The Leftovers, como un tatuaje (zas) en toda la cara

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Llego tarde pero me ha pillado el toro (metafóricamente hablando). Total, que yo estaba en primavera, y se me ha caído el verano encima, con lo que pesa. Porque esta época tiene tanto que ofrecer que si uno no lo expresa a tiempo, termina con ataques de incontinencia, verbal, ya me entendéis, en el sitio menos adecuado. Así que abro el cajón de los temas imprescindibles, y me lo encuentro igualito que ese en el que guardamos los cargadores de móviles. Tiro de uno. Con dificultad, me salen 16, pero con destreza, consigo uno al que le tenía muchas ganas.

Dejo el que me lleva a esa conversación inevitable, de ascensor o de barra de bar (según cada uno), que tarde o temprano, tenemos cada año, cuando los termómetros se ponen cachondones: “Yo soy más de calor… ah, yo no, a mi donde esté el invierno”. Al final, me quedo con el que me trae un asunto que comienza a tomar proporciones bíblicas. La cosa (sin ánimo de ofender) despierta allá por marzo (hablo desde Europa), y coincide con la llegada de los primeros rayos de sol. Agazapados, sigilosos, observamos como un grupo numeroso, indeterminado, y anónimo, se lanza sin mediar palabra, a la bermuda, camiseta de tirantes y chancla (se que merecen un post por si solas pero yo bajo los efectos del calor no me meto en temas sobrenaturales). No importa sexo (es un decir), religión, nacionalidad… Allí salen ellos y ellas. Ha llegado su momento, y su ocupación es todo un tratado de cómo hay que conquistar las calles sin violencia.
“¿Quiénes son?”, preguntas en voz baja. “¡Los tatuados, son los tatuados!”. Con el corazón encogido, sin apenas saliva, bajas la mirada por miedo a sufrir un secuestro express (del que puedes volver con la Roja tatuada en la frente), sin caer, estúpido de ti, que lo que hay que hacer es justo lo contrario… Hay que mirarles con descaro, con deseo, con inequívoca admiración. Eso les pone. Ajenos a que ese sol tempranillo esconda temperaturas de 10 grados, se pasean orgullosos. Están hasta el chismillo del gorro de lana y del pantalón largo. La consigna es clara: hay que lucir piel, porque sobre ella, llevan su posesión más preciada: sus tatuajes.

Estos nuevos museos andantes, innovadoras salas de exposición, modernas galerías de arte o segun el tamaño de algunos, muros de contención tomados por grafiteros, han llegado a un grado de sofisticación que a veces duele (a ellos sospecho que más). Pero el tema se ha retorcido cuando los lugares donde se los hacen, son cada vez más arriesgados. Rabadilla (ay), ingles (ay ay), tobillos (ay ay ay) y/o alrededores de pezón (esto son palabras mayores), son complicados de lucir por la calle incluso en verano (excepto si estás en Magaluf o participas en Gandía Shore). Así que, a partir de aquí, la moda debe ponerse al servicio del tatuado. Triunfa el menos es más. Hay que romperse la camisa cual Camarón, y enseñar carne, o mejor dicho, lo que hay dibujado sobre ella. No queda otra. Fuera ropa. Se acabó con los estilismos con más tela que en Irán. Vergüenzas a la basura. Llegados a este punto, abro paréntesis para decir alto y claro, que no entiendo cómo algunas (sobre todo) se pasean por las calles luciendo las marcas del biquini… ¿Moda o mamarrachez? ¿Tiene explicación que uno lleve en la playa o en la piscina más ropa que por la calle? ¿Consecuencias de un mal golpe contra el borde la piscina? (Cuando me refiero al borde de la piscina, no hablo del gillipollas que tenemos al lado). Cierro paréntesis (y la vena que me acababa de abrir…)

Tatuajes. La cosa se ha extendido tanto, que ha perdido toda su exclusividad. Ya no son cosa de presidiarios, de futbolistas, ni de raperos. Estos últimos, de hecho, lo están pasando francamente mal, y sospecho que muchos se los están borrando por miedo a parecer unas nenazas viendo lo que tienen a su alrededor… Ha llegado la democratización del tatuaje. Ahora los niños, antes de cumplir los 12, piden hacerse uno en la cabeza con la misma naturalidad que nosotros pedíamos un “madelman”. La humanidad camino de convertirse en un lienzo. Y estos cuadros (lo digo sin acritud) los hay para todos los gustos. Algunos son (o pretenden ser) obras de arte, y otros en cambio, se asemejan a una ensaladilla rusa desparramada.

Pero esto no asusta a nadie (a mi un pelín). Es un way of life, y ya avisan que además, es un camino sin retorno. Es decir, que empiezas por uno discretito, y terminas con las Meninas a tamaño natural. De aquella cosita imperceptible, en plan delfín grabado en la curcusilla, hemos pasado a tatuarnos la cesta de la compra, e incluso, alguna novela, lo cual puede llegar a ser entretenido mientras vas en el metro junto a su propietario. Eso si, pido por favor, relatos cortos (y letra grande), que luego te quedas sin saber quién es el asesino.

Insisto. No es broma. Ya están aquí. Son muchos y han llegado para quedarse (especialmente, porque borrarse uno cuesta un huevo y parece que solo está al alcance de estrellas abducidas por el delirio del amor, que tras cambiar de churri, desean cambiar el “fulanito te amo eternamente” por algo parecido a “fulanito qué se me pasaría por la mente”).
Y mientras, los que aún nos mantenemos vírgenes (es una forma de hablar), observamos con temor, su futuro. Yo me quedo más en el detalle, en esa letra pequeña que nadie parece o quiere leer. Porque por alguna deficiencia genética, cuando los veo, no los juzgo, sino que me los imagino dentro de 40 años (debe ser mi afición a tanta serie apocalíptica). Y claro, un escalofrío me recorre exactamente por los mismos lugares donde habitan esas expresiones artísticas. Porque pongamos por ejemplo, cuando cumplan 70,¿qué aspecto tendrán esos tatuajes? ¿Acaso sus pechos, muslos y brazos lucirán igual o tendrán el aspecto de un telón de teatro en ruinas?. ¿Están preparados para eso? La ley de la gravedad es cruel y no distingue entre un tatuaje o un antojo.

Como no tengo respuestas a esto, y antes de sacar otro cargador, me reconforto echando el ojillo a lo que queda entre tatoo y tatoo, que aunque ya no es mucho, siempre es más de lo que esperas. Lo contrario sería decepción, y a mi en verano, no me entra (como el cocido). La decepción, digo… Y eso es lo que no esperaba al enfrentarme a un esperadísimo estreno veraniego que, aunque sospechaba que podía ser un batiburrillo de colores (cual pecho de Beckham), tenía la esperanza de encontrar esos “otros” espacios más agradables…

Y esto es básicamente lo que me produce The Leftovers, la serie del verano de HBO, que con el aliciente de ser una creación de Damon Lindelof (Perdidos) basada en la novela de Tom Perrota, se anunciaba como la repera. Pues permitidme que os diga, que esta producción es como un tatuaje en toda la cara. No puedes dejar de mirarla, pero no dejas de preguntarte por qué…

The Leftovers

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Sin desvelar nada (creo que no podría hacerlo aunque quisiera), la historia arranca con un mundo que sufre (en silencio) la desaparición de millones de seres humanos. Un día, de repente, estás pidiendo una caña, y cuando te vuelves para dársela a tu amigo, el colega se ha esfumado. Desde bebés a ancianos. Original. Pues eso crees, pero según avanza la serie, y te das cuenta que nadie te va a explicar el porqué de semejante suceso, te empiezas a mosquear un pelín, porque observar la devastación de los personajes, familiares de los desaparecidos, no basta. Sin duda, es una gran metáfora, pero no es suficiente para seguir la historia. Y entonces llega la decepción, incluso el cabreo, porque no sabes si sus creadores te están tomando por muy tonto o por muy listo, y a mi, navegar por esa indefinición, me inquieta. Y me inquieta, porque corro el riesgo de mandar a paseo la serie, y ponerme un episodio de Castle, que no engaña a nadie, me entretiene un huevo, y no me toca las pelotas.

Leftovers_Tease_Poster_Finalthe-leftovers-hboThe Leftovers tiene cosas buenas, muchas, pero si la historia se retuerce hasta el infinito, y nadie pone cordura al tema, no valen de nada. Desconozco si quieren mostrar las reacciones humanas ante la desaparición de seres queridos, si quieren insistir en el hecho sobrenatural… Y esto puede llegar a ser irritante… aunque no dejes de mirarla (de momento), ese es su mérito.The Leftovers es como esa pestaña diminuta que no deja de molestarte y que buscas sin descanso aun sabiendo que esto, te provoca más y más dolor. Decir que el guionista de Perdidos está un poco “perdido” es un chiste fácil aunque necesario. Necesitan un GPS (porque yo no soy tonto).

Para mi, la serie de HBO peca de pretenciosa aunque entiendo que esto, para muchos, no les provoque rechazo, sino todo lo contrario (igualito que el que se tatúa a su perro en el gemelo). Supongo que les vencen las ganas que tenemos de encontrar respuestas, que en los primeros episodios, de momento, no llegan. Y esto tiene un peligro. La zanahoria que sus creadores colocan para arrastrar al espectador, tiene fecha de caducidad. O terminas por comértela o se te queda chuchurría. En cualquier caso, no llegas a la meta.

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No se si The Leftovers nacía con ganas de convertirse en una serie de culto, tampoco si pretendía durar varias temporadas, pero dudas tengo para regalar. Insisto en que esta serie es como un tatuaje de los que hablaba, uno llamativo, demasiado llamativo y situado en un lugar poco acertado. Hay muchos colores, muchos dibujos, pero no se ve nada. Todos te mirarán pero pocos entenderán porqué te lo has hecho. Lo cual es razón más que suficiente para llevarlo con orgullo. Para otros, puede ser el resultado de una noche “jartito” de garrafón… con el consiguiente susto al despertar.

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