Intelligence, vuelve el (cyber) hombre

intelligence banner pequeñoQue un hombre madurito (o senil, depende de los casos), se lie con una veinteañera, no sorprende a nadie, excepto a sus hijos (sobre todo si hay pasta de por medio). Pero es tan normal, estamos tan acostumbrados a verlo, que ni siquiera llama atención.  Bueno, por lo detrás les decimos cuatro cosas, en plan viejos verdes, asaltacunas, pero con cariño y sin acritud… En el caso contrario, cuando es ella la que decide echarse un pipiolo mucho más joven, la cosa cambia. La historia no ha sido especialmente benévola con estas mujeres. Han sido motivo de burlas, insultos, y porque ya no se quema en la hoguera (literalmente) a nadie, que si no, tendríamos la noche de San Juan instalada en cada barrio, especialmente en aquellos de clase alta.

Y digo esto, porque también aquí entra el tema siempre espinoso del dinero. Pero voy a lo que voy. Gracias a un  grupo de heroínas, este tema, y otros muchos (menos importantes por supuesto), han dejado de ser motivo de estigma, gracias a una clasificación más o menos amable, que oye, ha transformado el asunto hasta ponerlo de moda. Vamos, que tienen denominador de origen.

A las mujeres mayores de 40 (que aunque sean los nuevos 30, haberlas ‘haylas’) que salen con veinteañeros se las denomina “cougar”, que en inglés significa puma. El término lo popularizó una periodista americana una noche que tomaba una copa en un bar con un compañero de trabajo. Escandalizado por lo que ocurría en la barra, su colega le dijo: “mira aquella cuarentona y el jovencito que tiene al lado, parece un puma sobre su presa”. Ya lo tenía. La buena mujer, como digo, lo hizo popular. Pero alguien mucho más lista lo llevo a la práctica. Y nuestra adorada Demi Moore, tras años de matrimonio con el madurito interesante Bruce Willis, se lió (y la lió) con Asthon Kutcher, un yogur desnatado, veintitantos años menos que ella.

Pronosticaron que la cosa duraría hasta que se hiciera de día. Se equivocaron. Incluso se casaron. Luego vino lo de ponerla los cuernos con todo lo que se movía, hasta que Demi dijo aquello de “quien se acuesta con niños cagao se levanta”. Lo aprendió tarde pero que le quiten lo bailao. Y una vez roto el hielo (no fue la primera pero si una satisfecha abanderada), se abrió la caja de Pandora y allí empezaron a salir que si Jennifer López y un bailarín con cara de malote y cuerpo de escándalo, que si Madonna con un bailarín, con dos, con tres, con cuatro… cortados por el mismo patrón que el de la López, que si Harry Belly y un modelo (con el que tuvo una hija, y con el que terminado como el rosario de Aurora), que si Sharon Stone y oooootro modelo con el que se pasea por todas las playas del planeta, que si Susan Sarandon con un empresario (siempre dando la nota Susan)… Pero atención. Cambio de tabla. Y es que todas ellas han dejado el club de las “cougar” y han sido inscritas (muy a su pesar, sospecho) en el de las “swofty”, que es lo mismo, pero para las mayores de 50 (los nuevos 40… lo se, lo se). De hecho, hay un par de ellas, que están recibiendo cartas en las que se les comunica que tienen que dejar este selecto club por haber cumplido ya ¡60!… Ambas aseguran no haber recibido el aviso. Sigamos. La cosa no es tan dramática porque el término se ha suavizado. Ya no suena a depredadora. “Swofty” recuerda más a una línea de cosméticos (algo que todas nuestras protagonistas conocen muy bien).

Así que una vez asumido el nuevo estatus, alegría. Ya se hacen listas con las 10 “swofty” más deseadas, las más elegantes, las menos operadas, las más… Por fin, el mundo ha demostrado que tiene corazón. Las ha puesto una etiqueta alejada de ordinarieces que usamos por estos lares tipo viejasca, gallina vieja y cosas por el estilo. Ahora, tras un aprendizaje como “cougar”, te dan la tarjeta “swofty” con la que podrás sumar puntos cada vez que…estooo, cada vez que subas una foto del maromo en instragram, por ejemplo. Y creo que puntúa doble cuando alguna de tus amigas, sufre convulsiones cuando a pesar de ser de la misma quinta, ellas siguen teniendo un pellejo por marido. Lo que aún está vacante es la denominación para las mayores de 60. Se abren las apuestas…

En fin, que el mundo avanza. Había un gran vacío en este asunto y está resuelto. Los hombres seguimos sin etiqueta. Aunque creo que si la tendencia persiste, será urgente convocar una cumbre esponsorizada por Nivea Men, y decidir qué hacer. Si las “cougar” y las “swofty” se multiplican, no quedarán jovencitos en el mercado, y entonces las jovencitas se verán obligadas, quieran o no, a salir con señores mayores… (esto ya pasa en Hollywood con consecuencias desastrosas). ¿No suena apocalíptico? Porque hablamos del futuro… Esto es presente. Y en este presente, ya hay hombres que se quedan como las vacas mirando al tren, con el riesgo de ser arrollados por las de 40, 50, 60 y si nos ponemos, por las de 70. ¿Qué podemos hacer? Se puede pensar porqué prefieren a estos yogurines. Un motivo sería por el mero placer (o sea, por el gustito que dan). Otra porque los hombres de su edad no les interesan. Contra lo primero difícil competir. Contra lo segundo, se puede hacer algo. Convertirse en madurito interesante es una opción. No se trata de ser un George Clooney de barrio. El cambio debe ser más profundo. Hay que tunearse, lanzarse a las barricadas del Sephora y arrasar con todo lo que diga ‘for men’. Luchar por convertirse en atractivos cuarentones y cincuentones (lo dejo ahí hasta que haya nombre) para que los veinteañeros macizos huyan y retrocedan hasta su territorio natural que nos es otro que las discotecas más cañeras y los gimnasios más heteros… Si tienes súper poderes, ayuda (que cada uno piense en el que más le guste). Y si esto no funciona, entonces solo queda llamarse Gabriel Vaughn y tener el aspecto de Josh Holloway. Una especie de James Bond de última generación.

Intelligence

Porqué ¿qué hay más irresistible que un súper hombre con apariencia normal, sin trajecitos de marras, y con debilidades terrenales… Voy por partes. Que una serie sea entretenida, no debería ser algo destacable. Es como si en la botadura de un barco dijéramos “huy, flota fenomenal”. Aunque visto lo visto, yo diría que es necesario hacerlo porque cada vez es más frecuente encontrarnos con ladrillos diseñados por alguna mente dañada irreversiblemente.

Intelligence forma parte de este tipo de producciones donde se puede decir abiertamente que es muy entretenida. Quizá es lo primero que te viene a la mente. Y lo es, porque aunque crean que ha inventado la pólvora, lo que ha hecho, sabiamente por cierto, es actualizar algunos de los principios básicos de las mejores series de los 70 y los 80. Desde Los Ángeles de Charlie o Los hombres de Harrelson, sin olvidarnos de Starsky y Hutch, pasando por Luz de luna, Policías de Nueva York o Corrupción en Miami, totas ellas fueron títulos hoy considerados casi de culto, y que en su momento solo pretendían entretener. No sentar cátedra.

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Los tiempos han cambiado, pero echar la mirada atrás en un acto tan usual como necesario (la diferencia está en hacerlo como homenaje o por falta de ideas, claro). Y algo de homenaje hay en Intelligence, la nueva serie de la cadena norteamericana CBS, y que FOX estrena en España.

Argumento sencillo. La Agencia de Seguridad Cibernética de Estados Unidos ha creado su arma perfecta. Un sofisticado microchip que ha sido implantado en el cerebro de Gabriel Vaughn, un ex militar con una excepcional variación genética. Junto a él, y como director de la Agencia, Marg Helgenberger, que tras dejar CSI: Las Vegas, regresa a la televisión. Eso si, como si no hubieran pasado los años (bendito botox, aunque nunca sepas si está enfadada o contenta, si debes decirle hola o adión). La tercera en discordia será una joven agente de FBI, interpretada por Meghan Ory, reclutada para proteger la vida de Gabriel, o más bien, para proteger su cerebro. Porque claro, el chico, para ser más irresistible, es rebelde, insolente, poco dado a seguir las órdenes, y un pelín desquiciado tras perder a su novia, otra agente gubernamental, en un atentado en la India. Según la versión oficial, ella se había pasado al lado de los terroristas. Cosa que él no cree en absoluto aunque se lo juren por snoopy.

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¿Y quién es esta joyita? Pues nada más y nada menos que Josh Holloway, el inolvidable Sawyer de Perdidos. Un “cougar” masculino si en la vida real no tuviera una amada esposa de edad similar a la suya con la que lleva tropecientos años casado (para desesperación de muchas/muchos)… Holloway se ha tomado su tiempo antes de regresar. Y no por falta de ofertas. Más bien por esa necesidad de darse un tiempo y hacer que la audiencia olvidara el papel por el que siempre será recordado. Vuelve más madurito, mucho más interesante, más guapo, más atractivo. Pelo corto (para marcar diferencias con el look que todavía muchos recordamos). Su personaje es absolutamente seductor. Masculino. De aspecto rudo. Vaqueros y camiseta. Todo un básico (dicho en el buen sentido). Vuelve, el hombre (aunque parezca un Smartphone y te pueda electrocutar en la ducha). Está preparado para matar. Si, un prototipo de James Bond pero de Arkansas. Ah, y con trampa. Porque ese microchip que lleva implantado, le permite, desde buscar el teléfono de la pizzería más cercana a localizar a una banda de la mafia china con dudosas intenciones. La puesta en escena de esos momentos de conexión a las redes en francamente buena. Intelligence utiliza una sofisticada técnica de cámaras que aunque ya se ha usado anteriormente, aquí se convierte en parte imprescindible de la historia.

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Los dos capítulos estrenados nos dan para mucho más. Pero como decía, si juega bien sus cartas, y resucita la magia de esas series tan entretenidas de los 70 y los 80, Intelligence puede ser una propuesta duradera que nos hará pasar muy buenos ratos. Momentos es los que será inevitable preguntarnos aquello de: “me encantaría ser/tener uno de esos”. Me refiero al microchip. Al ‘prota’, pues también… Aunque supuestamente no sea el target de ninguna “cougar” ni de ninguna “swofty”. Ellas se lo pierden (pensará él)… Ni se les ocurra (pensará su mujer)…

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