Revenge: el chándal, normas de uso (y desuso por favor)

Revenge cartel ok

Cualquiera que camine hoy en día por la calle, habrá observado, con sentimientos desiguales, una moda instalada entre los más jóvenes: el chándal. Y digo desiguales, porque mientras que a unos les resulta indiferente, y a otros les entusiasma, a mi me aterra. Esta bendita prenda, nunca muere. Sobrevive a generaciones enteras que la usan como arma de identidad. Permitidme que haga una excepción. Venezuela. Aunque el difunto Chávez, y su heredero Maduro (ay señor), pusieran de moda esta prenda en su país, mi reflexión la sitúo solo en España, que bastante tenemos con lo que tenemos como para exportar pensamientos.

Pues bien, decía lo de la supervivencia del chándal. Yo recuerdo que durante los 90, ya asistíamos a una inquietante invasión cuando los centros comerciales se inundaban de este conjunto. Vamos, un dress code en toda regla. Imprescindible ponerse el chándal para empujar el carrito de de la compra. También se extendió su uso en los viajes. Claro, te subes al avión, y qué mejor que calzarse el modelo chaqueta pantalón para ir cómodo (entiendo que muchos lo harían para defenderse del mal del turista). Señores viajeros, abróchense el cinturón de seguridad… y el chándal. Tampoco nos olvidemos de los sábados y los domingos. Te levantas, te pones “la chándal” (me encanta, así lo llama la madre de una amiga mía), y bajas a la calle a comprar el periódico (si, eran otros tiempos y todavía se compraban) y a tomarte unos vinitos. Con la chándal. Como si se tratara de un deporte. Como si uno viniera de hacer media maratón. ¿El dorsal? El número de vasitos que te has metido al gaznate. Y no olvidar, el momento folcklorica  en chándal conjuntado con abrigo de visón y/o  gafas de sol tamaño plato sopero. Yo aún no me he recuperado. Ah, y del que les obligaron a ponerse a nuestros olímpicos en Londres ¿qué? Yo antes me clavo la jabalina. Leía en un periódico que este modelazo no era para ir a por el oro, era para robar cobre. Impagable.

¿Dónde nace el horror? Pues en Londres, que por cada cosa nueva que exportan, nos endiñan nueve mamarrachadas de juzgado de guardia. Y es que hace unos añitos, nacía allí una nueva tribu urbana. Y si, el uniforme era la bonita prenda. Como todo en Londres, inmediatamente se abrieron bares, clubs, donde se sintieran a gusto (eso si, cuando cerraban una discoteca, aquello parecía la San Silvestre). Y como no podía ser de otra manera, zas, la cosa cruza el canal, y se instala en nuestro país. Y claro, los veinteañeros, la adoptan como una religión. Y partir de aquí, se pasean tan pichis por calles, parques, institutos y universidades, luciendo EL CHANDAL. Combinado con otra moda, la de llevar los pantalones a la altura de la rodilla. Dejando al aire una combinación de cachetes (muy poco trabajados aunque con la crisis, esto está cambiando) y calzoncillo (generalmente de mucho colorido por si no nos habíamos fijado ya, principalmente de lycra, aunque el bóxer de tela también tiene su público). De la composición de la prensa no me atrevo a hablar. No tengo toda la información. Al poliéster se le debería abrir una investigación.

Recuerdo a un becario de mi departamento que venía a trabajar en chándal. Me consumía. Pero pedirle explicaciones me hacía sentir un abuelo. Le pedí a una compañera más cercana a su edad que se lo comentara. Según él, es que después del curro, tenía partido con los colegas. Y claro, qué se pone uno para ir a jugar al fútbol… Porque lo de cambiarse en el vestuario ya no se lleva. Pero este es otro tema que no tardaré en comentar.

Total, que la generación mejor preparada de la historia de nuestro país es la generación peor vestida de nuestro país. Cuando la globalización nos ha traído moda a buen precio, van ellos, y se calzan un chándal de marca que cuesta un riñón. Y no digo yo que no sea por rebeldía, que lo puede seeeeer… Pero ¿no se puede ser joven y rebelde sin chándal? Ya se que no todos lo llevan. No es justo generalizar. Pero su uso está tan extendido que hay que dar la voz de alarma. Juntos, si se puede. Hay que parar al chandalismo (un movimiento tan inquietante como los pendientes de aro donde se puede colgar un loro, las uñas con incrustaciones tamaño mejillón cuyo máximo exponente es nuestra adorada Adele, las botas blancas o las marcas del bikini… ¿cómo se puede ir por la calle con menos ropa que en la playa?)

Revenge 3 shirtless

Estaremos todos de acuerdo en que lo que llevamos es nuestra tarjeta de presentación. Y no siempre se tiene una segunda oportunidad de causar una primera impresión (cómo me gusta esta frase). De eso saben mucho los creadores de Revenge, el culebrón por excelencia que triunfa en la televisión de Estados Unidos. Inspirado en El conde Montecristo, la serie es la heredera legítima de Dinastía, toda una propuesta de buen gusto, un decálogo del pijismo. Es todo tan hermoso. Las casas (casoplones ajenos la burbuja inmobiliaria), los paisajes (aquí no hay ley de costas), la ropa (Anna Wintour habrá dado su aprobación) y por supuesto, los protagonistas (tan guapos y tan perfectos que quedan bien donde los pongas). Hasta los pobres que salen son guapos y con estilo (esto habrá hecho las delicias de alguna diputada). Cada plano es una página del Vogue (oye, que no digo yo que tengamos que volvernos como ellos pero entre esto y el chandalismo, hay un trecho)…

Revenge-Season-2

Hacía tiempo que nadie apostaba por este género que triunfó en los 80. Hasta que llegó Revenge. Gente guapa, rica, que ríe, llora, ama, sufre, pierde y gana… Personajes sucios (por dentro) llenos de secretos, de mentiras, de pasados oscuros, presentes turbios y futuros inciertos. Protagonizada por la adorable Emily VanCamp (Cinco hermanos) y ambientada en los Hamptons (la zona de veraneo más posh de la aristocracia neoyorquina), la serie es una sucesión de pequeñas y grandes putadas a cargo de este ángel herido contra una familia (estoy seguro que será la serie de cabecera de Tita Thyssen) dominada por una madre que fulmina a golpe de pestaña.

revenge

Ahhh, Victoria Grayson. Matriarca malota donde las haya. Interpretado magistralmente por Madeleine Stowe (nominada a los Globos de Oro), este bellezón, que vivió su máximo esplendor en el cine de los 80 y 90, cayó en las garras de la cirugía plástica, y tras destrozarse (buscar en Google) la cara y posiblemente el alma, decidió dar marcha atrás y recalar en la pequeña pantalla, como muchas otras grandes del cine han hecho cuando Hollywood deja de cantarles el cumpleaños feliz (eso suele ser a partir de los 40). A pesar de alguna secuela (hay planos en los que se le engancha un ojo, o se le tuerce la boca… como un emoticón), la señora luce estupendamente. Y si encima, hace de mala malísima, mucho mejor. Si te animas a verla no olvides lo que te digo. Culebronazo. Del bueno. Prepárate para un repertorio de miradas asesinas, frases antológicas y un estilismo de primera (abstenerse los chandaleros). No es una serie que pasará a la historia, pero vivimos malos tiempos para hacer historia. ¿O no?

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6 pensamientos en “Revenge: el chándal, normas de uso (y desuso por favor)”

  1. Que razón tienes… No hay prenda más horrorosa que el chandal.. Y lo peor es el que se pone el chandal para salir….el chandal es para hacer deporte.. Para nada más por favor…

  2. Ojo, este blog promete convertirse en indispensable para los serieadictos… Una vuelta de tuerca muy original al género de la crítica en todos los ámbitos. Mis felicitaciones!

  3. Felicidades me has hecho pasar un rato muy agradable mientras leía tu crítica con ese especial sentido del humor. Prometo seguirte siempre que pueda. Un saludo desde BCN.

  4. Revenge: el chándal, normas de uso (y desuso por favor) | Personas en serie , es adictivo, desde que os recibo no puedo parar de mirar todas vuestras sugerencias y me alegra cuando recibo uno más, sois lo mejor en español, me encata vuestra presentación y el curre que hay detrás. Un beso y abrazo,GRACIAS POR VUESTRO TRABAJO, nos alegrais la vida. tienda tomboline madrid

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