Llama a la comadrona: a corazón abierto (y sin anestesia)

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Estaba yo el otro día en la sala de espera de un hospital. Privado (qué queréis, me comieron la oreja y les dije que si). No podía dejar de mirar a quienes me rodeaban. Una pareja que rondaba los 50 (más bien eran los 50 quienes rondaban a la pareja), junto a una niña en silla de ruedas con una pierna partida por 27 partes. Otra pareja más. De origen latino.  También con niña aunque en esta ocasión era la madre la que necesitaba los servicios médicos. Concretamente en un brazo. Un joven vestido de negro, con una extraordinaria mirada verde, tan extraordinaria como perdida. Una joven madre junto a su hija pequeña a quien trataba de entretener mostrándole videos en su móvil. Dos señores de edad avanzada pero de esos a los que se lanzan piropos como “que bien estás para tu edad”.  Una gentileza tipo “no eres tan fea como me habían dicho”.  También había un matrimonio de edad mayor. Muy mayor. Ella tenía que ser ingresada. Pero el hijo no tenía claro si ese hospital era el adecuado. ¡No tenía parking! Finalmente una familia al completo: padre, madre, hija e hijo. Desconozco quién de ellos necesitaba la ayuda médica que esperábamos, porque ninguno tenía aspectos de necesitar ayuda alguna.

Les observé. A todos. Y les observé mucho porque soy nuevo en esto de la sanidad privada. Y tenía curiosidad. Mucha curiosidad por saber cómo era la clientela de la sanidad privada. Y la verdad es que no era lo que yo esperaba. No se. Pensaba que iba a encontrarme como en el salón de te del Palace. Y no. No nos equivoquemos. En esa sala, en una encuesta sobre intención de voto, el PP se hubiera hecho con el 100%. Pero ¿gente de dinero? No necesariamente. Y lo digo porque si en este país hay un momento en el que nos arreglamos, es cuando nos visita el médico. Y si lo que yo vi era todo lo que podían arreglarse, algo falla. O la crisis realmente está arrasando a la gente pudiente, o a la sanidad privada se está apuntando todo el mundo como si sortearan viajes cada mes.

¿Y por qué alguien se apunta a algo por lo que tiene que pagar nuevamente? (conviene recordar que la sanidad se paga con los Presupuestos Generales del estado, esto es, cada vez que uno compra una barra de pan, se toma una caña, o habla por el móvil). No me atreví a preguntárselo a ninguno de mis observados. Dicen que la sanidad pública pierde dinero (y el Congreso de los Diputados y de esto no se dice ni una palabra). Pero que milagrosamente en cuanto cae en manos privadas gana. Nadie tiene datos. Pero lo saben (esto es fe y no lo de la paloma, el espíritu santo…). ¿Tenemos que sospechar entonces de los gestores públicos de dichos hospitales?. ¿O quizá la palabra privado tiene un poder curativo sobre la población que hace que no enfermemos? Tiene que ser esto. De lo contrario podríamos pensar que algunos políticos están aprovechando la crisis para desmantelar lo que hemos pagado todos durante años con nuestros impuestos para dárselo a amigos/conocidos/familiares. Pero esto sería ilegal. Y todos sabemos el respeto que tienen nuestros políticos a la ley. O sea que no. Que es el poder curativo del término privado. Y buscando en la RAE el significado de la palabra privado, me sale esto:

1. adj. Que se ejecuta a vista de pocos, familiar y domésticamente, sin formalidad ni ceremonia alguna.

2. adj. Particular y personal de cada individuo.

3. adj. Que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares. Clínica privada

4. adj. Can. Muy contento, lleno de gozo. ESTAR privado

5. m. Persona que tiene privanza.

6. f. retrete (‖ aposento).

7. f. Plasta grande de suciedad o excremento echada en el suelo o en la calle.

No se con cual quedarme. ¿La 7 quizá? La 3 tiene guasa eh? De la 6 no mejor no hablamos. Reflexionemos. Y mientras lo hacemos, chutemonos por vena Llama a la comadrona (Call the midwife), una deliciosa serie de la BBC británica, basada en las memorias de la comadrona Jennifer Worth, cuya publicación supuso un fenómeno literario con más de un millón de ejemplares vendidos. Aclamada por la crítica y por el público, Llama a la comadrona ha supuesto el mayor éxito de la cadena pública británica desde 2001, con una audiencia de más de 10 millones de espectadores.

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Lo que más llama la atención de esta serie es cómo se puede crear belleza donde no la hay. Porque yo soy de los que creen que un parto tiene de todo menos belleza (incluso en la propia serie se dice que un parto no tiene nada de dignidad). Porque está ambientada en el East End de Londres en los años 50 (o lo que es lo mismo, es un miserable barrio dejado de la mano… de los políticos). Porque los personajes son feos, visten mal, viven en casas espantosas… Entonces, ¿dónde puñetas está la belleza? Pues en la historia, real (lo cual inquieta más), sencilla y directa. Menos es más. Más es lo de menos.

CALL THE MIDWIFE CASTJenny Lee, una joven enfermera de clase acomodada, llega casi sin saber a un pequeño convento de monjas que atiende los partos de las mujeres más pobres de la zona. Esto es lo que hay. Sin disimulos. La mugre que invade sus hogares (y sus vidas) es tan protagonista como las propias comadronas o las monjas que habitan el convento. Monjas que han perdido (o mejor arrojado voluntariamente) el acto de juzgar. Monjas que viven y sirven a su comunidad con un dedicación envidiable (no se porqué pero me temo que Rouco Varela no tendrá esta serie entre sus favoritas). Tampoco la ministra Ana Mato será una de sus incondicionales (ella sería capaz de instaurar el copago a las parturientas). Porque aquí hay un defensa incondicional de la sanidad pública.

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Dos cosas más. Uno. No es una serie solo de mujeres. Eso sí, tampoco me veo yo sentados a esos machitos que esperan el nacimiento de sus hijos en el bar del hospital con una copa de anís entre pecho y espalda.  Dos. ¿Hay lágrimas? Faltaría más que no las hubiera. Pero son lágrimas para todos los gustos. De rabia. De pena. De alegría. De odio. De impotencia.

Dos últimas recomendaciones. En su versión original (siempre recomendaré la versión original de todo lo que caiga en mis manos), una hermosísima voz en off (una Vanessa Redgrave en la cima de su carrera) nos pasea por las vidas insignificantes de personajes que malviven porque es más barato que morir. ¿He dicho insignificantes? Ya nos gustaría a la mayoría tener la mitad de valentía, coraje y fuerza que demuestran cada una de las madres que dan a luz sin anestesia. Aquí la epidural es el bebé que está a punto de nacer. Y la última. Saquen el shazam porque la banda sonora es un irresistible viaje en el tiempo por los éxitos de los 50.

Con una primera temporada de tan solo 6 episodios (más uno especial ambientado en Navidad), su rotundo éxito ha propiciado una segunda. Y mucho me temo que habrá serie hasta que se acaben las historias contadas por su protagonista real. Una mujer fascinante (y fascinada) que terminó siendo una pianista de éxito, y que murió el pasado año, justo unos meses antes del estreno de la serie. Esté donde esté, mirará orgullosa mientras seguro que aun espera que alguien llame a la comadrona.

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3 pensamientos en “Llama a la comadrona: a corazón abierto (y sin anestesia)”

  1. Serie con un realismo no apto para hipocondriacos. Es una pasada descubrir como han sido los origenes de lo que en un futuro será mi profesión, Enfermera. Con un tacto especial hacia la profesión y sin tapujos en cuanto a la realidad que te encuentras en cada casa, en cada rincón y en cada vida; porque así es la realidad cada persona es un mundo. En esta serie prodreis ver cuan de ruín y de inmensa puede ser la vida!!!! Os la recomiendo para esas tardes de Domingo que no sabeis que ver y no os quereis echar la siesta con las pelis de A3. (la están dando en T5).
    Un Saludo y ya me contareis vuestra opinión.

  2. una amistosa recriminación, maese bloguero:
    hay ciertas ideas que conviene no propagar, porque hay quienes se apuntan a todas y la cosa podría terminar en un impuesto al embarazo. ;>)
    Un matiz: conviene que no confundamos sanidad privada con mutua de gestión privada. En la primera el “cliente” paga en efectivo o con tarjeta la consulta y queda reservada a ciertos niveles de “solvencia” y la cosa se queda en lo que es: un negocio de prestación de servicios.
    Y en la segunda, por desgracia para el paciente, se incorpora el concepto negocio
    a algo a lo que antes teníamos derecho y pagábamos a través de nuestros impuestos, y claro, el negocio busca beneficio y el beneficio es contrario al gasto y el gasto condiciona la salud del paciente, etc, etc.
    Los sistemas de previsión estatales, tienen defectos, nadie lo duda, que pueden corregirse si se pone empeño en ello, pero no están sujetos a algo muy malo para el bienestar de la gente: la codicia de los que no tienen escrúpulos en negociar con ese bienestar.
    Por eso cada vez que oigo el manido tópico de: “público malo, privado bueno” me da la risa floja, no lo puedo evitar. ;>)

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