Utopía, sin receta médica

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Los calvos y las rubias cobran más. Así de claro. Y no lo digo yo, lo dicen varios estudios realizados por universidades norteamericanas y hechos públicos hace solo unos días. Lo de las rubias lo sabíamos. Algunas incluso han hecho gala de ello y han presumido a lo largo de los años, a golpe de melena. Era un secreto a voces. Si eras rubia (natural) la vida te costaba menos esfuerzo. Si no lo eras, obligada a tirar de bote, que el esfuerzo también se premia, y tan ricamente. Eres una de ellas.

Lo que me ha sorprendido y mucho, ha sido lo de los calvos. Aleluya. Por fin una afirmación que nos saca del ostracismo al que hemos sido sometidos. A no ser que seas italiano claro. Entonces la alopecia se convierte en una seña de atractivo irresistible. Y yo a la luna de Valencia. Sobre todo porque es algo que me atañe (muy a mi pesar) y me ha preocupado durante años (demasiados). Si lo que me gasté yo en “crecepelos” lo hubiera invertido en una cuenta vivienda hoy sería dueño de una urbanización (pequeña, tampoco me lo ponía en las tostadas). Pero un buen día, me di cuenta de que los calvos también teníamos nuestro público, y me olvidé de la melena al viento. Ha pasado el tiempo. Te acostumbras a la pinta de cerilla que se nos queda en verano. Hasta que de repente, una alegría (ya nos habían intentado contentar con un noseque sobre la virilidad). Llega un estudio. No es mucho, vale. Y ha llegado tarde, pero es muy alentador.

Como no podía ser de otra forma, los datos nos llegan de Estados Unidos (qué seríamos el resto del mundo civilizado sin ellos). Además de las rubias y de los calvos, hay otros sectores de población que salen bien parados. Por ejemplo, los que tienen la voz más grave triunfan más. Resulta que dirigen empresas más grandes, cobran más y duran más tiempo en el cargo.

Antes se creía que la altura también puntuaba. Chaparretes, no gracias. Cuentan que en varias encuestas realizadas entre ejecutivos de Estados Unidos, ante la pregunta de si preferían ser altos o calvos, no había duda. Todos querían ser altos. Y lo contestaban seguramente con un ligero y sensual golpe de flequillo (cabrones). Pero se equivocaban todos. Porque ahora dicen que los que ya no nos gastamos un céntimo en peines, estamos por delante de los altos en la lista del triunfo profesional. ¡Toma! Parece ser que a ojos de otros hombres, los calvos tenemos una apariencia más dominante. Y esto es fundamental para que tus empleados no se te suban a la chepa.

Todas estas conclusiones salen de un nuevo campo académico llamado economía biológica, que pretende hallar una relación entre los rasgos físicos y la retribución económica. Es lo que tienen las crisis. Mucho tiempo libre y cientos de chorradas sin explorar. O no. Porque yo leo y leo… y me asusto y me asusto. La cosa sigue. Los que llevan barba mucho mejor que los afeitados (o sea, que donde nazca el pelo no es ninguna tontería a pesar de ser una lotería como la del sueldo Nescafé). Más. Hay que ser guapo (anda). Por lo menos a los ojos del que te va a contratar. Parece ser que en la Universidad de Harvard hicieron unos experimentos con unos laberintos (en plan hámster). Los más inteligentes superaban la prueba mucho antes pero curiosamente, los empresarios se decantaban por los guapos (aunque estos siguieran buscando la salida una semana después). Ah, y además ganan entre un 10% y un 20% más.

En cuanto a los que tienen sobrepeso, fatal (si además son bajitos, tienen voz de pito y más pelo que la Pantoja, que se olviden). Incluso se atreven a dictar una fórmula que indica el porcentaje de sueldo que pierdes por cada caja de galletas que te metes entre pecho y espalda.

En cuanto a las mujeres, pocas novedades. Lo que decíamos. Básicamente las rubias arrasan. Ya lo decía Marilyn Monroe. Los caballeros las prefieren rubias, aunque dudo que su vida pueda considerarse la de una rubia afortunada. A las morenas solo les queda, o echarle ovarios o echarse al tinte. Se admite la mecha californiana.

Yo no se a vosotros pero a mi esto me pone un poco del revés. Con la que está cayendo, con un país que se levanta cada mañana con más de seis millones de parados (momento del día en el que como Mafalda, yo siempre digo “que paren este mundo porque yo me bajo”), pues con todo esto, van y nos cuentan que ya no vale con estar bien preparado sino que hay que ser guapo, rubia o calvo (perdonen que insista en este punto), delgado y con la voz de Darth Vader, asuntos en los que a uno no le suelen preparar (excepto si quieres ser miss). En resumen, no hay que luchar por hacer un máster, hay que rezar para que tus padres se parezcan a Brad Pitt y Angelina Jolie.

Lo curioso es que lo de ser guapos es más antiguo que el hilo negro. En este país tenemos un riquísimo refranero con perlas sobre el tema tipo: la suerte de la fea la guapa la desea, fea con gracia mejor que necia y guapa, la belleza más divina también defeca y orina (este me fascina), la belleza y la tontería siempre van en compañía, la belleza y la lozanía son flores de un solo día, más bonita en la belleza con algo entre la cabeza… Y así hasta el infinito porque hay cientos, aunque no se vosotros, pero ¿no tenéis la sospecha de que fueron dichos por gente poco agraciada…?

Total, que si nos ponemos manos a la obra hay pocas soluciones. Desechemos la cirugía hasta que deje de fabricar bocas de rodaballo y pómulos como melones. ¿Qué nos queda? Siempre podemos mejorar nuestro aspecto físico de cara a un trabajo. Pero poco más. Estamos hablando del santo grial de nuestros días. La belleza por encima de todo. Que se mueran los feos. Porque segun estos estudios, los valores que realmente deben contar para triunfar profesionalmente, ni están ni se les esperan.

Llegados a este punto, solos podemos fantasear. A mi la primavera me pone tontorrón. Imaginemos una pastilla mágica que, o bien, nos volviera a todos perfectos (por fuera, lo de dentro parece que no urge) o al revés, una que con solo tomarla, viésemos a todos con otros ojillos (golosones). ¿Os imagináis? Una utopía. Ni la cura del cáncer ni el sida. Nada. Cualquier farmacéutica mataría (no se si he estado acertado en la expresión) por una magistral fórmula (que no al revés) capaz de convertirnos en lo que no somos. Porque de esto se trata, de premiar aquello que a uno le toca, por suerte o por desgracia, en el sorteo de la naturaleza, para dejar de lado el esfuerzo. Pone los pelos como escarpias (a los clavos, los vellos).

No me gustaría vivir en un mundo donde este tipo de empresas tuvieran a su alcance semejante poder. No me fío de ellas. Y esta desconfianza debe ser lo que sienten también los creadores de Utopía, una serie británica estrenada en enero de este año en la cadena Channel 4. Cortita. Seis episodios. Un tratamiento de choque con efectos secundarios. A mi me ha sabido a poco. Desde el primer episodio quieres más, porque aquí nada es lo que parece y lo que parece es… nada. Inquietante. Impactante.

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La cosa es sencilla (o eso parece). Un misterioso cómic desencadena una historia a contrarreloj salpicada de conspiraciones, donde el poder político y el de las farmacéuticas (miedito eh) se dan la mano para construir una trama consistente que solo nos dará algo de paz en los últimos segundos del último episodio.

Su estética innovadora rompe con casi todo lo que estamos acostumbrados a ver. Una etiqueta transgresora, pero vital para que el puñetazo que recibes en la primera secuencia, te recuerde que no estás ante una serie convencional. Cada entrega es como esas pastillas (gordas como mi cabeza), que hay que tomar con cuchillo y tenedor (canallas). Cuesta tragarlas pero alivian, especialmente, el aburrimiento. Utopía es una historia cruda. Sin contemplaciones. Al que no le guste que no mire, parecen decir sus creadores. Y hay veces que dan ganas de no mirar. No porque abusen de sangre ni de vísceras. No quieren mostrar casquería. Aquí se trata de charcutería fina. Al corte.

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Los actores, como siempre. Viniendo de donde vienen solo pueden ser perfectos. Desconocidos para nosotros a excepción de dos figuras del cine británico, James Fox y Stephen Rea, por aquello, imaginamos, de darle caché al producto. Eso si. Ni son guapos, ni rubios… Solo son, buenos. Mención especial para uno de sus protagonistas. Lo identificaréis porque lleva una bolsa amarilla (no quiero destripar nada). Uno de los personajes más aterradores que ha dado la televisión.

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Merece la pena ver Utopía. La recomiendo. Seis pastillas sin receta (mejor no leer el prospecto) que muy pronto estrenará Canal+. Por supuesto, no es la fórmula que nos ayudará a encontrar trabajo (si no puede la Virgen del Rocío), pero si nos hará la espera más llevadera. Y en cuanto a convertirnos en más guapos, más rubios o más altos, mejor olvidarlo. Esto si es una utopía. Por mucho que insistan algunos estudios. Palabra de calvo.

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Un pensamiento en “Utopía, sin receta médica”

  1. En cuanto acabe con las 2 series que recomendaste estas semanas pasadas me pongo con esta porque tiene un pintón increible!!!! Además es cortita y el tema es actual a más no poder. Un saludo y sigue escribiendo así….

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