The Casual Vacancy, te doy mi palabra (bueno, te la regalo)

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Hay palabras que, sin saber cómo, un buen día se ponen de moda en un instante para al minuto siguiente, convertirse en cotidianas y de uso casi obligatorio. Y no me refiero a “selfie”, “postureo” o “memes” (‘palabros’ que detesto y que entran directamente a formar parte de mi vocabulario prohibido, como chaflán, cornisa, glorieta, dobladillo, sisa… no me preguntes porqué, soy raro y con claras tendencias a la exclusión gramatical).

Hablo de términos y expresiones que mis queridos (y no tan queridos) compañeros periodistas, usan hasta el desgaste. A quienes se les presupone un cierto conocimiento del lenguaje y una probada habilidad para contar lo que ocurre con acierto y claridad, el tema se les ha ido de las manos. Seguimos escuchando horrores como “en la madrileña Gran Vía”. Pues si es una calle madrileña, estará en Madrid, lo mismo que Virgen del Amor Hermoso, o Condesa de Ventisqueros, y no recuerdo que se las denomine “madrileñas” (aunque quizá sea porque en esas calles nunca pasa nada que interese a la prensa). Ya se que me vas a decir aquello de, “bueno, es que es una calle muy típica…”. También los callos y nadie debería decir “los madrileños callos… a la madrileña”. Otra que no tiene precio. “Marco incomparable”… Que nadie se ría. Este fin de semana se ha dicho en un informativo. Pero mi estupor (bonita también verdad y con pase directo a mi lista) llega con palabras o expresiones que hoy nos saturan y que si no se pronuncian cada dos frases, parece que estás mal de la cabeza. Hablo de emprendedores, sostenible, poner el foco, extrapolar, paraíso fiscal, guerra interna, acaparar todos los flahes, rupturismo o mesa de negociación. Por cierto, esta debe ser una marca en decadencia porque no sirve para lo que se anuncia…

Que enriquezcamos nuestro vocabulario es algo de agradecer. Que lo hagamos correctamente, mucho más. Que lo hagamos por cortesía al prójimo, digno de alabar. Que los escupamos como una llama para parecer más listos, más guapos, más leídos, más guays, es de juzgado de guardia, y pide a gritos una intervención urgente a cargo de la brigada contra el snobismo intelectual.

No estoy pregonando un activismo radical (lista de espera hay en la ventanilla de creación de movimientos alternativos que prometen cambiar la sociedad y darle un giro de… 360 grados) contra esta práctica que parece ponerles a muchos comunicadores. Yo creo que les excita, y sospecho, que les proporciona un final feliz de esos que piden cigarrillo al terminar. Miren no. Yo reivindico un lenguaje más sencillo, menos engolado (esta también tiene los días contados), más natural… En definitiva, más práctico. ¿Algún político que me esté escuchandoooooo?

Yo, sinceramente, no me veo en la carnicería de mi barrio diciendo: “Carlos, majete, estás hecho un emprendedor… Hoy voy a poner el foco en unos chuletones… y me tienes que garantizar que provienen de mataderos sostenibles… Lo digo porque si no, ya me veo extrapolando la grasa, y al final, como buen amante de la gastronomía actual, los tengo que reciclar, no vaya a producirse una fractura interna en la familia. Así que pon el foco en la carne, y extrapólame cuatro piezas sin sospecha de desigualdad”.

Delirante… ¿Avanzamos por un camino sin retorno? Aquí no incluyo a los periodistas deportivos, ni a los taurinos. Más que nada porque no les entiendo. Esa asignatura me la debí perder. Porque en serio, no les pillo ni la idea, y si lo hago, la cosa se pone más inquietante. Tampoco me voy a detener en esos personajes que introducen un derroche de palabras en inglés (para darse brillo a si mismos). Esto ya me enerva (ufffffff, está ha entrado directamente en lo más alto de mi lista), me provoca espasmos musculares y una grave incontinencia verbal contra ellos (y lo que representan).

Otro ejemplo de lo que estoy diciendo (o trato de decir). Estaba viendo uno de esos programas que siguen a la policía en sus complicados trabajos, y escucho como tras semanas de investigaciones, se detiene a unos butroneros. Cuando el oficial al mando les explica que les detienen por robo, utiliza un lenguaje que los cacos no saben si les están deteniendo o invitando a Hay una cosa que te quiero decir.

¿Qué nos está pasando? El lenguaje es nuestra forma principal de comunicarnos y lo estamos retorciendo hasta tal extremo que parecen las letras de Miguel Bosé… Muy fino todo, muy poético pero no nos entiende ni dios. Y sin entendernos, yo, con el permiso de todos, me bajo de este carrusel de locos, y me quedo en mi sofá, divinamente, dándole que te pego al mando… de la tele, me refiero.

He leído hace poco algo que recoge el manual de estilo del ‘The New York Times’ en su versión 2015, y que viene estupendamente a lo que intento explicar aquí (con mucha dificultad, lo reconozco): “los periodistas no somos ni poetas ni académicos, ni artistas ni activistas”. Coño (ahora parezco Pedro Sánchez). ¿Y esto lo sabe la profesión? Pues en lugar de tanto anónimo y tanta factura, yo haría un envío masivo a todas las redacciones, con este pensamiento, aunque sea impreso en camisetas. ¿Cómo hemos llegado a este punto donde las verdades suenan como frases enlatadas? ¿no es extraño que una misma frase usada por varias personas suene diferente? ¿por qué? ¿quizá porque está hueca, porque no hay nada dentro? ¿se trata acaso de una canción de cuna usada para dormir los pocos instintos que nos quedan? ¿me estoy poniendo demasiado espeso o solo me lo parece a mi?

En cualquier caso, este mal que se extiende como la espuma (otra bonita expresión) y termina por salpicarlo todo (políticos, se lo que estáis haciendo), ha llegado también, a muchas series. Guionistas (canallas) de todo tipo se embriagan (esto es un no parar de expresiones) de frases imposibles que hacen que muchas veces, los personajes pierdan toda credibilidad, la historia se vaya a tomar por culo, y el espectador, al bar más cercano… Otras, en cambio, son como grabaciones ocultas, reflejan verdad y solo verdad por su extremo cuidado en dibujar gente a la que se le entiende, no solo lo que dice, sino lo que hace o piensa o siente o…

Y eso es precisamente lo que avala la serie de hoy…

The Casual Vacancy

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The Casual Vacancy es una miniserie basada en la novela con la que la autora de Harry Potter, J.K.Rowling decidió dar el salto al público adulto. Fue un salto sin red. Arriesgado. Valiente. Para algunos, decepcionante. Pero su paso a la televisión, engrandece y mucho, un material que prometía y que ha sido adaptado con mucha inteligencia. Aunque ya adelanto, que no usando todo el cerebro.

La cosa es la siguiente (lo de cosa es un decir). En un idílico pueblecito británico (cómo me gustan esos lugares llenos de familias felices sin una sola familia feliz), varios personajes luchan por hacerse con una plaza en un consejo vecinal que decide los destinos de sus habitantes (si, aquí también están liados con el urbanismo). Esa vacante inesperada sacará a relucir el verdadero rostro de unos personajes sin escrúpulos capaces de revolver entre las miserias más humanas con tal de conseguir su propósito.

Los guionistas usan bisturí de última generación para escribir sobre la carne (podrida) varias historias que se entrelazan para terminar en una sola. Lo hacen sin anestesia, pero con el beneplácito (forzado) del paciente. Enfermo terminal, eso si. Despellejan sin piedad, y lo mejor de todo, con un sentido del humor tan negro, que las sonrisas se congelan. Pero con una capita de un barniz delicado y exquisito. Todo muy ‘polite’ (esto duele eh), porque claro, son ‘british’ (y esta ni te cuento). Es algo así como “permíteme por favor que te meta una cuchillada trapera por la espalda… por supuesto, no faltaría más… gracias… ha sido un placer”.

Todo esto expresado con una sutileza (bueno, a veces tan sutil como unas botas de pocero) que, partiendo de un excelente guión, consigue llegar a buen puerto gracias a sus increíbles actores (aunque el atraque deje muuuucho que desear). Como siempre, mención especial (toma ya expresión) a esos actores al servicio de su majestad (me salgo). Inmensos. Hablo de veteranos como Michel Gambon y Julia McKenzie, pero también de rostros muy conocidos en aquellas tierras como Rory Kinnear o Monica Dolan.

Ep1

Es sorprendente, y admirable, cómo un argumento aparentemente sencillo, dibuja unos personajes tan reconocibles (si estáis en el trabajo, miradita alrededor) para casi todos. Es como un cursillo sobre cómo ser un hijo/a de puta sin levantar la voz. Y todo expresado sin rimbombantes expresiones gramaticales. Insisto… ¿En serio que no hay algún político que me esté escuchando? ¿y director de informativos? ¿de periódico? ¿presidente de comunidad… de vecinos, aunque sea? Nada…

Casual Vacancy

Una advertencia. En The Casual Vacancy hay que rascar un poco. Lo digo para los más perezosos. No se trata de sentarse en la mesa y que te den la sopa boba (mira, esta me hace gracia). Estaríamos entonces ante una especie “crónicas de un pueblo” bañada en te. No. Pero como los espectadores nos hemos hecho mayores, profesionales, sabios, retorcidos y malvados, ya sabemos utilizar los manuales de uso para sacarle todo el partido a las pequeñas joyas televisivas. De lo contrario, no existirían ni Homeland, ni Hannibal, ni Breaking Bad, ni Modern Family, ni The Killing, ni True Detective… Y sin ellas, el mundo sería insoportable.

Early release

No queda mucho más que decir. En los próximos meses seguiremos observando, escuchando, con cada vez menos estupefacción, a gente que nos hablará en marciano, pero será gente que no entiende a la gente, gente que no quiere ser gente, aunque se disfrace de gente… A mi ni me hablen, porque yo estaré ocupado, escuchando (y entendiendo) a otro tipo de gente… ficticia quizá… pero más auténtica que nadie.

Valoración: ***

Lo mejor: Esa capacidad innata de las series británicas de mostrar las miserias de una sociedad que necesita, como todas, un plan ‘renove’ urgente, universal y gratuito, con una sencillez que asusta

Le peor: El cambio del final con respecto a la novela puede decepcionar por ser demasiado forzado y yo diría, que casi, innecesario

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