The Bridge, para pieles muy curtidas

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Estudios. Estudios de verano. No me refiero a pisos pequeñitos. Hablo de esos trabajos concienzudos, que bajo una apariencia académica de rigor y prestigio, inundan los periódicos durante la época estival. Faltan noticias (no es nuestro caso) y los editores creen que es tiempo de lecturas más ligeras. Total, que el cretino que llevo dentro, sale a la luz, y me los meto por vena. Aquí ya he hablado de calvos, rubias, etc… pero este pensaba que no iba a salir nunca (necesito una carita que exprese sarcasmo).

Según revela el estudio The state of men, realizado por la compañía de marketing JWT y en el que han participado 1.000 hombres de Estados Unidos y Reino Unido, mientras ocho de cada diez consideran normal que los hombres recurran a las mismas técnicas de belleza que las mujeres para cuidar su aspecto, solo dos de cada diez (llegan a ser tres de cada diez en la franja de entre los 48 y los 76 años), no lo ven con buenos. Resumiendo. Hay una minoría, especialmente entre los maduritos (manda huevos), que consideran que lo de cuidarse son mariconadas, que el hombre cuanto más oso más hermoso, y que las únicas cremas que se echan al cuerpo, son las de legumbres que les guisa la parienta.

Sigamos con este fascinante estudio. El uso de productos de cuidado facial y corporal, como exfoliantes (a esa “minoría” conviene aclararles este término, fácil de confundir con otras “artes”) o cremas para el contorno de ojos es la práctica más popular. Un 54% de los encuestados considera que su uso es normal. Otros de los rituales más extendidos son la depilación -un 33%-, los bálsamos labiales -un 39%, las cremas de cara -un 34%- y el cuidado de las uñas -un 29%-. Básicamente podríamos decir que los machotes se han tirado en plancha a por la hidratante, la antiarrugas, el cacao para los labios de toda la vida (ahora en versión sofisticada), la lima de uñas, ¡y!, atención, la cera. Como dice una amiga mía, hay noches,  cuando sale y entra a un bar lleno de tíos, que sospecha que la que tiene más vello corporal es ella…

Tengo más. No todo el monte es orégano. Técnicas como el autobronceado -solo un 19% lo considera aceptable-, la depilación de cejas -un 16%-, el uso de antiojeras -un 10%-, el maquillaje y la laca de uñas -un 9%- y el eyeliner -un 6%-, son menos comunes y poco aceptados entre su círculo (¿a que todos acabamos de visualizar a los componentes de ese “círculo”?). Vamos, que uno no puede decirle a los colegas que le esperan para ir al fútbol, aquello de “un segundo, que mientras se me secan las uñas me doy la raya”. Excepto si participas en Mujeres y hombres y viceversa. Si, el mundo tronista se extiende rápidamente y nadie conoce en profundidad, su (dramático) alcance.

Traca final del estudio. Resulta que los hombres no solo admiten cuidar de su aspecto haciendo uso de cosméticos, también aseguran sentir preocupación por diferentes partes de su anatomía (no te precipites que no es la que estás pensando, y sigue leyendo). La conocida como ‘barriguita cervecera’ es el aspecto que más ‘quita el sueño’ a la población masculina -un 40%-, seguida de los michelines -un 33%-, los abdominales -un 32%-, la grasa en la zona del pecho -un 30%- y el tono muscular -un 29%-, mientras que las arrugas y la caída del cabello preocupan a un 28% de los hombres. ¿Esto se entiende fácil no? No seré yo el que vaya haciendo sangre por ahí…

Total, que con los datos en la mano, y tras un exhaustivo análisis (que cada uno de tome el tiempo que considere para asimilar tan sorprendente estudio), podemos decir sin riesgo a equivocarnos, que al menos, a los anglosajones, les va más un centro de estética que un taller mecánico (se veía venir). Así que, hombres del mundo, dejad ya de robar las cremas a vuestras churris, y lanzaros a compraros el set de supervivencia. Hay para todos los presupuestos.

Curiosamente, los personajes de la serie de hoy, pertenecen a esa minoría de la que habla el el bendito estudio y que prefieren hacerles un peeling facial a sus señoras, cada vez que se ponen cariñosotes, que ponerse un antiojeras.

The Bridge
Áspera. Seca. Arrugada. Así es la piel de los personajes de The Bridge, una de las últimas maravillas llegadas de Estados Unidos. Vamos por partes.

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Lo primero que llama la atención de esta serie es la fascinación que sus creadores sienten por The Killing. Todo, o casi todo, parece beber de esta serie de culto que sorprendió a medio mundo, hace dos temporadas. Pero no es casual. Ambas están basadas en series danesas. Si, este pequeño país europeo se ha convertido en toda una inspiración para los canales norteamericanos. Pero no es un hecho aislado. Hace tiempo que la televisión de Estados Unidos rastrea otros mercados en busca de productos que, tras un proceso de chapa y pintura, se adapten a los cada vez más exquisitos gustos de los clientes de la televisión de pago (¿holaaaaaa, hay alguien AQUÍ?)… Hasta la reverenciada Homeland es una adaptación de una producción extranjera, en este caso, israelí (teniendo en cuenta, que el mundo del cine y la televisión americana está controlado por los judíos, todo queda en casa).

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Sigamos. The Bridge recupera las añoradas cabeceras (¡bien!), una tontería, puede, pero es que hoy en día, prácticamente han desaparecido. En dos segundos, zas, título de la serie, y al tema. Y yo las echaba de menos. Cómo no hacerlo con cabeceras tan legendarias como las de True Blood,  Dexter, A dos metros bajo tierra… Solo con ver, y escuchar la de The Bridge (pincha aquí), una desgarrada balada titulada Until I’m one with you, cantada por Ryan Bingham, uno ya sabe a lo que se enfrenta. Se puede mascar el polvo que rodea una trama que hay que ver con una botella de agua al lado (tampoco va mal un tónico facial). Se admite cerveza. Los protagonistas la beben casi tanto como el café.

La historia se desarrolla entre dos ciudades, El Paso, en Estados Unidos, y Juárez, en México. Un brutal asesino en serie hace su aparición poniendo al descubierto la corrupción del sistema. Odio a ambos lados de la frontera. Hombres y mujeres abandonados a su suerte. Unos, buscando incansablemente una vida mejor. Otros, gastando su vida para que otros no consigan su meta.

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Y entre tanta desolación, un personaje magistral se convierte en el oasis necesario donde beben el resto de personajes, y los propios espectadores. Ella es Diane Kruger, en el mejor papel de su carrera (además de ser la única, gracias a dios, que no perdona el cuidado facial).

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Poco más puedo (quiero) contar. Solo os pido que le deis una oportunidad. No es una serie fácil. Tampoco es Nietzsche, no nos pasemos, pero su ritmo pausado, su fotografía (casi quemada por el sol), sus protagonistas, y secundarios (todos inmensos), y una inquietante y a veces turbadora historia (también aquí hay que descubrir quién es el asesino), harán que os quedéis pegados al televisor. Especialmente ahora, con la llegada del otoño, las noches fresquitas… Ah, y es ideal mientras te pones la mascarilla…

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