La cúpula, un zoo humano

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Llevamos un tiempo (demasiado largo, señores políticos) hablando de los recortes en educación. Y la mayoría piensa en menos profesores, más alumnos por clase… Inevitable volver a recordar la frase pronunciada por el presidente de la Universidad de Harvard, Derek Bok: “si cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”.

Pero resulta que a mi me viene a la cabeza, “otro” tipo de educación… La que convierte este mundo en un lugar un poquito mejor. Porque no se vosotros, pero yo, cada día, miro y solo veo mala educación. Y es que no solo de geografía y matemáticas vive el hombre.

Se me ocurren varios colectivos a los que hay que señalar con toooodos los deditos (desconozco si organizados o no, eso si). Me centro en uno de los más peligrosos porque estoy sufriendo un ataque brutal desde sus filas. Estoy hablando de las jubiladas. Su técnica, desarrollada a lo largo de los años, roza la perfección. ¡Nadie se cuela como ellas en la caja del supermercado!. Que levante la mano el que no haya sufrido en sus carnes su despiadado ataque. Son implacables. Su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos merece un estudio muy serio. Resumo. Tras la incorporación del hombre a las tareas del hogar, la frase “hijo, que vosotros no tenéis prisa…” ya no funciona. Ahora son mucho más “sutiles”. Aunque haya una cola más larga que la del INEM, ellas saben dónde colocarse, cerca de su objetivo, en un lateral, entre dos cajas… Tierra de nadie. Tierra de jubiladas.

Miran desconcertadas. Como si fuera su primera vez, como si no supieran cómo funciona esto. Suelen llevar pocos productos. Sin cesta ni carro. Esperan que alguien les diga “pase, pase, que lleva poco”… Pero tampoco cuela como antes. Así que deciden, cual felino a punto de atrapar a su presa, esperar… Movimientos lentos. No hay que llamar la atención. Las últimas en incorporarse a esta organización nada secreta, parecen nerviosas… No te engañes, forma parte de su entrenamiento, casi militar.

Llega el momento de enfrentarse al momento clave. Tienen memorizado el manual, su santo, y secreto grial difundido en supuestamente inocentes partidas de cinquillo (no te engañes, son una tapadera), así que, permanecen inmóviles. A veces, puedes intuir un leve balanceo de cabeza. Es solo una distracción. Intentan mimetizarse con la estantería de chicles, pilas y condones que hay a sus espaldas (cojes una caja de cada). Como digo, están preparadas para dos situaciones. Una, que aparezca una nueva cajera, y diga aquello de “pasen en orden por aquí”… Date por muerto. Su privilegiada posición las coloca (con perdón) siempre las “primeras”. La segunda opción, consiste en esperar al despiste de su víctima. Volver la cabeza aunque sea un segundo para ver el precio del manojo de cebolletas, te lleva al fracaso. Ya está delante de ti, y encima, tienes que soportar sus miradas asesinas hacia tu cesta. Te azotarían allí mismo por comprar lo que llevas. Te inquietas, ahora eres tu el que siente un ligero nerviosismo, pero por vergüenza, por ganas de no montarle un pollo (la maldita buena educación inculcada por tus padres), o simplemente, porque no quieres arriesgarte a un linchamiento de otros miembros del grupo, ¡zas!, cuando vas a dejar las cosas, ella ya las ha colocado. Para rematar la faena, cuando ya se han colado, y decides sacar esa compasión y ternura que les debemos a nuestros mayores, te hacen la pedorreta final: sacan el monedero y de él aparecen,  tooodaaaas las moneditas que llevan porque necesitan dar el importe justo. Curiosamente, ¡nunca lo llevan!. En ese instante, sientes como una lágrima se desliza por tu mejilla. Bandera blanca. Te rindes.

Ya se que no es una problemón. La cosa no tendría mayor importancia, si previamente no te hubieran atropellado con el carro, (varias veces), impedido llegar a los yogures porque te bloquean astutamente (por si te llevas el último paquete de sabores) mientras leen con escaso interés, la etiqueta de la mantequilla (yo a su edad, ni la olería)… o, te piden amablemente, que les bajes una botella de aceite, una lata mejillones, gel de baño, tostadas, pimientos, o la leche desnatada…  aunque en su descargo, diré que hay que ser muy desaprensivo para colocar ciertos productos a la altura de los hermanos Gasol.

Este colectivo también se mueven como pez en el agua en las colas de los autobuses. Oye, que es un visto y no visto. Llegan las últimas y se suben las primeras. Y solo revisando detenidamente las cámaras de seguridad, puedes comprender una táctica que muchos entrenadores de fútbol ya quisieran dominar. Por no hablar de su mejor arma (oculta y de destrucción masiva) llamada codo. Lo usan con la misma habilidad que un samurái su catana. Con una leve apertura, te impiden que te sientes o piques tu billete (porque ellas solo lo sacan del bolso cuando están ya subidas), antes que ella. Ni hablamos del tema playa. Hasta leyes han tenido que aprobar para impedirles que se hagan con la primera línea (creo que se estudia en la armada británica). También han desarrollado técnicas muy sofisticadas en bancos y ambulatorios.

Podemos hablar de más grupos. Muchos más. Pero se me va de las manos. Adolescentes (y no tan adolescentes), políticos, periodistas, universitarios, conductores, dependientes (este grupo merece un post en exclusiva), camareros, jefes en general (a estos los tengo en el punto de mira desde hace años), vecinos, taxistas, y un larguísimo etcétera de profesionales a los que yo, sin dudarlo, les iría quitando puntos, como los del carnet de conducir. Cuando se les acaben, metería a los infractores bajo una cúpula, de cristal por ejemplo, para que el resto de los mortales, les viéramos actuar. Algo así como un reducto donde reeducar (para algunos, simplemente educar) a personas (por llamarles algo) que pasan por la vida con la única finalidad de tocarnos el “asuntillo”… Yo me lo imagino como un zoo de seres humanos, donde unos observan y otros son observados. Jornadas intensivas de reeducación a cargo de especialistas (apuesto incluso por severos castigos) y que tras un examen riguroso, se pueda salir, solo tras una declaración jurada de arrepentimiento. Llamadme lo que queráis, pero si esto sigue así, y nadie toma cartas en el asunto (grave eh) llegará un momento en que las víctimas, prefiramos quedarnos dentro, y ellos, fuera. Yo me voy de cabeza a esa cúpula. Aislados. Protegidos. Inquietos, no digo yo que no…

La cúpula

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Pero es que lo inquietante no tiene porque ser malo. En una serie, por ejemplo, es garantía de éxito. Y así es Under the dome, traducida en España como La cúpula. El éxito del verano en la televisión americana está a punto de estrenarse en nuestro país gracias a una hábil maniobra de Atresmedia, que tras coronarse en julio como el grupo más visto, sigue con una acertada política de compras de ficción extranjera y se hace con los derechos de una de las grandes bazas del momento.

Pero vamos a lo que vamos. Lo primero, decir que esta serie está recomendada para todos los públicos, porque maneja muy, pero que muy bien, la ciencia ficción con las relaciones personales. Marca de la casa del autor de la novela en la que está basada. El gran Stephen King ha sido y sigue siendo, un referente de la novela de terror, suavizado en los últimos años para adentrarse en lo que os decía, las complicadas relaciones del género humano en situaciones límite. Porque solo así, es capaz de colocar a sus personajes en la frontera que nos separa de los animales. Saca lo peor (o lo mejor, pero siempre apetece más un malote) de si mismos. Si no me creéis, por favor, echadle un ojo a La niebla. Empieza como una peli de serie B para ir transformándose en una galería de los horrores que muestra nuestro lado más oscuro.

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Dicho esto, La cúpula no es un tratado psicológico ni nada profundo. No hay que pasarse. Es sencillamente, puro entretenimiento. Sin más (pero sin menos, cuidado). Una situación extraordinaria, incomprensible, provoca el caos en una pequeña localidad norteamericana. A partir de aquí, un montón de personajes se mueven como piezas de ajedrez, movidas por unos guionistas, a los que, por ponerles un ‘pero’, les falta un pelín de mala leche. Demasiado blanca. demasiado “para todos los públicos”. Lógico, porque la serie es la última sensación de la cadena CBS (de hecho, uno de sus mejores estrenos de los últimos años), y esto implica, hacer un producto familiar, sin estridencias ni sobresaltos, que pongan a sus directivos de los nervios. Y ese es su único (gran) inconveniente.

Tras la maldad y la libertad de éxitos como The Walking Dead, Homeland o Hannibal, a esta serie se le echa en falta un poco más de oscuridad. Pero para no aburrir más. Sirve para lo que sirve. Para pasar un buen rato. Es fácil, es entretenida, y en los primeros episodios, ya se abren un montón de tramas. Los actores son guapos (en esto los americanos lo tienen muy claro, entre un guapo y un feo, no hay color), son eficaces, poco reconocidos (lo que les hace más creíbles) y lo que más me gusta, nunca se sabe quién puede morir (estilo The Following).

Insisto. Una trama sencilla, donde en ocasiones, y de manera muy inteligente, se muestra el sello de su creador. No es una genialidad, pero tampoco lo son las alitas de pollo, y oye, que ricas están… No sabemos hacia dónde irá esta serie, pero ya sabemos, que tras su éxito, el verano que viene, se estrenará una segunda temporada. Por supuesto, decir estamos ante la enésima producción televisiva de Steven Spielberg. Casi no lo menciono porque su nombre está detrás de tantas series últimamente, que ya no es garantía de nada (ay que ver). Una cosa más. La cúpula presta una especial atención a su banda sonora. Si la escuchas atentamente, descubrirás joyitas como esta: Wait de los M83. Una auténtica delicia para escuchar en la cama, de noche, a solas (o no), aprovechando que llega el fresquito, que el verano se acaba, y que nos ponemos tontorrones con más facilidad…

No cuento más. Podría, pero yo tengo educación. Y me parecería una falta de respeto adelantar lo que espero descubráis por vosotros mismos. Porque repito, en este mundo en el que vivimos, a estas alturas de campeonatos, uno nunca sabe si estaría mejor dentro o fuera de esa cúpula imaginaria. Yo, me pido donde no me encuentre maleducados sueltos. ¿Es mucho pedir?

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Nota 1: mi último post, por esas casualidades de la vida, giraba en torno a un curioso (y divertido) viaje en tren que viví hace poco. Coincidió con la tragedia de Santiago, y decidí no publicarlo. No podía ser de otra manera.

Nota 2: dicho lo que he dicho, mi más sincero reconocimiento a esa maravillosa gente mayor que con su esfuerzo y dedicación, está sacando adelante a sus familias en estos tiempos tan complicados. Que nadie se ofenda, es mi pequeño homenaje.

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