Si ya son marca de la casa, la cosa hay que hacérselo mirar. En defensa del director hay que decir que su debut fue El sexto sentido. Detrás vinieron cositas que recibimos cual bofetadas, con excepciones, que de todo hay en la viña del señor Shyamalan. ¿Qué decimos de El protegido y La chica del agua?. El bosque tiene su aquel, que tampoco hay que ponerse tiquismiquis. De Señales, pues tiene sus momentos, algun momentazo, y unas cuantas caídas libres por ser exquisitos en el lenguaje. Entiendo que hay respetable al que le entran ganas de llamarle de todo (sobre todo si pasas por taquilla). Así que al anunciar su paso a la televisión, no puedes evitar cierta inquietud, más si es una serie (no una película que te la despachas en dos horitas), y especialmente si alguien suelta por las redes que es la nueva Twin Peaks.

Wayward Pines Poster

Yo me hice el valiente y dije aquello “de perdidos al río: me voy de vacaciones a Wayward Pines”. Así se llama una de las series del verano que más expectación levantó desde el mismo instante en el que se anunció el proyecto. A mi la serie me apetecía. Y llega el día, y te ves el primer episodio, y cuando termina, piensas aquello de “no está mal”. Y llega el segundo, y el tercero… y la historia se atasca. Hay algun momento muy destacable, pero terminar de rematar (se confirma como marca de la casa), no remata. Vamos por partes. La historia va de un agente del FBI (Matt Damon) que tras un accidente de coche (¿provocado?), despierta en el hospital de un pueblo de apariencia idílica donde desde el minuto uno, nada es lo que parece. Sin poder comunicarse con el exterior, pronto entenderá que la salida se antoja complicada y que nadie puede escapar de allí, aunque pronto descubrirá que huir puede ser más peligroso que quedarse.

Hasta aquí, a mi me encajaba todo un poco con calzador, pero había que darle una oportunidad. Y eso que me encantan las historias de suspense que se desarrollan en pueblos de cuento donde poco a poco, comprendes que los vecinos son unos psicópatas de mucho cuidado y que estornudar cuando no toca, te puede costar la vida. Pero Wayward Pines tiene un problema de inicio. La historia no da para 10 episodios. Y claro, hay minutos y minutos sin ningún interés. Si a esto le añades que a su director le cuesta entender que mostrarlo todo desde el inicio (vamos, destripar sin contemplaciones) no es bueno para el negocio, no vamos bien.

wayward-pines cartel

M. Night Shyamalan debería fijarse por ejemplo, en Guillermo del Toro (aunque sus criaturas se empiecen a repetir peligrosamente). El toque del mexicano no tiene competencia. Cuándo hay que mostrar, cuándo no, cuándo deslizamos una sombra… Sugerir no debe estar en el diccionario de Shyamalan. Extraño, porque en El bosque jugó con el efecto sorpresa y no le fue mal, pero en Señales no lo hizo, y la cagó, por esa impaciencia que tiene en que tengamos todos los datos, y peor aún, todas las imágenes. Si además, la historia es a ratos rara, a ratos infantil, a ratos increíble, a ratos pesada, pues tenemos poco a lo que agarrarnos.

Total, que me la zampo a regañadientes y tras los 10 episodios, llego a un conclusión (que no es fácil, soy inseguro). Se me ha quedado un cuerpo raro (le echo la culpa a serie). No me arrepiento de haberla visto, pero me resulta prescindible, más cuando el nivel actual impone controles de calidad que Wayward Pines no cumple en muchos momentos. Con el tajo que uno tiene sobre todo en esta época del año, con estrenos non stop, pues que una serie que pintaba bien, se desinfle, da rabia. Insisto en que me apetecía, prometía, pero que nadie tomara cartas en el asunto, cabrea. ¿O es que ninguno de sus responsables, tras un primer visionado, dio la voz de alarma, y pedir, por ejemplo, un nuevo montaje…? Por lo menos. Solo con eso, es mi humilde opinión, se hubiera salvado parte de la serie. En lugar de 10 episodios, con cinco o seis, todo hubiera quedado más apañadito.

Pero ya sabemos que nadie, después de unas vacaciones, aunque hayan sido a un sitio tan infernal, como este, confesará el desastre. Uno tiene su corazoncito. Aunque me pregunto, ¿dónde cree M. Night Shyamalan que lo tenemos los espectadores?

Lo mejor: Un arranque prometedor (cabecera incluida) junto a un buen reparto repleto de nombres muy solventes 

Lo peor: Una historia interminable, con demasiados rellenos, que desencanta al personal en cuanto te dan las claves del misterio 

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3 pensamientos en “Wayward Pines, ciudad de vacaciones”

  1. Hola !!
    He conocido la pagina a través del concurso de los Premios 20Blogs de La Blogoteca.
    Un blog realmente interesante por cierto, ha sido toda una sorpresa, mi enhorabuena !! y ya tienes un nuevo lector !!
    Aprovecho la ocasión para invitarte a pasar por mi blog participante por si puedes darme algún empujoncito o simplemente quieres visitarlo:
    “Licencias de Apertura y Actividad”
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    Suerte y gracias!

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