Homeland, la tapa más sofisticada de la temporada

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Que si, que por fin ha llegado. Hablo de la primavera. Y es primavera en todos los sitios, no solo en El Corte Inglés. Ha llegado tarde, mal y con excusas baratas. O sea que tenemos la seguridad de que esta primavera es española 100%. Luego ha aparecido el sol y entonces hemos olvidado lo que se ha hecho esperar. Somos de memoria cortita (lo cual visto lo que está cayendo en este país es una bendición). Total, que con la primavera llega el estrés. No solo por las puñeteras alergias, sino porque esta estación nos pone del revés.

Para empezar, el que no se apuntó al gimnasio en enero, lo hace ahora, corriendo (solo para apuntarse). La playa y la piscina están a la vuelta de la esquina. Nos ponemos a dieta, nos calzamos las chanclas, la bermuda, el tirante, lucimos piel blanco nuclear (aunque estén cayendo chuzos de punta). Arranca la temporada antipelo (no quiero insistir, pero ¿qué han hecho con este temita durante el invierno?), sacamos las bicicletas (¿no eran para el verano?), nos echamos a las calles para hacer footing, y, esto que no falte, nos atrincheramos en las terrazas como si no tuviéramos casa (cosa que hoy en día no tiene nada de raro). Las terracitas, los nuevos templos de peregrinación y cañeo. Eso sí, a precio de oro. Se ha cortado la cinta: ¡¡¡queda inaugurada la temporada!!! (y con ella el estrés de tantas cosas por hacer y tan poco tiempo).

Es de locos. A mi no me da el cuerpo para tantos propósitos. Por ejemplo, gimnasio y dieta. Es curioso, porque después de escuchar una y mil veces que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, esto debe ser lo único en lo que justamente hemos hecho al revés. Porque no hemos gastado de más. ¡Hemos quemado de menos!. O sea, que durante el invierno, nos hemos puesto hasta las trancas y ahora hay que empezar a pagar por nuestros pecados. Vamos a dar por hecho que esto está montado así y a quien no le guste, siempre le quedará una buena ración de bravas, oreja o fritos variados. ¡Oído cocina! Porque aunque de momento no se conozca ningún proyecto de ley contra las grasas, están muy mal vistas, si. La lorza no tiene quien la quiera. A excepción de nuestros cuerpos, a los que se abraza cual ave rapaz a su presa.

No corren buenos tiempos para los gorditos. Miro la televisión y no encuentro a nadie. Bueno, las Campos, pero la madre ya se cree que está por encima del bien y del mal, y la hija… la hija es muy… hija de su madre. En la música, tres cuartos de lo mismo. A Rosa de España le faltó tiempo para ponerse a dieta. Solo se me ocurre la gran Adele, pero acordaros que Karl Lagerfeld dijo que era mona pero que estaba  gorda. Luego pidió perdón y le envió una sarta de bolsos de Channel (conozco a muchas que por un solo bolso se hubieran dejado llamar gordas, feas… y hasta golfas) y pelillos a la mar. Vale, está Falete, pero este ha decidido tirarse a la piscina. En el cine ya no digamos, si necesitan que el personaje luzca como un zepelín, nada, cogen a la estrella de turno, la empapuzan como a una oca, y ya está (luego ya le darán algún premio por las molestias). En la política pasa lo mismo (y eso que estos comen a cuenta del contribuyente… raro verdad). Hay pocos políticos entrados en carnes. ¿Alguna sugerencia?

Total, que si el mundo no apuesta por la gordura, hay que ponerse a plan. Y el plan de choque no admite atajos. Pero fíjate tú por dónde, esos son los que más nos gustan. Olvidado el gimnasio (tras pagar la matrícula y varias mensualidades) queda la dieta. O sea, hay ponerse a régimen. No me digas que la palabra no asusta. Régimen. Dar un golpe de estado contra tu propio cuerpo para someterlo a torturas, humillaciones y vejaciones. Si la dieta de la alcachofa, la de la piña, la manzana, el té y el sirope de arce, no eran ya siniestras, ahora hay nuevas (y más terroríficas). Algunas se han convertido en fenómenos mundiales como la famosa Dukan; que consiste básicamente en ponerte de proteínas hasta las cejas, y luego usar un producto llamado salvado de avena (yo diría mejor, salvados por la avena), una especie de serrín, que actúa en tu intestino como el desatacador en tu fregadero. Es como acuchillar suelos con la lengua.

Otro ejemplo de atajo son unas pastillitas que tras ingerirlas durante las comidas, atrapan la grasa para acto seguido eliminarlas. No quiero ponerme escatológico, pero su triunfo reside en el estado de terror al que te someten, porque anula por completo la voluntad del esfínter. Por eso se recomienda tener un lavabo libre a menos de dos metros. A más distancia, date por muerto.

La última. La dieta paleo o dieta del hombre de las cavernas (un segundo que necesito coger aire). La siguen principalmente deportistas: hay que prescindir de los lácteos y los cereales, apostar por los alimentos frescos (verdura, pescado y fruta) y hacer ejercicio antes de alguna de las comidas del día. Todo se resume en que como antiguamente (bueno, antes) el hombre tenía que salir a cazar si quería comer, pues con el aquel trajín, no engordaba ni dios. Puede parecer terrible pero ya me gustaría verles ahora, un sábado en el híper… No sé si prefiero enfrentarme a un mamut o a una pareja de jubilados a los mandos de un carrito de la compra.

Muchos diréis, esto no va conmigo. De acuerdo. Sigue habiendo subversivos, milicianos de la croqueta, pero a las pruebas me remito. Recuerdo que hace un tiempo, acompañé a una amiga a una tienda. Quería un vestido que había visto en el escaparate. Mi amiga no estaba gorda. No tenía una 36 pero… “Me gustaría ver el vestido que tiene en el escaparate” La dependienta, sin perder la sonrisa, le contestó amablemente: “lo siento, tallas tan grandes no trabajamos…” Y nos fuimos sin soltar palabra. Ante algo así, metes tripa, recoges la poca dignidad que te queda y buscas desesperadamente una pastelería donde ponerte ciego.

Ah, y los hombres no os libráis de esto. Resulta que según un reciente estudio realizado en el Reino Unido, ellos no dicen jamás que están a dieta. Es top secret (como si solo tuvieran este…). Dos de cada tres lo ocultaban. Un 29% porque no querían parecer superficiales (sin embargo considerar el fútbol una cuestión de vida o muerte les parece muy profundo). Y un 18% porque temían que sus parejas arruinasen sus buenos propósitos tentándoles con platos prohibidos (hay que ser muy perra). Por el contrario, en nuestro país, los hombres jóvenes, de clase media alta y de determinadas profesiones (ejecutivos, actores…) están permanentemente a dieta. El resto, solo cuando han sufrido un infarto o cuando se enfrentan a una enfermedad grave). Tu si que vales machote.

Total, que el mundo está partío en dos. Los delgaditos miran mal a los gorditos (estoy intentando suavizar la terminología porque el tema escuece) y viceversa. Y en medio de la disputa, la caloría. ¿A favor? ¿En contra? Hay gente que rechaza sistemáticamente lo que gusta a las mayorías por ser… digamos poco sofisticado. Pero al otro lado del ring, se encuentran los que creen que lo que agrada a unos pocos… tiene que ser malo de pelotas. Total, que aquí estamos, atascados (no lo digo con segundas). Entonces, ¿no hay nada popular que sea sofisticado?

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Pues sí. Se llama Homeland. Los que crean que es para unos pocos, se equivocan. Homeland es la serie del momento y se merece estar aquí (mejor dicho, es un privilegio poder escribir en este blog sobre esta maravilla). Sé que llego un poco tarde porque muchos (millones en todo el mundo) ya la han visto, pero Cuatro ha reservado la noche de los miércoles a esta ficción brillante, intensa, soberbia, inteligente… Y hay que verla. Uno no puede ir por la vida diciendo que le gusta la televisión y darle la espalda a esta serie.

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Homeland propone el clásico juego del gato y el ratón. Pero lo que la hace diferente es que aquí no sabemos quién es el gato ni quién el ratón. Homeland es angustia. Te estresa. Hay momentos en los que se te sale el corazón por la boca. Pero cuando terminas cada capítulo, te invade una sensación de placer que ya quisieran muchas drogas. Porque es adictiva. Engancha. Y no hay cura. Solo quieres ver otro episodio más. Quieres saber más y más y más. Te conviertes en un mirón. Porque a los que amamos esta serie… nos gusta mirar.

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Basada en una producción israelita, es la serie más premiada y aclamada del momento. Y me alegro que Cuatro haya confiado en ella, ha sido valiente y se merece los mejores resultados. Si aún no la has visto, engánchate. Tienes tiempo. Serás testigo de una trama tan bien desarrollada que no te arrepentirás. Sus protagonistas son Claire Danes y Damian Lewis. Ella se hizo popular hace unos años al protagonizar una revisión actualizada del clásico Romeo y Julieta junto a Leornado Di Caprio, dirigida por Baz Luhrmann (director de Moulin Rouge). La pena es que ni Leornardo ni Baz eran quienes son hoy. Hubiera dado más juego del que dio. Desde entonces, poca cosa. Damian saltó a la fama como protagonista de la serie Life, un producto de culto que pronto se esfumó. A los dos les ha tocado la lotería. O al revés, la serie sin ellos, no sería ni de lejos lo que es. Es la bomba. O mejor dicho. Es una bomba… de relojería. Nunca sabes cuándo va explotar. Eso sí, desgraciadamente tan actual, que a veces duele y mucho.

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Tiene pocos peros. Situaciones un poco chuscas (no se si es para provocar debate entre la audiencia) y algún personaje desquiciante. Por ejemplo, a Carrie, la protagonista, yo hay veces que la mataría. Me ataca los nervios. Necesito medicarme para soportar algunas de sus reacciones (bueno, la que debería tomarse las pastillas es ella). Pero todo tiene un porqué. En cambio, hay una hija adolescente (esta no tiene excusas) que me pone tan enfermo que le daría toda la medicación que Carrie no se toma. De golpe. En una sola toma. Zas. Mención para su banda sonora. Puro jazz. Miles Davis en vena.

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Se puede hablar hasta el infinito. Pero lo mejor es verla (para la tercera temporada habrá que esperar al próximo 29 de septiembre, fecha prevista por el canal Showtime), si eres de los pocos que aún no lo ha hecho. Es necesario porque hay que comentarla. Y en esta época, en una terraza, es la tapa perfecta. No engorda. Va con todo. Eso sí. Puede producir ansiedad (como las dietas). Por eso, yo recomendaría que después de ver cada episodio, sin remordimiento, asaltes la nevera (algo hay que invadir…). Además, el cuerpo es sabio… y ya se encargan otros de que nos apretemos el cinturón.

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4 pensamientos en “Homeland, la tapa más sofisticada de la temporada”

  1. La verdad es que la serie no se si me va a gustar no, ya que aún no me he puesto con ella. Lo que si se, es que me encanta como escribes. Esta entrada al blog me ha tenido pegada al IPad riéndome desde el momento que he empezado a leerlo.

  2. no se si me gusta más la serie o lo que tu escribes….
    por fin una buena serie para los miércoles de “caquitas” en los que no daban una mierda!!
    lo peor….que el jueves a la hora de la comida con los compis del curro, me ponen de los nervios!!! porque hay dos de ellos que ya han visto dos temporadas y empiezan a decirme…pero tu que crees?? porque claro…y estas segura de esto?? y de lo otro?? no se…ya lo verás…
    me ponen de los nerviosssssssssssss

    1. Pues tendrás que aguantar, comentarios, preguntas y pistas falsas…. la verdad es que no te imaginas en ningún momento hacía donde va a virar el guión. No te queda otra que pegarte a la tele y seguir sufriendo… com hemos hecho el resto!!!

  3. Totalmente de acuerdo en tu opinión, aunque el tema de la serie está un poco “trillado” lo que te mantiene pegado al TV es la inteligencia de los guionistas al darle los subidones, que te hacen que parezca que estás en una montaña rusa! Yo a veces he tenido que tomarme una tila antes de ir a dormir, porque me ha puesto el corazón a mil. Recomendable para todos los públicos, incluso para los que no les gustan las series con moralina americana. Con ganas de que empiece ya la 3ª temporada!!!

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