Helix, hay virus que matan

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Se celebran los Oscar y pasados unos minutos, los ganadores dejan de ocupar titulares. Se venden anécdotas. Que si fulanita se ha vuelto a caer… Un inciso. Lo de Jennifer Lawrence me sigue pareciendo imposible. O tiene un contrato que la obliga a besar el suelo en cada entrega de premios, o se pone bonita a tinto antes de salir de la limusina. Cierro inciso. Por supuesto se habla de la más elegante, de la más mona, de la más mamarracha… A ellos los dejan más de lado, excepto si te ha vestido tu abuela con el traje de la primera comunión. Pero lo que de verdad impacta es el resultado, siempre fatídico, de una cirugía que tiene de todo menos de estética. Este año, sigo con la mandíbula desencajada tras ver a Kim Novack, todo un sex symbol de la época dorada de Hollywood. La buena mujer parece que se ha caído de boca sobre una cuchilla. Lo del Joker es una broma comparado con lo que algun desalmado con presunto título colgado en su consulta, le ha perpetrado, entiendo que con su consentimiento.

La cosa no terminó ahí, la irrepetible Liza Minelli, se movía entre los estragos del tiempo (léase gustillo por beberse el agua de los centros de mesa acompañado de macedonia de pastillas con reducción de ¿esto parecen lacasitos, verdad?), y un mal día de su cirujano.

Vivimos una auténtica epidemia (pandemia diría yo) que ataca a todo aquel que cumplidos los 50, quiere volver a tener 20. Y lo que consiguen es una ecuación maldita que podría resumirse en: la edad que tienes menos dos minutos (por aquello del reposo hospitalario) es igual a un careto que asusta al mismísimo miedo. Y nadie escarmienta. Nadie. Las últimas imágenes de Madonna no es que ayuden a reflexionar, es que te obligan a hincarte de rodillas con la mirada clavada en el cielo y los brazos en alto mientras gritas aquello de ¿por qué señor por qué?…

En un reciente episodio de Hot in Cleveland (Póquer de reinas), uno de los mitos de la televisión americana, la gran Carol Burnett, aparecía mostrando orgullosa, cómo tener 81 años, parecer tener 81 años, y haber escogido a un cirujano arrestado por beber en horas de trabajo. En esta misma serie, otra grande de la tele, Mary Taylor Moore, desaparecía de la secuencia, y se mimetizaba a la perfección con las cortinas del fondo. Curiosamente, la protagonista de la serie, mi admirada Betty White (la inolvidable Rose de Las chicas de oro), lucía maravillosa a sus más de 90 años llevándose todas las miradas (excepto las que dedicabas a estas actrices por aquello de saber por dónde va a salir Freddy Kruger).

Este virus que convierte a respetables señoras (vamos a dejarlo aquí) en criaturas salidas de la imaginación de Guillermo del Toro, no tiene vacuna.  Se expande por medio mundo y ya alcanza niveles preocupantes, especialmente, si alguna infectada se te acerca por detrás.

Lo que convierte a esta enfermedad en peligrosa es que cuando te quieres dar cuenta, ¡zas!, ya es tarde. Te despiertas y al mirarte al espejo, ves bajo tus ojos achinados hasta el infinito y más allá (entiendo que tras el estiramiento alguna parte del cuerpo se abrirá sin control no?), dos pelotas de tenis en lugar de pómulos (ideal para dejar el eyeliner mientras te maquillas, o en su defecto, el vaso de whiskey) y una salchicha oculta (como si fuera de contrabando) bajo el labio superior (con el consiguiente efecto rodaballo).

Hay quienes prefieren esperar a donar su rostro y antes de someterse a este despropósito, primero se rinden al bótox. Curioso si uno se dedica al arte de la interpretación. La reina indiscutible es y será Nicole Kidman, a quien recuerdo en una secuencia de la película Australia, saliendo de una tienda de campaña mientras caen bombas como melones a su alrededor. Su pretendida expresión de sorpresa es la misma que pongo yo cuando espero en un semáforo a que el muñequito se ponga verde. ¿Hay dolor en su rostro?. Si, pero porque para ella, abrir los ojos debe ser igual que un parto sin anestesia…

Como digo, los Oscar son un buen termómetro sobre el desarrollo de la cirugía plástica. Lo malo es que parece que no se desarrolla. Asistimos perplejos a líneas del pelo que nacen ya donde se clavan las peinetas, a ojos asimétricos que confieren a sus dueñas un aspecto de emoticon, e incluso, colocación sospechosa de orejas más propias de Mister Potato.

No voy a hablar del impacto que crea la visión de lo que nos espera solo unos centímetros por debajo del rostro. El cuello (de pavo) está inalterable, ha seguido el curso de las leyes de la física, y cae majestuoso cual telón de un teatro de ópera. Incompresible.

¿Antídoto ante este despropósito? No parece. Tener una cara desfigurada hecha en cadena, se lleva (y nunca mejor dicho). A nadie parece importarle un pito (a ellas menos), así que lo dicho, ni antídoto, ni vacuna ni ná…

Todo lo contrario de la serie que hoy recomiendo… Aquí si hay prisa por encontrar la cura a un virus que convierte a sus portadores en una especie de zombies, de aspecto chungo, y con ganas de pillarte por banda, acercarte la boca (se transmite así de sexy), para transformarte en uno de ellos.

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La nueva propuesta del canal Syfy ha supuesto un salto enorme en sus hasta ahora producciones low cost. La ciencia ficción es cara y si no se invierte lo necesario, aquello canta por todos los lados. Pero Helix ha encontrado un atajo al situar la acción en una estación científica que se encuentra en medio del Ártico.

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La historia es sencilla. En esta remota estación, ha aparecido un virus desconocido hasta el momento, que ha puesto en peligro a los científicos que allí viven. Un equipo de expertos norteamericanos es enviado para investigar y esclarecer lo que ocurre. Pero al llegar, pronto descubrirán que nada es lo que parece, que nadie es lo que parece, que el virus tampoco es lo que parece, y que además, puede ser el menor de sus problemas.

En estas paredes blancas (excelente fotografía) se desarrolla esta producción que sin ser radicalmente original, funciona. El reparto tiene buena culpa de ello, gracias al siempre competente Bill Campbell (The Killing) y a un inquietante personaje encarnado por un actor canadiense de origen libanes llamado Mark Ghanimé. Este chico promete.

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El guión también forma parte de los aciertos de Helix. Está perfectamente estructurado. Da al espectador las dosis justas de información, creando una atmósfera claustrofóbica, que inquieta y de qué manera, gracias por supuesto, al mortífero edificio del nadie puede salir.

Seguro que muchos estáis pensando en La cosa, la película de John Carpenter de 1982, protagonizada por Kurt Russell, y que también se desarrollaba en una base científica en la Antártida. Pero más allá de las coincidencias (que seguro sus creadores han tenido en cuenta), Hélix se me parece más a una novela de Agatha Christie. No, no me dado contra el pico de la mesa. Lo digo porque comparte muchos puntos con las novelas de la maestra del crimen. Un espacio cerrado, en apariencia tranquilo, habitado por un grupo reducido de personajes, personajes que ocultan secretos, algunos de los cuales morirán a manos de… Por supuesto, sustituyendo la campiña inglesa por una ratonera gélida.

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En definitiva, Helix combina perfectamente el suspense, la ciencia y las relaciones humanas. Por supuesto ni va ni ha querido ir de estudio sociológico (gracias), tan solo (como si fuera poco) busca el entretenimiento dando con las dosis justas de misterio. Ni que decir tiene que uno de los grandes aciertos de la serie es colocar a los protagonistas frente a dos enemigos, los infectados… y los no infectados. ¿Quién será más peligroso?

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Por si alguien lo está preguntando, los infectados no se convierten en zombies, pero casi. No se zampan al prójimo, pero casi. Y no tienen un aspecto excesivamente desagradable, pero casi.

Para terminar… estoy de acuerdo en que haber contado con alguna de las actrices aquí nombradas hubiera sido un acierto, pero quizá las cosas se hubieran ido de las manos. Tanto infectado resultaría insoportable en una serie para todos los públicos.

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