The Killing, abierto por vacaciones

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Repaso la prensa del día y descubro que todos los periódicos (serios) ya han abierto la temporada de ‘celebritie’. Son frescas (aunque se pasen la vida al sol). Pasen y vean porque durante las próximas semanas, el desfile de famosos es interminable y a veces, extenuante. En plan quedada por whatsapp, todos, en manada, se instalan en los lugares de moda, donde harán de todo menos descansar. Sus vacaciones son sagradas para ellos… y parece que también para nosotros, que como cretinos, les seguimos día a día en reportajes fotográficos más amplios que los de una boda.

Para empezar, hay  que decir que el veraneo de un famoso impone disciplina. No se deja nada al azar. La cosa es sencilla aparentemente aunque esconda más organización que unos juegos olímpicos. Porque uno no se va solo con su pareja, hijos, amigos… No. Uno se va con cientos de paparazzis. Y claro, con la mala leche que gastan, no se les puede dar carnaza. Que se lo ganen con el sudor de su cámara.

Lujosos yates, mansiones espectaculares, playas paradisíacas… Son escenarios imprescindibles si no uno quiere pasar por un ‘mindundi’ de tres al cuarto. El veraneo puede ser de alquiler o compra. Nadie te va a pedir escrituras. Una vez confirmadas las localizaciones, pasamos al estilismo. Equivocarse es letal. Puede arruinar una portada, y pasar del Hola al Cuore en un plis plas.

Las normas son básicas. Hay que pasarse el día del chiringuito a la playa, de la playa al chiringuito, ir de tiendas, no de lujo, aquí queda fenomenal incluso, las de souvenirs, hay que acudir a restaurantes caros, o lo más de lo más, lo que se considera la graduación con matrícula de unas vacaciones VIP como el Hola manda: que te saquen a bordo de un yate… aunque no conozcamos al dueño. Nada, uno se sube en plan polizonte. Te atrincheras en un sitio visible, preguntas por Gigi o Aline (no falla), te hacen la foto, y si te descubren, mejor tirarse por la borda, para no ser vistos. Total, el pie de foto dirá algo así como “la pareja pasó un divertido día de sol a bordo del yate de unos amigos”.

Toca elegir sitio. En España, sin duda, Ibiza. Sin discusión. Futbolistas, cantantes, modelos, actores… De medio pelo y pelo largo. De aquí y de allí. Producto nacional e internacional. Si uno es o quiere ser, tiene que estar allí. Y una vez allí, comienza el duro trabajo del que hablaba. No es fácil. La competencia es feroz. El mejor bronceado. El mejor bañador. El mejor cuerpo. Mejor rubia. Mejor señor de 80 años… Agotador…

Ibiza lo tiene todo pero no lo regala. Y una buena celebritie sabe que no puede relajarse. Aunque tu les veas disfrutar, hay tensión. Y no hablo de meter tripa o esconder la resaca tras unas gafas de marca (la pose es fundamental). Hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo. No hay lugar para improvisación. Si uno tiene sed, no puede entrar a comprar agua a un súper… ¡Qué vergüenza! Nada, se busca terraza de diseño o se deshidrata. Al gusto.

Luego están las fiestas. Hay que estar conectado. Tener más contactos que un quinceañero en su Tuenti. Porque aunque todos dicen que van a descansar, aquí no descansa ni el tato. Para eso, ya está el resto del año.

Sitúo esta aventura en Ibiza porque en España es difícil encontrar un lugar que le haga la competencia. Mallorca también tiene su público. La Familia Real tira mucho y mira, seguro que te encuentras a algún fotógrafo, o si hace falta, le persigues por toda la isla. Está Sotogrande, que es un lugar muy posh con gente muy posh, pero no provoca mucho titular, quizá porque los personajes que veranean aquí son pelín aburridos (no te ofendas Ana Rosa) para la prensa y no dan mucho juego. Un torneo de golf, uno de polo, uno de ganchillo… No. Evidentemente, si te pillan dándote el filetazo detrás de una duna, el lugar geográfico en el que uno esté, carece de importancia. Como si es en el parque de la Bombilla. Saldrás.

En resumen, que mientras esta crisis nos está devorando literalmente, unos pocos afortunados disfrutarán por nosotros. Gracias a ellos sabremos que estamos en verano, que el mar sigue siendo azul, que el moreno intenso no se lleva pero algunos lo llevan, que la mecha tiene vida propia (especialmente las californianas), que los años no pasan en balde, y que qué coño hago yo viendo año tras año, a los mismos mamarrachos…

Ahora que caigo… resulta curioso que no se les vea ni de cerca por un museo, aunque quizá lo hagan pero los que no van, sean los fotógrafos. Y sin imagen de verano, no existen ni vacaciones ni veraneo ni churri ni liposucción que valga. Todo bien documentado.

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Quienes no disfrutarán de unas vacaciones como estas (ni de estas ni de ninguna clase), son los protagonistas de la nueva temporada de The Killing. Para ellos, las únicas vacaciones que existen son un paquete de tabaco, una cerveza o un sitio donde dormir… y eso, si el día ha ido bien.

Ha vuelto la sensación. Una tercera, y para muchos, inesperada temporada, lógica por otra parte, tras el éxito arrollador de sus dos primeras tandas. Esta producción de la cadena AMC (también responsable de éxitos como The Walking Dead) es la versión americana de la danesa Forbrydelsen. El asesinato de la adolescente Rose Larsen nos mantuvo en vilo durante 26 episodios, dos temporadas, con un final soprendente.  

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The Killing fue un soplo de aire fresco, desmontó la ficción televisiva para volver a construirla y reconstruirla. La renovó. Lo hizo arriesgando. Era una apuesta fuerte (especialmente para el público americano), debía serlo si querían ser fieles al espíritu de la serie danesa. Fue valiente y sin miedos. Tras un primer episodio, audiencia y críticos de medio mundo, se rindieron y ya vive en los altares reservados a las joyas televisivas.

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Su rotundo éxito dio la razón a sus creadores. Ni los constantes, a veces incluso tramposos giros en el guión, ni la oscuridad de su trama, ni su ritmo pausado, ni el paisaje desolador de un Seattle permanentemente lluvioso, ni la aparente, y muy buscada fealdad de sus protagonistas (los ya famosos jerseys de Mireille Enos son horrorosos horrorosos, como diría María Barranco), desvió ni un ápice la atención que merecía la que en 2011 fue sin duda, la serie del año.

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Y tras conocerse quién mató a Rose, nos llega una nueva temporada. Los primeros episodios sorprenden. Habrá que ver más para saber porqué los guionistas han decidido ir por un terreno que parece bastante trillado. La aparición de un cadáver desvela que un asesino en serie está actuando en la ciudad. Y las alarmas de nuestra detective Sarah Linden, se disparan. Comienza la caza. Y hay que remangarse. Aquí no hay VIP’s, ni famosos, aquí hay realidad, tanto que a veces, duele con solo mirarla. Porque de nuevo, The Killing se revuelca en la basura. Es su espacio natural. Baja al subsuelo de una sociedad enferma. Lo hace para mostrarnos un submundo que curiosamente está más cerca de lo que pensamos. The Killing da luz, tenue, pero luz al fin y al cabo, a unos personajes miserables que viven y mueren a la vista de todos.

Muchas incógnitas. Solo he visto cuatro episodios y poco puedo decir. Puede estar a la altura de lo que se espera, o defraudar enormemente. En cualquier caso, será de visión obligada, porque yo sigo creyendo que quien tuvo retuvo, y The Killing tuvo, y mucho.

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