Decíamos ayer…

El Caso 2

Estaba yo pensando (y mira que con este calor, no es fácil), con qué cara me presento yo después de tanto tiempo sin asomarme por aquí y sin haber dejado un mísero cartel de estos que tanto vemos en estos días tipo “cerrado por vacaciones hasta el 28 de agosto”. Me repasé los emoticonos por si había alguno que definiera perfectamente mi situación. No encontré. Y la flamenca, que mira que me gusta, podía malinterpretarse. Luego pensé en hacer como si no hubiera pasado nada. Incluso se me pasó por la cabeza aquello tan socorrido de echarle la culpa a la técnica. “Pues no he recibido tu mensaje”. “Pero si te envié un whatsapp”. “Huy, el mail me va fatal últimamente”. Tampoco me reconfortaba. Al final pensé, tu escribe otro post, que estamos en veranito, y los que están de vacaciones están de buenas, y los que no, o ya las han consumido, estarán del revés y contra eso, poco se puede hacer.

Venga. Pero superada esa inquietud, zas, otra. ¿Y con qué serie hago yo mi rentrée?  Ya estamos. Otra noche sin dormir (no se me ocurrió achacarlo al calor fíjate tu). Pero como estaba hasta el moño de “reconcomes”, me despaché a mi mismo rápidamente (cosa que recomiendo…no despacharme a mi, si no cada uno a sí mismo, porque te deja un regustillo agradable), y me dije: “Javier, hagamos algo genérico”, como los medicamentos. Mismo efecto y mucho más barato.

Y aquí estoy, con un nudo en el estómago tras escuchar las declaraciones de Pedro Almodóvar a un periódico inglés donde carga contra la ficción española (las series, porque con la que está cayendo, ficción hay por todas partes). Dice que de referente nada, a los actores españoles les califica de pobrecillos porque no tienen tiempo de interpretar bien con las prisas de la industria (espero que los que hacen coches no tengan el mismo problema y terminen bien la faena). Total, que la cosa se ha liado. Incluso algunos jefazos de algunas cadenas responsables de algunas series se han parapetado detrás del twitter y cual francotirador, han disparado donde más duele (que casi siempre suele ser a las partes nobles y/o en el caso de Almodóvar, a su talento).

Decir este tipo de cosas cuando la última vez que saliste en los medios fue como propietario de unas cuentas en Panamá, no deja de ser arriesgado. Si además tu último trabajo ha sido un fracaso de taquilla (aunque éxito de crítica), podemos hablar de acción suicida. Pero cuando uno tiene cierta edad, un reconocimiento mundial, y dinero para aburrir (incluso para llevártelo fuero del país), te pones el mundo por montera y dices lo que te sale del “asuntillo”. Yo, que no estoy en una época buena para juzgar (como mucho viendo las Olimpiadas, me pongo un poco juez ruso, pero forma parte de mi carácter), y encima, no me gusta un pimiento que me juzguen, pues no se me ha ocurrido otra que analizar (muy por encima) la ficción española (o sea, JUZ-GAR).

Referente. ¿Qué significa referente? Pues parece ser que es una cosa tomada como referencia o modelo de otra. El que escribió esto debe haberse quedado “agustico”. Tenemos alguna serie a la que se le pueda aplicar esta palabra. Veamos. Alguna de nuestras producciones han sido adaptadas por los americanos, que en estas industrias, saben algo de lo que hablan. Que si Pulseras rojas, que si Los misterios de Laura. Pero ambas han pasado sin pena ni gloria por aquellas tierras.

El Ministerio del Tiempo

A mi se me ocurre que El Ministerio del Tiempo tiene muchos ingredientes para ser una serie referente. Con el presupuesto que se merece sería un pelotazo. También me ha gustado El Caso, serie a la que los jefazos de la televisión pública de este país han fulminado, parece ser que por no gustarles las referencias al franquismo. ¡Toma toma y toma!. Pero claro, qué se puede esperar de una panda de comisarios políticos sin experiencia alguna en televisión. Es como si me ponen a mi a dirigir una central nuclear. Bueno, esto sería menos peligroso. Por no hablar de los periodistas sumisos, que siguen creyendo que por haber dado un golpe de estado en TVE, tienen el pan asegurado de por vida. Pan con jamón ibérico, eso sí. Me estoy desviando. Calentando y desviando.

El Principe

Olmos y Robles

Victor Ros

¿Qué más tenemos? TVE ha decidido renovar Olmos y Robles y Víctor Ros. Increíble. Debían estar fuera y delegaron en alguien, porque son dos series muy decentes (cómo les gusta esta palabra a algunos sobre todo para llamar indecente al resto de una manera disimulada). Ambas son correctas, incluso con momentos brillantes. Cuéntame cómo pasó ha fulminado su prestigio. Águila Roja no da más de sí. También es cierto, que con estos programadores de la casa, hasta Alfred Hitchcock hubiera sufrido para estrenar.

El Príncipe de Telecinco ha sido un bombazo. Pero en esta cadena hay poco más que rascar. La que se avecina y El chiringuito de Pepe tienen (o han tenido) su público, una más que otra, pero referentes referentes… no son. Antena 3 ha debido crear un programa informático para hacer series. Bajo sospecha y Sin identidad eran tan parecidas que parecían un crossover continuo (o lo que es lo mismo, unir en un episodio a personajes de varias series). Factura impecable. Tramas alargadas hasta la desesperación. Allí abajo es un ejemplo de esto último.

Alli debajo

¿Me estoy poniendo un poco almodovariano? No. No seamos más papistas que el Papa. Luego decimos de los franceses. Se puede ser intolerante a la lactosa pero no a las opiniones expresadas con respeto. Lo que digo, o trato de decir, porque después de tanto tiempo estoy desengrasado, es que hemos dado un salto de gigante en la ficción, pero nos queda un ratito y largo. Que las llamadas series familiares ya no cuelan, que los episodios de 90 minutos más publicidad son imposibles, que las temáticas o se abren o serán mono-temáticas…  ¿Tiene razón Pedro Almodóvar?  Seguramente no. Especialmente si se expresa de la manera en la que parece que se ha expresado. ¿Tiene razón el jefazo que le ha puesto de vuelta y media?. Tampoco. Y menos usando el argumento de que las series españolas dan de comer a mucha gente. La fabricación de armas también y es cuestionable.

Por cierto, hay que decir que con lo que cuesta un episodio de una serie española, se puede comprar media temporada de una americana. Así que cuidado. El riesgo es enorme. Y si la cosa no funciona, el hostión es considerable. Cabezas no ruedan porque suelen estar atornilladas a los despachos nobles. Pero se tiende a repetir lo que ha funcionado y ahí, ya tenemos un problema grave.

Para la nueva temporada ya se están anunciando nuevos títulos, algunos con el sello de superproducción como La catedral del mar de Antena 3 y La memoria del agua de TVE, y el thriller Sé quién eres de Telecinco. Buena pinta tienen…pero ya veremos.

La memoria del agua

Se quien eres

Pues se me ocurren muchas más cosas, pero para empezar no quiero abusar. Espero que esta lectura te resulte agradable si estás de vacaciones. Amena si estás currando.  Intranscendente si buscas trabajo e inspiradora si eres responsable de que yo haya escrito esto. Yo por mi parte prometo ponerme las pilas. En ello estoy con 3 series que quiero recomendarte pero que tengo que terminar de ver porque no quiero precipitarme. Eso se lo dejo a otros. Pero como algo tengo que recomendar, toma nota. Pásate por www.soloamen.com Los chicos de esta web dedicada a la venta de complementos para hombre, además de gustarles la moda, son fanáticos de las series. Y esta combinación, me parece perfecta.

Nota: No, no me pagan, no he recibido dinero ni regalo alguno. Ni trajes, ni bolsos, ni viajes… Pero son muy majetes. La aclaración no era necesaria pero en este país, yo diría que es casi obligatoria.

Doctor Foster, una biografía no encuadernada

Doctor Foster banner

¿Alguno de los que estáis ahí, ha pensado en escribir su biografía? ¿Qué tiene mi vida qué pueda interesar lo suficiente como para que alguien pase por caja y dedique su tiempo libre a leer lo que he hecho o dejado de hacer? Pues estamos equivocados. Nuestras vidas son un filón. O al menos las de aquellos que creen (o son convencidos a golpes… de talón) que son tan interesantes que deben estamparla en papel. Marchando una de memorias. Se acabaron aquellos tiempos en los que este acto estaba reservado a personajes importantes. Actores, políticos, científicos, espías, amantes reales, líderes del mundo, han sido arrinconados y nos importa un pepino si han contribuido mucho o poco a este mundo nuestro. Lo suyo aburre. Ahora lo que se lleva es contar cuatro chorradas y posar con el libro calentito en la mano.

¿Burbuja editorial? ¿Moda pasajera? ¿Lectura obligada en los colegios? ¿Arreglo para esa estantería que se mueve? Sea lo que fuere, el universo editorial se ha rendido a las biografías de medio pelo. Para empezar, pido disculpas por no haberme documentado en exceso para escribir esto, pero apelo a vuestra compasión. En mi biblioteca del barrio, la de la Esteban estaba pillada. Así que agradezco enormemente el trabajo de Jesús del Río para El Mundo. Enhorabuena. Gracias al compañero y bajo el título de Memorias que podíamos habernos ahorrado, conocemos algunas biografías de todo a 100. Por ejemplo, que Justin Bieber publicó la suya con 16 añetes. Este cantamañanas (lo de cantamañanas sustituye al adjetivo original que había puesto pero por aquello de escribir para todos los públicos, he retirado, con dolor, eso si) nos lanzó un ladrillo de 240 páginas titulado Mi historia. Con un subtítulo que dice Primeros pasos hacia la eternidad. Y habla de cosas tan profundas como la que cuenta en una de sus canciones: “es un mundo tan grande, que es fácil perderse en él…”. Postrado me quedo ante tan sabias palabras. Evidentemente, el mozo será cantante, puede que escriba, pero vidente no es, porque años despúes, no sabe ni dónde ha dejado el coche.

Miley Cyrus lo hizo con 22. Eso sí, antes de enseñarnos todo menos sus cuerdas vocales, y antes de lanzarse a la misión de “sin bragas, la vida aprieta menos”. ¡Este podría ser el título de una continuación!. Pues no, porque la ex chica Disney (esa compañía debería hacerselo mirar porque mira terminan todas igual), ha publicado más libros. Uno en concreto, escrito por una de sus mayores admiradoras, con el nombre de “No puede parar”. Dadme un minuto… Ya… Aquí si lo cuenta todo a calzón quitado (su estado natural) y se abre como nunca lo ha hecho antes (esto hay que verlo).

Yo creo que aunque estas leyendas vivas de la música lleguen a los 90, sus datos de interés quepan en un post it. Animo a denunciarlos por malgastar el papel en el que se ha escrito. Hay que decir en su descargo, que Estados Unidos es una reserva natural en este campo. Si has triunfado, tienes libro. Si no, también. Si después del éxito, he terminado hinchando globos, mejor. Si soy un adolescente, rapidito que luego terminas como Macaulay Culkin y no te acuerdas de nada. Allí también se estila mucho lo de que si eras la taquillera del cine de la esquina donde Marilyn Monroe hacía la compra, pues cuando cumples los 100, publicas libro apremiada por unos nietos desaprensivos con ganas de hacer caja. Aunque esto entraría más en las biografías no autorizadas. ¡Y estas si que me gustan! Aquí hay chicha para regalar, aunque sean más falsas que una moneda de 3 euros, especialmente si el susodicho está muerto. Entonces, barra libre. Pruebas no se exigen, pero tampoco a las películas de Antena 3 de los fines de semana cuando dicen aquello de “basada en hechos reales”. A mi ya con esto me tienen enganchado. Por supuesto, si eres un asesino en serie, el contrato te lo ponen antes de la sentencia. En resumen, el éxito y el fracaso cotizan al alza en el mundo editorial.

Aquí no nos podemos quejar. Belén Esteban hizo lo propio tirando de Boris Izaguirre. Es aquello de yo te lo cuento (que me explico mejor que escribo), y tu me lo pones apañado, que llevo dos horas escribiendo y el corrector me está echando humo. La cosa se llama Ambiciones y decepciones. Listico estuvo el que puso el título. Básicamente cuenta lo que lleva 20 años explicando a quien le escuche, añadiendo algun momento tormentoso y delicado de su vida por aquello del morbo (y de las ventas). No digo más porque ya lo habréis leído todos. Yo, como editorial, me hubiera decantado más por Adicciones y decepciones. Supongo que no tengo madera de editor.

Su ex suegra también se tiró al ruedo editorial. Más que tirarse, se cayó. Se dio en la cara, y aprovechando el golpe, se la hizo nueva. Me voy por las ramas. Apasionante historia de una señora casada con un gañán y madre de varios hijos gañanes, alguno torero, alguno modelo, alguno, pues eso… gañán. Una nueva vida es posible. Es como el título de una canción de misa, o de festival de la canción iberoamericana,  ¿a qué si?

David Bisbal y David Bustamante han insistido en cometer el mismo delito. El primero con Desde dentro, donde parece ser que reflexiona (entiéndase como el acto de hacer varias flexiones) sobre su infancia, su éxito, su voz… Pero va y se olvida de las letras de sus canciones. Algo necesario porque a mi me cuesta un huevo entenderle. Con Shakira me pasa lo mismo. Me vuelvo a ir por las ramas… Bustamante por su parte, acaba de lanzar El sueño se hizo realidad, y aunque nos intenten colar que el buen mozo ha pasado del andamio a los escenarios, hay que decir que el dueño del andamio era su padre. Vamos, que el chico no llegó en patera a San Vicente de la Barquera (mira que rima más tonta). La eurovisiva Edurne, tres cuartos de lo mismo. Según la cantante, es como “si la gente charlara con ella”. ¡Y que Hemingway se suicidara! Ana Obregón ha hecho lo mismo. Cuenta su única verdad. Peligro. Por cierto, si ha contado que le hizo una paella a Spielberg es para dejar la paella y a Spielberg. La bióloga debió pensar que si Sara Montiel le hizo unos huevos fritos a Marlon Brando (además de un par de películas inolvidables), ella tenía que hacer lo mismo pero reactualizando el momento gastronómico. Supongo que dudó entre patillas de cerdo con espuma de berenjena o coliflor otoñal con merengue de ciruela… Pero qué va… ¿qué te va a pedir un norteamericano? Pues paella. Se desconoce si se lo pidió en el sitio en el que trabajaba nuestra internacional actriz o en alguna barbacoa. Por cierto, no desvela de dónde saco la paellera en Los Angeles… Lo habrá dejado para la segunda parte.

Para terminar, no conviene olvidar el apartado de personajes que en lugar de la publicación tipo libro (con sus cubiertas y esas cositas), lo hacen vía revista del corazón. Podríamos decir que esto es de otra liga, en plan liga adelante que suena mejor que decir de segunda. Aquí, el término biografía se cambia por memorias, aunque la mitad de ellos, la perdieran antes de escribirlas. En lugar de repasar tu vida, cuentas a quienes te has repasado.

Antes me refería a estos personajes como insensatos, pero a lo mejor me he precipitado. En el fondo, ¿no serán unos valientes? ¡Venga, a largarlo todo!. En un análisis rápido, como el que le hacemos al ordenador en busca de virus, se me ocurren pocos argumentos para escribir mi biografía. Veamos… Los buenos momentos están ahí y no hay necesidad de sacarlos de paseo. Los malos, por desgracia, también. Y ponerlos negro sobre blanco no se si ayuda a superarlos. Que el mundo (vamos a ser optimistas con las ventas) entero conozca tus miserias tiene sentido si has sido un diplomático y conseguiste que los rusos no dispararan misiles nucleares. Pero si lo que cuentas es cómo fracasó tu matrimonio o tu primer disco, yo, y es un consejo sin importancia, se lo contaría a un amiguete, y si es guionista (que andan faltos de ideas), mucho mejor, que seguro que te lo convierte en una serie estupenda.

Doctor Foster

doctor-foster pareja prota

Imaginemos. Soy guionista (qué se le va hacer mamá), y tengo una idea para una serie que va a romper los audímetros. Curiosamente no salen zombis, ni asesinos en serie, ni dragones, ni espías… Nada. La historia es más sencilla. Una doctora de un pequeño pueblo inglés, felizmente casada con un arquitecto (un poquito hipster), y con hijo pequeño ideal de muerte, comienza a sospechar que su marido se la está pegando. ¿Qué? ¿A qué me la quitan de las manos? Dicho así, a uno le entran unas ganas enormes de imaginar cómo tuvieron que ser esas reuniones para que una cadena como BBC le dijera, adelante. Y que en cinco episodios, revoluciones el país. Y que su último episodio fuera visto por más de 10 millones de espectadores… Pues solo hay una explicación. Doctor Foster (o sea, Doctora Foster en castellano) es una de las series mejor escritas de los últimos años. Y me explico aun más.

Doctor Foster pareja prota 2

Escribir una batalla entre el bien y el mal, o la historia de dos detectives medio lelos en busca de un asesino cabrón, no es fácil. Pero hacer que la cotidianidad, que el día a día de una familia normal, te interese hasta el punto de provocarte ansiedad, es como poco, para quitarse el sombrero (y lo que te plazca). Convertir la rutina en una especie de thriller es una de las cosas más difíciles que se pueden llegar a escribir. Porque claro, no hablamos de una infidelidad con la Reina de Inglaterra (y mira que esa familia es facilona). Doctor Foster cuenta una historia aparentemente sencilla, basada en situaciones reales (no en hechos reales), reconocibles, con diálogos justos, sin poesía, y con interpretaciones tan llenas de verdad que a veces, parece más un documental que una serie de ficción.

Doctor-Foster-Bertie Carvel

Todo esto y mucho más es Doctor Foster (Doctora Foster). Suranne Jones es la actriz protagonista, muy conocida en el país, pero ahora, elevada a la categoría de supremas. Su interpretación, minimalista, medida, de una mujer atormentada por la sospecha, es toda una lección magistral que confirma, que Reino Unido es una cantera inagotable de talento.

Lo mejor de esta miniserie como digo, de solo cinco episodios (cuándo entenderán aquí que los 13 episodios, más esas duraciones infernales, matan el guión más sobresaliente), es conseguir crear una atmosfera tan densa que el espectador se convierte en ese vecino cotilla, que algo sospechaba, pero poco sabía. Y claro, si nos sacan la portera que todos llevamos dentro, nos tienen en sus manos.

Doctor Foster huye del peligro de convertirse en un culebrón, y de una manera sencilla, sutil, y muy, muy inteligente, indaga en los celos irracionales, en las paranoias, en la desesperación que provoca una simple sospecha capaz de poner del revés la vida más organizada y perfecta. Su protagonista verá pasar su vida, como si le quedarán días, porque necesita recordar los momentos más felices, esos que le impiden sacar lo peor de si misma. Como leer tu propia biografía, pero no autorizada. Por cierto, que nadie se piense que esto es un paseito por el campo. Ni que nuestra protagonista se vuelve loca como Juana la ídem… No, no y no. “Ni el infierno tiene tanta furia como una mujer despreciada”. Lo digo para que veáis por donde va la historia, y que nadie se crea que esto se arregla con un asesor matrimonial…

Doctor Foster primer plano

Qué bien sientan series así. Qué bien sabe que hay vida (televisiva) en la propia vida. Hacía tiempo que no disfrutaba de una serie donde no hay monstruos (bueno, en el sentido estricto de la palabra), ni asesinos (instintos es otra cosa), ni poderes sobrenaturales (aunque los celos sean más poderosos y letales).

A su protagonista no creo que le entren ganas de escribir sus memorias, ni con la excusa barata de “lo hago para ayudar a otras mujeres que se encuentren en mi situación”… Su biografía la cuenta ella, en primera persona, a golpe de cañas (o pintas para ser exactos), de vino y de te. No es una terapia. Forma parte de la desesperación y del incontrolable deseo de gritarlo a quien quiera escuchar y a quienes no. Funciona, aunque permíteme que insista, yo en su caso, le recomiendo que secuestre a un guionista (puede buscarlo en la oficina del paro), y no le deje salir de casa hasta que le escriba su historia (coño, pero si esto es Misery…). En fin, lo dicho, hay tantas buenas historias que contar, que no podemos perder el tiempo leyendo las que no lo son. Aunque vengan encuadernadas.

Lo mejor: Un guión tan inteligente capaz de esconder cargas (y giros) de profundidad con las que hacer saltar por los aires, una historia aparentemente sencilla

Lo peor: Solo se me ocurre que no es apta para los amantes de anillos, dragones y posesiones demoníacas

Wayward Pines, ciudad de vacaciones

wayward-pines extracto poster

Con el verano metido en la maleta, toca hacer balance. Nada gusta más que decir lo bien que nos ha ido este año porque hemos tenido millones de turistas. Nuestro oro negro (o rosita para ser más exactos) parece inagotable. Invadidos por tropas extranjeras de turistas, el amor/odio que ambos bandos se profesan, no impide que las ganas de unos y de otros, se antepongan a cualquier recelo. Ya están aquí. Los turistas son el objeto del deseo de cualquier país y lugareños e invasores estamos condenados a entendernos. Camareros a pie de playa (o en cualquier recóndita terraza de secano bajo el sol abrasador), engrasan sus gargantas para entenderse a grito “pelao” (si el volumen de la voz sirviera para entendernos, seríamos uno de los pueblos más políglotas) y convencerles que la paella que se van a zampar a 60 euros por cabeza (el tamaño no importa, de la cabeza, no de la ración) se cocina en cinco minutos, que es fresquísima, nada congelada, y que la sangría se hace al momento “solo con productos naturales”. La guardan en tetrabrik por comodidad. Serán malpensados.

El turista se ha convertido en una especie que todo el mundo quiere en su ciudad pero que detesta en voz baja (a veces, no tan baja). Seamos claros, lo que quieren son sus carteras. Esto es, que si nos enviaran lo que se gastan por transferencia, nos quedaríamos tan anchos. Se buscan monederos y si el impuesto que debemos pagar es prestarles nuestras calles y playas, pues se les prestan, se les regalan y se envuelve para regalo. Ea. “¡Puri, cóbrale a este señor tan majo por 300 fotos del contenedor”…

Matt-Dillon

Todos parece que hemos estudiado el manual del turista perfecto. Sabemos que es imprescindible el dress code formado por chanclas, sandalias con calcetines, gorras y pamelas (como sombrillas), cámaras fotográficas (grandes como cabezas), camisetas de tirantes y mapas del territorio a conquistar. Un extraño camuflaje que les otorga más visibilidad, imprescindible, porque así les damos una denominación de origen, no vaya a ser que timemos a uno del pueblo en lugar de a uno de Chechenskaya. ¿Esto lo he dicho en voz alta?. Por supuesto, todo envueltito con una piel blanco lavabo (que nunca pasa de moda) que en apenas unas horas, mutará a cáscara de gamba que duele solo de mirarlos. A los pocos días, se convertirá en marrón chocolate, y de ahí, posible desintegración del sujeto, con pleno consentimiento del mismo, que para eso se ha gastado un pastón, y sus vecinos en el país de origen, tienen que saberlo, verlo e olerlo.

Nosotros también tenemos lo nuestro. Aquí no se libra nadie. Quizá por aquello de la economía, y de llegar los últimos al primer mundo, los españolitos hemos salido al extranjero mucho más tarde que nuestros vecinos. Ese tufillo a nuevo rico, sin olvidar los antecedentes que el cine de Alfredo Landa o Paco Martínez Soria nos ponía como ejemplos, nos ha dado un ligero barniz de catetillos, que llevamos estupendamente, oyeeee… Nos dejaron muy claro (o eso pensamos), que para ser turista, hay que ir de… turista. Me explico. Desde el mismo instante que cerramos la puerta de casa, uno ya es turista (previa comprobación una y mil veces de que la luz, el gas, la nevera, las ventanas de casa, las plantas y la abuela están donde deben estar… lo de la abuela da para otro post). Vecinos y comerciantes del barrio deben saber que nos vamos de vacaciones. Se apreciará que un amigo o un familiar (al que tocarle las pelotas haciéndole levantarse de la cama a las tres de la madrugada para ahorrarnos el taxi) nos lleve hasta el aeropuerto. Nos hemos dejado 2.500 euros en el pack vacacional, pero los 35 del taxi nos parecen un disparate… Que nos lleven es, además de un ahorro, una manera elegante de decir “ahí te quedas pringao”.

wayward-pines-matt-dillon y juliette lewis

Llegamos al punto de partida (aeropuertos tenemos para regalar y nunca mejor dicho). Toca mezclarse con el resto, hacerles creer que estamos muy viajados y que nada nos asusta. Si pedimos un café en el aeropuerto, sabemos que pagaremos el equivalente al precio de un metro cuadrado de la plantación de donde se extrajo (en plan multipropiedad), pero no importa, estamos de vacaciones. La gota de sudor que se descuelga por nuestra frente tras ver la cuenta (con el cafelillo han caído dos bocatas también con denominación de origen: proceden de la madre que parió al chef) se la achacaremos al calor, aunque el aire acondicionado del aeropuerto esté a punto de criogenizarnos. Pequeña charleta a los que nos atienden. Sacaremos el móvil, tablet, portátil, auriculares… Es fundamental que sepan que somos muy tecnológicos. Te sitúa en lo más alto de la tabla del viajero perfecto. Películas, series, lo último de Bisbal. Lo que sea. Estos dispositivos los carga el diablo. Sorprendentemente, el vuelo sale tarde. Tras una ligera mueca de desagrado  y el consiguiente “vaya, el año pasado nos pasó lo mismo” dicho en un tono suficiente para ser oído por media terminal, intentas controlar tus nervios. El personal de tierra actúa con normalidad. Son grandes profesionales, porque nunca se han enfrentado a un retraso. Disimulan. Muestran indiferencia, como si les importara una mierda cuándo embarcamos. Mentira. Sufren, y mucho, pero por dentro. Cuando hablan y se ríen entre ellos, en el fondo, muy en el fondo, se están tragando sus lágrimas. Cuando miran la pantalla de su ordenador, están intentando buscar respuestas para tranquilizarnos (nunca para ver si el vuelo de su compañera ha salido y se pueden ir a tomar un refresquillo juntas). Fuera pensamientos negativos. Estamos de vacaciones.

Tras horas y horas, es muy probable que ya hayamos hecho amigos. Adaptaremos nuestras exigencias  a lo que somos. Si somos pareja sin niños, pues a por pareja sin niños. Si los tenemos, pues a por nuestros iguales. Que dos veinteañeros se interesen por un par de jubilados despertaría cierta inquietud entre el pasaje. Tres, cuatro, cinco horas de retraso. Naaaadaaa. “Hace dos años, cuando fuimos a Cancún, nos pasó lo mismo”. Bonificación extra. Así se hace.

Wayward Pines Cast 2

Una vez en el destino, seguiremos las instrucciones al pie de la letra. Si hemos ahorrado mucho, nuestro destino podrá ser un todo incluido, hotel de cuatro estrellas (quizá alguna comprada en el todo a 100) con pensión completa (ensalada y pasta a discreción), visitas sin control al chiringuito (a seis euros la cañita bien tirada en vaso de plástico que sospechosamente, nunca los ves en la basura), e incluso compras de marca (en el top manta de las marcas, si hombre, según sales de hotel, a mano derecha)… Los cruceros están de moda, aunque en las ofertas haya una letra pequeña que te diga que a los 999 euros, hay que añadirle el traslado en avión, impuestos, y lo más acojonante: propinas. Esto es lo más. Tengo que pagar la propina por adelantado y obligatoriamente sin saber si el camarero me tirará la sopa por el pescuezo o en caso de avería, me robe el bote salvavidas. ¿A qué genio se le ocurrió este impuesto revolucionario? ¿Al jefe de camareros del Titanic, por aquello de que nadie se me vaya sin pagar? Aun así, lo de embarcar nos pone.

Si el año ha sido flojito y el presupuesto escaso, tendremos que tirar del plan B que consiste en 16 horas de playa (o piscina de dos por dos para 600 habitaciones cuya agua tendrá un inquietante color) y visitas constantes a la panadería, donde amablemente pediremos que nos abran la barrita para meter el salami que hemos traído de contrabando en la maleta. Existe la posibilidad de robar un cuchillo en la pizzería que hay debajo del apartamento y a la que solo hemos entrado para usar el baño. Esto no lo he dicho yo. A media tarde, daremos interminables paseos cerca del mar para terminar en un banco estratégicamente instalado por el ayuntamiento, que digáis lo que digáis, siempre piensa en el turista. Barra libre de pipas y puede que caiga una cañita en una terraza, pero solo si el sol nos provocado daños irreversibles y hay que hidratarse (o hemos acertado dos en el euromillón). Además la foto es necesaria para contar a la vuelta aquello de “íbamos todos los días, se comíaaaa, unas gambas, la sangría casera, nos hemos hecho superamigos del dueño, lo mismo vienen a vernos”… Muchos siguen pensando que cuanto más moreno vuelvas mejores han sido las vacaciones.

El apartamento por el contrario, ha quedado relegado a familias con niños. “Es que es mucho más cómodo para ellos…”, como si en los hoteles, hubiera riesgo de secuestro. También resulta una propuesta económica (jamás será la razón), si en un estudio para dos, nos metemos ocho. Bueno, nueve, que la prima de fulanito, se apunta el fin de semana.

Wayward Pines Cartel ok

La vuelta a casa no significa el final de las vacaciones. Queda enseñar las fotos a la familia y amigos. Esto se está perdiendo (y da una pena) desde que nos cosieron el móvil a la mano. Ahora uno ya no va a ver la catedral de San Puñetas, se ve a través del móvil. Y aunque terminarás por enseñar las imágenes no es lo mismo que sacar al álbum.

El capítulo de las batallitas debe incluir “que bien hemos comido”, “había un restaurante buenísimo, caro, pero chica, estábamos de vacaciones”… No olvidemos los lugares de interés. Iglesias, castillos y ruinas, monumentos, plazas, callejuelas, mercadillos, calas y demás lugares turísticos que hemos visitado (aunque no sea cierto) deben ser vistos por nuestra audiencia como si ellos hubieran estado allí mismo. De nuestra cuidada descripción dependerá que lo sientan como suyo o no. Tómate tu tiempo. Pero cuidado. Apartado de preguntas trampa tipo: “¿fuiste al cerro de santa…( nosequé)?”… Hay gente muuuuuuuuuy mala. Desconcierto. Hay que estar preparado. Sueltas  aquello de “que vaaaa, íbamos a ir un día pero salió nublado…”.  Error. Inmediatamente te soltarán en toda la cara “baaaahhhh, entonces no has visto nada”… ¿Se puede ser más cruel?.

Ser turista no es fácil. La competición por las mejores vacaciones es dura. Hay que volver no solo de color wengué, haber visto más iglesias que el Papa y comido en más restaurantes que el Rey (emérito)… Agotador. Pero irresistible. Estar viajados se lleva. Aunque el resultado haya sido una pesadilla y desde el minuto uno, desearas regresar al hogar dulce hogar. ¿Las vacaciones mal? ¡Por favoooorrrr! Eso no se confiesa ni bajo tortura. El turista no llora. El turista perfecto alaba su destino (en el que ha estado, no el otro). Aunque hayas caído en un lugar como Wayward Pines…

Wayward Pines

waywardpines banner ok

Cuando uno escucha el nombre de M. Night Shyamalan (confieso que acabo de copiar y pegar el nombrecito), a uno se le ponen los pelos como escarpias. Y no porque sus películas den miedo, que algunas lo dan (y no por sus sustos precisamente), sino porque el género tiene sus riesgos. Tropezones los tenemos todos. Si ya son marca de la casa, la cosa hay que hacérselo mirar. En defensa del director hay que decir que su debut fue El sexto sentido. Detrás vinieron cositas que recibimos cual bofetadas, con excepciones, que de todo hay en la viña del señor Shyamalan. ¿Qué decimos de El protegido y La chica del agua?. El bosque tiene su aquel, que tampoco hay que ponerse tiquismiquis. De Señales, pues tiene sus momentos, algun momentazo, y unas cuantas caídas libres por ser exquisitos en el lenguaje. Entiendo que hay respetable al que le entran ganas de llamarle de todo (sobre todo si pasas por taquilla). Así que al anunciar su paso a la televisión, no puedes evitar cierta inquietud, más si es una serie (no una película que te la despachas en dos horitas), y especialmente si alguien suelta por las redes que es la nueva Twin Peaks.

Wayward Pines Poster

Yo me hice el valiente y dije aquello “de perdidos al río: me voy de vacaciones a Wayward Pines”. Así se llama una de las series del verano que más expectación levantó desde el mismo instante en el que se anunció el proyecto. A mi la serie me apetecía. Y llega el día, y te ves el primer episodio, y cuando termina, piensas aquello de “no está mal”. Y llega el segundo, y el tercero… y la historia se atasca. Hay algun momento muy destacable, pero terminar de rematar (se confirma como marca de la casa), no remata. Vamos por partes. La historia va de un agente del FBI (Matt Damon) que tras un accidente de coche (¿provocado?), despierta en el hospital de un pueblo de apariencia idílica donde desde el minuto uno, nada es lo que parece. Sin poder comunicarse con el exterior, pronto entenderá que la salida se antoja complicada y que nadie puede escapar de allí, aunque pronto descubrirá que huir puede ser más peligroso que quedarse.

Hasta aquí, a mi me encajaba todo un poco con calzador, pero había que darle una oportunidad. Y eso que me encantan las historias de suspense que se desarrollan en pueblos de cuento donde poco a poco, comprendes que los vecinos son unos psicópatas de mucho cuidado y que estornudar cuando no toca, te puede costar la vida. Pero Wayward Pines tiene un problema de inicio. La historia no da para 10 episodios. Y claro, hay minutos y minutos sin ningún interés. Si a esto le añades que a su director le cuesta entender que mostrarlo todo desde el inicio (vamos, destripar sin contemplaciones) no es bueno para el negocio, no vamos bien.

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M. Night Shyamalan debería fijarse por ejemplo, en Guillermo del Toro (aunque sus criaturas se empiecen a repetir peligrosamente). El toque del mexicano no tiene competencia. Cuándo hay que mostrar, cuándo no, cuándo deslizamos una sombra… Sugerir no debe estar en el diccionario de Shyamalan. Extraño, porque en El bosque jugó con el efecto sorpresa y no le fue mal, pero en Señales no lo hizo, y la cagó, por esa impaciencia que tiene en que tengamos todos los datos, y peor aún, todas las imágenes. Si además, la historia es a ratos rara, a ratos infantil, a ratos increíble, a ratos pesada, pues tenemos poco a lo que agarrarnos.

Total, que me la zampo a regañadientes y tras los 10 episodios, llego a un conclusión (que no es fácil, soy inseguro). Se me ha quedado un cuerpo raro (le echo la culpa a serie). No me arrepiento de haberla visto, pero me resulta prescindible, más cuando el nivel actual impone controles de calidad que Wayward Pines no cumple en muchos momentos. Con el tajo que uno tiene sobre todo en esta época del año, con estrenos non stop, pues que una serie que pintaba bien, se desinfle, da rabia. Insisto en que me apetecía, prometía, pero que nadie tomara cartas en el asunto, cabrea. ¿O es que ninguno de sus responsables, tras un primer visionado, dio la voz de alarma, y pedir, por ejemplo, un nuevo montaje…? Por lo menos. Solo con eso, es mi humilde opinión, se hubiera salvado parte de la serie. En lugar de 10 episodios, con cinco o seis, todo hubiera quedado más apañadito.

Pero ya sabemos que nadie, después de unas vacaciones, aunque hayan sido a un sitio tan infernal, como este, confesará el desastre. Uno tiene su corazoncito. Aunque me pregunto, ¿dónde cree M. Night Shyamalan que lo tenemos los espectadores?

Lo mejor: Un arranque prometedor (cabecera incluida) junto a un buen reparto repleto de nombres muy solventes 

Lo peor: Una historia interminable, con demasiados rellenos, que desencanta al personal en cuanto te dan las claves del misterio 

Castle, la fuente de la eterna juventud… televisiva

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Retener aceite de coco en la boca durante 20 minutos cada mañana, liposucción de rodillas, no lavarse el pelo, afeitarse la cara (ahora las mujeres aunque algunas famosas lo lleven haciendo años y no por este motivo), sujetadores de rostro (algo así como un wonderbra para el careto), aumento de pecho efecto 24 horas, la ortorexia (trastorno alimentario que imposibilita la ingesta de alimentos que no sean naturales 100%, libres de aditivos, de grasas y calorías), G-shock (inyectar ácido hialurónico en el punto G, para incrementar la sensibilidad en la zona y con ella, la satisfacción sexual de la mujer), liposucción del monte de Venus para hombres (produce un efecto visual de alargamiento del pene), blanqueamiento de los genitales masculinos (cuyo oscurecimiento antes tapaba el vello), Teckneck (estiramiento del cuello sin cirugía gracias al uso de hilos que se infiltran bajo la piel y crean un andamiaje que estira la epidermis)… ¿Cómo se nos queda el cuerpo y nunca mejor dicho? Todo esto forma parte de las últimas tendencias en belleza que como siempre, nacen en Hollywood, donde parece que Dios no terminó contento con su trabajo. No me he inventado ni una. Es más, hay algunas que no nombro por miedo a posibles acciones legales…

La lucha que el ser humano tiene desde hace siglos contra el paso del tiempo se recrudece día a día, para asombro de los que como yo que seguimos creyendo que donde esté una arruga bien puesta, que se quite el botox y demás conjuros del diablo. Antiguo (y viejasco) que es uno… Es una guerra a muerte protagonizada por valientes…mejor dicho, insensatos, dispuestos a todo por parecer Dorian Grey.

Leyendo algunas de estas nuevas técnicas, lo de lavarse la cara, darse una exfoliante, un tónico y una hidratante, es de cretinos. Ahora toca echarle un par y lanzarse a cochinadas demenciales aunque nadie te garantice perder ni un minuto y medio (de años). Lo del aceite en la boca, así, recién levantados, a mí, me da unas arcadas que ni me lo quiero imaginar. ¿No lavarse el pelo?, mejor ni lo comentamos. Que las mujeres se afeiten parece ser que sigue unos principios que aseguran que la piel del hombre resiste mejor el envejecimiento solo por hacer este simple gesto que algunas usuarias asocian a la eliminación de las células muertas. Supongo que frotarse la cara contra el asfalto está por descubrir.

Del G-shock y el Teckneck ¿qué?. El primero me parece como un pellizco en el mismísimo, y del segundo, es nombrarlo y venirme a la mente el andamio de la Sagrada Familia. ¿Los hilos están garantizados? Porque me estoy imaginando una rotura y ¡zas!, como Stallone.

La liposucción del “monte de Venus” en los hombres para darle relevancia a tu cosita, aunque sea solo “efecto visual”, parece que está cuajando (lo que sea quitar grasa). Que el tamaño no importa debió salir de la misma cabecita que el que dijo que “la suerte de la fea la guapa la desea”, “el dinero no da la felicidad”, “el hombre cuanto más oso más hermoso” y demás frasecitas lapidarias de dudosa veracidad… Por cierto, en el pack, te cuelan la depilación integral, para que uno (y sobre todo, los demás) pueda admirar la grandeza del ser humano. Tras la poda, venga, blanqueamiento. Y no dental. Lo dejamos aquí.

Dejo para el final la ortorexia, porque bromas aparte, esto es un trastorno, y padecerlo es un horror. Provocarselo, de juzgado de guardia.

Total, que si metemos todas estas “técnicas” en el manual de la eterna juventud nos sale un listado de torturas propias de los verdugos más sanguinarios. Pero sabe dios qué pensará esta gente, en principio sin daños cerebrales, que además de someterse voluntariamente a semejantes despropósitos, pagan por ello, y un pastizal. Que con la que está cayendo, uno se deje la entrada de un piso en blanquearse el orto, solo nos puede hacer pensar que vamos mal…

Castle

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Nunca se me hubiera ocurrido escribir sobre una serie que acaba de estrenar su octava temporada. “Ya se habrá dicho todo”, pensaba. Si además, la cadena que la emite en nuestro país la usa (y abusa) de ella hasta tal punto que uno no sabe si es un homenaje o quieren crear un canal temático, pues apaga y vámonos. Pero lo cierto es que siempre he sido fan de ella. Y no me he podido resistir. He ido de menos a más. No es una serie de culto, ni ocupará muchas columnas de sesudos críticos más predispuestos a series minoritarias. Pero yo siempre he defendido, y a veces con vehemencia, las series easy watch, listas para su consumo, sencillas, entretenidas (que todavía haya que destacar que una serie sea entretenida cuando deberían serlo ¡todas!), simpáticas, de esas que no te exigen una concentración máxima… No es que reniegue del movimiento indie televisivo (aunque el sofá de casa no se preste mucho a los silencios), pero de estas, como de la que hoy hablo, tampoco.

Ya veis, un montón de líneas y aún no he dicho a qué serie me refiero, como si fuera esto La ruleta de la fortuna (venga, ¿a que el titular daba alguna pista?). Pues quiero hablar de Castle. Si. Castle. Tras el arranque de su octava temporada (cómo lo oyes, 8 añitos, algo solo al alcance de las más grandes, como Big Band o la recientemente finiquitada, CSI Las Vegas, que ha estado entre nosotros ¡16 años!), solo puedo decir, ¡qué bien lo hacen los jodíos!. Y eso que su renovación estuvo en el aire, más por las exigencias de alguno de sus protagonistas que por el interés de la cadena que sigue viendo en ella, un filón, no solo por sus buenos datos de audiencia, sino por sus extraordinarias ventas internacionales.

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Como digo, los dos primeros episodios (forman uno solo dividido en dos partes) son la caña y eso que me generaban dudas… Había poco que rascar ya y sus seguidores no teníamos claro hacia dónde podría ir la historia cuyos mayores alicientes se habían resuelto: el asesinato de la madre de Beckett y la relación de ésta con Castle. Pues voilà, sus responsables nos regalan un inicio de temporada más cerca del thriller que de la comedia. Realmente espectacular, con momentazos llenos de tensión, de sorpresas, de giros, de acción, y con un final, que más que el segundo episodio, parece un final de temporada. Y acaba de empezar.

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Me encantaría poder contar más, pero uno es fiel devoto de la ´asociación contra el spoiler puñetero´, y eso me ata de pies pies y manos (con lo bien que sabe ser el primero en destripar una serie), así que solo espero que Cuatro decida no esperar mucho para estrenar esta pequeña joya del entretenimiento puro y duro. Sin connotaciones peyorativas. Todo lo contrario, porque ya sabemos que después de ver Castle, a nadie le da por crear una mesa redonda, ni se va a la cama analizando hacia dónde vamos, de dónde venimos, y qué me pongo mañana…

Desde aquí mi más enérgico aplauso, abrazos al equipo y lo que haga falta, para esta serie casi tontuna, intranscendente, pero divertida, simpática, bien resuelta, con una factura impecable, unos guiones redondos, y sobre todo, con unos personajes a los que te los llevarías a casa (colocándoles, con perdón, por habitaciones… eso sí, según preferencias de cada uno… cual vela de Ikea).

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Temblad series de estreno, porque las veteranas no son nada facilonas (en contra de la opinión popular), y no se dejarán pisar ni por extraterrestres, ni por superhéroes, ni por dragones, ni por asesinos en serie, ni por agentes de la ley atormentados… No importan los años (bendita frase), lo que importa es saber envejecer. Y en Castle han descubierto la fuente de la eterna juventud… televisiva.

Lo mejor: La mezcla perfecta entre el género policíaco y la comedia apoyada en unos personajes muy bien construidos

Lo peor: Tras ocho temporadas, es casi inevitable que llegue un desgaste que termine por cansar a la audiencia y los propios guionistas

The Mysteries Of Laura, terapia para (ex) parejas

The_Mysteries_Of_Laura banner letrasCon los tiempos que corren, la actualidad hay que tomarla en pequeñas dosis o de lo contrario, a uno se le disparan los niveles de paciencia de tal manera que llegas a asustarte. Por eso, mi remedio para los días tontos no es otro que olisquear en la Red en busca de algún estudio tontorrón, de esos que periódicamente saltan a los medios de comunicación con el fin de hacernos más llevadero este via crucis por el que desfilamos botella en mano.

No son fáciles de encontrar, no te creas. La crisis los ha convertido en especies en peligro de extinción. Pero no te desanimes, porque en cuanto estás a punto de tirar la toalla, zas, te encuentras alguna majadería como esta: cómo arreglar matrimonios (en un plis plas) viendo películas.

La cosa es así de serie y de fácil. Las parejas recién casadas que ven y comentan juntas películas románticas tienen un 50% menos de posibilidades de divorciarse. ¡Un 50%! Vaya… y la gente desesperada lanzándose al cosechero del bar de abajo con tal no de subir a casa. Ojiplático me quedo tras conocer que esta es la conclusión de un estudio elaborado por unos investigadores de la Universidad de Rochester (Nueva York) que durante tres años ha seguido a 174 matrimonios (la cifra me tiene mosqueado). Se trata de la primera investigación a largo plazo que ha comparado diferentes tipos de intervención en los primeros años de matrimonio.

El estudio ha sido dirigido por un tal Ronald Rogge, un profesor de psicología, y se ha publicado en una revista de prestigio, no te creas que es aquello del test del Cosmopolitan. Este buen señor (del que no se especifica su estado civil… ahhh, canalla) asegura que si durante un mes, se ven cinco películas que traten relaciones de parejas, se podría reducir a la mitad la tasa de divorcio. Una alternativa barata (si no se ven en el cine claro) y divertida (depende de las pelis). Eso, todo bajo la supervisión de un terapeuta.

En el estudio, los voluntarios (espero que lo fueran), vieron títulos como Lo que el viento se llevó, Ha nacido una estrella, Love Story, Descalzos por el parque, Hijos de un dios menor, Una proposición indecente… ¿Subida de azúcar? Tranquilo, el equipo ha publicado un listado amplio para que nadie se eche atrás que contiene, entre otras, American Beauty, Julie & Julia, Mr. & Mrs.Smith y Otoño en Nueva York (no se si la cosa ha se ha puesto más apetecible o estás llamando a tu abogado).

“Habíamos pensado que usar películas podría ayudar, pero no tanto como otros programas en los que enseñábamos técnicas innovadoras”, ha señalado Rogge. La lobotomía es lo que tiene, que es pelín radical, debieron pensar los sesudos angelitos. Total, que los resultados les han sugerido que “tanto los maridos como las mujeres saben lo que están haciendo bien y mal en su relación. Por lo tanto, no hay que enseñarles muchas técnicas para reducir las tasas de divorcios. Puede que sea posible con simplemente hacerles reflexionar sobre cómo se están comportando. Y el hecho de que cinco películas den beneficios en tres años es increíble”, ha subrayado. ¿Tres años? ¿Cinco películas en tres años? Así va el cine…

Si esto tiene algo de cierto, este hombre será recordado por muchos (unos le tendrán en sus oraciones… y otros, a destacados miembros de su familia) porque nadie había caído antes. ¿En qué estaríamos pensando? El titular impacta. Los divorcios se acabarían viendo pelis de amor (o desamor) juntitos, con posterior charleta en plan Garci. No se si es el ejemplo más acertado. Poco más nos cuentan (claro, así hay que llamar al terapeuta si o si). Desconocemos si hay que que ponerse sexies, picardías y camiseta paleta, si vale con el pijama o la batamanta, si hay que estar en la misma habitación (yo qué se), comentar en persona o por whatsapp (esto se hace ya)… Tampoco nos dan pistas sobre si hay que hacerlo con comida, sin ella. Bocata de tortilla ¿si o no?, ¿aceitunas y patatas fritas?, espaguetis con tomates no es buena idea, creo… ¿Algo más sofisticado? ¿Estimulante quizá? ¿Afrodisiaco? Como está cesta de la compra, con unos san jocobos tiramos… Sobre la ingesta de alcohol, ni una sola palabra. ¿Raro verdad? Ummmmm, este estudio flojea.

Pues yo a este buen señor, le planteo varios interrogantes. Primero. Doy por hecho que hablamos de parejas que quieren arreglar lo suyo. Esto puede parecer una tontería pero no lo es. Dos. Si entre los títulos recomendados, se te cuela un episodio de Juego de Tronos, ¿corres peligro de invadir el rellano de tu escalera, tomar por rehén a la vecina del cuarto derecha y dejar a la churri? Tercer apunte. Durante el visionado, ¿se puede comentar en voz alta? Hay gente que lo detesta, y en cambio, otros no se pueden callar ni aunque les apuntes con una pistola. Cuatro. ¿Qué día de la semana quedamos? Entre semana ni hablar que madrugo. Los fines de semana menos porque salgo con los compis… Cinco. Seis. Siete… ¡Si es que no cuentan nada!

Y sin información, a uno le asaltan dudas sobre si este estudio tiene algo de verdad o forma parte de una campaña encubierta para ir al cine o consumir más televisión. Sea como sea, vamos a darle un voto de confianza. Pero, yo cambiaría cine por serie. Y en lugar de serie romántica (que me disculpen los seguidores de Anatomía), que se pongan a ver la que hoy recomiendo. No creo que les vaya a arreglar el matrimonio, pero estarán más a gusto que si se someten a las cuatro horas de Lo que el viento se llevó. La peli es mona pero si no soportas a tu pareja, cómo para sentarte juntos, cuatro horas, viendo a racistas terratenientes venidos a menos.

The Mysteries of Laura

the mysteries-of-laura bannerSimpática. Es lo primero que se me viene a la cabeza cuando veo Los misterios de Laura en su versión americana. Muy simpática. Entretenida. Sin más. Sin menos. ¿Esto la convierte en una serie menor? Sin duda, no entrará en ninguna lista de las mejores series de la historia de la televisión. Tampoco Verano Azul, y sin embargo, el paso de los años la han convertido en un clásico. Eso dicen…

Los misterios de Laura es la adaptación televisiva de la serie de Televisión Española del mismo título, que para sorpresa incluso de sus programadores (se estrenó en verano por aquello de “ya que la tenemos”…), se convirtió en un rotundo éxito. Muchos no se lo explican. Aparentemente, era una serie simple, muy simple, con personajes simples, con casos simples, con una factura simple… Pues mira tu por dónde, ahí ha radicado su éxito. En una simplicidad extraordinaria que ha enganchado. Para qué luego nos rompamos la cabeza buscando argumentos retorcidos. Con una estructura a lo Agatha Christie, que no disimula ni quiere hacerlo, los finales donde la detective Laura reúne a todos los sospechosos para desvelar quién es el asesino, son calcados a los que nos acostumbraba la dama del crimen. Pues sigue funcionando. Como ya lo demostró Jessica Flecher, si copias (o te inspiras, tampoco vamos a ser malos), pero copias bien, la respuesta es positiva.

Que la televisión norteamericana se fije en una serie española y la adapte, es todo un éxito de nuestra ficción (a pesar de la ceguera de los dirigentes de la pública que inexplicablemente acaban de confirmar que no será renovada… ¿pero a quién le estamos pagando un sueldazo en la televisión pública? ¿se puede llegar a ser más incompetente que esta panda de ignorantes?). Por cierto, ésta, junto a Pulseras Rojas han sido las pioneras (con desigual fortuna por cierto), pero hoy podemos hablar de muchas más, incluida la fascinante El Ministerio del Tiempo, a quien FOX le ha echado el ojete.

The mysteries of laura season 2

Sigo que me caliento. Decía que si los americanos han querido adaptar esta serie, hay que celebrarlo, mucho más de lo que se ha hecho. Pero como no somos gente de reconocer glorias ajenas, tampoco voy hacer más sangre… Qué cada palo aguante su vela, aunque si el palo y la vela, está pagado con mis impuestos, entonces la cosa no es tan fácil de olvidar… Ya me he vuelto a calentar…

Digamos, que la adaptación es demasiado libre. Tanto tanto tanto que si uno ve las dos series, no encuentra muchas similitudes. Han sido muy legales, porque si esto lo pilla una cadena canalla, se lo monta igual y sin pagar derechos.

the mysteries of Laura debra messingLa historia de una detective pizpireta (aquí llamada Laura Diamond), mona pero sin ser un bellezón, torpe pero intuitiva, comilona, desastre, madre de dos gemelos traviesos, divorciada del que es su jefe (porque se la pegaba con todo lo que se movía), poco dada a la moda (más bien nada), pero sagaz como pocas, resulta tan apetecible como una caña en un chiringuito de playa en verano. No verás casos increíbles, ni resoluciones con giros inesperados. No. Verás un clásica serie policíaca, con muchos toques de humor y sin más pretensión que la de entretener (que no es poco). Para entendernos, está más cerca de Castle que de True Detective.

La elección de Debra Messing (la inolvidable Grace de Will & Grace) es todo un acierto porque ha dado con las claves del personaje y de la historia. Es el alma de la serie (como aquí lo era María Pujalte). Los dardos envenados lanzados entre la detective y su exmarido, y jefe, tienen su puntito. Él no dejará de luchar por reconquistarla, sin abandonar el Don Juan que lleva dentro, y ella, abierta a nuevas relaciones, no le cerrará del todo la puerta. Aquí ni terapia ni peli romántica ni nada. Aquí tiran por la calle del medio y les va estupendamente.

the mysteries of laura debra_messing_Sus compañeros de reparto están igualmente bien y cumplen la diversidad que parece obligatoria en toda serie norteamericana que se precie (y que quiera ser políticamente correcta). Origen latino, indio… y gay (bueno, este de origen y destino). Por cierto, un personaje, uno de esos secundarios, que es capaz de salvar un episodio con tan solo dos frases. Fantástico.

The_Mystery_of_Laura Messing y novioThe_Mystery_of_Laura ex maridoThe Mysteries of Laura_Debra MissingThe-Mysteries-of-Laura-CastLa serie, para seguir con el despropósito en el que se ha convertido nuestra pública, ha sido comprada por Televisión Española, y sospecho que será estrenada en verano, cuando la temporada haya terminado en Estados Unidos. De esta forma, tienen episodios suficientes para emitir dos cada semana y cubrir la época del caloret.

En resumen, que The Mysteries of Laura es una serie agradable, fácil, simpática, que incluso te permite hacer otras cosas a la vez (ya que viendo la 1 no puedes ni hacer pis), y que te dejará un estupendo sabor de boca. Y visto cómo tenemos el patio, y sin ningún estudio que me avale, yo opto por dejar la mente tranquilita de vez en cuando, que las ideas que se nos ocurren en caliente, las carga el diablo.

Valoración: ***

Lo mejor: Su falta de pretensiones la hace tan sencilla como una onza de chocolate… pero irresistible, ¿o no?

Lo peor: La sencillez de sus casos se puede volver en su contra. De sencillo a tonto puede haber una línea demasiado fina.

Gotham, me parte la cara (y me la pone para llevar)

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Renée Zellweber ha vuelto y dicen que se parece bastante al original. Los expertos aseguran que ya se le ha asentado la operación. Yo afinaría diciendo que si, que algo se le ha SENTADO… sobre la cara. Tras el susto inicial y después de confirmarse que le habían partido la cara, pero voluntariamente y con todas las garantías médicas, ella regresa a la vida pública y se planta en la Semana de la Moda de París a ver si crea tendencia.

Tan solo hace solo unos meses, la actriz aparecía en una alfombra roja con otro rostro. Así, sin avisar. Un arriesgado paso por chapa y pintura. Ya sabes, llegas al taller/hospital y dices: “soy un Seat Ibiza y quiero ser un Opel Corsa”. Plis plas. Carrocería nueva. Y claro, en estos tiempos que corren (vaya si corren), su nueva imagen se pudo ver a lo largo y ancho de un planeta deseoso de noticias absurdas, pero que desengrasan la dureza del momento. Tuvimos que fijarnos mucho en el pie de foto, porque no la reconocía ni la madre que la parió. A partir de ahora, además de ser recordada por dar vida a Bridget Jones, lo será también por cambiarse la cara con la misma facilidad que de bragas. ¿Os acordáis de aquella braga-faja que lucía en Briget Jones? Pues ahora sería como si se hubiera puesto una tanga… pero al revés (y eso debe doler).

A partir de aquí, podemos decir sin miedo a equivocarnos que hacerse un Renée Zellweger, está de moda. Recuento de bajas. Demi Moore está que si que no, porque las sospechas parten de una imagen publicada a través de Instragram (y ya sabemos que a los filtros de esta aplicación los carga el diablo). A la cantante Anastacia, más que hacerle un Renée, lo que parece es que le han dado una paliza. Otra que ha decidido acostarse todas las noches con una nueva señora (desconocida incluso para ella)

El último susto lo ha proporcionado Uma Thurman, a quien en una reaparición, tras pasar por esta ITV carnal, estuvieron a punto de no dejarle entrar en el estreno porque “esa” que se presentó, no era ella. Más que pasar la ITV, muchos pensamos en que esta buena señora entró en un desguace y se compró recambios sueltos que se fue poniendo como si fuera míster Potato. Aunque a los pocos días, apareció en un programa de televisión tal cual era antes, para explicar que el momentazo se debía a un nuevo maquillaje. No aclaró si se lo tiraron desde lejos. Vamos a darle un voto de confianza (y dos hostias a su maquillador…)

Para situarnos, nos encontramos ante dos cambios, el pasivo (el de Uma), y el activo (el de Renée). El primero, es retornable, como los botellines de cerveza de antes. El activo no tiene vuelta atrás. Suelen perpetrarlos presuntos profesionales sin muchos escrúpulos, que, o bien, obligados a punta de pistola, o bajo los efectos de algún psicotrópico, dejan a su clientes hechos un cuadro. Igualitos que la famosa restauración del ecce homo a cargo de una piadosa feligresa… (a quien damos gracias por no haberse dedicado a la cirugía plástica… amen)

Los horrores de esta guerra contra el paso del tiempo (sospecho que aquí también se están desarrollando armas de destrucción masiva), dejan mutilados sonrientes y espectadores asustados. Quedar peor de lo que estabas debe ser traumático, pero espera, ¡para nosotros! A las víctimas, les parece que han conquistado tierra enemiga. Me vienen a la cabeza Meg Ryan (ha quedado como si se hubiese caído de boca sobre una cuchilla…), Nicole Kidman (nunca sabes si decirle hola o adiós), Melanie Griffith (parece que nunca termine de masticar), Madonna (¿dónde está la pelotita, aquí o aquí?), Donatella Versace (soy el espíritu de mi hermano y he venido a aterrorizaros). En el bando masculino, Maradona también se ha hecho un Renée y ahora luce dos hermosas salchichas por labios…

Lo de arreglarse la nariz con la excusa del tabique nasal desviado es más antiguo que el hilo negro. Ahora se lleva atrincherarse en el quirófano, y decir: “doctor, arráncame la cara a bocaos porque quiero ser otra”. Va más allá de cualquier lógica. A menos que trafiques con armas o cosas similares. Esta técnica ya era usada por narcos y demás fauna al margen de la ley para escapar de la policía, pero ¿de quién quieren huir ellas?… ¿de si mismas? ¿Por qué? ¿De verdad que todavía andamos en busca de la eterna juventud? ¿Creen que sus carreras se han acabado? Me duele ser yo quien les descubra que están equivocadas, y que sus carnicerías no les quitan ni dos minutos… Ah, y si, su carrera está acabada. ¡Siguiente!

Ante tal despropósito, la industria del cine está tomando posiciones, y eso que muchas aseguran que es precisamente esa industria la que les empuja a esa masacre. Pero los productores de Bridget Jones ya andan buscando a otra actriz para el nuevo título de la saga. ¡Normal! ¿Para qué voy a pagar a esta actriz que ya no es ella para hacer un papel que nos gustaba porque lo hacía ella?No se si me he explicado bien…

Que se les ha ido de las manos, es decir poco. Que una se opere la nariz como la Pataky se entiende teniendo en cuenta la trocha que gastaba. Que Madonna se ponga dos pelotas de tenis por pómulos es un despropósito. Que Cher decidiera ser Dorian Grey, incluso lo puedo tolerar. Que Donatella Versace quiera ser Gandalf travestido, me inquieta.

Lo cierto es que tras estas intervenciones radicales, el uso del bótox ya parece inofensivo. Se le están buscando nuevas aplicaciones en el mundo del espionaje. Si te pillan como espía, no hay problema. En ningún interrogatorio podrán averiguar lo que sabes. Con suerte, te darán por muerto (¿cómo lo no han visto aún los guionistas de James Bond?). Qué tiempos aquellos en los que el ácido hialurónico era la fuente de la eterna juventud… Por lo menos, por lo menos, han pasado dos años de aquello. Toda una vida para el universo de la cosmética.

Queridos lectores, les presento lo último, el tunnig facial. Lo de sentirse a gusto con uno mismo ha muerto. Ahora lo que se lleva es ponerte otro careto. Y las clínicas Hannibal Lecter lo petan. Lo discutible son los resultados. Eso si, para maridos infieles, es la bomba. Cada cierto tiempo, te acuestas con una diferente.

Todo este precalentamiento tiene un gran colofón. La gran feria de la cirugía facial llega cada año con los Oscar. Es como el Fitur de la Cirugía Plástica. Actrices y actores se ponen manos a la obra para lucir sus arreglillos en la noche más importante del cine americano. No se si por las prisas, por la crisis o por qué puñetas, no hay edición en la que no salga alguien atropellado en un quirófano. Sin embargo, este año, la cosa ha sido floja. La juventud de las actrices daba poco juego. Las leyendas vivas fueron pocas y apenas tuneadas. Una mierda de ceremonia, vamos. Qué noches hemos pasado a cuenta de las apariciones estelares de Liza Minelli, Faye Dunaway o Kim Novak. Pura poesía… del terror, claro.

Resumiendo. Cambiar nuestro exterior se extiende rápidamente entre algunos colectivos (aquí hablo de ellas porque me estoy guardando lo de ellos). Pero, y aquí me pongo filosófico (y mira que lo detesto), ¿estamos siendo hipócritas con nuestras críticas? ¿no somos partidarios de estas nuevas máscaras? ¿acaso no pasamos por la vida luciendo un exterior falso que disimule nuestras miserias? ¿no seremos más cobardes (o no tengamos tanta pasta) que ellas y nos conformemos con mostrar una cara que en nada refleje lo que somos, lo que sentimos, lo que queremos, lo que odiamos y amamos? No se quién decía que nadie sabrá nunca lo que somos, pero todos, lo que parecemos… Perdón por si alguien acaba de sufrir una subida de azúcar.

Querer ser alguien que no somos es una debilidad humana y no por ello, poco frecuente. Y este hecho precisa de una especie de policía especializada que descubra a los farsantes (no hablo de la máquina de la verdad), aunque esto sea poner al zorro a vigilar al gallinero.

Y por todo esto, hoy toca hablar de una serie que es, ante todo, un homenaje/desfile a esas máscaras…

Gotham

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Los superhéroes siempre se han caracterizado por el uso (y abuso) de disfraces que ocultaban su identidad (bueno, esto siempre ha sido para mearse). Sus seguidores lo han celebrado primero en los cómics, luego en el cine, y ahora en la televisión, donde la cosa se ha puesto tan de moda, que parece que lo regalan. Ya me veo que la nueva True Detective será protagonizada por Superman y Arrow…

Gotham es un ejemplo de esto. Bueno, es una pequeña vuelta de tuerca, ya que la serie cuenta los orígenes de la ciudad natal de Batman, ambientada en los años en los que el personaje era tan solo un niño, justo justo después, de quedar huérfano. Como una precuela de toda la vida. Ahora el protagonista es el policía, no el murciélago. Un hombre honesto que luchará contra la corrupción de un departamento en manos de políticos, empresarios y mafiosos que tienen a las fuerzas de ley en nómina (ay señor). Curiosamente, es el único que no se oculta detrás de una máscara. El resto de personajes se presenta como la versión joven de los famosos villanos que habitan esta ciudad. Desde el Pingüino (espléndido actor, por cierto), a Catwoman, pasando por el Joker, Enigma o Ivy… Todos, repito, en versión teen. Vamos, lo que todas las Renées del mundo desean, salvo que aquí, los papeles están interpretados por gente que se corresponde con la edad del personaje. Un drama para muchas, vamos.

Gotham cast

La serie no mata. Tampoco es aquello de machacarla. En el fondo es una clásica historia policíaca, solo que cuenta con la aparición estelar de malvados y malvadas (mención especial para Fish Mooney, una diabólica mafiosa interpretada por Jada Pinkett Smith, mujer de Will Smith) con aspecto inquietante, que le dan un aire diferente.

El protagonista es Ben McKenzie, actor que se hizo popular por The O.C. Ahora ya es un madurito más o menos interesante, aunque aquí, se muestre en un poco sinapismo. No se si sus dotes interpretativas no dan para más, o le quieren situar como contrapunto a los desatados que le rodean. Pudiera ser.

El look de la serie, clásico. La banda sonora, el vestuario, los guiones, igual, clásicos. Incluso el propio escenario, la mítica ciudad de Gotham, se plantea como una ciudad que bien podría ser Nueva York hoy mismo. Desconozco si es por falta de presupuesto, por ceñirse al original, por distinguirse de sus adaptaciones al cine… Por no haber, no hay ni un batmóvil, ni motomóvil, ni ganchomóvil… ni unas alitas. Nada.

Gotham Secundarios

¿Quiere decir que es decepcionante? No. Es una serie para los amantes del cómic (no para los puristas), y para los amantes de las series de policías pelín oscuras. Un intento de llegar a más público sin arriesgar. Y para mi, ese es su punto débil. Sin riesgo, es otra más. Plana. Con algún momento memorable, pero sin mucho material. Perdón. Si tienen mucho material, pero parece que lo están usando de manera contenida. Es como si te compraras esos blanqueadores de ropa, y le echaras a tu camisa un par de granitos… Mal no hará, pero mucho, tampoco.

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Total, que Gotham es una serie que se ve con cierto agrado pero a la que le faltan motivos para serle fiel. Esa contención hasta en el aspecto de sus personajes (aquí Joker no aparece igualita que cuando te levantas de la cama, toda borracha todavía y te das cuenta que no te quitaste el maquillaje), la lleva por un camino gris que mucho me temo, no le dará un recorrido muy largo. Aunque sus guionistas, siempre pueden hacerse un Renée, y escribir una segunda temporada en plan Gotham Loreal. Porque yo lo valgo…

Valoración: ***

Lo mejor: Los secundarios… Gotham construye un verdadero mural de malvados que le dan mucho sabor a un plato excesivamente soso

Lo peor: Su falta de riesgo convierten a la serie en una producción demasiado plana donde además la historia no termina de enganchar… ¡Necesita más chicha!

The Casual Vacancy, te doy mi palabra (bueno, te la regalo)

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Hay palabras que, sin saber cómo, un buen día se ponen de moda en un instante para al minuto siguiente, convertirse en cotidianas y de uso casi obligatorio. Y no me refiero a “selfie”, “postureo” o “memes” (‘palabros’ que detesto y que entran directamente a formar parte de mi vocabulario prohibido, como chaflán, cornisa, glorieta, dobladillo, sisa… no me preguntes porqué, soy raro y con claras tendencias a la exclusión gramatical).

Hablo de términos y expresiones que mis queridos (y no tan queridos) compañeros periodistas, usan hasta el desgaste. A quienes se les presupone un cierto conocimiento del lenguaje y una probada habilidad para contar lo que ocurre con acierto y claridad, el tema se les ha ido de las manos. Seguimos escuchando horrores como “en la madrileña Gran Vía”. Pues si es una calle madrileña, estará en Madrid, lo mismo que Virgen del Amor Hermoso, o Condesa de Ventisqueros, y no recuerdo que se las denomine “madrileñas” (aunque quizá sea porque en esas calles nunca pasa nada que interese a la prensa). Ya se que me vas a decir aquello de, “bueno, es que es una calle muy típica…”. También los callos y nadie debería decir “los madrileños callos… a la madrileña”. Otra que no tiene precio. “Marco incomparable”… Que nadie se ría. Este fin de semana se ha dicho en un informativo. Pero mi estupor (bonita también verdad y con pase directo a mi lista) llega con palabras o expresiones que hoy nos saturan y que si no se pronuncian cada dos frases, parece que estás mal de la cabeza. Hablo de emprendedores, sostenible, poner el foco, extrapolar, paraíso fiscal, guerra interna, acaparar todos los flahes, rupturismo o mesa de negociación. Por cierto, esta debe ser una marca en decadencia porque no sirve para lo que se anuncia…

Que enriquezcamos nuestro vocabulario es algo de agradecer. Que lo hagamos correctamente, mucho más. Que lo hagamos por cortesía al prójimo, digno de alabar. Que los escupamos como una llama para parecer más listos, más guapos, más leídos, más guays, es de juzgado de guardia, y pide a gritos una intervención urgente a cargo de la brigada contra el snobismo intelectual.

No estoy pregonando un activismo radical (lista de espera hay en la ventanilla de creación de movimientos alternativos que prometen cambiar la sociedad y darle un giro de… 360 grados) contra esta práctica que parece ponerles a muchos comunicadores. Yo creo que les excita, y sospecho, que les proporciona un final feliz de esos que piden cigarrillo al terminar. Miren no. Yo reivindico un lenguaje más sencillo, menos engolado (esta también tiene los días contados), más natural… En definitiva, más práctico. ¿Algún político que me esté escuchandoooooo?

Yo, sinceramente, no me veo en la carnicería de mi barrio diciendo: “Carlos, majete, estás hecho un emprendedor… Hoy voy a poner el foco en unos chuletones… y me tienes que garantizar que provienen de mataderos sostenibles… Lo digo porque si no, ya me veo extrapolando la grasa, y al final, como buen amante de la gastronomía actual, los tengo que reciclar, no vaya a producirse una fractura interna en la familia. Así que pon el foco en la carne, y extrapólame cuatro piezas sin sospecha de desigualdad”.

Delirante… ¿Avanzamos por un camino sin retorno? Aquí no incluyo a los periodistas deportivos, ni a los taurinos. Más que nada porque no les entiendo. Esa asignatura me la debí perder. Porque en serio, no les pillo ni la idea, y si lo hago, la cosa se pone más inquietante. Tampoco me voy a detener en esos personajes que introducen un derroche de palabras en inglés (para darse brillo a si mismos). Esto ya me enerva (ufffffff, está ha entrado directamente en lo más alto de mi lista), me provoca espasmos musculares y una grave incontinencia verbal contra ellos (y lo que representan).

Otro ejemplo de lo que estoy diciendo (o trato de decir). Estaba viendo uno de esos programas que siguen a la policía en sus complicados trabajos, y escucho como tras semanas de investigaciones, se detiene a unos butroneros. Cuando el oficial al mando les explica que les detienen por robo, utiliza un lenguaje que los cacos no saben si les están deteniendo o invitando a Hay una cosa que te quiero decir.

¿Qué nos está pasando? El lenguaje es nuestra forma principal de comunicarnos y lo estamos retorciendo hasta tal extremo que parecen las letras de Miguel Bosé… Muy fino todo, muy poético pero no nos entiende ni dios. Y sin entendernos, yo, con el permiso de todos, me bajo de este carrusel de locos, y me quedo en mi sofá, divinamente, dándole que te pego al mando… de la tele, me refiero.

He leído hace poco algo que recoge el manual de estilo del ‘The New York Times’ en su versión 2015, y que viene estupendamente a lo que intento explicar aquí (con mucha dificultad, lo reconozco): “los periodistas no somos ni poetas ni académicos, ni artistas ni activistas”. Coño (ahora parezco Pedro Sánchez). ¿Y esto lo sabe la profesión? Pues en lugar de tanto anónimo y tanta factura, yo haría un envío masivo a todas las redacciones, con este pensamiento, aunque sea impreso en camisetas. ¿Cómo hemos llegado a este punto donde las verdades suenan como frases enlatadas? ¿no es extraño que una misma frase usada por varias personas suene diferente? ¿por qué? ¿quizá porque está hueca, porque no hay nada dentro? ¿se trata acaso de una canción de cuna usada para dormir los pocos instintos que nos quedan? ¿me estoy poniendo demasiado espeso o solo me lo parece a mi?

En cualquier caso, este mal que se extiende como la espuma (otra bonita expresión) y termina por salpicarlo todo (políticos, se lo que estáis haciendo), ha llegado también, a muchas series. Guionistas (canallas) de todo tipo se embriagan (esto es un no parar de expresiones) de frases imposibles que hacen que muchas veces, los personajes pierdan toda credibilidad, la historia se vaya a tomar por culo, y el espectador, al bar más cercano… Otras, en cambio, son como grabaciones ocultas, reflejan verdad y solo verdad por su extremo cuidado en dibujar gente a la que se le entiende, no solo lo que dice, sino lo que hace o piensa o siente o…

Y eso es precisamente lo que avala la serie de hoy…

The Casual Vacancy

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The Casual Vacancy es una miniserie basada en la novela con la que la autora de Harry Potter, J.K.Rowling decidió dar el salto al público adulto. Fue un salto sin red. Arriesgado. Valiente. Para algunos, decepcionante. Pero su paso a la televisión, engrandece y mucho, un material que prometía y que ha sido adaptado con mucha inteligencia. Aunque ya adelanto, que no usando todo el cerebro.

La cosa es la siguiente (lo de cosa es un decir). En un idílico pueblecito británico (cómo me gustan esos lugares llenos de familias felices sin una sola familia feliz), varios personajes luchan por hacerse con una plaza en un consejo vecinal que decide los destinos de sus habitantes (si, aquí también están liados con el urbanismo). Esa vacante inesperada sacará a relucir el verdadero rostro de unos personajes sin escrúpulos capaces de revolver entre las miserias más humanas con tal de conseguir su propósito.

Los guionistas usan bisturí de última generación para escribir sobre la carne (podrida) varias historias que se entrelazan para terminar en una sola. Lo hacen sin anestesia, pero con el beneplácito (forzado) del paciente. Enfermo terminal, eso si. Despellejan sin piedad, y lo mejor de todo, con un sentido del humor tan negro, que las sonrisas se congelan. Pero con una capita de un barniz delicado y exquisito. Todo muy ‘polite’ (esto duele eh), porque claro, son ‘british’ (y esta ni te cuento). Es algo así como “permíteme por favor que te meta una cuchillada trapera por la espalda… por supuesto, no faltaría más… gracias… ha sido un placer”.

Todo esto expresado con una sutileza (bueno, a veces tan sutil como unas botas de pocero) que, partiendo de un excelente guión, consigue llegar a buen puerto gracias a sus increíbles actores (aunque el atraque deje muuuucho que desear). Como siempre, mención especial (toma ya expresión) a esos actores al servicio de su majestad (me salgo). Inmensos. Hablo de veteranos como Michel Gambon y Julia McKenzie, pero también de rostros muy conocidos en aquellas tierras como Rory Kinnear o Monica Dolan.

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Es sorprendente, y admirable, cómo un argumento aparentemente sencillo, dibuja unos personajes tan reconocibles (si estáis en el trabajo, miradita alrededor) para casi todos. Es como un cursillo sobre cómo ser un hijo/a de puta sin levantar la voz. Y todo expresado sin rimbombantes expresiones gramaticales. Insisto… ¿En serio que no hay algún político que me esté escuchando? ¿y director de informativos? ¿de periódico? ¿presidente de comunidad… de vecinos, aunque sea? Nada…

Casual Vacancy

Una advertencia. En The Casual Vacancy hay que rascar un poco. Lo digo para los más perezosos. No se trata de sentarse en la mesa y que te den la sopa boba (mira, esta me hace gracia). Estaríamos entonces ante una especie “crónicas de un pueblo” bañada en te. No. Pero como los espectadores nos hemos hecho mayores, profesionales, sabios, retorcidos y malvados, ya sabemos utilizar los manuales de uso para sacarle todo el partido a las pequeñas joyas televisivas. De lo contrario, no existirían ni Homeland, ni Hannibal, ni Breaking Bad, ni Modern Family, ni The Killing, ni True Detective… Y sin ellas, el mundo sería insoportable.

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No queda mucho más que decir. En los próximos meses seguiremos observando, escuchando, con cada vez menos estupefacción, a gente que nos hablará en marciano, pero será gente que no entiende a la gente, gente que no quiere ser gente, aunque se disfrace de gente… A mi ni me hablen, porque yo estaré ocupado, escuchando (y entendiendo) a otro tipo de gente… ficticia quizá… pero más auténtica que nadie.

Valoración: ***

Lo mejor: Esa capacidad innata de las series británicas de mostrar las miserias de una sociedad que necesita, como todas, un plan ‘renove’ urgente, universal y gratuito, con una sencillez que asusta

Le peor: El cambio del final con respecto a la novela puede decepcionar por ser demasiado forzado y yo diría, que casi, innecesario

Stalker, por los pelos

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Erase una vez, un leñador muy varonil (pero mucho mucho mucho), preocupado por el medio ambiente y despreocupado por su aspecto (sic)… El hombretón vivía en un bosque perdido, sin amigos, con la sola compañía de cientos de árboles que talaba día si y día también (¿a qué se referirían exactamente con “preocupado por el medio ambiente”?), sin más ayuda que un hacha poderosa y afilada (ni que decir que tenía la casa como Ikea pero en versión campestre). Embutido en unos ceñidos vaqueros, y tras despojarse de su camisa de cuadros, cada mañana, el leñador, como era conocido por aquellos lares, cogía su gran herramienta con las dos manos (qué otra cosa podía hacer el pobre), y se disponía, en plan aizkolari , a dejar el bosque como la Amazonia. El sudor realzaba sus músculos, no excesivos (el gimnasio más cercano estaba a tomar culo), mientras en su poblada barba cristalizaban pequeñas gotas de rocío mañanero (vamos, que hacía un frio de pelotas, pero el mozo como si fuera del mismo Bilbao, dale que te pego al chopo)… Cuanto más alto era el árbol, más placer sentía en derribarlo… (esto empieza a parecerse a 50 sombras de Grey).

Con tan pocas aficiones (no era muy futbolero), y sin nadie que le hiciera el más puñetero caso, el guarrillo como era apodado por su vecinos, apenas sonreía (cual top model) y se había convertido en un ser melancólico y huraño. Pero un buen día, una hada madrina perdida, porque no sabía usar el GPS de su coche, (la varita en la guantera), se topó sorprendida con aquel pedazo de especimen (ella esperaba más a la abuela de la Asturiana) y tras pedirle que le invitará a un carajillo (la temperatura lo pedía), le miró fijamente y le dijo: “te voy a convertir en el hombre más deseado del planeta”. En realidad lo que pensaba era en pegarse un buen revolcón con aquel desconocido, pero hubieran hecho falta dos o tres copas, y no era plan de bajar hasta la tienda del pueblo, porque el gañan no tenía nada en el mueble bar, hecho cómo no, de madera que él mismo había cortado, vintage y a un precio en el mercado urbano de no menos 1200 euros. Me voy por las ramas (vaya chispa)… El hada (también llamada redactora jefa), le expuso brevemente sus planes de futuro (obviando pajares que venían a su mente). El leñador, más corto que una astilla, se dejó llevar.

Oye, dicho y hecho. Aquel lobo solitario no se lo pensó dos veces. Básicamente porque estaba hasta el mismísimo tronco de aquella vida, y sobre todo, porque aquella mujer sofisticada (aunque él no daba crédito ante tanto mamarrachismo), se puso pesadita de cojones viendo el filón que tenía por delante (y por detrás). El leñador de calendario cerró la leñera de un portazo y con ella, un estilo de vida que cambiaría para siempre. Al cabo de nada, acaparaba todas las portadas de las revistas más prestigiosas de moda… por supuesto, tras pasar por un chapa y pintura, que en esencia, no difería mucho de su aspecto original. Ahora, la barba poblada olía a esencias del bosque (como no podía ser de otra forma), y habían desaparecido los restos de potaje, que muchos de sus vecinos, desaprobaban con vehemencia. La camisa de cuadros, básicamente el mismo estilo, salvo que las nuevas, costaban más que su casa rural, y el picor al contacto con la piel, se había transformado en un suave cosquilleo que al chico agradarle lo que se dice agradarle, pues no le agradaba mucho, pero, mejor que el rasca y pierde de los anteriores modelos. Ni comparación.

Total, que los anglosajones (este cuento, como muchos otros, nos llega de aquellas tierras), a los que les gusta más crear un término que una cerveza en Magalluf, enloquecidos ante lo que habían inventado, se pusieron a pensar y a pensar y a pensar, y decidieron, llamarle LUMBERSEXUAL (que viene de madera). Morían para siempre metrosexuales y ubersexuales (algunos entre terribles sufrimientos), y nacía este nuevo fenómeno. Se dice que los hispters han desaparecido de las calles a la espera de que les crezcan más sus barbas y así que nadie piense, que son unos trasnochados de pacotilla. Sería la hecatombe. Pero no lo tendrán nada fácil.

La noticia por supuesto, saltaba a periódicos, radios y teles (especialmente los domingos porque chico, hay que llenar muchos minutos y estas gilipolleces quedan estupendamente). En la calle empiezan a repartir folletos para saber distinguir un lumbersexual de un metrosexual, de un ubersexual y por supuesto de un hipster (estos últimos viven aterrados ante lo poco que ha durado su reinado). Pues brevemente, además de los jeans, y la imprescindible camisa de cuadros (pueden y deben ser variar, que si no, con una nos apañamos y a ver dónde está la gracia de las ventas), botas rurales, gordochonas, como para cruzar arroyos sin mojarte, cabello con algo de tupé, vamos larguito que si no nos confunden con un skin y la cosa se pone pelín rarita, y eso si, complementos en plan pulseritas, relojazo o un IPhone 6 como Apple manda. Esto si que no admite discusión. Aquí se me vuelve a escapar lo de su preocupación por el medio ambiente.

Ah, no conviene olvidar que esta nueva tribu urbana debe ser capaz de construirte un zapatero con su navaja o abrirte una cerveza con los dientes. Su masculinidad está por encima de todo, incluso de su barba (ahí ahí andamos). Me explico. No puedes ir de lumbersexual y saberte todas las canciones de Celine Dion. No, no y no. Además, puntúa ser algo básico. Tampoco que sospechen que te golpeaste la cabeza al nacer. Una cosa intermedia. Rudo, pero sin escupir como una llama. Pelín asilvestrado, pero necesidad de imitar el sonido de los puercos antes de copular. Y sobre todo, no olvidar lo del medio ambiente. Si no reciclas, ¡eres un gañan con barbas!

Un ejemplo que he leído y que os ayudará definitivamente: un hispter quiere un café, va a una cafetería, moderníiiiisima por supuesto, y se sabe tooooodos los tipos (de café) que hay en el mercado. Que si es de Brasil, de Kenia, del Mercadona… Al lumbersexual esto se la trae al pairo, porque a él, lo que le importa es de dónde viene, si su cultivo ha sido sostenible, si no se han usado químicos, etc, etc…

Antes del colorín colorado, decir que el hada madrina fue ascendida y prepara un libro en plan “yo descubrí al lumbersexual”. Sería algo así como “yo descubrí al hombre de Atapuerca, pero este se mueve”… algo.

Del primer lumbersexual, pues se sabe poco porque como le clonaron y ahora hay miles, resulta difícil de localizarle. Es como si le hubieran metido en un programa de protección de datos. Las malas lenguas dicen que se le puede encontrar con frecuencia en una de las cientos de barberías que han nacido (les sugiero un plan de negocio B por si la cosa es tan efímera como parece… no se, algo radicalmente opuesto en plan nomaspelo.hayqueverhijolasbarbasquellevas.com, por ejemplo), porque aquello será “moenno” pero pica horrores y hay que cuidarlo para que no se convierta en un nido de cigüeñas.

Por cierto, y sirva como postdata, en el Reino Unido (dónde si no) ya existe el Frente de Liberación de la Barba, un colectivo que “hace campaña en apoyo de las barbas y combate la discriminación contra aquellos que las llevan”. Yo ya me imagino a sus directivos como náufragos recién rescatados. Y que luego digan que no hay gente pá tó… Por allí ya han creado cientos de negocios donde sospecho que si entras sin barba, te entregan la recaudación de la caja sin la menor resistencia.

Así que ya sabéis, cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar… No hay otra. A los imberbes, solo les queda quemar un corcho y pintarse a lo Conchita, que mira dónde ha llegado… (no es una pregunta retórica, ¿alguien sabe dónde ha llegado?)

Y dicho esto, y tras haberme quedado más ancho que pancho, muchos diréis, ahora a ver qué serie nos largará este a cuenta de los lumbersexuales… Y este que os escribe (con mucho amor os lo juro), no tiene ni puta idea… Porque ¿en que está pensando Hollywood para crear una producción protagonizada por estos seres de aspecto rudo y corazón comprometido? Pues mientras llega, yo os hablo de una con un macho man, que aunque no cumple con la medida exigida (bueno, lleva la típica de 2/3 días, pero dadle tiempo…), en su ratos libres ya la luce y así de bien…

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Stalker

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Los meses previos al estreno de una serie norteamericana, las cadenas se vuelcan en su promoción con excelentes teasers (avances), tráilers, pósters, fotografías… En muchos casos, son pequeñas obras de arte que destacan a sus protagonistas (si son actores famosos), o a sus creadores (si han sido responsables de éxitos anteriores). La prensa mundial se hace eco, y calienta motores sin pudor. Todos nos volcamos en dar la noticia y el espectador decide cuál será su apuesta. Sin embargo, hay ocasiones, en las que la serie aparece casi por arte de magia, con poca promoción. Desconozco si porque la cadena no confía en sus posibilidades o si deciden hacer una selección para no taladrar al respetable.

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Este es el caso de Stalker, una serie más que digna, creada por Kevin Williamson para CBS. Ha aparecido casi sin avisar, y mi primera impresión ha sido aquello de “no está mal”. Lógicamente, cuando naces sin expectativas, aunque provoques una, ya es mucho, pero Stalker puede gustar. Vamos por partes.

Decíamos que su creador es Kevin Williamson, un conocido guionista y director americano especializado en el cine de terror. Suyas son las legendarias sagas de Scream y Se lo que hicisteis el último verano. En televisión ha escrito muchos episodios para series como The Following o Crónicas Vampíricas. Así que, con esta tarjeta de presentación, uno piensa rápidamente que Stalker es otra historia más sobre asesinos despiadados en busca de adolescentes descerebrados (sigo preguntándome cómo es posible que la misma fórmula funcione una y otra vez… aunque si a Disney le va bien). Sin embargo, Stalker NO es una serie de terror. Repito. Stalker NO es una serie de terror. Es una serie policiaca (con todos los pros y todos los contras, como debe ser). Pero esta vez, sus protagonistas son un grupo de agentes especializados en acosadores. Que nadie se me asuste. Las estadísticas dicen que en Estados Unidos, este tipo de delitos son mucho más frecuentes de lo que creemos. Y no solo es un problema de los famosos.

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Este es el argumento. Sus protagonistas son agentes con pasados más o menos oscuros (aquí han tirado de topicazo) que se muestran inflexibles en su trabajo y se derrumban en la intimidad. La cuota racial cumplida. Origen asiático, latino, y por supuesto, norteamericano. Víctimas de toda clase social, aunque con una mayoría de clase alta. Y lo mismo pasa con los acosadores. Hombres, mujeres, pobres, ricos, tarados, sanos… Vamos, una macedonia con todos los ingredientes que debe tener este mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir.

Sobre los casos, poco que decir. No son enrevesados, no tienen grandes sorpresas, pero eso sí, están envueltos con esos momentos de suspense marca de la casa (es decir, Williamson)… Ya sabéis, una silueta que se desliza detrás de la víctima, unos ojos que observan dentro del armario (sin doble sentido por favor), el sonido de unos pasos en la oscuridad, un ruido extraño en la noche (que manía con bajar y preguntar si hay alguien ahí… en serio que alguien espera respuesta?…), caretas diabólicas (y no hablo de cirugías). Nada nuevo, pero funciona. Y funciona porque como decía antes, las reglas del género siguen funcionando. Y en televisión hay un norma inquebrantable que dice que si algo funciona, para qué cambiarlo.

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Si has llegado hasta aquí, me dirás… Pero entonces, ¿la serie está bien o no? Pues muy fácil. Stalker es una serie de consumo fácil, tipo fast food, que te llena al momento, y que al cabo de unas horas, te deja con hambre y casi sin saber qué has comido/visto.

Pero Castle, El mentalista, Hawaii Five 0, Bones, Mentes Criminales, son algunos títulos que encajan en esta categoría y han tenido recorrido. Series muy entretenidas, que te enganchan darte cuenta. No buscan la gloria, solo a un tipo de espectador agradecido que desea desconectar durante 50 minutos con una historia bien escrita y sin romperse la cabeza (la tenemos para florituras). Y Stalker lo ha conseguido. Sus datos en Estados Unidos no han sido brillantes, pero si suficientes para que CBS haya ordenado una temporada completa. Su continuación dependerá de lo que ocurra de aquí al verano. Y me atrevería a decir, que no pinta mal. A lo largo de la serie, hay una trama inquietante sobre su protagonista que avanza poco a poco, y que tiene muchas, pero que muchas posibilidades, si los guionistas no deciden buscar la inspiración en un barril, aunque confieso que a veces, esto ha creado más de un momento glorioso en la historia de la televisión…

Desde aquí siempre he defendido este tipo de series. No todo puede ser cool, serie de culto, alabada por la crítica… Lo he dicho y lo seguiré diciendo: Ferrán Adrià es un genio, pero jamás se pueden rechazar unas lentejas de la abuela.

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De los protagonistas, destacar a Dylan McDermott, un hombretón que cumple todos los requisitos para ser un lumbersexual en toda regla. Además, es toda una estrella de la televisión (que es un plus), con grandes éxitos a sus espaldas (anchas), como El abogado, o la primera temporada de American Horror Story, y algún tropiezo reciente como la fallida Rehenes. Junto a él, Maggie Q, actriz de la que muchos se enamoraron en Nikita, y en éxitos cinematográficos como Misión Imposible III.

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Pero si hay algo que me llama la atención de Stalker, es su banda sonora. Cada episodio finaliza con un temazo mágico que envuelve todo el capítulo con un lujoso papel de regalo (pelín cursi me ha quedado…). La mayoría, versiones (o covers que queda super cool). No os perdáis a un grupo llamado Snow Hill, atrevidos como pocos en sus nuevas versiones de temazos que todo reconoceréis. Tres ejemplos, dos a cargo de este dúo londinense y un tercero con Michelle Branch…

https://www.youtube.com/watch?v=P9d8yUcRsMc

https://www.youtube.com/watch?v=37FlncL4pgc

https://www.youtube.com/watch?v=HWP2Mu480Ns

Poco más. Stalker no es una gran serie por un pelo. O dicho de otra forma, no es mala, por los pelos… Se queda en un producto entretenido, sin muchas pretensiones, pero muy efectiva, recomendable para pasar un buen rato, con sustos bien distribuidos, sin escenas truculentas, y de muy fácil visión. Si esperas Breaking Bad, ni te acerques.

Lo mejor: Sin lugar a duda, su extraordinaria banda sonora llena de pequeñas joyas, muchas de ellas, versiones increíbles de temas muy conocidos en voces y sonidos fascinantes

Lo peor: Le falta un pelín de valentía… Es una serie demasiado blanca, poco retorcida, y con acosadores (y guiones) demasiado lights

How to get away with murder, prohibido decir la verdad

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Cuántas veces de pequeños, hemos escuchado aquello de “no se dicen mentiras”, “a mamá no se le miente”, “mentir está muy feo”… Básicamente, lo hemos aprendido de la misma manera que el comer, el caminar, el hablar, o el hacer pis en el baño (esto es cuestionable porque no hubiera estado de más alguna clase sobre cóomo hacerlo ¡pero en un baño público!). Sin embargo, llama la atención, la facilidad que tenemos para aprender estos conceptos básicos y que no olvidamos (por lo menos durante mucho tiempo), y sin embargo, el de mentir nos lo pasamos por el arco del triunfo en cuanto tenemos la más mínima oportunidad. ¿Por qué? ¿Quizá por una tarjeta de puntos, por un dos por uno en menaje del hogar, por 50% de descuento en la segunda consumición…? Me temo que no, lo hacemos gratis, bueno, casi gratis, porque detrás de cada mentira, suele haber una razón, o varias. Unos se esconden detrás del “es necesario”, otros, “no puedo evitarlo”, muchos en lo que se viene en llamar “mentiras piadosas”.

Mentiras piadosas. Tela. Ejemplos. Si tu pareja te la está pegando, mejor que te mienta. Si tu jefe está pensando en echarte, mejor que te mienta, si el banco está pensando en desahuciarte, mejor que te mienta, si te quedan dos meses de vida, mejor que te mientan… Y así hasta el infinito. Se envuelve todo en papel de regalo marca “mentira piadosa”, y venga, siguiente que me lo quitan de las manos. ¿Votos a favor, votos en contra? La cosa estaría reñidita.

No se yo si existe el mismo consenso si hablamos de los mentirosos compulsivos, aquellos que no dicen la verdad ni aunque se la intentes sacar a punta de pistola. Son incapaces (o eso dicen ellos). ¿Falta de atención de pequeños?, ¿de sus padres? O… sencillamente, porque la vida no les va nada mal. Yo me decanto por esto. Si soltando cuarto y mitad de trolas, a muchos les va de puta madre, qué coño estamos haciendo los demás… ¿No estará demasiado valorada la sinceridad? ¿Son admirables aquellos que te sueltan lo primero que se les ocurre?

Total, que yo sigo sin saber qué ponerme para estos casos. Por ejemplo. ¿Es un político un mentiroso cuando dice que la crisis ya ha pasado? ¿Lo es un médico cuando no te dice que te vas a morir? Cuando un recién llegado a la política dice que a partir de ahora será más prudente en sus declaraciones, ¿qué quiere decir?… que nos va a mentir a partir de ahora, que no nos va a decir todo lo que piensa… ¿acaso no es esto otra forma de mentira? ¿no decir la verdad es mentir? ¿cuántas veces al día mientes? ¿eres consciente de hacerlo? ¿lo planeas previamente? ¿te disculpas después? ¿te han pillado alguna vez?¿has mentido solo por hacer daño? ¿cuántas veces hubieras preferido que te mintieran? ¿cuántas que te dijeran la verdad?

Como me estoy poniendo espeso (y se me están gastando los interrogantes), y la cosa no va a mejorar teniendo en cuenta que no queda nada para las Navidades, y esa si que es una buena época para sacarse el carnet de mentiroso, recapacito, reculo, rectifico, y reinicio si hace falta, y me dejo llevar por esa ola de indiferencia que golpea al sincero (valor a la baja), y prometo ante mi honor, que si para triunfar en esta vida, hay que soltar una sarta de mentiras día si y día también, que cuenten conmigo, que yo cumpliré con las obligaciones de mi cargo, y no descansaré hasta que de mi boca no salga ni una puñetera verdad (que esas si que dan fatiguitas). Si es necesario afiliarse a lo que sea, que cuenten conmigo, porque como dicen las misses, yo también quiero la paz en el mundo, que no haya guerras, ni hambre ni enfermedades… ¿Cómo se hace eso? Nadie lo ha preguntado, porque lo importante es lo que se dice, no lo que se hace. Yo solo quiero la corona y la banda, que por delante, si gano, me queda un largo trecho de mentiras maravillosas. Puede que no acabe bien, pero que me quiten lo bailao…lo ganao, lo trincao, lo robao… Se venden mentiras, a buen precio, facilidades de pago, envíos gratuitos.

El mundo es de los mentirosos y solo queda rendición incondicional por la cuenta que nos trae. ¿Acabo de escribir esto? Debe ser el otoño, pero tengo que arreglarlo y no se me ocurre mejor manera que destacando una fascinante serie, donde decir la verdad está prohibido… si quieres sobrevivir. Hablo de una de las grandes sorpresas de la temporada. Y no estoy mintiendo… (mal empiezo).

How to get away with murder

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Brillante, inteligente, misteriosa, valiente, oscura, vibrante, adictiva… Todo y más se puede decir de la última creación de Shonda Rhimes, convertida ya en la mujer más poderosa de la televisión norteamericana. Sus razones se llaman Anatomía de Grey, Scandal y How to get away with murder (o Cómo defender a un asesino, more or less), tres ases con los que la afroamericana ha conseguido que la cadena ABC sea la reina absoluta de los jueves (contestada únicamente por The Big Band Theory).

HOW TO GET AWAY WITH MURDER

Shoda Rhimes es todo un personaje, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecta (la definen así porque no tiene pelos en la lengua o comoles ocurre a sus personajes, le cuesta mentir), que ocupa mucho espacio en los medios estadounidenses, y no siempre por lo que hace o dice, sino por lo que le hacen o dicen. La última y más sonada fue una crítica del new York Times donde se la calificaba como “mujer de color enfadada”. Las toneladas de reproches que estallaron no se hicieron esperar y el periódico tuvo que rectificar (porque allí, si, se rectifica, fíjate tu qué cosas…).

También le ha salpicado cierta polémica en relación a sus supuestamente escenas de sexo subidas de tono (qué pereza), que ya empezó a ensayar en Anatomía, las pulió en Scandal, y las muestra sin pudor en How to (la llamo así desde ahora que el nombrecito es muy largo y todos tenemos muchas cosas que hacer). Puntualizar que las escenas que han levantado más protestas son entre dos hombres, como no podía ser de otra manera. Y eso que la serie, se emite a las 11 de la noche, lo que en Estados Unidos significa, el mismo horario que aquí tienen las echadoras de cartas de nuestra madrugada. Total, que como la señora es muy activa en twitter, no pierde ni un segundo en remangarse, y poner sus razones para el que las quiera entender. Eso si, al contrario que Groucho Marx, no tiene otras por si no te gustan… (ella si ha triunfado sin contar mentiras, pero las cuentan sus personajes… no se si esto cuenta)

JACK FALAHEE, CONRAD RICAMORATOM VERICA, VIOLA DAVISLIZA WEIL, VIOLA DAVIS, CHARLIE WEBER, JACK FALAHEE, ALFRED ENOCH, AJA NAOMI KING, KARLA SOUZAAJA NAOMI KING, JACK FALAHEE, KARLA SOUZA

Dicho esto, me centro en lo que para mi, insisto, para mi, (y para millones de americanos que la siguen cada semana) es una de las mejores series estrenadas esta temporada. A primera vista, creía que iba a ser otra de abogados (y mira que me gustan),pero cuando ves su primer episodio, descubres un thriller poderoso, del que resulta difícil desengancharse. Droga pura para las retinas.

Digamos brevemente, que How to cuenta la historia de una brillante abogada que además da clase en la Universidad. Tras un proceso de selección más propio de Los Juegos del hambre que de unas oposiciones, varios de sus alumnos serán reclutados para formar un equipo que le ayude a resolver sus muy complicados casos. Hasta aquí, todo medianamente normal. Peeeeroooo, nada más lejos… Porque un hecho trágico (del que no puedo decir ni mu, no insistas), salpicará a todos y cada uno de los personajes. A partir de ese instante, el espectador se convertirá en testigo o cómplice, de un caso con giros y sorpresas del que no será fácil escapar. Y este es uno de los muchos aciertos de la serie. ¿Testigo? ¿Cómplice? Incluso ¿víctima?… Inquietud e intriga a sacos que convierten cada episodio, en un pequeña joya que quieres tener cueste lo que cueste. Y si a esta fascinante creación, se le añaden unos guiones casi perfectos, ¿qué nos queda? La tercera pata de esta increíble mesa: la protagonista, Viola Davis, quien saltó a la fama (otra bonita expresión tipo marco incomparable o la madrileña calle… qué nos pasa a los periodistas por dios) con la maravillosa Criadas y señoras, y por la que fue nominada al Oscar. Pues bien, esta actriz ha encontrado el papel de su vida (dudo y no es por ponerme trágico, que le vuelva a caer otro igual), ese por el que como se dice muchas veces, cualquiera actriz mataría (aquí incluso estaría justificado).

Viola Davis

Viola Davis es Annalise Keating, una prestigiosa abogada implacable. Dura. Seca. Áspera… House a su lado era una princesa Disney. Su personaje corta como una cuchilla… Hay veces que duele como cuando te corta con un papel, ¿sabes a lo que refiero?. Pero tiene muchas aristas. También es una mujer frágil, sensible, insegura, y en consecuencia, rota en mil pedazos. Alguien a quien compadeces, e incluso, llegas a comprender. Porque son las dos caras de una misma mujer. En la vida, hay pocas cosas que sean blanco o negro. La inmensa tonalidad de grises que separa a estos dos colores, es un universo por descubrir, y esta serie, al menos, los explora. How to, o su creadora, o sus guionistas o quien sea, le brindan a Viola Davis algunas de las secuencias más brillantes, difíciles y arriesgadas que ha dado la televisión, solo reservadas a las más grandes, porque solo ellas, aceptan un riesgo del que salen siendo aún más grandes. Sin talento, esos momentos, pueden hundir la carrera de muchas. Ella no. Y por esto, y desde luego, por ese desfile de matices que es capaz de mostrar episodio tras episodio, Viola Davis será, tiene que ser, la próxima ganadora del Emmy a la mejor actriz del próximo año. Al tiempo. Me juego mi prestigio (de lo demás ando escaso, y de esto, parece que me sobra porque es una cualidad que hoy en día, también cotiza a la baja).

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En definitiva, How to get away with murder (venga, lo escribo del tirón) es la gran sorpresa de la temporada. Valiente. Adictiva. Imprescindible. No es una serie de culto. Ya sabemos que eso queda reservado a producciones de HBO o Showtime. Hablamos de una serie en abierto emitida por una cadena nacional, ABC. Y esto tiene sus reglas. Aunque afortunadamente el poder que ha conseguido Shonda Rhimes, le permite pasárselas por la plazoleta del gajo, con todo lo positivo que tiene para el espectador más exigente (parezco un anuncio de seguros)… Mi recomendación es verla sin prejuicios, abiertos a todo lo que ofrece (alguna trampilla tiene todo hay que decirlo), y dispuestos a dejarse llevar por una historia que te prometo, despertará tu curiosidad (alguna otra cosa también, pero eso ya depende de la disponibilidad de cada uno… ) y querrás ver más y más y más…

Lo mejor: Una extraordinaria e inmensa Viola Davis, que por si sola, mantiene cada plano de la serie, en un recital memorable por el que será candidata (y espero que ganadora) de todos los premios de la temporada

Lo peor: El abuso del flasback que domina la historia puede llegar a desesperar tras varios episodios viendo una y otra vez, una serie de imágenes a veces confusas, a veces cansinas

The Strain, el beso (letal) de Guillermo del Toro

THE STRAIN: logo

¿Quién no conoce a un bocazas? Voy más allá… ¿quién no ha sido bocazas alguna vez en su vida? Lo que ocurre, lo que disculpa a unos pero a otros no, es, por decirlo de alguna forma, la intencionalidad de esa “bocachancla” que hace que yo los divida en profesionales y amateurs.

Me explico. Hay gente que por descuido, por insensatez, por ingenuidad, por haberse dado algún golpe en la cabeza, o por cantidad de alcohol en sangre, no puede evitar soltar por esa boquita, cualquier barbaridad. Aficionados. Y hay otros, que creyéndose en el derecho divino otorgado a su persona, se ven en la obligación de lanzar lo más grande por ese orificio, que entonces, justo entonces, deja de llamarse boca. Profesionales.

Sobre los primeros, poco que decir… Hay gente dotada para la música por ejemplo, y otros que confunden la lambada con Chopin. Hay gente a la besarías sin más y otra, a la que escupirías sin remordimiento. Son impulsos incontrolables, que sin saber porqué, se escapan del cajón donde los guardas, por mucho candado que hayas puesto. A veces, pueden resultar hasta tiernos.

Sin embargo, los bocazas profesionales escapan de mi compresión, en realidad creo que se escapan hasta de la suya propia, y como poseídos por un ser superior, se creen llamados a salpicar este mundo de frases, no ya lapidarias, más bien de mural, pero de mural de la vergüenza. La historia está llena de pruebas contra ellos. Yo, sin ir más lejos, sucumbí a sus palabras y escribí un post sobre ello (Downton Abbey, palabras mayores). Ingenuo. Creía que había zanjado conmigo mismo el asunto, y la actualidad me dice que están a punto de crear una liga internacional para saber quién se lleva el título de cretino/a del año. La cosa está reñidita reñidita. La cobertura informativa es de primera. Gracias a las redes sociales, hoy, un pensamiento, se transforma en 140 caracteres sin haber apretado ni el botón. En ese post, había frases con las que imprimir no ya camisetas, si no toda la ropa de cama. Una de mis favoritas es sin duda la pronunciada por Lilliam Carter, madre del que fuera presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, una señora de bien, creyente, quien confesó en una entrevista: “a veces, cuando miro a mis hijos, me digo a mi misma, Lilliam, deberías haber permanecido virgen”. Se me saltan las lágrimas…

Aun cuando muchos políticos están luchando sin cuartel por ocupar los primeros puestos de esta peculiar lista, me resulta tremendamente aburrido hablar de ellos. Así que he decidido buscar por otros mundos, para ver si me encontraba con otra señora Carter, y el resultado ha sido más que satisfactorio, porque mi investigación ha tenido final feliz.

Antes de nada, y a modo de advertencia, debo decir que la veracidad de estas frases no ha sido autentificada, por lo que si alguno de los aquí nombrados, tiene alguna objeción, yo encantado de corregir, que para eso estamos… He aquí algunas de estas perlas:

Jessica Simpson
“23 años es viejo, es casi tener 25, que es como estar entre 20 y 30?” (urge revisar los ingredientes de las papillas infantiles)

Colin Farrell
“No es que yo sea estúpido, es que dejo de pensar algunas veces” (y aun no ha encontrado el botón de reinicio)

Victoria Beckham
“Una vez usé mi cerebro, y me gustó” (y desde entonces, no sabe dónde lo ha puesto)

Mark Viduka, futbolista australiano
“No me importa perder todos los partidos siempre y cuando ganemos la liga” (eso me pasa a mi con el Euromillón, no me importa no acertar ni un número mientras me toque)

David Beckham
“Alex Ferguson es el mejor entrenador que tuve a este nivel. Bueno, él es el único entrenador que tuve a este nivel. Pero es el mejor entrenador que nunca he tenido” (pero los calzoncillos le quedan de escándalo)

¿Exhaustos? Yo si, porque hay tanta filosofía escondida que duele (lo mismo que a ellos el hostión que se dieron al nacer). Para ser sincero, algunas no termino de creérmelas. Me cuesta imaginar que alguien a quien no se le haya olvidado tomar la medicación, sea capaz de haber dicho cosas como estas… Quizá estén sacadas de contexto, una disculpa infalible usada con frecuencia hoy en día, como cuando algunos tratan de explicar que cuando dijiste en una red social que fulanito de tal merecía un tiro en la nuca, en realidad querían decir, que estaban en contra de la violencia y a favor del control de armas. Si es que la gente es muy mala, y muy mal pensada, cachis… Porque ya sabemos aquello de que el que tiene boca se equivoca (con el riesgo de comerse lo que pille sin preguntas previas).

Para no quedarnos con este mal sabor de boca, es mi obligación rescatar algunas otras frases lapidarias que a pesar del paso del tiempo, siguen tan vigentes como si se hubieran dicho hoy. Dos de los personajes, no sorprenden por ser pequeños genios a los que hay que prestar atención cuando la goma del calzoncillo aprieta. El tercero, curiosamente, es la prueba viviente de que se puede salir indemne de los excesos, y saber atarte los zapatos.

Robin Williams
“El problema es que Dios le dio al hombre un cerebro y un pene, y sólo suficiente sangre para que funcione uno a la vez” (la Seguridad Social no cubre este tipo de transfusiones)

Woody Allen
“La masturbación es sexo con alguien a quien amas” (y si ese día te caes bien, no te creas)

Groucho Marx
“Recordad que estamos luchando por el honor de esta mujer, lo que posiblemente es más de lo que ella hizo jamás” (aplicable a muchos hombres)

Dos sentencias más de este personaje entrañable, que a día de hoy, debe ser libro de cabecera. Y si no, lee:

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados” (¿dónde hay que votarle?)

“Sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Si responde sí, ya sabemos que está corrupto” (¡las máquinas de la verdad al almacen po0r favor!)

Para quitarse el sombrero (y hacérselo comer a más de uno). Total, que yo he venido a hablar de mi libro (es una broma humorística), que no es otro que un pequeño análisis de la serie The Strain, una creación de Guillermo del Toro, a quien por más que he buscado y rebuscado, no le he podido pillar en ningún fuera de juego dialéctico. El hombre solo se desmelena en su trabajo, y lo vende con mesura, con corrección y con inteligencia. ¡Será aburrido!. Así que no me queda más remedio que cargar la manita contra los protagonistas de su serie, unos vampiros actualizados por cuya bocaza quizá no salga ninguna estupidez, pero después de lo que he visto, yo los prefiero dando conferencias.

The Strain

The Strain Eclipse

Cuando un canal anuncia el estreno de una serie producida por alguien como Guillermo del Toro, sus incondicionales no podemos esperar… Pero lo hacemos. Y si la espera es larga, pueden ocurrir dos cosas: o tachas los días en el calendario con un cuchillo (la suerte que tienen los americanos es que saben, a veces con meses de antelación, el día y hora de sus estrenos, igualito que aquí…), o te inquietas tanto que aquello se convierte en un globo que de tanto hincharse, termina por explotarte en las manos (nunca he podido explotar un globo, ni de niño… llámame lo que quieras, pero así entenderás mejor mi angustia). Total, que llega el día, te acomodas en el sofá, y venga, a devorar lo que este genio de lo fantástico, nos ha preparado… Y oye, a mi no solo no me decepciona, todo lo contrario, me encanta. Y no me digáis que no se agradece, después de “tanta serie del año”.

The Strain es sencilla (no digo simple para que no se me malinterprete). Y lo digo sin connotaciones negativas, porque buena parte de su éxito es precisamente eso, la sencillez. No hay problemas existenciales, no buscan convertirse en la serie más premiada, ni pasar a la historia, ni ser una serie de culto… No, se busca entretener, y esto que parece de Perogrullo, no debe ser tan evidente, si gente como yo, mortales espectadores, lo llevamos reivindicando años y años, cada vez que nos topamos con nuevas producciones, que como poco, aburren hasta al más entusiasta. Porque rodar secuencias larguísimas, sin sonido, mostrando como a lo lejos (pero cuando digo lejos, digo lejísimos) un coche circula por una carretera solitaria que atraviesa un paisaje desértico, mientras el personaje, silencioso, mira al horizonte con menos expresión que Carmen Lomana, está muy bien si la historia lo requiere, y sin abusar, porque a la tercera vez, cambias de canal, y te pones un Pesadilla en la cocina. De lo contrario, parece que, o quieren rellenar metraje (por falta de ideas o presupuesto) o quieren ser los más ‘cool’ de la tele… Y no. No todo debe ser Ferran Adrià, las lentejas de la abuela saben a gloria, ¿o no?.

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Pues este es el caso. The Strain es una historia clásica, de vampiros actualizados, eso si, que usarán su poder por conquistar a la humanidad. Y frente a ellos, un pequeño grupo de ciudadanos, que tras el desconcierto inicial, no ponen en duda el origen de su enemigo, y luchan con todas sus fuerzas para detenerlos. Para muchos, una historia más antigua que el hilo negro. ¿Y qué? ¿Qué hay de malo si la serie contiene todos los elementos de esas películas que tanto nos gustaban de pequeños? Los Goonies es el mejor ejemplo (cuyo espíritu se intentó recuperar en una pequeña joya titulada Super 8). Yo la sigo reivindicando, mire usted.

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La primera temporada ha tenido sus más y sus menos (hasta Homeland por dios), con momentos antológicos protagonizados en la mayoría de las veces, por esas fascinantes criaturas que solo Del Toro es capaz de crear, primero en su imaginación, y después, y esto es lo difícil, en sus historias de terror, como ya hizo en la fascinante El laberinto del Fauno (recompensada con tres Oscar).Que los adultos nos creamos The Strain solo lo puede conseguir Guillermo del Toro, porque él, y solo él, sabe contar una historia como esta. Por cierto, además de productor, Del Toro dirige el primer episodio, curiosamente, el que la crítica considera más flojo, quizá porque solo pone las cartas sobre la mesa, aunque para mi, tiene momentazos marca de la casa.

The Strain Vampire

The Strain funciona sin grandes derroches técnicos, sin grandes efectos especiales, sin grandes presupuestos (aunque quizá este sea uno de sus lastres), tan solo con un guión más que correcto que te mantiene en tensión, gracias a unos personajes creíbles (con cuota hispana, como no podía ser de otra forma), que sufren lo justo, porque aquí lo importante es la lucha contra esos seres diabólicos, y no el duelo (que también, no le vamos a llamar insensible), porque la cosa está muy malita, y hay unos zombies/vampiros con ganas de hincarte el diente (aunque aquí, el tan trillado mordisco con colmillos se actualiza, y de ahí el titular de esta crítica).

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No hay lugar para la casquería… a ver, lo justo, pero si para el suspense, lo cual es de agradecer a la vista de series como Z Nation (de la que ya hablaremos, porque ya les vale).Y sobre todo, hay partido para una segunda temporada gracias a la aparición de… hasta aquí puedo leer, que yo soy antispoilers. Según sus creadores, la serie tendrá tres o cuatro temporadas, no más. Inteligentes hasta en esto.

Así que, y resumiendo, Cuatro (cadena que hace unas semanas ya la anunciaba) se ha apuntado un tanto con la compra de esta serie, muy de su público (suponiendo que el público que tuvo, continúe y no haya salido en estampida a otras cadenas más… aquí lo dejo), y me extrañaría (y me dolería) equivocarme, porque creo que les funcionará como un tiro, siempre y cuando, se programe el día correcto (ayyyy, señores programadores), y no la dejen morir hasta no se sabe cuando… aunque mucho me temo, que ya, sea cuando sea, el estreno llega pelín tarde.

Lo mejor: Siempre es de agradecer una actualización del mundo de los vampiros y más si llega de la mano de Guillermo del Toro, que con sus increíbles criaturas, sigue demostrando su fascinación por ese universo tan suyo (y que tanto nos gusta)

Lo peor: Su más que evidente bajo presupuesto la hace poco espectacular y demasiado dependiente de sus diálogos, lo que puede dar lugar a bajones de ritmo poco deseables para una historia como esta (aunque el look serie B le da mucho encanto)

The Leftovers, como un tatuaje (zas) en toda la cara

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Llego tarde pero me ha pillado el toro (metafóricamente hablando). Total, que yo estaba en primavera, y se me ha caído el verano encima, con lo que pesa. Porque esta época tiene tanto que ofrecer que si uno no lo expresa a tiempo, termina con ataques de incontinencia, verbal, ya me entendéis, en el sitio menos adecuado. Así que abro el cajón de los temas imprescindibles, y me lo encuentro igualito que ese en el que guardamos los cargadores de móviles. Tiro de uno. Con dificultad, me salen 16, pero con destreza, consigo uno al que le tenía muchas ganas.

Dejo el que me lleva a esa conversación inevitable, de ascensor o de barra de bar (según cada uno), que tarde o temprano, tenemos cada año, cuando los termómetros se ponen cachondones: “Yo soy más de calor… ah, yo no, a mi donde esté el invierno”. Al final, me quedo con el que me trae un asunto que comienza a tomar proporciones bíblicas. La cosa (sin ánimo de ofender) despierta allá por marzo (hablo desde Europa), y coincide con la llegada de los primeros rayos de sol. Agazapados, sigilosos, observamos como un grupo numeroso, indeterminado, y anónimo, se lanza sin mediar palabra, a la bermuda, camiseta de tirantes y chancla (se que merecen un post por si solas pero yo bajo los efectos del calor no me meto en temas sobrenaturales). No importa sexo (es un decir), religión, nacionalidad… Allí salen ellos y ellas. Ha llegado su momento, y su ocupación es todo un tratado de cómo hay que conquistar las calles sin violencia.
“¿Quiénes son?”, preguntas en voz baja. “¡Los tatuados, son los tatuados!”. Con el corazón encogido, sin apenas saliva, bajas la mirada por miedo a sufrir un secuestro express (del que puedes volver con la Roja tatuada en la frente), sin caer, estúpido de ti, que lo que hay que hacer es justo lo contrario… Hay que mirarles con descaro, con deseo, con inequívoca admiración. Eso les pone. Ajenos a que ese sol tempranillo esconda temperaturas de 10 grados, se pasean orgullosos. Están hasta el chismillo del gorro de lana y del pantalón largo. La consigna es clara: hay que lucir piel, porque sobre ella, llevan su posesión más preciada: sus tatuajes.

Estos nuevos museos andantes, innovadoras salas de exposición, modernas galerías de arte o segun el tamaño de algunos, muros de contención tomados por grafiteros, han llegado a un grado de sofisticación que a veces duele (a ellos sospecho que más). Pero el tema se ha retorcido cuando los lugares donde se los hacen, son cada vez más arriesgados. Rabadilla (ay), ingles (ay ay), tobillos (ay ay ay) y/o alrededores de pezón (esto son palabras mayores), son complicados de lucir por la calle incluso en verano (excepto si estás en Magaluf o participas en Gandía Shore). Así que, a partir de aquí, la moda debe ponerse al servicio del tatuado. Triunfa el menos es más. Hay que romperse la camisa cual Camarón, y enseñar carne, o mejor dicho, lo que hay dibujado sobre ella. No queda otra. Fuera ropa. Se acabó con los estilismos con más tela que en Irán. Vergüenzas a la basura. Llegados a este punto, abro paréntesis para decir alto y claro, que no entiendo cómo algunas (sobre todo) se pasean por las calles luciendo las marcas del biquini… ¿Moda o mamarrachez? ¿Tiene explicación que uno lleve en la playa o en la piscina más ropa que por la calle? ¿Consecuencias de un mal golpe contra el borde la piscina? (Cuando me refiero al borde de la piscina, no hablo del gillipollas que tenemos al lado). Cierro paréntesis (y la vena que me acababa de abrir…)

Tatuajes. La cosa se ha extendido tanto, que ha perdido toda su exclusividad. Ya no son cosa de presidiarios, de futbolistas, ni de raperos. Estos últimos, de hecho, lo están pasando francamente mal, y sospecho que muchos se los están borrando por miedo a parecer unas nenazas viendo lo que tienen a su alrededor… Ha llegado la democratización del tatuaje. Ahora los niños, antes de cumplir los 12, piden hacerse uno en la cabeza con la misma naturalidad que nosotros pedíamos un “madelman”. La humanidad camino de convertirse en un lienzo. Y estos cuadros (lo digo sin acritud) los hay para todos los gustos. Algunos son (o pretenden ser) obras de arte, y otros en cambio, se asemejan a una ensaladilla rusa desparramada.

Pero esto no asusta a nadie (a mi un pelín). Es un way of life, y ya avisan que además, es un camino sin retorno. Es decir, que empiezas por uno discretito, y terminas con las Meninas a tamaño natural. De aquella cosita imperceptible, en plan delfín grabado en la curcusilla, hemos pasado a tatuarnos la cesta de la compra, e incluso, alguna novela, lo cual puede llegar a ser entretenido mientras vas en el metro junto a su propietario. Eso si, pido por favor, relatos cortos (y letra grande), que luego te quedas sin saber quién es el asesino.

Insisto. No es broma. Ya están aquí. Son muchos y han llegado para quedarse (especialmente, porque borrarse uno cuesta un huevo y parece que solo está al alcance de estrellas abducidas por el delirio del amor, que tras cambiar de churri, desean cambiar el “fulanito te amo eternamente” por algo parecido a “fulanito qué se me pasaría por la mente”).
Y mientras, los que aún nos mantenemos vírgenes (es una forma de hablar), observamos con temor, su futuro. Yo me quedo más en el detalle, en esa letra pequeña que nadie parece o quiere leer. Porque por alguna deficiencia genética, cuando los veo, no los juzgo, sino que me los imagino dentro de 40 años (debe ser mi afición a tanta serie apocalíptica). Y claro, un escalofrío me recorre exactamente por los mismos lugares donde habitan esas expresiones artísticas. Porque pongamos por ejemplo, cuando cumplan 70,¿qué aspecto tendrán esos tatuajes? ¿Acaso sus pechos, muslos y brazos lucirán igual o tendrán el aspecto de un telón de teatro en ruinas?. ¿Están preparados para eso? La ley de la gravedad es cruel y no distingue entre un tatuaje o un antojo.

Como no tengo respuestas a esto, y antes de sacar otro cargador, me reconforto echando el ojillo a lo que queda entre tatoo y tatoo, que aunque ya no es mucho, siempre es más de lo que esperas. Lo contrario sería decepción, y a mi en verano, no me entra (como el cocido). La decepción, digo… Y eso es lo que no esperaba al enfrentarme a un esperadísimo estreno veraniego que, aunque sospechaba que podía ser un batiburrillo de colores (cual pecho de Beckham), tenía la esperanza de encontrar esos “otros” espacios más agradables…

Y esto es básicamente lo que me produce The Leftovers, la serie del verano de HBO, que con el aliciente de ser una creación de Damon Lindelof (Perdidos) basada en la novela de Tom Perrota, se anunciaba como la repera. Pues permitidme que os diga, que esta producción es como un tatuaje en toda la cara. No puedes dejar de mirarla, pero no dejas de preguntarte por qué…

The Leftovers

The-Leftovers banner

Sin desvelar nada (creo que no podría hacerlo aunque quisiera), la historia arranca con un mundo que sufre (en silencio) la desaparición de millones de seres humanos. Un día, de repente, estás pidiendo una caña, y cuando te vuelves para dársela a tu amigo, el colega se ha esfumado. Desde bebés a ancianos. Original. Pues eso crees, pero según avanza la serie, y te das cuenta que nadie te va a explicar el porqué de semejante suceso, te empiezas a mosquear un pelín, porque observar la devastación de los personajes, familiares de los desaparecidos, no basta. Sin duda, es una gran metáfora, pero no es suficiente para seguir la historia. Y entonces llega la decepción, incluso el cabreo, porque no sabes si sus creadores te están tomando por muy tonto o por muy listo, y a mi, navegar por esa indefinición, me inquieta. Y me inquieta, porque corro el riesgo de mandar a paseo la serie, y ponerme un episodio de Castle, que no engaña a nadie, me entretiene un huevo, y no me toca las pelotas.

Leftovers_Tease_Poster_Finalthe-leftovers-hboThe Leftovers tiene cosas buenas, muchas, pero si la historia se retuerce hasta el infinito, y nadie pone cordura al tema, no valen de nada. Desconozco si quieren mostrar las reacciones humanas ante la desaparición de seres queridos, si quieren insistir en el hecho sobrenatural… Y esto puede llegar a ser irritante… aunque no dejes de mirarla (de momento), ese es su mérito.The Leftovers es como esa pestaña diminuta que no deja de molestarte y que buscas sin descanso aun sabiendo que esto, te provoca más y más dolor. Decir que el guionista de Perdidos está un poco “perdido” es un chiste fácil aunque necesario. Necesitan un GPS (porque yo no soy tonto).

Para mi, la serie de HBO peca de pretenciosa aunque entiendo que esto, para muchos, no les provoque rechazo, sino todo lo contrario (igualito que el que se tatúa a su perro en el gemelo). Supongo que les vencen las ganas que tenemos de encontrar respuestas, que en los primeros episodios, de momento, no llegan. Y esto tiene un peligro. La zanahoria que sus creadores colocan para arrastrar al espectador, tiene fecha de caducidad. O terminas por comértela o se te queda chuchurría. En cualquier caso, no llegas a la meta.

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No se si The Leftovers nacía con ganas de convertirse en una serie de culto, tampoco si pretendía durar varias temporadas, pero dudas tengo para regalar. Insisto en que esta serie es como un tatuaje de los que hablaba, uno llamativo, demasiado llamativo y situado en un lugar poco acertado. Hay muchos colores, muchos dibujos, pero no se ve nada. Todos te mirarán pero pocos entenderán porqué te lo has hecho. Lo cual es razón más que suficiente para llevarlo con orgullo. Para otros, puede ser el resultado de una noche “jartito” de garrafón… con el consiguiente susto al despertar.

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Penny Dreadful, hay monstruos y monstruos

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La estupidez humana no tiene límites… y me temo que nadie está a salvo de cometer alguna. Sin embargo, hay que decir que pueden ser involuntarias o voluntarias. Las primeras siempre han ido acompañadas de una disculpa que podía o no compensar el daño causado. Las segundas, se han defendido hasta con armas. Pero desde hace un tiempo, algo extraño está ocurriendo en este país. El derroche casi diario de gilipolleces, viene con un derrame de perdones. Si, de serie. Me explico. Uno puede decir la mayor burrada del mundo, y al día siguiente, tras el obvio revuelo, se pide perdón y pelillos a la mar.

Tengo varias teorías. La que más me convence tiene que ver con el día en el que el rey pidió perdón por haberse ido de cacería y volver, en lugar de con la presa, con una cadera rota. Dijo que no lo volvería hacer más. Enternecedor como un niño después de pillarle comiéndose las cortinas. Desde entonces, ha sido visto y no visto, pero hemos pasado de no pedir perdón ni a dios, a hacerlo por todo. Eso sí, después de escupir perlas como melones.

Empezando por las más recientes, me encuentro con el presidente de los empresarios de una región ahogadita por la corrupción. El señor dijo que visto el paro que tenemos no es momento de ponernos exquisitos con los trabajos ni con los sueldos. Otra empresaria pedía cambios al Gobierno para que elimine el sueldo mínimo, porque no era justo tener que pagar 600 euros “a gente que no sirve para nada”. Ambos rectificaron (a su manera claro) diciendo que “nooooooooooo, que yo lo que quería decir era justo lo contrario”. No me digáis que no son para comérselos…

Un cura (con la iglesia hemos topado y lo que te rondaré morena) aseguró durante una misa, que antes, los hombres pegaban a sus mujeres pero no las mataban, porque antes, había moral, no como ahora. Y esto, lo dijo mientras oficiaba una misa con niños que dispuestos a hacer la Primera Comunión. De este gremio hay infinidad. Una de las últimas es comparar el matrimonio entre personas del mismo sexo con el de un hombre y un perro. La última llega de boca del Obispo de Solsona, asegurando que los abogados que llevan casos de nulidad deben ser católicos y por lo tanto, estar bautizados… Con este tema creo que están sacando una guía para no perderse. Entre cardenales, obispos y curas de tres al cuarto, hay una competición por saber a quién le dan el premio al MÁS TONTO QUE UNA PIEDRA. La cosa está reñidita…

Un periodista de esos que dirigen un confidencial porque ahí se puede decir de todo sin la obligación de que sea verdad, justificaba llamar pardilla a una mujer engañada por un novio, y que tras ser secuestrada, había sido llevada a la fuerza a otro país donde además de ser violada sistemáticamente, era obligada a trabajar recogiendo chatarra durante 12 horas al día, siete días a la semana. Encantador profesional, el periodista, digo. Este, sin embargo no ha pedido perdón, todo lo contrario. Se está revolviendo a golpe de titular aun más estúpido. Tampoco un político que para justificar su negativa a poner en marcha la Ley de la Memoria Histórica, dijo, y lo sigue diciendo, aunque más bajito por la demanda en curso que hay contra él, que alguno se acuerda de su padre por las subvenciones. Me consta que muchos se han acordado del suyo… ¡y gratis!

El asunto no es solo nacional. Hace unos días, el propietario de un equipo de la NBA arremetía contra los negros… Pero pero pero… ¡Esto es como ser gay y decir que Eurovisión es una mariconada!. Al final sus disculpas han sido peor que la barbaridad, y creo que ya solo le invitan a barbacoas organizadas por grupos de supremacía blanca.

¿Sigo? No creo que haga falta, pero si una reflexión. Lo que me planteo es si un personaje público puede decir lo que le sale del toto, y tras pedir perdón, seguir como si nada. ¿A nadie se le ocurre que lo que ha dicho realmente lo piensa y que solo tras el revuelo, recula? ¿No es esto motivo para dimitir? ¿O están esperando a que el rey lo haga para seguir su camino?

Por si fuera poco, las redes sociales han engrandecido aun más este despropósito, y no hay día que cualquiera con más o menos relevancia pública, escriba un exabrupto del tamaño de su cabeza. Luego lo borra, luego dice que no se entendió bien su mensaje, y luego vuelve a las andadas con nuevos insultos en 140 caracteres.
Total, que mientras esperamos a que alguien de el primer paso, la barra libre de las estupideces sigue abierta, y por cierto, cada día, cuesta más llegar a pedir. Ah, y gratis total. Aquí la pulserita del todo incluido te la dan nada más llegar al puesto e incluye poder derramar tantas chorradas como puntos les dieron cuando se golpearon al nacer. Y sin temor a represalias…

¿Estaré equivocado y ellos no? ¿Decir una monstruosidad te convierte en un monstruo? ¿Tienen derecho los monstruos? ¿Y obligaciones? ¿Hay remedio? ¿Hay que legislar? ¿Acaso el certamen de Miss España no se vino abajo en cuanto lo dieron por la tele y todos fuimos testigos de lo que salía por la boquita de esas pobres chicas? ¿No hemos tenido suficiente? ¿A qué clase de monstruo estamos esperando para cerrar la boca? ¿No deberíamos volver a las normas de la era dorada de Hollywood donde las estrellas casi no hablaban y cuando lo hacían, seguían el guión escrito por el departamento de prensa de su estudio?

Fíjate, sin querer he unido dos conceptos, Hollywood y monstruos, que me vienen de maravilla para hablar de una serie fascinante, donde los que hablan, incluidos los monstruos, dicen cosas muy muy sensatas…

Penny Dreadful

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No veía el momento de ver esta nueva serie del canal Showtime que durante meses ha ido calentando motores gracias a una inteligente campaña. Para empezar, hay que destacar su gran equipo. Su creador, el guionista John Logan, es responsable de títulos como Un domingo cualquiera, Gladiator, La máquina del tiempo, El último samurái, Star Treck Némesis, El aviador o Hugo, ambas dirigidas por Martin Scorsese. La producción corre a cargo de Sam Mendes (American Beauty, Skyfall), y como director de los dos primeros episodios, nuestro J.A.Bayona, máximo culpable de dos de las películas más taquillera de la historia del cine español, con permiso de 8 apellidos vascos: El horfanato y Lo imposible. Mucho ha tardado Hollywood en llevárselo a su terreno. Bayona es una joya, capaz de combinar taquilla y prestigio. Con unos cuantos directores como él, nada podría parar al cine español, pero esa es otra historia.

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De Penny Dreadful se pueden decir muchas cosas tras un corto visionado. Y me encanta decir que todas buenas. Su estética es todo un homenaje a los clásicos con detalles muy innovadores (Guillermo del Toro estará de acuerdo conmigo). La realización es una masterclass sobre el presente y futuro del cine y la televisión. Los actores no solo cumplen, prometen y juran, si es preciso, que son los mejores para dar vida a esos personajes siniestros que en manos de otros, podrían caer en la caricatura más ridícula (y eso que cuando leí sus nombres arqueé las cejas del mismo modo que cuando encuentro a la primera un sitio para aparcar en el centro). Timothy Dalton, ex James Bond, ha tenido una carrera irregular tirando a discreta y fue mi primera sorpresa. Nada más lejos. Su madurez, y esa escuela británica, han hecho de él un gran actor. Eva Green, curiosamente, ex chica Bond, es una actriz francesa que ha trabajado con algunos de los mejores directores internacionales, pero que estaba a falta de ese exitazo que la convirtiera en estrella. Aquí demuestra que ya lo es. Espléndida en uno de los mejores personajes de la serie. Y Josh Harnett siempre ha sido esa eterna promesa que deslumbró en sus inicios y que no sabemos porqué (la elección de algunos trabajos pueden tener la culpa), se ha ido diluyendo hasta ser… uno más. En esta serie, por fin, ha encontrado el personaje de su vida: un bribón de medio pelo que se verá envuelto en la aventura más extraordinaria y aterradora de su vida.

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Ya tenemos una dirección impecable y un reparto inmejorable. Nos queda el guión. Extraño. Oscuro. Soberbio. A veces difícil. Pero fascinante. No es una serie para niños y así quieren que sea a cada paso que dan. Pasos cortos, que sin darte cuenta, te están llevando por un camino de confusión que se convierte en excitación y luego en angustia y más tarde, sorpresa, después en miedo, para luego regresar a la confusión sin abandonar el terror de una historia que amenaza con inquietar al más escéptico. Sencillamente perfecto.

Penny Dreadful es de esas series que yo digo, se ven en el filo del sofá, como Homeland, porque te tiene cogidas las tripas para que no puedas apartar la mirada de ese submundo de seres oscuros que muestra en cada plano. El Londres victoriano, sucio hasta cuando está limpio, es el envoltorio perfecto por donde irán apareciendo las criaturas más terroríficas de la literatura universal. Eso si, actualizadas pero sin dejar de ser quienes son.

Por ponerme culinario (con tanto programa en la tele, las lentejas de toda la vida hay que comérselas en la clandestinidad para que no te insulten por cateto… me voy por las ramas), Penny Dreadful es un gran bistec, un delicioso chuletón de kilo y medio, crudo, sangrante, que puede llegar a irritar a los que como yo, la carne nos gusta muerta (aquí curiosamente, está vivita y coleando). Aquí, nunca sabes quién va a trinchar a quién, si tu al filete o el filete a ti.

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Queda mucho por ver, poco por decir y un montón por disfrutar de esta espectacular serie, primer contacto de Bayona por Hollywood, que ya prepara A Monster Calls, con Liam Neeson, mientras espera dirigir la secuela de World War Z, proyecto que Brad Pitt le ha encargado personalmente. Dos títulos que seguro lo elevarán al cielo de los elegidos. Bien hecho… como me gusta la carne (por lo menos a mi). Un monstruo pero de los buenos, de los que solo dicen, lo que hay que decir.

Believe, si no lo bebo no lo creo

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Este año, si la cosa no se tuerce, se venderá en Estados Unidos y en Europa, Palcohol, o lo que es lo mismo, alcohol en polvo. Una empresa norteamericana acaba de presentarlo y a puntito ha estado de obtener el certificado de venta. Un pequeño error en el etiquetado lo ha retrasado. Pero tranquilidad, que en pocos meses, en lugar del colacao, antes de meterte en la cama, te vas a poder hacer un ron o un vodka a golpe de cucharilla. Si eres más sofisticado, no te inquietes, que también han pensado en ti. El producto te ofrece la posibilidad de hacerte cosmopolitan, mojito, margarita y lemon drop (por separado).

Sus creadores han pensado en todo. ¿Hartos ya de pagar los escandalosos precios que tienen las copas en un concierto? Palcohol. En su etiqueta puede leerse esto: “lleva Palcohol a donde sea y disfruta de una copa por solo una fracción de ese precio”. ¿Cansados de cargar las pesadas botellas desde el súper? Palcohol. ¿Qué los vecinos te ponen de vuelta y media por dejar la calle llenita de cristales tras un apacible botellón? Palcohol.

Incluso aseguran que si eres un cocinillas en plan Masterchef o Cheftmatic, no dudes en echarle el polvo al pollo (entiéndeme).

Los más quisquillosos han puesto el grito en el cielo al preguntarse si se puede esnifar (menos mal que hay gente desinteresada que está en todo). La empresa dice que tranquis, que está todo pensado, que hay que usarlo de manera inteligente, y que si no lo eres (no me digas que no son para comérselos), le han dado volumen a los polvos, con lo que necesitarías meterte más de media taza para conseguir el equivalente a una copa… ¿Donde está el emoticono ese de ojitos como platos? O sea, que la compañía considera que esnifarte esa cantidad echará para atrás a la peña… No se si llamarles ingenuos o ya en este punto, insultarles directamente. Me lo pienso.

Total, que si el invento tiene éxito, los bares podrían terminar pareciéndose a una reunión de abuelitas manzanilla en mano, todos con el vaso y la cucharilla dale que te pego. ¿En fin de los DJ´s? Ya me veo diciendo aquello de “a mi solo una cucharadita” o “trae el recogedor y me lo llenas”. El tiempo lo dirá. Ellos aseguran que el sabor es el mismo, que el precio merece la pena. Yo añado el componente ecológico de los polvos (no se si me siento cómodo con estas expresiones), porque si triunfa, adiós al vidrio. Eso sí, conociendo al gremio de los hosteleros, el agua la pueden cobrar a precio de copa, con lo que adiós al chollo… ¡y vueeeelta a empezar! Por favor, un poquito de apoyo a los emprendedores…

En definitiva, que el futuro está en manos de unos buenos polvos (vamos, como siempre). Ahora es el alcohol, hace nada fue el rebozado sin huevo, y en el futuro ¿qué? ¿Politicos en polvo? ¿Trabajos en polvo? ¿Polvos en polvos? Qué se yo… para ir abriendo boca, quedemonos con lo de beber, beber para creer. Creer para beber. Vamos, beber. Porque algo de alcohol (o Palcohol quién sabe) debe correr por las venas de los creadores de la serie de hoy (lo digo sin acritud y desde el cariño eh).

Believe

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Cuando lees que el responsable de una nueva serie es Alfonso Cuarón, y que su productor es JJ Abrams, a uno se le llenan los ojos de lágrimas y espera impaciente su estreno. Lógicamente, el riesgo de decepción está ahí. Cuando hay altas expectativas, en la mayoría de los casos terminan por desinflarse. Y este podría ser el pecadillo de Believe.
Que estos dos hombres de inmenso talento se unieran para crear una serie era todo un regalo… Que la serie tuviera toques fantásticos, ya era la repera… Pero al contemplar el piloto, a uno se le quedaba una carita de decepción difícil disimular. ¿Tanta mecha para tan poca dinamita?

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Vamos por partes. Believe cuenta la historia de una niña (curiosamente y a pesar de mi rechazo total a los niños en el cine o en la televisión, este personaje está muy controlado) con súper poderes que huye de un siniestro centro de investigación. Siniestro porque se trata de un plan secreto del gobierno para adiestrar a todos aquellos que nacen con algun ‘don’ y convertirlos en armas mortíferas.

Bo, la niña, será custodiada por un condenado a muerte, y dos personajes más, que la librarán de caer en manos del responsable del proyecto, interpretado como no podía ser de otra manera, por Kyle Mclachlan, todo un experto en este tipo de papeles como ha demostrado en las lejanas Dune y Twin Peaks, hasta la más reciente, Mujeres desesperadas.

Hay que esperar a que pasen varios episodios para que sepamos hacia dónde camina Believe. De momento, capítulos autoconclusivos con una historia central en la que los malos (con la policía de su parte), perseguirán a este pequeño grupo de fugitivos. Sin embargo, Bo, no dudará en ayudar a todo aquel que se cruce en su camino. Su capacidad para adivinar el futuro la convierte en una especie de ángel de la guarda dispuesto a resolver los problemas de los desconocidos.

Según leo lo que escribo parece el spin-off de Autopista hacia el cielo, pero no. Debe ser que me cuesta explicar una serie bastante blanca disfrazada de oscura. Ni es tan blanca (aunque hay momento no aptos para diabéticos) ni es tan oscura, por mucho que se empeñen en mostrarnos malos malísimos de manual. Y esa indefinición le puede costar más de un disgusto. Al tiempo.

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Según avanza la historia, comienzan a salir algunos ases guardados por sus creadores que pueden darle un poquito de emoción a la historia. Y lo más importante, siempre nos queda saber cuáles son esos ‘dones’ de la niña, que de momento, se muestran con cuentagotas (lo mismo te levanta un coche que parte en dos la televisión de plasma), a pesar de las ganas que te entran de que acierte una primitiva, y se vayan todos al Caribe a disfrutar de la vida, que al final, con súper poderes o no, son dos días, chico…

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Así que, hay que aguantarse y esperar a ver si lo que Cuarón y Abrams diseñaron a golpe de tequilas (entiendo que de botella), funciona y avanza, o simplemente fue un calentón entre dos colegas un sábado por la noche a las seis de la mañana en plan, “mañana a las nueve en punto te paso a recoger y nos vamos con la bici a la sierra”.

Aunque, como dice la serie, esto es cuestión de creer… y por creer, que no sea.

Crisis, ni me lo nombres

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El otro día quedé con mis amigos Apple, Bear Blaze, Harper Seven, North West y Blue Ivy… Vaya risas que nos hicimos… Lo pasamos de maravilla. ¡Es bromaaaa! Sería incapaz de salir a tomar nada con una pandilla llamada así. Me creería que estoy en El señor de los anillos… Pero esto pasará, y dentro de nada. En cuanto estos, hoy todavía bebes, tengan la edad suficiente para salir a tomar una cerveza… o sea, dentro de 10 años según las estadísticas.

Pero ¿qué les pasa a los padres de hoy en día? Nos encontramos ante un problema de proporciones bíblicas (no he encontrado otra expresión). La cosa se resume en la ola de despropósitos que golpea a los famosos y que tras dejarles el cerebro sin oxígeno, se despiertan convertidos en sabe dios quién, capaces de poner a sus niños, nombres de este pelo… Apple, o sea, manzana, fue el elegido por Gwyneth Paltrow y Chris Martin. Según la madre que la parió “suena adorable, limpio y es bíblico”. Don Limpio también cumple parte de esas expectativas y no se lo puso a su segundo retoño, llamado Moses, título de la canción que el líder de Colplay le dedicó a su hoy ex esposa, antes de su boda. El chico no ha tenido cojones de escribir un tema titulado Manzana.

Kate Winslet tuvo que salir al paso cuando se publicó el nombre elegido para su último hijo: Bear Blaze. Escuchadas sus explicaciones, yo mejor, le hubiera cortado el paso ¡a la maternidad!. Resulta que la actriz británica tenía de pequeña un amigo que era adorable, casi como un oso amoroso, y todo el mundo le daba abrazos (no he querido investigar más pero todo apunta que este buen muchacho hoy está recluido). Como además, ella y su marido se conocieron durante un incendio, pues decidieron hacer un guiño a la llama que prendió su amor (si hay algun diabético leyendo que vaya a por su insulina). En resumen, la traducción del nombrecito del niño sería algo así como “oso en llamas” u “oso fogoso”… Listo para sentencia.

La siempre posh Victoria Beckham esperó ansiosamente la llegada de una niña tras dar a luz varios varones (mira que es antigua esta palabra). El primero se llamó Brooklyn en honor al lugar donde fue concebido (es de agradecer que no estuvieran en un hotelito rural de Alpedrete…). Al que nació en Madrid le cayó como nombre Cruz (Barrio de Salamanca no terminó de convecerles). Y a la esperada niña, Harper, Harper Seven. Según su madre, se lo pusieron en honor al autor de su libro favorito, Matar a un ruiseñor… ¡venga yaaaaaaa Vicky…! Si esto fuera así, se llamaría Vogue, Elle, Coco o Oportunidades en la planta baja… ¿Su libro favorito? El Seven, según el padre de la criatura, es porque además de ser su dorsal “el siete simboliza las siete maravillas del mundo, los siete colores del arco iris y en muchas culturas, es el número de la suerte”. Pero ¿qué se toma esta pareja? Digan lo que digan, a mi, Harper Seven, me suena a tienda de 24 horas.

Beyoncé y el rapero de su marido (esto ha sonado raro) Jay-Z, también forman parte de esta élite de papas famosos a los que un golpe de calor (o simplemente un golpe a secas), les ha dejado inconscientes mientras registraban el nombre de sus bebés. Claro, aquí se les puede disculpar, porque si mami se llama Beyoncé y papi tiene nombre de transformer, pues tampoco podemos esperar que la nena se llame María del Carmen. Ellos se han decidido por Blue Ivy. La madre colgó en las redes sociales un pasaje de una novela de Rebecca Solnit que viene a decir que “el mundo es azul en su superficie y en sus profundidades…”. ¿Queda alguien despierto…? Otra que también presume de leer ¡libros!… Estoy en shock. Sobre el segundo, Ivy, hay diversas teorías. Parece ser que simboliza el 4 en números romanos y es que ellos se casaron un 4, ambos cumplen años un 4… Pero claro, la traducción es hiedra, o sea, que esta chiquilla se llama Hiedra Azul. A mi, con todos mis respetos, me suena a personaje malvado de cómic de superhéroe… Por no hablar del cachondeo si le cantas aquella de Serrat que decía: “tu nombre me sabe a ¡hiedra!”.

Otro rapero, Kayne West, casado con Kim Kardashian, de profesión… Bueno, pues ellos han puesto a su retoño North West, o lo que es lo mismo, Noroeste. No se si porque en su concepción alguien puso al otro mirando hacia aquella dirección. Nuestro equivalente sería que te llamasen Cuenca.

La lista es interminable. Sin ir más lejos, el peque de Shakira y Piqué se llama Milan. Al principio alguien creyó que se trataba de la ciudad italiana cuyo equipo de fútbol ha sido rival del jugador en muchas ocasiones, y de ahí la sorpresa de muchos. Si le llegan a poner Isidro, la cosa hubiera sentado igual de mal entre los culés. Aquí la coña vino por el recuerdo de las entrañables gomas de borrar que todos nos hemos zampado de pequeños para soportar el hastío de alguna clase de historia.

Pero no solo los famosos son culpables de azotar a sus descendientes con nombres que les perseguirán toda la vida. Parece ser que el estado mexicano de Sonora ha publicado una lista de nombres prohibidos. Son 61 y se trata de una medida para impedir que los padres puedan ridiculizar a sus vástagos. Entre los que no se pueden poner están Rambo, Aceituno, Circuncisión, Escroto, Lady Gaga, Burger King, Cesaria, Harry Potter, Email, Batman, Fulanito, James Bond, Tránsito, Twitter, Lady Di… Me cuesta seguir escribiendo.

Recuerdo que una vez leí algo sobre los a veces extraños nombre cubanos. Por ejemplo, uno de los componentes del grupo Orishas, se llama Yotuel. La explicación que dio el afectado fue que sus padres no se ponían de acuerdo en cómo llamarle, así que entre eternas discusiones de “no, lo pongo yo, no tu, no él…”, pues salió Yo-Tu-Él… También hay confusión entre los Usnavy, que no es otra cosa que lo que ven los cubanos en los buques de guerra de la marina norteamericana: US Navy. Y por si alguien cree que este problemón es ajeno a los europeos, solo una anécdota. Hace algunos años, un tribunal francés tuvo que intervenir para prohibir que una pareja pusiera a su recién nacida, Megane. Todo correcto hasta que te enterabas que el padre se apellidaba Renault. O sea, que la niña quedaba marcada para siempre llamándose Megane Renault. Yo me imagino el escándalo en versión anglosajona con el heredero de los Ford si le ponen de nombre, Fiesta.

En resumen, que a pesar de ser niños privilegiados, de venir con un pan debajo del brazo, de no tener jamás que preocuparse por hacer una oposición para ganarse el sustento, están marcados de por vida, por culpa de unos padres que en lugar de hijos, parece que han tenido un contrato publicitario.

Pobres hijos… víctimas, como los protagonistas de la serie que toca hoy. Crisis. No podían haber elegido un nombre mejor.

Crisis

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Estrenada hace menos de un mes en la cadena NBC, se emite inmediatamente después de Believe, otro esperado estreno por ser una creación de Alfonso Cuarón (Gravity) con la producción del cada vez más prolífico J.J. Abrams. Es decir, para los americanos, casi un late night (para nosotros, la hora de la caña antes de cenar). Pero hoy toca Crisis.

La serie arranca cuando un grupo de estudiantes de la prestigiosa escuela Ballard High School de Washington, son secuestrados. Son los hijos de los hombres y mujeres más poderosos del país. Desde el hijo del Presidente de Estados Unidos a los herederos de grandes fortunas pasando por directivos de las principales multinacionales del país. Hay excepciones claro, porque han añadido a un par de clase media, en plan becados, por aquello de remarcar que están en la tierra de las oportunidades.

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Dicho esto, señalar que estamos ante una serie imperfecta, con muchos pros y muchos contras, de consumo rápido, y que va mejorando, especialmente porque el piloto, el primer episodio, no es de aquellos que uno guarda entre sus favoritos.

El reparto, como siempre, acertadísimo, con nombre importantes como Gilliam Anderson (Expediente X) y Dermot Mulroney (Agosto). Pero esto es tan habitual en las series norteamericanas que no nos debe llamar la atención excepto cuando presenciamos algun horror de la guerra cometido en producciones más cercanas.

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Aunque en un principio uno cree que la serie tiene muy poco recorrido, poco a poco nos damos cuenta que hay mucho más de lo que se nos vende, porque, y este es uno de sus aciertos, especialmente para nuestras cadenas, la serie, aun siguiendo el tema del secuestro, ofrece episodios casi autoconclusivos. De aquí lo de ‘para alegría de nuestras cadenas’, a quienes les cuesta consolidar series que haya que seguir sistemáticamente si no te quieres perder la trama. Aquí no funcionan.

Crisis desvela rápidamente sus cartas (algunas). Los muchos secretos que esconde la serie parecen desvelarse en los primeros episodios, lo que aumenta el interés del espectador (tenerte intrigado hasta la temporada nueve a veces resulta cansino). Lo malo es que pronto se queden sin balas (nunca mejor dicho) y no haya sorpresas que ofrecer. Yo apuesto porque hay mucho con lo que jugar, porque los guionistas entran al trapo en el género de ‘nadie es quien dice ser ni nada es lo que parece’.

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Dos cosas para terminar. La primera es sobre los adolescentes secuestrados. Viendo a alguno de ellos, uno se debate en si hay que liberarles o sencillamente, dejarles a su suerte por insoportables. La segunda. ¿Quién es el responsable de la imagen promocional? No he visto una cosa más fea. Se que habrá muchos que dirán que es un homenaje a los 80, a los 90… Lo que me temo es que no resulte tan obvio. A mi me parece un mal trabajo de un niño de 8 años.

Ah, quiero tranquilizaros. Los padres de la serie no han puesto nombres de juzgado de guardia a sus herederos. Claro, bastante tienen con lo que tienen los pobres, como para que encima de tenerte con un arma apuntándote en la sien, se pitorreen de ti los secuestradores: “Bear Blaze, ven aquí que te voy a torturar un poquito…”. Como si gritar su nombre en público no fuera ya una condena.

Perception, locos de felicidad

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Hoy es el día internacional de la felicidad. Así que, felicidades y hasta la próxima… Nooooooo, es broma. La cosa merece una reflexión. Lo primero que se me ocurre es buscar al culpable de semejante chorrada. ¿Quién sería el cretino que propuso, y dispuso apoyado por otros de su calaña, esta celebración? Investiguemos. El origen de este día está en una resolución aprobada por la Asamblea General de la ONU en el 2011, a instancias del pequeño reino de Bután, en la que se afirma que la felicidad es un “objetivo fundamental” del ser humano. Recordemos que en Bután son todos superfelices, vamos, que no conocen el mal rollito. Los butaneses (no me acostumbro a llamarles así) tienen gratis el agua, la electricidad, la educación, la sanidad… cuentan con buenas carreteras, puentes, presas y diques, instituciones que funcionan, una democracia estable… Incluso, las semillas que plantan los agricultores (el 90% de la población vive de la agricultura y la ganadería) las proporciona gratuitamente el gobierno, que se encarga de mejorarlas cada año para aumentar la producción nacional. Tienen una Comisión de la Felicidad Nacional Bruta, un organismo gubernamental que vela porque todas las leyes, acciones e inversiones de la administración pública estén encaminadas a aumentar la felicidad de los súbditos. Resumiendo, la felicidad cotiza en bolsa. Porque allí la prima de riesgo es la descerebrada hija de tu tía que hace puenting sin arnés.

Hay que partir de la base que días internacionales hay para todos los gustos. Desde el día de los bosques al de la lenteja o la piel de naranja. Todos, o por lo menos era lo que yo creía, sirven para llamar la atención sobre problemas de nuestra sociedad. Pero he aquí que hoy nos encontramos ante algo que, según los organismos internacionales que organizan estos festejos, no debemos pasar por alto: hay que ser felices. ¿Cómo se nos ha podido olvidar? Yo estoy desolado. Claro, entre la crisis (dícese de paro, desahucios, preferentes, recortes en educación, sanidad, dependencia…), el hambre, las guerras, las enfermedades, las catástrofes naturales, el cambio climático, la corrupción y las patas de gallo, a mi se me había ido el santo al cielo, y oye, que ni me había acordado de lo de ser feliz. ¡Que cabeza tengo…

Leo que Benjamin Franklin dijo que la felicidad se encuentra en “pequeñas cosas que ocurren todos los días”. No quiero ser tocapelotas, pero lo que acabo de enumerar ocurre tooooodos los días e incluso, varias veces… Doy por hecho que el buen señor se refería a esas ‘otras’ pequeñas cosas a las que nos agarramos cuando todo va mal. No me voy a poner cursi porque todos sabemos a lo que se refieren con ‘pequeñas cosas’ (aunque a veces, esas ‘pequeñas cosas’ te pueden crear un trauma de pelotas, aunque para eso está la cirugía).

La cosa debe andar malita porque no hay medio de comunicación que hoy no recoja esta festividad instaurada hace dos años por Naciones Unidas (¡y que les tengamos que pagar por esto!) para alentar a los gobiernos a realizar políticas públicas que hagan que sus ciudadanos estén más satisfechos con sus vidas. Yo, en este punto, no se si reir o llorar. O sea, que un organismo supuestamente tan importante como la ONU, tiene que dar un toque a los mandatarios del mundo, para recordarles que entre sus obligaciones está la de hacer que la vida de sus ciudadanos, aquellos para los que gobiernan (aquí insisto en lo de supuestamente), sea un poquito mejor. Decidido. Me pongo a llorar (espero que hoy no esté prohibido por ley).

Queridos, queridas (que nadie se ofenda), estamos en buenas manos. Mientras la ONU haga calendarios con fechas como esta, no hay nada que temer. Yo de hecho, según estoy escribiendo, me estoy viniendo arriba y me brota felicidad por todos los poros de mi piel. Es más, se acabó aquello de ir en busca de la felicidad, porque el 20 de marzo, o eres feliz o eres un triste. O peor. Un antisistema. Y yo no tengo ya ni edad (ni pelo ni ropa) para unirme a este club.

De locos, ¿no?. Pues no tanto porque hay quien asegura que en la locura podría residir el secreto de la felicidad. Lo malo es que esto es un viaje solo de ida, y si una vez allí, no es cierto, la vuelta podría ser más complicada que volar un día de huelga de controladores… Aunque espera. Locura, felicidad, gobiernos, guberna-MENTAL… Me ha entrado un escalofrío. ¿Será solo una coincidencia? Me estoy rayando no?

Volvamos a esas pequeñas cosas cotidianas de las que hablaba antes. Se me ocurre una. Disfrutar, por ejemplo, de una serie pequeñita, sin pretensiones, donde la felicidad y la locura se entremezclen con el sano propósito de hacernos pasar un buen rato.

Perception

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Eso es lo que me produce Perception, serie original de TNT USA y estrenada en España por AXN. Un instante feliz. Su protagonista es Eric MacCormarck, el inolvidable Will de Will&Grace. La sinopsis es sencilla. McCormack da vida al doctor Daniel Pierce, un brillante neuropsicólogo, profesor universitario, que ayuda al FBI a resolver sus casos más complicados. Todo normal, excepto porque el doctor Pierce sufre de esquizofrenia severa. Una enfermedad que en la serie se convertirá en un arma muy poderosa que le dará las claves necesarias para dar con el asesino.

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Los brotes de paranoia del doctor son constantes, pero a pesar de la angustia que le provocan (se niega a seguir un tratamiento), le ofrecen momentos felices, realmente felices. Y es que en cada episodio, recibirá la visita imaginaria de un personaje que le ayudará a resolver los crímenes (hay secuencias realmente delirantes y nunca mejor dicho). A veces, personajes reales que forman parte de la historia. Otras, simplemente, personas que en un momento dado, han sido importantes en su vida, como su fallido gran amor o su propia madre.

Aquí es donde los creadores de la serie se lanzan sin complejos. Felicidad y locura. Un juego peligroso que sin embargo, para nuestro protagonista es vital y necesario para vivir, para vivir asumiendo su locura, y sobre todo, para vivir siendo, relativamente feliz.

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Dos temporadas, la primera de 10 episodios, la segunda compuesta por 14 (en Estados Unidos finalizó hace un par de días). No consigo averiguar si habrá una tercera. Espero que si. Porque aunque me haya puesto un poquito trascendental, Perception no es ningún tratado profundo de esquizofrenia ni un estudio sobre la búsqueda de la felicidad. Es sencillamente y como decía antes, un serie pequeñita, muy entretenida, con casos curiosos, muy bien interpretada, con toques de humor, y algún dardo dramático, pero sobre todo y ante todo, una serie policiaca con la que pasar un buen rato (no se porqué cada vez que digo esto me viene a la cabeza otra cosa)…

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En definitiva, ¿no se trataba de eso, de buscar pequeñas cosas que nos hagan felices? Pues al tajo. A veces, funciona…

Helix, hay virus que matan

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Se celebran los Oscar y pasados unos minutos, los ganadores dejan de ocupar titulares. Se venden anécdotas. Que si fulanita se ha vuelto a caer… Un inciso. Lo de Jennifer Lawrence me sigue pareciendo imposible. O tiene un contrato que la obliga a besar el suelo en cada entrega de premios, o se pone bonita a tinto antes de salir de la limusina. Cierro inciso. Por supuesto se habla de la más elegante, de la más mona, de la más mamarracha… A ellos los dejan más de lado, excepto si te ha vestido tu abuela con el traje de la primera comunión. Pero lo que de verdad impacta es el resultado, siempre fatídico, de una cirugía que tiene de todo menos de estética. Este año, sigo con la mandíbula desencajada tras ver a Kim Novack, todo un sex symbol de la época dorada de Hollywood. La buena mujer parece que se ha caído de boca sobre una cuchilla. Lo del Joker es una broma comparado con lo que algun desalmado con presunto título colgado en su consulta, le ha perpetrado, entiendo que con su consentimiento.

La cosa no terminó ahí, la irrepetible Liza Minelli, se movía entre los estragos del tiempo (léase gustillo por beberse el agua de los centros de mesa acompañado de macedonia de pastillas con reducción de ¿esto parecen lacasitos, verdad?), y un mal día de su cirujano.

Vivimos una auténtica epidemia (pandemia diría yo) que ataca a todo aquel que cumplidos los 50, quiere volver a tener 20. Y lo que consiguen es una ecuación maldita que podría resumirse en: la edad que tienes menos dos minutos (por aquello del reposo hospitalario) es igual a un careto que asusta al mismísimo miedo. Y nadie escarmienta. Nadie. Las últimas imágenes de Madonna no es que ayuden a reflexionar, es que te obligan a hincarte de rodillas con la mirada clavada en el cielo y los brazos en alto mientras gritas aquello de ¿por qué señor por qué?…

En un reciente episodio de Hot in Cleveland (Póquer de reinas), uno de los mitos de la televisión americana, la gran Carol Burnett, aparecía mostrando orgullosa, cómo tener 81 años, parecer tener 81 años, y haber escogido a un cirujano arrestado por beber en horas de trabajo. En esta misma serie, otra grande de la tele, Mary Taylor Moore, desaparecía de la secuencia, y se mimetizaba a la perfección con las cortinas del fondo. Curiosamente, la protagonista de la serie, mi admirada Betty White (la inolvidable Rose de Las chicas de oro), lucía maravillosa a sus más de 90 años llevándose todas las miradas (excepto las que dedicabas a estas actrices por aquello de saber por dónde va a salir Freddy Kruger).

Este virus que convierte a respetables señoras (vamos a dejarlo aquí) en criaturas salidas de la imaginación de Guillermo del Toro, no tiene vacuna.  Se expande por medio mundo y ya alcanza niveles preocupantes, especialmente, si alguna infectada se te acerca por detrás.

Lo que convierte a esta enfermedad en peligrosa es que cuando te quieres dar cuenta, ¡zas!, ya es tarde. Te despiertas y al mirarte al espejo, ves bajo tus ojos achinados hasta el infinito y más allá (entiendo que tras el estiramiento alguna parte del cuerpo se abrirá sin control no?), dos pelotas de tenis en lugar de pómulos (ideal para dejar el eyeliner mientras te maquillas, o en su defecto, el vaso de whiskey) y una salchicha oculta (como si fuera de contrabando) bajo el labio superior (con el consiguiente efecto rodaballo).

Hay quienes prefieren esperar a donar su rostro y antes de someterse a este despropósito, primero se rinden al bótox. Curioso si uno se dedica al arte de la interpretación. La reina indiscutible es y será Nicole Kidman, a quien recuerdo en una secuencia de la película Australia, saliendo de una tienda de campaña mientras caen bombas como melones a su alrededor. Su pretendida expresión de sorpresa es la misma que pongo yo cuando espero en un semáforo a que el muñequito se ponga verde. ¿Hay dolor en su rostro?. Si, pero porque para ella, abrir los ojos debe ser igual que un parto sin anestesia…

Como digo, los Oscar son un buen termómetro sobre el desarrollo de la cirugía plástica. Lo malo es que parece que no se desarrolla. Asistimos perplejos a líneas del pelo que nacen ya donde se clavan las peinetas, a ojos asimétricos que confieren a sus dueñas un aspecto de emoticon, e incluso, colocación sospechosa de orejas más propias de Mister Potato.

No voy a hablar del impacto que crea la visión de lo que nos espera solo unos centímetros por debajo del rostro. El cuello (de pavo) está inalterable, ha seguido el curso de las leyes de la física, y cae majestuoso cual telón de un teatro de ópera. Incompresible.

¿Antídoto ante este despropósito? No parece. Tener una cara desfigurada hecha en cadena, se lleva (y nunca mejor dicho). A nadie parece importarle un pito (a ellas menos), así que lo dicho, ni antídoto, ni vacuna ni ná…

Todo lo contrario de la serie que hoy recomiendo… Aquí si hay prisa por encontrar la cura a un virus que convierte a sus portadores en una especie de zombies, de aspecto chungo, y con ganas de pillarte por banda, acercarte la boca (se transmite así de sexy), para transformarte en uno de ellos.

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La nueva propuesta del canal Syfy ha supuesto un salto enorme en sus hasta ahora producciones low cost. La ciencia ficción es cara y si no se invierte lo necesario, aquello canta por todos los lados. Pero Helix ha encontrado un atajo al situar la acción en una estación científica que se encuentra en medio del Ártico.

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La historia es sencilla. En esta remota estación, ha aparecido un virus desconocido hasta el momento, que ha puesto en peligro a los científicos que allí viven. Un equipo de expertos norteamericanos es enviado para investigar y esclarecer lo que ocurre. Pero al llegar, pronto descubrirán que nada es lo que parece, que nadie es lo que parece, que el virus tampoco es lo que parece, y que además, puede ser el menor de sus problemas.

En estas paredes blancas (excelente fotografía) se desarrolla esta producción que sin ser radicalmente original, funciona. El reparto tiene buena culpa de ello, gracias al siempre competente Bill Campbell (The Killing) y a un inquietante personaje encarnado por un actor canadiense de origen libanes llamado Mark Ghanimé. Este chico promete.

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El guión también forma parte de los aciertos de Helix. Está perfectamente estructurado. Da al espectador las dosis justas de información, creando una atmósfera claustrofóbica, que inquieta y de qué manera, gracias por supuesto, al mortífero edificio del nadie puede salir.

Seguro que muchos estáis pensando en La cosa, la película de John Carpenter de 1982, protagonizada por Kurt Russell, y que también se desarrollaba en una base científica en la Antártida. Pero más allá de las coincidencias (que seguro sus creadores han tenido en cuenta), Hélix se me parece más a una novela de Agatha Christie. No, no me dado contra el pico de la mesa. Lo digo porque comparte muchos puntos con las novelas de la maestra del crimen. Un espacio cerrado, en apariencia tranquilo, habitado por un grupo reducido de personajes, personajes que ocultan secretos, algunos de los cuales morirán a manos de… Por supuesto, sustituyendo la campiña inglesa por una ratonera gélida.

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En definitiva, Helix combina perfectamente el suspense, la ciencia y las relaciones humanas. Por supuesto ni va ni ha querido ir de estudio sociológico (gracias), tan solo (como si fuera poco) busca el entretenimiento dando con las dosis justas de misterio. Ni que decir tiene que uno de los grandes aciertos de la serie es colocar a los protagonistas frente a dos enemigos, los infectados… y los no infectados. ¿Quién será más peligroso?

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Por si alguien lo está preguntando, los infectados no se convierten en zombies, pero casi. No se zampan al prójimo, pero casi. Y no tienen un aspecto excesivamente desagradable, pero casi.

Para terminar… estoy de acuerdo en que haber contado con alguna de las actrices aquí nombradas hubiera sido un acierto, pero quizá las cosas se hubieran ido de las manos. Tanto infectado resultaría insoportable en una serie para todos los públicos.

The Bletchley Circle, con pelos y señales

the-bletchley-circle-bannerReconozco que me enfrento a uno de los post más difíciles que he escrito en mi vida. Incluso he pensado en renunciar pero mi sentido del deber me obliga a coger el toro por los cuernos y a echar el resto. Sin olvidar que el asuntillo a tratar tiene todos los ingredientes para convertirse en el centro de la polémica durante los próximos meses en bares, comidas familiares (aquí tengo mis dudas), y eventos sociales en general.

Hace unas semanas, la prensa internacional se hacía eco (mira que me gusta esta expresión periodística, junto con la de “en la madrileña Gran Vía…”, como si hubiera calles en Madrid que no fueran madrileñas, o “cambiamos radicalmente de asunto”, utilizada cuando pasan de contarnos una tragedia ocurrida en algún lugar del mundo a la feria del ganchillo inaugurada en una localidad cualquiera…). Me voy por las ramas. Como decía, la prensa internacional se hacía eco de unas declaraciones de la actriz Cameron Díaz, reconvertida en gurú del bienestar femenino gracias a su libro titulado ‘Body Book’. En esta biblia (indispensable) hay un polémico capítulo que se llama In Praise of pubes, algo así como exaltación del pubis. En él, la estrella arremete contra la depilación brasileña (no pienso explicar nada porque considero a mis lectores gente de mundo), elevada a la categoría de acto necesario tras su irrupción en el mundo del porno. Se revuelve sin pelos en la lengua (no creo haber estado acertado en la expresión) contra esta práctica alabando la “adorable cortina de vello púbico que rodea esa gloriosa y delicada flor tuya”. Son palabras textuales de la actriz y pido perdón en su nombre por si alguien se ha sentido ofendido ante semejante descripción. Creo que ha llegado el momento de advertir que a partir de este momento la cosa no mejora, incluso empeora.

Como todos somos esclavos de nuestras palabras y hoy en día, bucear en las hemerotecas no precisa de 20 monjes en plan En el nombre de la rosa para resucitar declaraciones, a la rubia le han sacado lo que confesó hace tan solo dos años en una entrevista televisiva con el inefable Graham Norton. Allí ‘arremetía’ contra su amiga Gwyneth Patrow por recomendar tener un “arbusto tipo años 70” (entiendo que hablan de la década y no de la edad). Vuelvo a citar sus palabras textuales porque el tema es muy sensible y no estoy yo para meterme en jardines (de nuevo reconozco no haber estado acertado en la expresión…). Incluso se atrevió a describir que “cuando ella se baña, aquello literalmente se cimbrea como algas en el mar. Te lo juro. Claro, todas mis amigas le decían ‘por favor, por favor, recórtalo”. Incluso su marido, el guapísimo Chris Martin, también se sumó a la cruzada de la poda por el bien de su vida de alcoba. Semanas después, Paltrow confirmaba todo lo desvelado por su amiga, añadiendo que si se depila a la cera, es porque Cameron la obliga. Y yo estoy confuso. Me cuesta imaginar la entrevista: ¿cuál es su siguiente proyecto? ¿está enamorada? ¿ha venido depiladita, miss Díaz?

Si alguien necesita un descanso, puede hacerlo. Yo sigo aquí, muy a mi pesar porque sigo pensando que quién coño me habrá mandado a mi escribir sobre esto (de nuevo desacertado).

Seguimos. Hace pocas semanas, la cadena de tiendas American Apparel, abanderada (vaya por Dios) de la moda hipster, colocaba en sus escaparates unos maniquíes muy especiales que concentraban todas las miradas en un solo punto. Debajo de las braguitas estaba el espíritu Paltrow y Díaz. Y a lo grande… Lo que allí se podía ver era como una imagen de la Amazonia tomada por Google Maps.

Y a partir de aquí, la cosa se ha desmadrado y ha provocado discusiones encendidas entre seguidores y detractores. De hecho el debate ha crecido (hoy no es mi día) y ya se habla de otras partes del cuerpo a las que liberar de esa tortura llamada cera: las axilas (seamos finos). Ya hay un movimiento en twitter, ‘sobaquember’, y empieza a tener miles de seguidoras. Y claro, no puedo dejar de pensar en el desfile de estrellas en la alfombra roja de los Oscar. Si la tendencia prospera, aquello puede ser como un paseo marítimo, lleno de palmeras y cocoteros, cada vez que alguna levante el brazo para saludar.

Por si alguien acaba de traspasar la línea de la preocupación, debo deciros que en España, el sector de la depilación no conoce la palabra crisis, y según datos de 2012, facturó más de 550 millones de euros. De momento no se han pronunciado y se desconoce si han formado un lobby junto a maridos, novios y demás damnificados.

Resumiendo. Nos encontramos ante un inesperado debate que resucita aquel dicho de “donde hay pelo hay alegría”, y que ha dejado en shock a más de una. Desde luego, a ninguna de las protagonistas de la serie de hoy.

The Bletchley Circle

Cuatro intrépidas mujeres son las protagonistas de The Bletchley Circle, de nuevo, una maravillosa serie británica que acaba de regresar con una segunda temporada que si bien no supera a la primera, no desmerece en absoluto. Tan solo tres episodios componen la primera, y cuatro los de esta nueva tanda.

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Las cuatro protagonistas serán las encargadas de descubrir a un peligroso asesino en serie (todos lo son, de acuerdo), y lo hacen mostrando al espectador, con ‘pelos y señales’ (eh eh eh) un complejo proceso de investigación (desarrollado durante su trabajo en Bletchley) que la policía es incapaz de realizar. Para ser honestos, ellas se centran más en las señales que en los pelos (sospecho que en un guerra este debate lo ganaría Cameron Díaz) y explico el porqué. La serie está ambientada en Londres pocos años después de la Segunda Guerra Mundial. Ellas formaron parte del programa elaborado por el Gobierno Británico para descifrar el código secreto de los alemanes. Una poderosa máquina llamada Enigma fue determinante para ganar la guerra al nazismo. Aunque sin ellas, no hubiera sido posible.

Curiosamente (por aquello de que la estupidez humana no entiende de fronteras), las mujeres no podían participar en la contienda. Pero claro, ya sabemos cómo funcionan los gobiernos antes las prohibiciones. Aquí todavía fue más sangrante. La Ley de Secretos Oficiales aprobada al término de la guerra, provocó entre otras injusticias, que nunca se reconociera la utilización de espías femeninas. De hecho, las que fueron capturadas por los alemanes fueron abandonadas a su suerte tras acabar el conflicto para no desvelar que sí hubo mujeres que dieron su vida en la lucha contra la barbarie nazi (hay un excelente documental sobre este asunto). Tuvieron que pasar décadas hasta que se hizo público el decisivo papel que tuvieron en este proyecto. Un momento histórico que ha sido llevado a la gran y pequeña pantalla en varias ocasiones.

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Bletchley Circle

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Sin embargo, The Bletchley Circle (la serie toma el nombre de la calle donde se encontraban las oficinas secretas) va más allá y sitúa la historia en 1952. Un grupo de antiguas compañeras se reúne de nuevo para resolver una serie de enigmáticos y terribles crímenes que desconciertan (más bien poco) a Scotland Yard. Bien por el sentido del deber, bien por el deseo de volver a la primera línea de fuego, y escapar así de las aburridas vidas a las que fueron condenadas (nadie podía conocer su pasado, ni siquiera sus maridos), las cuatro pondrán en marcha todo su ingenio y sabiduría para resolver el caso. Pero no solo lucharán contra el asesino. También lo harán contra una policía formada por hombres incapaces de resolver la receta de la tortilla francesa.

La ficción británica nos tiene mal acostumbrados. Rozan la perfección aunque se trate, en apariencia, de una serie modesta. Repito, en apariencia. Ambientación extraordinaria, cuatro actrices increíbles (Anna Maxwell Martin asombra con una interpretación contenida pero llena de matices… el más difícil todavía), y un guión que funciona como un reloj suizo (o deberíamos decir como un banco). The Bletchey Circle es una serie imprescindible para los amantes de las historias de espías. Una de esas pequeñas/grandes joyas televisivas que la cadena ITV nos viene regalando en los últimos años. Desconozco si aquí se encuentra perdida en un cajón, pero si de mi dependiera, no dudaría en estrenarla ya mismo, en prime time, y con una campaña de promoción a la altura de la serie.

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No me gustan las comparaciones, pero es innegable que El tiempo entre costuras y The Bletchley Circle tienen puntos en común. Basan parte de su éxito en la recreación de una época fascinante (visto desde la distancia claro). Ambas, además, colocan a sus protagonistas, gente común, de a pie, en situaciones límites que muchos sueñan con realizar. ¿A quién no le gustaría ser un espía con final feliz? (Entiendase esto como el espía que consigue los planos secretos, nada más). Pero mientras la española se presentaba, con mucho acierto, no hay duda, como una superproducción, la británica opta por deshacerse del glamur, de bellas localizaciones (la postguerra en Londres no fue una fiesta precisamente), para centrarse en la historia, tan inteligente y adictiva que te mantendrá pegado al televisor (ordenador, tableta, móvil, o donde quiera que veas la tele).

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The Bletchley Circle, además de ser todo lo que te cuento, es un homenaje a todas las mujeres que con su esfuerzo ayudaron a la salvar millones de vidas, y de paso, una guerra. Ahora que estamos faltos de héroes, no es una mala opción echar la vista atrás y rescatar a algunos de ellos, anónimos, pero inmensos. Me estoy poniendo poético… Resumiendo. ¿Es una serie de mujeres? Si. ¿Para mujeres? Si. ¿Sólo para mujeres? Rotundamente no. The Bletchley Circle es un ejemplo de cómo con un buen guión y un reparto solvente, no hay escapatoria. El éxito está asegurado.

PD. Se que ambos temas no tienen mucho que ver, depilación y serie de espías, y pido disculpas, porque reconozco que en esta ocasión, la cosa está cogida “por lo pelos”…

Banshee, padre no hay más que uno (afortunadamente)

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Final feliz. Tras más de dos años de disputas, papá ha dicho si (o como se diga en chino). Hablo por supuesto del rey del ladrillo hongkonés, Cecil Chao (su apellido es toda una premonición de lo que le diría a este buen hombre nada más conocerlo). Resulta que este excéntrico magnate confesaba hace unos días en una entrevista concedida a la cadena CNN (en la apareció con una chaqueta de cocodrilo naranja y gafas rojas… ahí lo dejo), que abandona la idea de que su hija se case… que se case con un hombre claro, porque Gigi Chao contrajo matrimonio en 2012 con la mujer con la que comparte su vida desde hace nueve años, Sean Eav. Algo que el señor Chao parece no querer ni oír (dice que desconoce que su hija sea lesbiana, y el hecho de que se acueste con la misma mujer hace nueve años no le da ninguna pista). Por eso llegó a ofrecer 95 millones de euros al muchacho que conquistara a su niña. Fue una segunda oferta (desconozco si por falta de interés de los candidatos o porque confía poco en los valores de Gigi). Pero a la llamada acudieron más de 20.000 candidatos. Pocos me parecen a la vista de cómo está el patio. Quiero decir por la crisis, la económica, no que el género masculino necesite incentivos (aparte de las dosis de alcohol lógicas que motiva a muchos), porque Gigi es una mujer de 33 años, glamurosa, monísima, y al frente de varias empresas (suyas). Eso si, había que cargar con el suegro, lo cual no parece que echó para atrás a los candidatos, y, detalle importante que siempre olvida el señor Chao, ser lesbiana.

La hija en cuestión, y a la vista de que a su progenitor (un inciso, a sus 77 años, nunca se ha casado y confiesa haber mantenido relaciones con más de 10.000 mujeres…) sacaba a la luz los trapos sucios familiares (sucios para él, claro), publicó una carta en la que entre halagos y demostraciones de cariño (que nadie piense que esto es carne de Sálvame, la cosa transcurre de una forma educadísima), soltó un frase lapidaria: “me casaré con un hombre cuando tu también lo hagas”. Oye, tema resuelto. Papá ha retirado la oferta, y conciliador como pocos solo aspira a que su nena encuentre la felicidad. Lo de conocer a la pareja de su hija, ni hablar, nunca. Una pareja dolida, según palabras de Gigi. Traducción. Desde que empezó esta historia han volado platos y jarrones hasta el punto de tener que doblar la producción de vajillas en el gigante asiático. Se sospecha que tiene orden de alejamiento de todo aquello susceptible de romperse u/o tirarse al entrecejo del suegro según asome por la puerta.

Pero como el buen hombre es genio y figura, e imaginamos que contagiado por las celebraciones del año nuevo chino, sus últimas palabras (en la entrevista, no dramaticemos), han sido: “el dinero se queda en mi bolsillo”. Atrás quedan cursos intensivos de hongkonés y  cómo comer sopa con palillos, de miles de mozos (y no tan mozos) de medio mundo dispuestos a conseguir la lucrativa plaza. Esto si es una dote y no lo que consiguió Urdangarín.

Tema zanjado. Gigi se ha convertido en una heroína para los movimientos de gays y lesbianas de la zona (curiosamente, ultraconservadora en estos asuntos), sigue cenando con papá, y su pareja ya no se acerca a un plato ni para meterlo en el lavavajillas.

Padres, suspiran algunos… Siempre se ha dicho que madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle (en un bar, o en un baño o en un callejón o en eDarling…). Pero a la vista de este caso, yo diría que padre también solo hay uno (afortunadamente). Tenemos ante nosotros un dos por uno, un padre convertido en madre (de ella no cuentan nada, pero ponte tu a buscar entre las 10.000) con un par. Menos mal que la niña además de chino, sabe latín. Ha demostrado valentía y coraje. Gigi ha roto en pedazos el prototipo de mujer asiática sumisa.

Ojo, padres peores hay, y muchos. Que se lo digan sino a la protagonista de la serie de hoy… Asusta al mismísimo miedo.

Banshee

Banshee es una serie de la cadena norteamericana Cinemax. Va por su segunda temporada y ya ha confirmado que habrá  una tercera. La producción corre a cargo de Alan Ball, creador de A 2 metros bajo tierra y True Blood. Y no escapa a nadie que haya visto las dos que si le quitas los vampiros, podrían ser hermanas gemelas.

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La violencia (gratuita para muchos, imprescindible para entender la trama, según otros) no te dejará indiferente. Salvaje como pocas, no parece querer disimular sus ganas de hacer que el espectador gire la cabeza ante las cuchilladas, navajazos, tiros y peleas, cuyo realismo es más que notable. En cuanto al sexo, tampoco parece que el señor Ball quiera cambiar su registro. Al igual que en True Blood, los polvos se suceden con normalidad. Eso sí, como todos los protagoniza su estrella principal, al cuarto, resultan repetitivos. O abren el abanico o terminaremos por desear que se meta monje (aunque esto no garantiza nada). No digo que el chaval (Antony Starr, un machomen neozeolandés muy conocido en su país) no merezca un vistazo (incluso varios), pero claro, al final terminas por el verle el culo más que la cara… Y aunque eso sea muy transgresor en Estados Unidos, en Europa resulta cansino.

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Original, original, tampoco podemos decir que sea. Un delincuente al servicio de un capo búlgaro, y al que traiciona junto a la propia hija del mafioso, sale de la cárcel tras pasar 15 años por un robo de diamantes. Su única obsesión será buscar a su compañera de fechorías, y amor de su vida. La llegada al pueblo en el que reside, Banshee, será el punto de partida de una historia basada claramente en el western clásico, con el triángulo formado por forastero, malvado dueño del pueblo y atractiva chica a la que conquistar (en este caso, de nuevo).

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Entonces, si es muy violenta, el sexo no mata y la historia no es nueva, ¿por qué hay que ver Banshee? Pues porque todo lo que toca Alan Ball merece la pena verlo. Se nota su mano en estos características, sexo y violencia, también en sus personajes secundarios (en Banshee, el amigo asiático del protagonista es un puntazo), en esa eterna lucha entre el bien y el mal, y todo, ambientado en lugares claustrofóbicos, casi dejados de la mano de dios… América profunda por los cuatros costados.

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Si queréis ver padres peores que el de Gigi, echadle un ojo a Banshee, y también diréis aquello de padre no hay más que uno… afortunadamente.

True Detective, prohibido sonreír

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La letra con sangre entra. No es una tendencia, en una obligación. Si uno repasa los programas de televisión donde se necesite la ayuda de un profesional para salvar nuestro negocio o nuestro cuerpo (del alma ya se encarga, sin pedírselo, la Iglesia), te encontrarás con un experto en plan sargento de hierro, por decirlo de una manera suave (se me ocurren miles de adjetivos pero soy un señor). Te gritan, te insultan, te amenazan… Vamos, que solo falta el entrenamiento militar con munición real para que te acepten (esto lo estoy investigando).

Yo la verdad no me he visto nunca en igual. La necesidad de llamar a un programa para salvar tu bar, tu restaurante, tu peluquería, o tu talla 36, debe ser superior al terror que sentirás. Entiendo que la desesperación es un arma poderosa, pero analizando lo visto (y lo podemos hacer con facilidad a la vista de las infinitas repeticiones con las que nos castigan), en la mayoría de los casos basta con una manita de KH-7 y el libro de recetas de la abuela. Vamos, que no hay que ir a ninguna escuela de negocios. Una buena bayeta e ingredientes comprados en los establecimientos autorizados (y no en ningún contenedor). Pero parece ser que es necesario llamar a estos individuos y dejarte humillar por un cocinero sospechosamente bronceado (sonrosadito mejor dicho), una especie de marine con la cabeza atornillada a un cuerpo (seis tallas más de lo que le corresponde), una imitadora de madrastra de Blancanieves adicta al universo gótico, un atleta que parece haber conseguido su musculatura en Alcatraz… El catálogo es amplio aunque cortado por el mismo patrón. Es algo así como soy muy borde y te vas a cagar…

En nuestro país hemos importado el sistema. Tenemos cocinero que asusta al miedo. Yo me lo imagino sirviéndote unas bravas y clavándote una mirada en plan: “¿qué pican? Pero tu quién cojones te has creído que eres… Si pican, te jodes, porque si eres tan nenaza de no poder comértelas mereces todo lo malo que te pueda pasar en esta vida…” Y claro, te las echas al gaznate mientras te bebes 16 cañas (a trago por caña) porque el truco reside en hacer que el cliente consuma alcohol sin medida, para apagar el fuego (visible en toda la barra con el consiguiente efecto llamada), amenazado de muerte, sin importar los destrozos internos causados por esa tapa. El Almax suele venir de maravilla.

Hace unos días, he visto un intento por cambiar esta tendencia. Pero tampoco era la solución. Yo esperaba que alguien cayera en la cuenta de que la sensibilidad, el diálogo, las buenas formas, en definitiva, los consejos expresados con cariño, consiguieran el mismo efecto. No fue así. La elegida, toda una profesional en su área según leo, lo intentaba desde la dulzura. ¿Resultado? Se fue del programa con un dueño subido en su chepa (y con pintas de permanecer en ella un tiempo considerable).

Así que aquí me tienes, dedicando horas de sueño a resolver el misterio que nos ocupa. Reconozco que siempre he tenido una sospecha. ¿Y si llamas al programa solo para que te renueven gratis el negocio? Incluso si estás pensando en traspasarlo eso que te llevas. ¿Qué te han sacado los colores? ¡Qué te quiten lo bailao!

Por cierto, esto se puede aplicar a los entrenadores personales (a base de amenazas consiguen que creas que un bocadillo de chorizo es tan letal como una escape radioactivo) o incluso a profesionales del canto, cuyas críticas a los aspirantes parecen estar basadas en “ni te ocurra dedicarte a esto porque entonces ya me veo vendiendo bragas en los mercadillos”…

En definitiva, el progreso personal y profesional, el éxito, llega gracias a las vejaciones que seas capaz de asimilar. Cuanto más te insultan, más posibilidades tienes de triunfar. De sonreír ni hablamos. Aquí no se enseñan los dientes ni para castañearlos cuando el miedo se apodera de ti.

Y esta moda televisiva, curiosamente, se ha trasladado a algunas series. El ambiente irrespirable, los gritos, el rictus impenetrable mientras eres testigo del horror, está consiguiendo que no veamos si los actores tienen caries o algun puente. Lo que se lleva es una expresión congelada (que a veces puede confundirse con principio de parálisis facial), ideal para habituales del bótox. Por si acaso alguien lo duda, ni se me pasa por el teclado comparar ambos productos… Pero si la actitud de sus personajes… Dos estrellas de Hollywood saben de lo que hablo.

True Detective

Esperada como pocas, True Detective, ha llegado como un tornado arrasando en su estreno, superando hitos de la cadena como Juegos de tronos y The Newsroom. La última joya de HBO ha impresionado a la crítica y enganchado a los espectadores.

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De True Detective se pueden decir muchas cosas. La mayoría buenas. Pero alguna menos buena, también. Digo de carrerilla lo malo y ya me centro en sus aciertos. A mi no me parece una serie muy original, ni en su planteamiento, ni en su historia, ni en su imagen… No hace falta ser un experto para saber dónde han rebuscado sus creadores. Estoy seguro que David Lynch no se pierde ni un capítulo.

La historia parte de un brutal asesinato cuya resolución recae en dos policías encarnados por Woody Harrelson y Matthew McConaughey (viviendo el mejor año de su carrera con Globo de Oro y nominación al Oscar en su bolsillo). Ambos están impecables. Ambos han madurado de una manera extraordinaria. No solo físicamente (no son tan mayores, cuidado, pero empezaron muy jóvenes). Solo alguien con su talento es capaz de abordar este tipo de papeles sin caer en la caricatura. Mantener no solo la expresión, sino esa mirada vacía o llena, según el momento, ocultando secretos que solo el espectador intuye, es un ejercicio complejo reservado solo a los grandes. Y ellos lo son. Por lo menos aquí.

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No quiero (ni puedo porque tan solo se han estrenado tres episodios) desvelar mucho más porque sospecho (ya se encargan de darnos alguna pista) que nos esperan muchas sorpresas. De momento, por ese flashback constante donde ambos cuentan qué sucedió con ese caso ocurrido 17 años antes. Por cierto, que la historia transcurra en una inhóspita Louisiana da mucho juego. Desde luego no creo que la serie esté patrocinada por su oficina de turismo. Nada volvió a ser igual para los dos agentes, especialmente para uno de ellos… Y hasta aquí puedo leer.

Poco más. Destacar como marca de la casa, la extraordinaria cabecera. Una muestra de la inteligencia de los directivos de HBO por crear marca. Desde el minuto uno sabes que está viendo una serie made in HBO. Esta por cierto me lleva de inmediato a la de True Blood. Si quieres escucharla, pincha aquí: http://www.youtube.com/watch?v=p4zluA60hjs El tema se titula Far from any road y corre a cargo de The Handsome Family.

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Termino. HBO ha anunciado que seguramente la serie tendrá continuidad pero siguiendo el estilo de American Horror Story. O sea, nuevos casos, nuevos actores. Qué listos son…

¿Te suena a una nueva serie imprescindible? Seguramente. Como te decía, la crítica se ha volcado en halagos. Hablan incluso de “una serie policiaca que desborda los márgenes del género”… Como ves, poco argumentos en contra. Resaltar, eso sí, que se trata de una serie áspera como pocas, donde como decía al principio, no verás ni una sonrisa y si mucho dolor. Pero parece que el sufrir se lleva… aunque yo aquí tenga más de una duda. Pero claro, a mi la mercería me va divinamente.

Intelligence, vuelve el (cyber) hombre

intelligence banner pequeñoQue un hombre madurito (o senil, depende de los casos), se lie con una veinteañera, no sorprende a nadie, excepto a sus hijos (sobre todo si hay pasta de por medio). Pero es tan normal, estamos tan acostumbrados a verlo, que ni siquiera llama atención.  Bueno, por lo detrás les decimos cuatro cosas, en plan viejos verdes, asaltacunas, pero con cariño y sin acritud… En el caso contrario, cuando es ella la que decide echarse un pipiolo mucho más joven, la cosa cambia. La historia no ha sido especialmente benévola con estas mujeres. Han sido motivo de burlas, insultos, y porque ya no se quema en la hoguera (literalmente) a nadie, que si no, tendríamos la noche de San Juan instalada en cada barrio, especialmente en aquellos de clase alta.

Y digo esto, porque también aquí entra el tema siempre espinoso del dinero. Pero voy a lo que voy. Gracias a un  grupo de heroínas, este tema, y otros muchos (menos importantes por supuesto), han dejado de ser motivo de estigma, gracias a una clasificación más o menos amable, que oye, ha transformado el asunto hasta ponerlo de moda. Vamos, que tienen denominador de origen.

A las mujeres mayores de 40 (que aunque sean los nuevos 30, haberlas ‘haylas’) que salen con veinteañeros se las denomina “cougar”, que en inglés significa puma. El término lo popularizó una periodista americana una noche que tomaba una copa en un bar con un compañero de trabajo. Escandalizado por lo que ocurría en la barra, su colega le dijo: “mira aquella cuarentona y el jovencito que tiene al lado, parece un puma sobre su presa”. Ya lo tenía. La buena mujer, como digo, lo hizo popular. Pero alguien mucho más lista lo llevo a la práctica. Y nuestra adorada Demi Moore, tras años de matrimonio con el madurito interesante Bruce Willis, se lió (y la lió) con Asthon Kutcher, un yogur desnatado, veintitantos años menos que ella.

Pronosticaron que la cosa duraría hasta que se hiciera de día. Se equivocaron. Incluso se casaron. Luego vino lo de ponerla los cuernos con todo lo que se movía, hasta que Demi dijo aquello de “quien se acuesta con niños cagao se levanta”. Lo aprendió tarde pero que le quiten lo bailao. Y una vez roto el hielo (no fue la primera pero si una satisfecha abanderada), se abrió la caja de Pandora y allí empezaron a salir que si Jennifer López y un bailarín con cara de malote y cuerpo de escándalo, que si Madonna con un bailarín, con dos, con tres, con cuatro… cortados por el mismo patrón que el de la López, que si Harry Belly y un modelo (con el que tuvo una hija, y con el que terminado como el rosario de Aurora), que si Sharon Stone y oooootro modelo con el que se pasea por todas las playas del planeta, que si Susan Sarandon con un empresario (siempre dando la nota Susan)… Pero atención. Cambio de tabla. Y es que todas ellas han dejado el club de las “cougar” y han sido inscritas (muy a su pesar, sospecho) en el de las “swofty”, que es lo mismo, pero para las mayores de 50 (los nuevos 40… lo se, lo se). De hecho, hay un par de ellas, que están recibiendo cartas en las que se les comunica que tienen que dejar este selecto club por haber cumplido ya ¡60!… Ambas aseguran no haber recibido el aviso. Sigamos. La cosa no es tan dramática porque el término se ha suavizado. Ya no suena a depredadora. “Swofty” recuerda más a una línea de cosméticos (algo que todas nuestras protagonistas conocen muy bien).

Así que una vez asumido el nuevo estatus, alegría. Ya se hacen listas con las 10 “swofty” más deseadas, las más elegantes, las menos operadas, las más… Por fin, el mundo ha demostrado que tiene corazón. Las ha puesto una etiqueta alejada de ordinarieces que usamos por estos lares tipo viejasca, gallina vieja y cosas por el estilo. Ahora, tras un aprendizaje como “cougar”, te dan la tarjeta “swofty” con la que podrás sumar puntos cada vez que…estooo, cada vez que subas una foto del maromo en instragram, por ejemplo. Y creo que puntúa doble cuando alguna de tus amigas, sufre convulsiones cuando a pesar de ser de la misma quinta, ellas siguen teniendo un pellejo por marido. Lo que aún está vacante es la denominación para las mayores de 60. Se abren las apuestas…

En fin, que el mundo avanza. Había un gran vacío en este asunto y está resuelto. Los hombres seguimos sin etiqueta. Aunque creo que si la tendencia persiste, será urgente convocar una cumbre esponsorizada por Nivea Men, y decidir qué hacer. Si las “cougar” y las “swofty” se multiplican, no quedarán jovencitos en el mercado, y entonces las jovencitas se verán obligadas, quieran o no, a salir con señores mayores… (esto ya pasa en Hollywood con consecuencias desastrosas). ¿No suena apocalíptico? Porque hablamos del futuro… Esto es presente. Y en este presente, ya hay hombres que se quedan como las vacas mirando al tren, con el riesgo de ser arrollados por las de 40, 50, 60 y si nos ponemos, por las de 70. ¿Qué podemos hacer? Se puede pensar porqué prefieren a estos yogurines. Un motivo sería por el mero placer (o sea, por el gustito que dan). Otra porque los hombres de su edad no les interesan. Contra lo primero difícil competir. Contra lo segundo, se puede hacer algo. Convertirse en madurito interesante es una opción. No se trata de ser un George Clooney de barrio. El cambio debe ser más profundo. Hay que tunearse, lanzarse a las barricadas del Sephora y arrasar con todo lo que diga ‘for men’. Luchar por convertirse en atractivos cuarentones y cincuentones (lo dejo ahí hasta que haya nombre) para que los veinteañeros macizos huyan y retrocedan hasta su territorio natural que nos es otro que las discotecas más cañeras y los gimnasios más heteros… Si tienes súper poderes, ayuda (que cada uno piense en el que más le guste). Y si esto no funciona, entonces solo queda llamarse Gabriel Vaughn y tener el aspecto de Josh Holloway. Una especie de James Bond de última generación.

Intelligence

Porqué ¿qué hay más irresistible que un súper hombre con apariencia normal, sin trajecitos de marras, y con debilidades terrenales… Voy por partes. Que una serie sea entretenida, no debería ser algo destacable. Es como si en la botadura de un barco dijéramos “huy, flota fenomenal”. Aunque visto lo visto, yo diría que es necesario hacerlo porque cada vez es más frecuente encontrarnos con ladrillos diseñados por alguna mente dañada irreversiblemente.

Intelligence forma parte de este tipo de producciones donde se puede decir abiertamente que es muy entretenida. Quizá es lo primero que te viene a la mente. Y lo es, porque aunque crean que ha inventado la pólvora, lo que ha hecho, sabiamente por cierto, es actualizar algunos de los principios básicos de las mejores series de los 70 y los 80. Desde Los Ángeles de Charlie o Los hombres de Harrelson, sin olvidarnos de Starsky y Hutch, pasando por Luz de luna, Policías de Nueva York o Corrupción en Miami, totas ellas fueron títulos hoy considerados casi de culto, y que en su momento solo pretendían entretener. No sentar cátedra.

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Los tiempos han cambiado, pero echar la mirada atrás en un acto tan usual como necesario (la diferencia está en hacerlo como homenaje o por falta de ideas, claro). Y algo de homenaje hay en Intelligence, la nueva serie de la cadena norteamericana CBS, y que FOX estrena en España.

Argumento sencillo. La Agencia de Seguridad Cibernética de Estados Unidos ha creado su arma perfecta. Un sofisticado microchip que ha sido implantado en el cerebro de Gabriel Vaughn, un ex militar con una excepcional variación genética. Junto a él, y como director de la Agencia, Marg Helgenberger, que tras dejar CSI: Las Vegas, regresa a la televisión. Eso si, como si no hubieran pasado los años (bendito botox, aunque nunca sepas si está enfadada o contenta, si debes decirle hola o adión). La tercera en discordia será una joven agente de FBI, interpretada por Meghan Ory, reclutada para proteger la vida de Gabriel, o más bien, para proteger su cerebro. Porque claro, el chico, para ser más irresistible, es rebelde, insolente, poco dado a seguir las órdenes, y un pelín desquiciado tras perder a su novia, otra agente gubernamental, en un atentado en la India. Según la versión oficial, ella se había pasado al lado de los terroristas. Cosa que él no cree en absoluto aunque se lo juren por snoopy.

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¿Y quién es esta joyita? Pues nada más y nada menos que Josh Holloway, el inolvidable Sawyer de Perdidos. Un “cougar” masculino si en la vida real no tuviera una amada esposa de edad similar a la suya con la que lleva tropecientos años casado (para desesperación de muchas/muchos)… Holloway se ha tomado su tiempo antes de regresar. Y no por falta de ofertas. Más bien por esa necesidad de darse un tiempo y hacer que la audiencia olvidara el papel por el que siempre será recordado. Vuelve más madurito, mucho más interesante, más guapo, más atractivo. Pelo corto (para marcar diferencias con el look que todavía muchos recordamos). Su personaje es absolutamente seductor. Masculino. De aspecto rudo. Vaqueros y camiseta. Todo un básico (dicho en el buen sentido). Vuelve, el hombre (aunque parezca un Smartphone y te pueda electrocutar en la ducha). Está preparado para matar. Si, un prototipo de James Bond pero de Arkansas. Ah, y con trampa. Porque ese microchip que lleva implantado, le permite, desde buscar el teléfono de la pizzería más cercana a localizar a una banda de la mafia china con dudosas intenciones. La puesta en escena de esos momentos de conexión a las redes en francamente buena. Intelligence utiliza una sofisticada técnica de cámaras que aunque ya se ha usado anteriormente, aquí se convierte en parte imprescindible de la historia.

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Los dos capítulos estrenados nos dan para mucho más. Pero como decía, si juega bien sus cartas, y resucita la magia de esas series tan entretenidas de los 70 y los 80, Intelligence puede ser una propuesta duradera que nos hará pasar muy buenos ratos. Momentos es los que será inevitable preguntarnos aquello de: “me encantaría ser/tener uno de esos”. Me refiero al microchip. Al ‘prota’, pues también… Aunque supuestamente no sea el target de ninguna “cougar” ni de ninguna “swofty”. Ellas se lo pierden (pensará él)… Ni se les ocurra (pensará su mujer)…

Sherlock, se lleva lo inteligente (por fin)

sherlock-banner¿Padeces de ‘fomo’? Tal cual…“fomo”. No se trata de una mala pasada del corrector. Es un término anglosajón (como siempre), acrónimo de Fear Of Missing Out, o lo que es lo mismo, miedo a perderse algo, y se refiere exclusivamente a aquellos yonkis de las tecnologías y su terror a no estar a la última. Si eres de los que pierden siempre las llaves, lo que te pueden llamar es desastre, pero no pueden diagnosticarte “fomo”.

Lo estábamos esperando. Era inevitable. A mi me parece incluso que llega con retraso. ¿Cómo hemos podido seguir adelante con nuestras vidas sin saber cuál es la última App para ligar? Entre tanta red social, entre tanto smartphone de última generación, entre tanto televisor inteligente (algunos son más listos que gente que conozco, inquietante verdad), y entre tanta casa “domotica”, donde hasta el frigorífico te pega la bronca porque la leche que te queda es ya merengada, entre tanto gadget, o se está a la que salta o corres el peligro de quedarte más antiguo que un programa de José Luis Moreno.

Los anglosajones (qué haríamos sin ellos) tienen, no se si la manía o el acierto, de ponerle nombre a todo lo que se mueve. Es vital para ellos. Y por defecto, al resto de los mortales, nos lo imponen, quieras o no. ¿Que no quieres caldo? ¡Toma dos tazas! ¿Creías que Santa Claus y Halloween era todo?… ¡Pues no! Es nuestro país, esto ha desconcertado a muchos. Sospechan que pueden padecer de ‘fomo’. Y como antídoto, se lanzan a usar palabras en inglés, venga o no a cuento, en frases de lo más coloquiales. Así se sienten de lo más ‘cool’. Aunque exista en castellano. Ello no. Disfrutan de la reacción que provocan. “Estos cretinos no saben de lo que hablo…” Lo que dudo es si son conscientes de que muchas de esas reacciones son la cara de disimulo que ponemos cuando nos estamos descojonando de alguien en sus propias narices. Otros en cambio, se rebelan y castellanizan todo lo que pillan. En plan canción protesta. Se les reconoce por estar más trasnochados que los especiales de Nochevieja. Llegados a este punto, hay que rendirse porque se avecina un conflicto y debemos actuar con rapidez. Porque la cosa va a peor.

Por ejemplo, ¿sabías que ‘selfie’, ha sido elegida palabra del año por los diccionarios de Oxford?. ¿Y qué significa? Es la foto que uno se hace a si mismo para luego colgarla en las redes. Hay una variante, ‘duck face’. Y no es otra cosa que hacerse una ‘selfie’ poniendo morritos (de pato). Según parece es una caricatura de las poses que usan los adolescentes en sus fotos para las redes sociales. Alguna celebritie, y no precisamente adolescente, se ha quedado congelada con esos morros desde hace 10 años.

Que todo puede ir a peor, aquí se confirma. Según un reportaje que leía el otro día y que tuve que leer varias veces (la culpa es el turrón), hay 25 términos que debes conocer mejor que el nombre de tu padre si no quieres ser un paria tecnológico. Aquí van algunas:

Twine es una app para ligar, pero cuidadín, las imágenes que se cuelgan deben estar desenfocadas, porque aquí lo que cuenta es el intelecto, y no el físico. Vamos, esto es lo que se ha hecho toda la vida un sábado a las seis de la mañana, y no le hemos dado mayor importancia. Y sin móvil. Al contrario. Se pasa página rapidito y desde luego, lo de colgar la hazaña… de la antena colectiva como mucho, si la víctima sigue acurrucada.

Cookflat es una nueva moda que consiste en que los turistas puedan comer en casa de particulares para conocer mejor el lugar que visitan. También se podría decir que es una manera de comer barato o de sacarse cuatro duros en tiempos de crisis. Como la abuela de fabada pero reservando por internet. Más. Cuando una ejecutiva decide bajarse del tacón y marcharse al campo dejando para siempre la ciudad y su vida estresante (esto es de tv movie, ¿o no?), no debemos llamarla tronada, hay que decir que ha adoptado el estilo ‘farm-lit’. Es cuestión de gustos, pero si me metiera en la cama pensando que tengo que levantarme a las 5 de la mañana para ordeñar vacas o echar de comer a los cerdos, ¡yo preferiría subirme en sus tacones!. Otro acrónimo: ‘DIY’ o Do It Yourself. Se trata de un movimiento para comprar menos que anima a cultivar tu comida o hacerte tu propia ropa. A mi me viene a la cabeza la Beckham. No come y se ha hecho modista.

Empiezas a sentir síntomas de agotamiento, ¿a qué si?. Pues solo una cosa más. Si eres como yo, y todo esto te la pela, ¡¡¡TAMBIÉN TENEMOS NOMBRE!!! (el responsable de esto no debería irse de rositas). Somos JOMO, The Joy Of Missing Out (suena a plato japonés). Dicho de otra forma, encantados de ignorar lo que está de moda. Pero cuidado, tampoco se trata de ir por la vida como un notario de los 70.

Lo que no leo en ninguna parte es la palabra, app o red social que describa a los fans de la inteligencia suprema. A mi se me ocurre… Sherlock, o lo que es lo mismo, una de las mejores series que puedes ver ahora mismo.

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Más esperada que los Reyes Magos, la tercera temporada de Sherlock ha llegado a las pantallas británicas. Lo ha hecho a lo grande, con audiencias millonarias. Más de 9.5 millones de espectadores. Espectadores que hemos tenido que esperar dos años para meternos por vena los tres nuevos episodios de una de las mejores series británicas de toda la historia. Cuando menos, la más inteligente de los últimos años.

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Trasladar la historia del detective creado por Sir Arthur Conan Doyle a finales del siglo XIX al Londres más actual, era un riesgo que podría caer en el mayor de los ridículos. Pero nada más lejos. Todo alcanza niveles de perfección rara vez vistos en televisión.

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Tres son las patas en las que se apoya esta serie. Una, sus guiones. Tan perfectos que duelen. Duelen (pero de gustito eh) por ser un manual de transgresión, una patada a los rancios estilos de algunas series patrias (y no patrias). Los tres episodios que componen la tercera temporada son fascinantes. Dos. Su estética no se queda atrás. Va más allá de lo que se esperaría de una producción del siglo XXI. Crea tendencia. Crea estilo. Crea ganas de más. Y tres, sus actores. Benedict Cumberbatch ha sido todo un descubrimiento (aunque ya era un actor de prestigio en su país). Su voz y su cara son incontestables. No se me ocurre otro Sherlock. Ni otro Watson. Martin Freeman, protagonista de la nueva trilogía de El Hobbit, es la réplica perfecta. Extremos que se atraen, que se repelen, que fascinan.

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TNT es la cadena encargada de su emisión en nuestro país, y lo hace tan solo unos días después de su estreno en Reino Unido. Hay que verla. Hay que disfrutarla. Sherlock es la serie definitiva sobre este personaje imprescindible. Y como todo lo imprescindible, padezcas ‘fomo’ o seas ‘jomo’, no puedes dejarla pasar… si quieres ser ‘cool’. You know I mean?

Almost Human, ¿la perfección, por favor?

 almost human bannerLeo un informe sobre las palabras que deben aparecer en nuestro perfil de Linkedin si queremos tener éxito en la búsqueda de trabajo: responsable, estratégico, creativo, efectivo, paciente, experto, organizativo, con motivación, innovador… Son lo último. Leo otro informe sobre cómo debe ser un currículum: diferente, que destaque por encima de otros, original, llamativo. Nos encontramos con videos donde el parado canta su CV, con cajas de leche donde aparece la cara del desempleado (al más puro estilo desaparecido), o rebozados caseros donde poner tus méritos en la croquetas… Lo más. Hay otros que te dicen cómo enfrentarse a una entrevista de trabajo (desde la ropa que ponerte al pelo, maquillaje, perfume, mirada, cruce de piernas…). He llegado a escuchar a un “experto” decir que cada día hay que llamar a una persona distinta para decirle que estás buscando trabajo. Yo agotaría mi agenda en 10 días… Y tras el experimento, se me quedaría vacía (por pesao). Los hay que te recomiendan ejercicios delante del espejo para hacer cada mañana, en plan eres el mejor, el más guapo, me quiero… (puro onanismo, no me digas).

Pon en Google técnicas para buscar trabajo, y te salen ¡62 millones de páginas! que abarcan cómo encontrar empleo en 30 días, cómo hacerlo con simplicidad, cómo hacerlo en el extranjero, en tu barrio, en tu escalera… Para llorar. Al final, te quedas con la sensación de que estás desempleado, porque no sabes buscar trabajo. ¡Toma ya!

Nos están gritando a la cara que los tiempos cambian y que debemos cambiar con ellos. Y a base de informes (pagados, y por lo tanto cobrados por quienes los hacen), se crean tendencias que encima se quedan trasnochadas de un día para otro. Pero no pasa nada. Ya está saliendo calentito otro informe… con el consiguiente pago a cargo de un ministerio, una fundación, una empresa de colocación, o de un sociólogo/a con ganas de salir en la televisión.

Nos están pidiendo que nos reinventemos continueamente. Vale. No me parece mal (que te lo pida alguien con pinta de notario de los 70 tiene guasa). Pero si todos seguimos las claves de estos gurús del empleo, ¿no terminaremos siendo todos iguales? ¿O los informes son a la carta, personalizados? No parece. Nos están empujando a dejar de ser humanos para convertirnos en máquinas perfectas, a los que tras el implante de un chip milagroso (es decir, el informe de marras que te clavan en la chepa), encontrar trabajo es cuestión de minutos.

¿Cuándo perdieron los departamentos de Recursos Humanos el apellido “humano? ¿No deberían ser ellos, y cuando digo ellos, hablo de los que allí trabajan y quienes les dirigen, los que deben intuir las cualidades de quien solicita trabajo? Parece que no, han sido sustituidos por estos informes que a modo de plantilla, hacen que seas apto o no apto para un puesto de trabajo. No estaría yo muy tranquilo en su piel. Sospecho que hay androides a punto de hacer su trabajo.

Total, que cuando entramos en el siglo XXI, nos prometían avances que nos harían la vida más fácil, pero nos ocultaron que esos avances serían a costa de los seres humanos. Las máquinas son el futuro. Los humanos, el pasado.

Y sospecho que los responsables de la serie que hoy os traigo, están de acuerdo conmigo.

Almost Human

Almost Human es el nuevo juguete de J.J.Abrams, sin lugar a dudas, uno de los creadores televisivos más prolíficos de los últimos años. Desde la ya lejana Felicity, Abrams puede estar muy orgulloso de sus producciones (el éxito o no de algunas de ellas es otra cosa): Alias, Perdidos, Seis Grados, Fringe y Alcatraz han hecho de él un nombre imprescindible en la ficción actual. Hace nada ha presentado Almost Human, y en 2014 estrenará Believe, con guión del mismísimo Alfonso Cuarón, uno de los directores del momento gracias a Gravity.

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J.J.Abrams tiene que disfrutar como un niño diseñando series de televisión. Se nota. Es como el Steven Spielberg de hace unos años (el de ahora se ha convertido en el abuelo cebolleta). Ingenioso, original, travieso. Derrocha imaginación. Y es de agradecer, porque no podemos estar todo el día enganchados a series de culto, angustiosas, llenas de matices y rincones oscuros. Tiene que haber de todo. Se trata de darse algun capricho y dejar por un día (o dos o tres…) el delicatesen para zamparse una buena hamburguesa televisiva.  Y nadie como Abrams para diseñar un menú rápido, en plan fast food serie.

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Almost Human es relativamente sencilla de explicar. Año 2048 (a la vuelta de la esquina). La tecnología se desarrolla tan rápido que nadie puede controlarla. Y la cosa se pone fea cuando es utilizada para el crimen. Por eso la policía ha creado un arma muy poderosa, unos robots de aspecto humano que acompañan a los detectives. Pero no todos los robots son iguales. Algunos pueden llegar a ser más humanos que los propios humanos. Y aquí, empieza el juego.

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Con un montón de guiños, homenajes, reverencias y travesuras, esta serie puede prometer. Y digo puede, porque le queda cierto recorrido para saber si la comida rápida nos sentará bien o nos repite para desgracia de quienes nos rodean. Estamos en ese momento tenso donde todo puede ocurrir. Hay momentazos, si (y algun absurdo que otro), pero necesitamos algo más.

Estoy seguro que Blade Runner, Inteligencia Artificial, Yo Robot, incluso Robocot, han estado presentes en el desarrollo de esta ficción. Y no pasa nada. Pero todas ellas tenían una meta, y aquí estamos corriendo como vaca sin cencerro (que diría mi adorado Almodovar).

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Pero yo confío en que llegará y pronto. Es el principio. Nos estamos conociendo. Almost Human lleva cinco, seis, siete episodios… y como decía, esta serie es un juguete. Y a veces, en los juguetes más modernos, lo más complicado no es cómo funciona, lo difícil es saber dónde se colocan se colocan las malditas pilas…

Ripper Street, se buscan buenos jefes

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¿Qué opinas de tu jefe? Ja! Pregunta complicada. La verdad es que hay pocos estudios. Supongo que el riesgo de que una respuesta equivocada te lleve a la lista del paro, no facilita la sinceridad. Sin embargo, alguno hay, y desde su publicación, los despachos están inquietos. Se trata de Líder resonante y disonante (no empezamos bien, lo se), un libro escrito por Daniel Goleman, un psicólogo estadounidense, todo un gurú internacional de la materia. Goleman ha catalogado los diferentes tipos de líderes más habituales, y los divide en seis. A ver si encuentras al tuyo (jefes, precaución).

Autoritario. Trasnochado, más antiguo que el hilo negro. El peor de todos. Estaba en peligro de extinción. Pero ha vuelto con fuerza gracias a esta crisis eterna en la que te pueden poner en la calle por comer macarrones cuando al jefe, ese día, le apetece que comas, pollo en pepitoria. El libro asegura que espanta a los empleados. Poco rendimiento sacará la empresa de aquellos que estén por debajo de este tipejo que parece creer que los derechos laborales en la recogida del algodón eran un despiporre sindical. Resultado: convierte a su equipo en seres sumisos, desmotivados y pasotas (y yo añadiría en potenciales asesinos… sin sueldo).

Limitativo. Le llaman el jefe perfecto (manda huevos). Exigente. Solo busca objetivos. Cueste lo que cueste. No te dejaría ir al entierro de tu padre porque él tampoco iría, si es en horas de trabajo (suponiendo que sepa quién es su padre, claro). Peligro. Suele ser un autoritario disfrazado. No le temblará el pulso a la hora de apuntarse como propios los tantos de su equipo. Quiere ascender. El libro de Goleman asegura que crea mucha rotación en el equipo para asegurarse de que nadie sabe más de un tema que él. Total, que a la desmotivación hay que sumarle una falta de dedicación y una preocupante desgana consecuencia de las males artes de este lobo con piel de cordero. Ahhhh, qué recuerdos…

Visionario. Egoísta. Impulsivo. No es fácil encontrarlo, pero existe. Impregna su trabajo con su fuerte personalidad (tipo Steve Jobs, un genio capaz de despedir a un asistente por equivocarse un día en la marca de agua que le servía). Este modelo de líder suele rodearse de los mejores profesionales para que puedan cubrir sus flancos débiles. No te prestan atención, pero pueden contagiarte de su espíritu, con el que puedes dar saltos cualitativos en tu trayectoria profesional. O sea, que a veces le matarías, en cambio, en otras, le quieres comer, como dice Amaral.

Coach o entrenador. Es un gran líder. Capaz de desarrollar equipos. Extraer todo su potencial tanto al que lo tiene como al que carece de ideas (angelitos). Le interesan las personas (aquí sospecho que empieza la ciencia ficción del estudio). Dicen que este modelo de jefe te ayuda a ser tu mismo, a ser el piloto de tu carrera, no el copiloto (a estos, les termina por salir un alien del pecho, fijo). Puede ser duro al principio pero es un genio a la hora del reparto de tareas. No es paternalista y obliga a su equipo a asumir responsabilidades. Te da autonomía. ¿No te suena verdad? Por cierto, tiene un peligro. Puedes centrarte tanto en tu carrera que te olvides de los objetivos de la empresa. O sea, que te puedes convertir en un trepa tan obsesivo que te falten ramas para escalar, lo que le obligue a usar las chepas de sus compañeros (la mía tiene ya hasta carteles para no perderse).

Democrático. Suele pedir consejo a su equipo, aunque sea quién tome la última decisión. Es el tipo de liderazgo que más se ha desarrollado en los últimos tiempos. Y los expertos dicen que funciona. Le preocupan las personas. Comunica perfectamente lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere. En definitiva, te hace responsable. Y como premio, suelen promocionar a su equipo. Vamos, que te lo llevarías a tomar unas cañitas, y encima, pagando tu. Estoooo… si encontráis alguno, no dudéis en hacerle una foto con el móvil. Las especies raras conviene tenerlas inmortalizadas.

Afiliativo. Adora a su equipo. Bueeeeeno, quizá me he dejado llevar, pero no es para menos. Busca incansablemente las buenas relaciones entre todos. No gusta entre los expertos (amargados). Aseguran que junto al autoritario es el peor de los jefes (toma ya). Dicen que puede llegar a mentir a sus empleados para evitarles un disgusto, aunque luego se estrellen contra la realidad. Abunda en España (¿dónde?). Se le puede encontrar en pequeñas empresas, en negocios familiares (ah, vale). No aporta nada positivo (ya estamos) y se corre el peligro de convertir el lugar de trabajo en el bar de abajo: “¡cuatro cañas, dos de bravas, una de morros y otra de boquerones! ¡Y me pasas el informe de ventas!…”. A mi no me parece tan confuso. Con evitar las manchas de mejillones en el teclado…

¿Cómo se te ha quedado el cuerpo? Espera que hay más. Analistas españoles afirman que si el directivo se ha formado en una escuela de negocios, suele ser más participativo, más flexible, más creativo, más parecido al norteamericano (esto lo dicen como si fuera un plus). Si es el cuñado del encargado, tiene todos los números para ser un cabronazo. También aseguran que la llegada de la crisis ha traído muchos nervios. Estamos de vuelta al estilo autoritario, especialmente por culpa del miedo que se ha instalado en los jefes, a quienes estos tiempos les han puesto en el punto de mira. No porque lo estaban haciendo mal (eso se les perdonaba). Se rumorea que cobran mucho y como la mayoría son mayores, ya no sirven.

Resumo. Los mejores jefes son aquellos que mezclan los estilos visionario, entrenador y democrático. Mezclados, no agitados. Se buscan. Si lo encuentra no se acerque a ellos. Son peligrosos. Están armados. Suelen llevar un ERE en el bolsillo.

No lo veo claro. Acabo de echar la vista atrás, y a mi me salen otras categorías. Menos teóricas y más reales. Mucho más de aquí, typical spanish, podríamos decir. Pero estoy convencido de que en muchos países, sería un documento clasificado. Por ejemplo, en qué categoría incluiríamos a los jefes que padecen el síndrome de Rebeca (como la peli de Hitchcock), es decir, aquellos de los que todo el mundo ha oído hablar, mal, por supuesto, pero nadie les conoce (generalmente están en otra planta, noble, atrincherados en sus despachos, y no se relacionan con el populacho). También están los que yo denomino falsos boomerang. Porque ¿cómo se llama a un boomerang que no vuelve? ¡Un palo! Y así lucen algunos ejecutivos, como si se hubiesen tragado uno. Son de esos que piensan que los trabajadores son lo peor de su profesión. Están los que son más tontos que una piedra. Sigue siendo un misterio saber cómo han llegado a donde están… Pero podríamos seguir hasta el infinito.

Hablando de jefes, se me ocurre una serie (y no es The Office, lo siento) cuyos líderes son más de aquí te pillo, aquí te mato. En el sentido literal de la expresión.

Ripper Street

Hay que ver lo que ha dado (y sigue y sigue y sigue…) de sí Whitechapel, el famoso barrio londinense donde Jack el Destripador cometió sus brutales crímenes. Se que mi último post era sobre una serie llamada Whitechapel (esto es un no parar). La de hoy se llama Ripper Street, una extraordinaria producción británica (esta obsesión por el made in UK me la tengo que mirar…) ambientada en este barrio y que arranca inmediatamente después de cerrarse el legendario caso.

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Ripper Street es como un antepasado de CSI. Utiliza unos incipientes métodos forenses (poco respetados por muchos policías) para resolver crímenes salvajes. Y lo hace en una época difícil, violenta, casi sin ley, donde la autoridad se movía entre lo legal y lo ilegal. Se respira la mugre que lo invadía todo, hasta las vidas de sus protagonistas.

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Pero además de los casos policíacos, inteligentes y originales, la serie disecciona esa sociedad no tan lejana. Injusta. Salvaje. Pobre y rica. Sin medias tintas. Donde una jerarquía malentendida podía ser más letal que cualquier cuchillo oxidado. Una estructura apoyada en policías, políticos, periodistas, nobles, putas y ciudadanos… todos juntos pero sin mezclarse. Una época donde el jefe era más que un jefe. Era tu dueño, y como tal podía ejercer con crueldad o con benevolencia. Apoyarte o hundirte. El que tenía el poder lo usaba, y lo hacía, básicamente, para que nadie se lo quitara. ¿Decisiones injustas? La mayoría. Pero lo importante era tener un trabajo que te separara de la miseria. ¿Os suena de algo?

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En definitiva, BBC vuelve a repetir una fórmula que le funciona. Nadie como ellos para llevar adelante una producción a veces clásica, a veces rompedora. Eso sí, actualizada en su banda sonora, en sus poderosas imágenes, y en sus muy originales casos.

Ripper Street es un juguete para adultos. Y como todo juguete que se precie, proporciona entretenimiento del bueno. Sucio, eso sí (dan ganas de ducharse después de cada episodio). Pero a quién no le gusta revolcarse por el barro si hay premio para el mejor…

Whitechapel, ¿susto o muerte?

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Supongo que si estáis leyendo esto es porque sois internautas. Y si lo sois, doy por hecho que habréis observado como en los últimos tiempos, la publicidad en internet es cada vez más intrusiva. Yo, a veces, la siento violenta. Incluso, te echan de la página en cuanto quieres cerrarla. Entiendo lo de la crisis, la bajada de la inversión publicitaria, lo del nada puede ser gratis (esto merece una reflexión aparte…). Lo puedo entender casi todo. Lo que me cuesta comprender es como esos (supuestos) cerebritos dedicados a las nuevas tecnologías, esos que tanto presumen de su condición de gurús (creerse Steve Jobs es un delirio muy común entre los CEOS patrios), no se han dado cuenta de lo molesto que puede llegar a ser. ¡Es que es abrir internet y sentirse como en el túnel del terror!. Tú imagínate que te paras a ver un escaparate y de repente, sin avisar, te agarran del cuello y te meten en la tienda contra tu voluntad. Yo no se vosotros, pero desde luego a mi me darían ganas de todo menos de comprar. De hecho, yo ya he abandonado alguna de estas páginas. Si era el efecto que buscaban, perfecto. Si no, creo que deberían convocar esas interminables que tanto gustan en las empresas de nuestro país. Eso sí, a través del mail, y con el susto o muerte que ofrecen sus inserciones publicitarias.

Notaréis mi grado de cabreo pero es que uno tiene razones de sobra. Por ejemplo, vas tan tranquilito en el AVE, y de repente, quieres leer el periódico en tu (flamante) smartphone o tablet. Abres la aplicación y ¡zas!, un anuncio de un coche, de un seguro, de una compañía de luz, de gas, personas, te estalla en la cara a un volumen que hace sobresaltarse hasta al mismísimo maquinista. Hombreeeeee, nooooo… Así no. Que hay veces que parece la película The Ring. No te sale una chica japonesa con muy malos pelos, pero así se te quedan del susto… Pero si nos gusta la publicidad, por qué este castigo. Hay anuncios que nos encantan (el de la Lotería no entra en esta categoría), que incluso compartimos con amigos. Hablo de auténticas joyas que provocan lo que buscan, que sientas simpatía por lo que venden, por la marca… Hasta te dan ganas de comprarlo. Pero si quieres provocar esa reacción positiva a base de collejas, llámame lo que quieras, pero conmigo no cuentes.

Imagínate que alguien, de esos que nos quieren hacer una encuesta por la calle, nos diera un bofetón, y luego con una sonrisa nos dijeran aquello de “¿tiene un momentito?… Si, claro, un momento es lo que me va a costar colaborar contigo en un estudio sobre delitos callejeros a punto de cometerse.

Se que no debe ser fácil, que no es por manía, ni sadismo (quiero creerlo), que llevan mucho tiempo buscando el método… pero claro, ponerle puertas al campo es tan absurdo como barrer una playa (por mucho que algún pensionista se empeñe). Y queridos publicistas, aquí se tienen que poner las pilas del primero al último. No me vale con eso de que tu tienes una profesión super cool, y los demás no entendemos nada. Es que al final, lo que estáis haciendo es barrerme la escalera y meterme la mierda por debajo de la puerta.

Desconozco si esto forma parte de una estrategia con el fin de hacernos comprender que el gratis se acabó y que por “menos de un euro al día”, puedo disfrutar de los contenidos sin tomarme la pastilla del corazón. Puede ser. Tácticas más raras se han visto (miren al ministro Wert). ¿Que sean las correctas? ¿Que den resultados? Ahí yo ya discrepo. Me niego a ser rehén del “show me the money” o “todo por la pasta”. Esto debería ser una relación de amistad, de seducción, no un atraco a mano armada. El estilo carvernícola de “te cojo por el pelo y te llevo a mi cueva”, está pelín trasnochado.

Me pregunto si las marcas que se anuncian así, en plan comando suicida, están de acuerdo. Me pregunto si se les factura por visionado, lo que es evidente a no ser que dispares al ordenador cada vez que entras en una web (fatal para el presupuesto, ya te lo digo). Me pregunto si este modelo publicitario “te lo vas a comer quieras o no”, tiene mucho recorrido…

Debo ser de la vieja escuela porque sigo creyendo que al consumidor se le conquista de otra manera. Pero si hay alguien que piensa que es todo lo contrario, y que hay que secuestrarle en plan robo a una sucursal bancaria, allá ellos, yo, me apunto en mi cuadernito de “cosas de detesto” el nombre del contenido y del contenedor, y a comprar los calzoncillos en Fajas Manoli, donde además del trato exquisito, me llaman por mi nombre, y me preguntan por la familia. De momento, Manoli, no ha venido con pasamontañas a mi casa, para obligarme a comprarle un pack de tres slips (o bóxers).

De muertos, de secuestros, de violencia, de bofetones en la cara, habla mi serie de hoy…

Whitechapel

Whitechapel es una serie británica, como no podía ser de otra manera (y lo que nos queda, afortunadamente) de la cadena ITV, cada vez más exquisita en sus producciones. Estrenada en 2009, su cuarta temporada se ha emitido este mes de septiembre, y aunque no tendrá una quinta, podemos hablar de una serie muy recomendable. Para situarnos, decir que Whitechapel es un barrio humilde del East London, famoso por ser el lugar donde Jack el destripador cometió sus legendarios crímenes.

Whitechapel

Y este es el punto de partida de Whitechapel. Un inquietante y asombroso caso. En el Londres actual, alguien está cometiendo los mismos asesinatos que Jack el destripador (un asunto que a día de hoy sigue sin resolverse). Exactamente igual, a la misma hora, en el mismo lugar, y de la misma (y espeluznante) manera. La comisaría de la zona deberá resolver un caso que se mueve entre la realidad y lo sobrenatural. Ha nacido un copycat killer, un imitador… ¿o es el mismísimo Jack el que ha vuelto de su tumba?

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Comenzará una investigación dirigida por el extraño inspector jefe Joseph Chandler, y su peculiar equipo. Chandler, interpretado por una estrella británica no muy conocida en nuestro país, Rupert Penry-Jones, es un hombre atormentado por un pasado que poco a poco se irá desvelando. Devorado por manías y obsesiones, sin sentido del humor, y nada dado a tomarse unas pintas cuando termina la jornada, pronto se convertirá en un bicho raro dentro de una comisaría llena de personajes convencionales, muy reales pero singulares, que aunque no entienden los novedosos métodos de su jefe, serán muy capaces de arrojar luz al caso.

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Whitechapel ha sido definida como una moderna revisión del género de detectives que combina la intriga de la época victoriana con la atmósfera actual de un barrio contemporáneo como es Whitechapel. Y la fórmula funciona. Como un reloj suizo. Por ponerle algún pero… A veces, se muestra demasiado explícita. A veces, se recrean en ese tempo tan calmado y tan propio de las producciones británicas (que unos odian y otros adoramos). Pero consiguen que el resultado final te inquiete. Y mucho. Gracias, entre otras cosas, a un guión que funciona a la perfección, a unos actores, que como siempre, son absolutamente creíbles, pero sobre todo, a una capa oscura que cubre toda la serie, y que te impide ver con nitidez lo que está ocurriendo. ¡No puedes ver al asesino! ¡Y está delante de tus narices!… Brillante. Por cierto, este es el primer caso. Después llegarán otros, en principio no tan atractivos para el espectador, pero igual o más inquietantes, más oscuros, más salvajes…

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Así que, resumiendo, estos son algunos de los puntos fuertes que hacen que Whitechapel merezca una oportunidad:

  • ·         La atmósfera que envuelve a la serie
  • ·         Los personajes, especialmente su protagonista, y los secretos que esconde
  • ·         Un caso basado en el serial killer más famoso de la historia
  • ·         Los aspectos sobrenaturales que planean
  • ·         Una estética que combina con acierto lo clásico con lo nuevo
  • ·         Un guión inteligente que se resuelve en el último minuto

Aquí lo dejo. Si, Whitechapel es como esa publicidad tan molesta de la que hablo, es inquietante, intrusiva, radical, violenta… pero a una serie se lo permito, porque eso es lo que me vende, y yo… lo compro.

By Any Means, limpiezas clandestinas

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Siento llegar tarde a mi cita, pero entre pitos y flautas, se me ha echado el tiempo encima. Pero vengo con la prensa leída. Estoy al tanto de las últimas noticias. Y cuando hablo de últimas noticias, no me refiero a las que acaban de ocurrir, no. Hablo literalmente de las “últimas”. De las que ocupan el final de página de nuestros periódicos más serios. Hace nada ni existían. Ahora, cada vez son más visibles, más destacadas. Y estaréis conmigo, que resulta chocante que al lado de secciones clásicas como economía, sociedad, o internacional, uno pueda leer “noticiones” más propios de la prensa sensacionalista.

Por ejemplo, estos días podíamos leer un titular sobre la propuesta artística de un estudiante de la prestigiosa escuela Saint Martins, en Londres. El joven aspirante a artista, Clayton Petteet, de 19 añitos, como trabajo de final de carrera, perderá la virginidad delante de 100 personas. Su ejercicio lleva por título algo así como “La escuela de arte me robó la virginidad”. Eso sí, lo hará con un amigo, que para eso están los amigos. Nada de cómo te llamas, estudias o trabajas, te invito a una copa, en tu casa o en la mía… Demasiado antiguo. Luego abrirá un debate entre la audiencia, al más puro estilo Gran Hermano. A mi, de todo esto, lo que más me ha llamado la atención, es descubrir que quedan veinteañeros vírgenes, fíjate tu. Desde luego, parece más entretenido que el clásico trabajo de 50 folios, por una cara, 1000 palabras, a doble espacio, etc… Aclarar que tanto la escuela como las asociaciones de gays y lesbianas del país has puesto el grito en el cielo…

Leo también la denuncia que una asociación de mujeres que lucha contra la discriminación de las mujeres obesas, ha interpuesto contra Karl Lagerfeld por despotricar, una vez más, contra las gordas. El diseñador de Channel, cada vez más Coco, y hasta hace no mucho tiempo, una albondiguilla, ha asegurado que nadie quiere ver gordas en las pasarelas, y que además, le cuestan un pico a la seguridad social. Puede que haya gente que quiera ver mujeres rellenitas, puede que no… de lo que estoy convencido en que nadie quiere ver zombies subidas en tacones de vértigo, desfilando con cara de “llevo muerta seis meses”… Llámame “tiquismiquis” pero a mi me gusta que el hueso esté rodeado de carne. Qué le vamos a hacer… La presidenta de ‘Guapa, gorda, sexy y lo acepto’, (así se llama la asociación, lo juro), Betty Aubrière, considera inaceptables estas declaraciones hechas en un programa de televisión, en las que el diseñador soltó perlitas tipo “nadie tiene ganas de ver a mujeres gordas sobre las pasarelas. Son las mujeres gordas sentadas con su paquete de patatas ante la televisión, las que dicen que las modelos delgadas son repugnantes. La moda es sueño e ilusión”. También aseguró que su “única ambición en la vida es llevar vaqueros de la talla 30. No he hecho régimen para que me metan mano ni para ser sexy. Quería ser una buena percha”. No se si es para denunciarle o esperarle a la salida de un desfile con media docena de latas de fabada Litoral…

Nos vamos a París. Curiosa la campaña de un gel antibacteriano para manos. En el video promocional (disponible en internet), un grupo de mujeres, tras usar el producto, se echa a las calles para tocarle el paquete a todo aquel que se deje. Por cada pene tocado, 10 euros destinados a la lucha contra las enfermedades masculinas. Una vuelta de tuerca al dicho de “no me toques las pelotas”… excepto si tiene premio, y estoy en Francia.

De Moscú nos ha llegado algo mucho más impactante (duele solo de pensarlo). Un artista ruso llamado Piotr Pavlenki, se sitúo hace unos días en plena Plaza Roja, frente al Kremlin. Se desnudó y se clavó los testículos al suelo en protesta por la indiferencia política que vive su país. Dejadme que me recupere… Solo el hecho de desnudarse allí ya me parece un acto heroico por aquello de las temperaturas que se gastan. Pero si además, te clavas el escroto al adoquín (como lo describe El Mundo), me quedo sin palabras. La policía tardó ¡una hora! en desclavarlo. Hay que reconocer que este Piotr le ha echado huevos. Mi duda es si los habrá podido recoger.

He aquí solo cuatro ejemplos sencillos, absolutamente ciertos, que han tenido una sólida presencia en los periódicos (y en televisión y en radio…). Y es que, esa delgada línea roja que separaba la información rigurosa del mero chascarrillo sensacionalista, se ha borrado de un plumazo. La crisis del papel es la excusa para que hoy en día, haya que leer bien la cabecera del medio, para saber si estamos ante el Mundo Today o el New York Times. Ahora lo que se lleva, es taparse la nariz (o no, dependiendo de cómo de sensible tengamos el olfato), y sumergirse en las coaclas de nuestras sociedad (si vives en Madrid, solo hay que pasear por la superficie).

Curiosamente, esto ha sido recibido con aplausos, volteretas y algún medio pedillo, fijo, por aquellos a los que hasta ahora se les despreciaba, llamándoles prensa amarilla. De este color ya solo les queda el papel reciclado que nadie quiere usar, porque, dejémonos de tonterías, es muy feo. Así que ahora, todos contentos. No hay prensa amarilla, ni verde ni morada. Como mucho, azul y roja (aunque un día, combino el rojo con el azul, y otro, el azul con el rojo, según quien me pague).

Aquella máxima de “no dejes que la verdad te estropee una buena noticia” parece haberse diluido. Ahora tiramos a saco de titulares chorras que nos hagan más llevadera una actualidad intoxicada. Y este nuevo y fascinante desafío, es ya tan habitual que solo faltan visitas guiadas por las miserias de lo absurdo. Es algo así como que el fin justifica los medios… Aunque yo añadiría que quizá los medios, algunos, no tienen fin. Y si la prensa se ha tirado en plancha a este subsuelo, qué decir de los gobiernos, ahora que ya sabemos que nos espían más que a la hija de la Pantoja.

Pues esta es la propuesta de la serie de hoy…

By Any Means

El fin justifica los medios. Ese parece ser el leitmotiv de By Any Means, una reciente producción de la BBC (no digo nueva o última porque es un riesgo dado el nivel de producción que se gastan por allí). Seis episodios. Como les gusta en esas tierras. Y como me gustan a mi. Suficientes. No cansan, no aburren… No necesitas hacer planes con antelación. Te van bien cualquier día y con cualquier cosa. Así es By Any Means (difícil traducción, aunque yo la dejaría en un Por si acaso). Te sientas y a disfrutar de lo que hay al otro lado de lo correcto (que siempre es más apetecible).

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By Any Means cuenta la historia de un equipo, clandestino, creado por el gobierno británico, ajeno a la policía (como dicen ellos, están en una zona gris), que resuelve precisamente, aquello que la policía no puede. No porque no sepan, sino por “culpa” de esas leyes, que en defensa de los derechos de cualquier ciudadano, son usadas por delincuentes para escapar de la justicia (no estoy dando ideas). Terroristas, asesinos, traficantes… cualquiera puede ser objetivo de este pequeño y bien entrenado equipo de élite al servicio, no de su majestad, sino del ministro de turno. Hacen limpiezas a fondo de lo que nadie quiere (o puede) limpiar.

By Any Means

Bien contada, bien rodada, bien escrita, bien interpretada. Todo encaja. No hay piezas sueltas. Nada sobra. Nada falta. By Any Means funciona tras una aparente sencillez que hace fácil lo difícil (cuántas series deberían aprender de esta máxima). Los personajes son gente como tu y como yo, nada de marines de élite o cybersoldados. No. Porque su éxito, su capacidad para resolver los casos que se les presentan, reside en eso, en su aspecto corriente, de gente corriente. Y eso ayuda a que empatices con los personajes, desde el minuto uno. Te caen bien. Todos. Y te encantaría trabajar con ellos…

By Any Means

By Any Means plantea el clásico juego del gato y el ratón. Eso sí, reinventado. Porque la diversión empieza desde el momento en el que el gato se viste de ratón. Primero, el plan. Después, observación, conquista, engaño, atracción y… ¡te pillé!. Cuando la trampa es buena, es fácil caer. Como diría Arguiñano, un buen trozo de queso es un buen trozo de queso. Irresistible hasta para las ratas más listas.

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No es la serie del año. Tampoco lo pretende, y eso es un punto a su favor, pero está muy por encima de la media. Y vista la sequía de la temporada, ya es mucho. Ahora solo falta esperar a que una cadena de nuestro país se atreva. Yo hace tiempo, y observando de cerca lo que se está haciendo en la televisión británica, no dudaría en abrir un contenedor de series made in UK. Hay material para asombrar a los espectadores más exigentes.

The Blacklist, todos nuestros agentes están ocupados

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La vida está llena, pero llenita a rebosar, de listas. Desde luego, la más importante, la de la compra. Esa que hacemos con tanto esmero antes de ir al súper, y que siempre nos dejamos en casa. Sospecho que nos la roban para que compremos más cosas de las que necesitamos. Yo sin ir más lejos, he ido exclusivamente a por leche hasta tres veces, y me he vuelto a casa con seis bolsas… ¡y sin leche!

Hay listas para todos los gustos. Serias, tipo los gobiernos más corruptos, los ciudadanos más felices, los políticos más valorados (juas juas), los países más desarrollados… Y luego están las frívolas. Absurdas e intranscendentes, pero de obligado cumplimiento. Listas de elegantes, de guapos, de ricos (esta siempre me ha cargado un pelín, fíjate tu)… Hay listas con los mejores hoteles, hoteles con encanto, sin encanto, con ducha, con bañera, con bidé, hoteles baratos, caros… En la playa, en la montaña, en medio de una calle peatonal o encima de la zona de marcha del municipio en cuestión. Un día te dicen cuáles son las mejores películas de la historia, las mejores series, los personajes que más se han operado, los más bordes, los famosos más estúpidos (estos se suelen reunir ellos solitos en twitter). Hay listas de restaurantes, de vinos, listas de pasajeros… Se confeccionan sobre música, libros y escritores… Que si los más vendidos, los menos (algunas es que tienen mala hostia). De morosos, de defraudadores… Ahora mismo estoy viendo una sobre las escaleras más hermosas del mundo. Investigando un poco me he encontrado hasta una lista ¡de las mejores listas!.

Como digo, te puedes encontrar de todo. Parece ser una necesidad, como una obsesión. Debemos tenerlo todo metido en listas. Cada cosa en su cajón y un cajón para cada cosa. Prohibido mezclar los calcetines con las bragas (sabio consejo de madre que olvidamos con frecuencia).

Por supuesto, hay lista en las que uno quiere estar, y otras, en las que no. Pero nos da igual. Amamos las listas. Y mi pregunta es: ¿por qué? El escritor Umberto Eco aseguró en una entrevista que “nos gustan las listas porque no queremos morir”. También aseguró que “me gustan las listas por la misma razón que a otras personas les gusta el fútbol o la pedofilia. La gente tiene sus preferencias.”  Como comprenderéis, no seré yo el que le ponga un pero a Eco. Tema zanjado.

Solo un apunte más sobre las que me crean inquietud. Las ambiguas. Aquellas en las que a unos no nos gustaría estar, y sin embargo, otros matarían (literalmente) por encabezarlas. Por ejemplo, la lista de los más buscados (por la policía, no por el presidente de tu escalera). Siempre me ha parecido un ejercicio de exhibicionismo (casi obsceno), por parte del delincuente y de las autoridades, que no lleva a nada. Mucho menos a que se reformen (delincuente y autoridades). Porque una vez en lo más alto de ese top ten, qué canalla va a querer salir… Afortunadamente en nuestro país, no se llevan mucho. Pero en Estados Unidos, hacen hasta programas de televisión. O series. Como la de hoy…

The Blacklist

Inteligente en su planteamiento. Con un puntito de elegancia. Con dosis justas de suspense. Prometedora. En definitiva, todo lo que debe tener el piloto (primer episodio) de una serie para convertirse en un éxito, lo tiene The Blacklist. Hay momentos en los que derrocha talento. Maneja los tiempos de una forma extraordinaria. Ahora un poquito de acción, ahora un poquito de suspense, ahora una sorpresita, ahora te dejo caer esto y a saber qué será… Todo un descubrimiento que no me esperaba.

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The Blacklist parte de una premisa quizá no demasiado original. Uno de los delincuentes más buscados por el FBI y la CIA durante años, se entrega sin condiciones. Bueno, casi… Porque para colaborar con las autoridades –pretende ir entregando uno a uno a los criminales más peligrosos del planeta- exige inmunidad total. Ah, y sólo hablará con una agente, una novata llamada Elizabeth Keen. ¿Por qué ella?

Un inciso. Que tenga que venir un criminal a solucionarles la vida al FBI y a la CIA, ¿no les deja un poco con los pantalones a media pierna (aunque todos sepamos que la policía no es tonta)?. Ya me imagino llamando a la CIA y que te digan aquello de “en estos momentos, todos nuestros agentes están ocupados…”.

The Blacklist - Season Pilot

Volvamos al tema. A partir de esta secuencia inicial (rodada de una manera magistral), la historia transcurre con ciertos bandazos (hay momentos en los que la serie se viene arriba y otros, en los que parece que los guionistas de han ido de puente). Aunque tienen un comodín con el que resolver sus problemas creativos. Un espléndido James Spader, a quien por cierto, me costó reconocer. El paso (peso) de los años no ha sido muy benevolente con él, pero todo lo que ha perdido físicamente, lo ha ganado en talento. Ha sido capaz de construir un personaje tan potente, que la serie sube enteros cada vez que aparece en pantalla. Por no hablar de su voz, una de esas voces que si te susurran algo al oído, te pidan lo que te pidan, se lo harías sin rechistar… (¿Yo he dicho esto?).

Spader saltó a la fama gracias a Sexo, mentiras y cintas de video. Después, y tras ser considerado una joven promesa del cine, nunca llegó a ser la estrella que se esperaba, a pesar de tocar el éxito con algunos títulos como Stargate y Crash. Pero como muchos actores, ha sido la televisión la que ha sacado lo mejor de él. Sospecho que su papel de Raymond “Red” Reddington, le puede acabar dando las alegrías que el cine le negó.

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El resto del reparto es correcto (lo habitual en las producciones americanas… hay tantos actores y tan buenos, que hacer un mal casting es casi imposible). Tengo mis dudas sobre la coprotagonista. Una actriz prácticamente nueva llamada Megan Boone, casi sin currículum, y a la que le auguro muchas fatiguitas si quiere estar a la altura de James Spader. No me mata. Es sosa. Mona. Pero sosa. Espero que la dejen desmelenarse… Ah, como curiosidad, destacar la presencia de Diego Klattenhoff, el amigo marine de Nicolas Brody en Homeland (y algo más de su mujer).

The Blacklist - Season 1

Total, que la cadena NBC consiguió reunir a más de doce millones y medio de espectadores en su estreno (la media posterior no ha bajado de los 11), cosechado críticas muy favorables, y sobre todo, apuntalar un nuevo título con grandes expectativas (se emite después de La Voz). Así que, podemos decir alto y claro, que The Blacklist ha sido el estreno más destacado del otoño. Si la cosa no se tuerce, The Blacklist formará parte de alguna lista… de la más deseada: las mejores series de la temporada.

Sleepy Hollow, contra el dolor de cabeza

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Hace unos días tuve que hacer una mudanza. El que lo haya sufrido en sus propias carnes, sabe de lo que hablo. El que no, ya lo averiguará. No quiero ser exagerado pero yo lo entiendo como una práctica de tortura que la comunidad internacional debería abolir ya mismo.

Mientras recupero extremidades dañadas, y perdidas entre cientos de cajas, me ha dado por pensar en esas pequeñas cosas de la vida cotidiana (por supuesto, voy a frivolizar, que no está el patio para ponernos serios…) que nos ponen la cabeza del revés. Se me ocurren varias capaces de poner violento al mismísimo Dalai Lama. Los atascos, por ejemplo, son una de ellas. Especialmente, cuando al cabo de una hora parados completamente, aquello arranca y compruebas que ni accidente, ni obras en la carretera, ni chica de la curva, ni nada de nada… Un misterio. Desesperante. Que el coche no arranque también toca los huevos (perdón por la expresión pero estamos hablando de cabreos). Para los del transporte público, en cambio, el atasco, si vas en autobús, empeora, cuando en un espacio donde caben 50, nos empeñamos en entrar 150 (tiro por lo bajo). Y todavía puede ser peor cuando alguien te dice aquello de “¿me deja pasar?”… Y tú, agarrado como puedes al pendiente de aro de una veinteañera, piensas (o dices en voz alta, según el grado de mala hostia que tengas ese día) cómo cojones querrá pasar, hacia dónde, y cómo pretende hacerlo por un espacio donde no cabe un folio.

Perder las llaves de casa, del coche, del joyero de la abuela, me da igual, también es un drama. Un pendiente. Nunca los dos. Solo uno. O un calcetín. En un expediente X. Si es el móvil, ya ni hablamos. No articulamos palabra. Parece que si no es ante un microfonito, nuestro cuerpo es incapaz de usar aquello que nos diferencia de los animales. Insólito, pero real. Lo de ir con prisa a algun sitio y encontrarte una cola con más gente que en la procesión de la Macarena también jode lo suyo. Y si encima se te cuela alguien, el psicópata que todos (he dicho todos) llevamos dentro, aflora con resultados impredecibles.

En mi pueblo hay una expresión que dice que “no hay cosa que más me jode que llevar alpargatas cuando llueve”. Cierto. Aquello se va hinchando de tal manera que en un cuarto de hora pareces una drag. Qué decir cuando te falla el ordenador antes de guardar lo que llevas haciendo seis horas. Aunque no se si es peor escuchar, del que tienes al lado, aquello de: “pero ¿no le has dado a guardar?”. Maaa-to.

Podría seguir hablando de miles de pequeños dramas (o no tan pequeños, según se mire), tipo: no tener cambio para la máquina de tabaco y que el camarero te diga “no tenemos cambio”, o para el parquímetro, justo cuando se acerca el vigilante; que te “roben” un sitio para aparcar cuando llevas dos horas y cuarenta y siete minutos dando vueltas (estoy cayendo en que el coche provoca muchos dolores de cabeza); que se te rompa la bolsa de basura cuando la bajas; el último corte de publicidad, allá por la una de la madrugada, justo en el momento en que van a desvelar quién es el asesino en tu serie favorita (cabrones); observar con cara de pánfilo como alguien delante de ti, se lleva el “último” (da igual qué) de lo que tú querías; que se te acabe el papel higiénico (si estás en un bar, eliges muerte); caerte delante de desconocidos (si son íntimos, tu caída pasará de padres a hijos); hacer dieta y engordar seis kilitos; votar a un partido y que haga lo contrario de lo que te prometió…

Como todo en la vida, en esto, también hay diferentes niveles. Para entendernos, pillar a tu pareja en la cama con otro, estaría en el nivel 1. Estar en la sala de espera de un notario y que se te escape una ventosidad, sería un nivel 3. Resbalarte con la bandeja en el comedor del trabajo (el día que has elegido macarrones con chorizo), yo lo pondría en el nivel 2. Que te estalle un bolígrafo en el bolsillo, no te des cuenta, te pases la mano por la cara, y acudas a una entrevista de trabajo como quien acaba de arreglar un tractor (esto es real como la vida misma), es un nivel 4. A no ser que el puesto sea para un taller mecánico, en cuyo caso, se cae de la lista de tragedias.

Resumiendo. Hay cientos, miles de pequeñas catástrofes, que pueden convertir nuestra vida cotidiana, en una trinchera. Nos irritan, nos cabrean, nos avergüenzan, nos deprimen…  En definitiva, nos hacen perder la cabeza.

Sleepy Hollow

Esto es lo que ocurre con la serie de hoy. Lo de perder la cabeza es un chiste muuuuuuy fácil, y pido disculpas por ello. No he podido resistirme. Pero tengo sentimientos encontrados. Vamos por partes. Sleepy Hollow, conocida también como La leyenda del jinete sin cabeza, es una historia escrita en 1820 por el estadounidense Washington Irving. Tim Burton adaptó este cuento gótico en 1999, y consiguió un enorme éxito, gracias a su exquisito sello personal. Nadie como él para crear, y recrear, ambientes tan oscuros e inquietantes como este.

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La historia se sitúa en 1799. Un agente llamado Ichabod Crane es enviado a Sleepy Hollow, una pequeña aldea, donde un asesino en serie decapita a sus víctimas. Los lugareños no tardarán en contarle que el responsable es un aterrador jinete que deambula sin cabeza.

Pues bien, la historia se ha convertido en serie. Y aquí llega el momento de la decepción/fascinación. Lo primero, decir que se ha producido una actualización, por otra parte, imprescindible si querían que la cosa diera para más de dos episodios. O sea, que se desarrolla en la actualidad, pero con constantes flashbacks que nos llevan hasta la Guerra de la Independencia de Estados Unidos. Correcto.

Pero a partir de aquí es donde se produce cierta decepción. Porque sus creadores, ante una historia poderosa como pocas, han diseñado una receta excesivamente sencilla, donde han mezclado un poquito de Buffy, Crónicas vampíricas, Haven, Sobrenatural, Entre fantasmas… Todo a la batidora. Bien picadito. Incluso apostaría a que son fans de Guillermo del Toro y vieron su magnífica El laberinto del Fauno (cuando veáis sus criaturas ya me diréis). Y no digo que esté mal. Solo que yo me esperaba una historia más adulta, más oscura, más terrorífica, más despiadada… y lo que han construido es un magnífico producto “tv fast food” para consumo rápido, fácil, sin pretensiones, y apto para un público joven. Y esto no es malo. Que nadie me malinterprete. Simplemente, que yo me senté a ver Sleepy Hollow con una copa en la mano, y sin embargo, es más de palomitas y refresco.

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Culpa mía quizá. O culpa de una promoción ambigua que ponía el foco en un aspecto que al final, ha sido suavizado. Sea como sea, ya se ha confirmado que tendrá una segunda temporada. Un nuevo éxito con el sello FOX. Enhorabuena.

En cualquier caso, no seré yo el que renuncie a una serie que solo busca el entretenimiento. Faltaría más. Con la que está cayendo… Aquí ni un pero. Porque como es habitual, la factura de la serie es impecable, los actores bien elegidos, los guiones muy bien construidos. Todo sin sorpresas. Y mira tú por dónde, creo que ese es su error. Que no hay sorpresas.

Sleepy  Hollow no te hará perder la cabeza (perdón de nuevo), pero es un producto muy digno para disfrutar, por ejemplo, mientras buscas las llaves o piensas dónde coño has podido dejar la cartera…

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Ah, por último recordarte que Personas en serie también está en Facebook. Por si te apetece echarle un vistazo…

Downton Abbey, palabras mayores

downton-abbey-logo-495x120La llegada del otoño me pone tontorrón. Es cambiar de estación, y me viene una melancolía que me supera. Como si estuviese poseído, a la primera nube, me  arropo bajo una manta (aunque el termómetro supere los 30), y decido echar un ratito con una buena lectura. Así que dicho y hecho. Como si fuera un aristócrata despreocupado, me dispongo a echarle un ojillo a una noticia morbosa donde las haya (he dicho buena, no intelectual).

Patrizia Reggiani es conocida como la viuda negra italiana. En 1995 ordenó el asesinato de su marido, Maurizzio, heredero de la casa Gucci. Interpretó el papelón de viuda como nadie, pero finalmente, fue detenida y condenada a 26 años de cárcel. Hace un par de años, la justicia le ofreció la posibilidad de salir en libertad condicional, siempre y cuando encontrara un trabajo. Fue contundente: “nunca he trabajado y no tengo intención de comenzar ahora”. Y se quedó más ancha que larga. Eso sí, algo ha debido pasar porque ahora ha respondido a la oferta con un rotundo si. Y saldrá próximamente tras fichar como consultora de estilo de una firma de joyería. No se vosotros, pero si yo fuera uno de sus futuros compañeros, ya estaría comprándole bombones, y ¡de los caros!… a no ser que la buena señora, tras su paso por la cárcel, sea ya más de masticar tabaco.

La frase es para enmarcar, y colocarla junto a otros exabruptos que no tienen precio. Bueno, algunas, como esta, lo tuvieron, y muy alto, concretamente a la altura del cuello. Se dice que cuando el entorno de María Antonieta le alertó de las revueltas del pueblo por culpa del hambre que pasaban, ella, majestuosa, respondió con un “si no tienen pan ¡que coman croissants!”. Y luego se preguntaría porque le cortaron la cabeza.

Cuentan que otra reina, esta de la moda, pronunció en la década de los 90, aquella frase lapidaria de “yo por menos de 10.000 dólares, no me levanto de la cama”. Posteriormente, Linda Evangelista ha negado su autoría. No se si con esto de la crisis, la chica se ha arrepentido por aquello de evitar un bofetón en plena calle… Qué injusta es la vida de las modelos. Si hablan porque hablan y si no… Lo cierto es que si eso fue lo mejor que se le ocurrió, agradecidos debemos estar por haberse dedicado a las pasarelas y no a la política.

Lilliam Carter, madre del presidente de Estados Unidos,  Jimmy Carter, confesó en una entrevista: “a veces, cuando miro a mis hijos, me digo a mi misma, Lilliam, deberías haber permanecido virgen”. Reverencia. Estoy seguro que muchas madres se han sentido un poquito culpables al pensar lo mismo. No miro a nadie Isabel…

Un humorista americano de principios del siglo XX soltó en voz alta un pensamiento que casi 100 años después de muerte, tiene si cabe, mucha más vigencia: “la mejor manera de retardar el envejecimiento, es crear una comisión en el Congreso que se encargue del asunto”. Nada que añadir. Sigo sin mirar a nadie Mariano…

Frases impagables las ha habido siempre. Quizá, hoy en día, andemos un poco escasos porque muchos de quienes tienen cierta repercusión mediática, son incapaces de construirlas. Parece que todos sufren lo que yo llamo “el síndrome del golpe en la cabeza”. Que noooo estoy mirando a nadie, Maria Dolores…

Como decía, los ricos y famosos, tienden a soltar perlitas por la boca, que según el día que las lees, te entran unas ganas incontrolables de alistarte en los marines, pasar el cursillo intensivo de manejo de armas en siete días, y luego, buscarte un trabajillo de asesor de estrellas, por ejemplo. Para muchos de ellos, el maldito twitter ha sido la puntilla. Que no, que no, que no miro a nadie, Sergio…

Dos incunables de dos actrices geniales. Cada una, un sex symbol de su época. Mae West se defendió de los puritanos diciendo: “las chicas buenas van al cielo, las chicas malas van a todos lados”. Y Sharon Stone cerró muchas bocas cuando aseguró: “las mujeres sabrán fingir orgasmos, pero los hombres saben fingir una relación entera”. Termino ya porque me estoy viniendo arriba y esto puede durar eternamente. Una es de Paris Hilton, toda una autoridad en la materia. Ante la pregunta de un periodista sobre si creía que todas las guapas eran tontas, ella aseguró convencida: “noooo, también hay feas tontas”. Y cierro con una de George Bush que quizá explique el porqué, tras sus ocho años en la Casa Blanca, dejara el mundo hecho unos zorros: “la mayoría de nuestras importaciones vienen de fuera del país”. ¡¡¡Una más, una más, una más…!!! “Perdimos porque no ganamos”. La perla es de Ronaldo. Pero bien podría ser de la alcaldesa de Madrid. ¿O no?

Downton Abbey

En fin, que frases inteligentes hay miles. Frases estúpidas, millones. La serie que hoy quiero destacar, está llena de las primeras. Y entre todas, hay una que define a Downton Abbey mejor que nada. La pronuncia la impagable Maggie Smith. En medio de una cena familiar, y ante la discusión sosegada sobre qué hará uno de los comensales los fines de semana, ella, digna en su papel de lady como la que más, pregunta asombrada: “¿qué es un fin de semana?”. A partir de aquí, es fácil entender al milímetro, una sociedad, una época, unos personajes, incluso, una cultura tan alejada de la nuestra, como es la irrepetible y fascinante Inglaterra de principios del siglo XX.

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Downton Abbey se ha convertido en un fenómeno social, ha revolucionado la producción televisiva, devolviendo el lujo con mayúsculas que desprende esta serie británica de la cadena ITV. Nada de efectos digitales. Si se necesita un castillo, se recurre a una de las casas más bellas del Reino Unido, la imponente Highclere Castle. Se contrata a Julian Fellowes, uno de los mejores guionistas del país, y ganador de un Oscar por Godsford Park, una joya que podríamos considerar el germen de esta serie. Y por supuesto, se recurre a esa cantera inagotable de actores al servicio de su majestad (y si hay que hacer de pobre, se hace de pobre, porque uno es un gran actor y no un cretino, ¿verdad chatín?).

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Sospecho que el éxito mundial les pilló de sorpresa. Y ese fue el motivo de una segunda temporada pelín decepcionante. Pero se pusieron las pilas, y la tercera enmendó los errores. Ahora, se acaba de estrenar en el Reino Unido, la cuarta. Y los datos son incontestables. Récord absoluto en su estreno con casi 10 millones de espectadores.

Nos esperan ocho episodios donde tomar el té, se convierte en un arte solo al alcance de unos pocos elegidos que ven, indefensos y asustados, como el paso del tiempo, les despoja de privilegios que creían eternos. El resto de los mortales, sorbe la bebida caliente como quien sorbe una vida a cámara lenta, sin futuro, solo con presente. Y tan contentos. Porque tener presente es ya un logro (¿os recuerda a algo?).

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Downton Abbey bebe sin disimulos de la mítica Arriba y abajo, pero es más punzante, más dañina, más cruel, aunque se nos presente envuelta en sedas, en porcelana, en prados verdes, en modales exquisitos… Imprescindible un envoltorio exquisito para degustar, sin que se te abran las carnes, una ración de injusticias (de juzgado de guardia) sobre la que se asentaba una sociedad a punto de desaparecer (esto no lo tengo muy claro). Cambio apellido y linaje por dinero. No importa de dónde provenga. Quien paga, tiene sitio, aunque sea de alquiler (¿de qué me suena esto?).

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Muchos, ya la habéis visto, otros habréis oído hablar de ella… Queremos que la cuarta temporada llegue pronto. Lo necesitamos. Andamos escasos de series así. Porque como dijo Britney Spears, “las películas actuales, son raras. Te hacen pensar”… Y nosotros, con la que está cayendo, lo que necesitamos, son otras cosas.

The Bridge, para pieles muy curtidas

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Estudios. Estudios de verano. No me refiero a pisos pequeñitos. Hablo de esos trabajos concienzudos, que bajo una apariencia académica de rigor y prestigio, inundan los periódicos durante la época estival. Faltan noticias (no es nuestro caso) y los editores creen que es tiempo de lecturas más ligeras. Total, que el cretino que llevo dentro, sale a la luz, y me los meto por vena. Aquí ya he hablado de calvos, rubias, etc… pero este pensaba que no iba a salir nunca (necesito una carita que exprese sarcasmo).

Según revela el estudio The state of men, realizado por la compañía de marketing JWT y en el que han participado 1.000 hombres de Estados Unidos y Reino Unido, mientras ocho de cada diez consideran normal que los hombres recurran a las mismas técnicas de belleza que las mujeres para cuidar su aspecto, solo dos de cada diez (llegan a ser tres de cada diez en la franja de entre los 48 y los 76 años), no lo ven con buenos. Resumiendo. Hay una minoría, especialmente entre los maduritos (manda huevos), que consideran que lo de cuidarse son mariconadas, que el hombre cuanto más oso más hermoso, y que las únicas cremas que se echan al cuerpo, son las de legumbres que les guisa la parienta.

Sigamos con este fascinante estudio. El uso de productos de cuidado facial y corporal, como exfoliantes (a esa “minoría” conviene aclararles este término, fácil de confundir con otras “artes”) o cremas para el contorno de ojos es la práctica más popular. Un 54% de los encuestados considera que su uso es normal. Otros de los rituales más extendidos son la depilación -un 33%-, los bálsamos labiales -un 39%, las cremas de cara -un 34%- y el cuidado de las uñas -un 29%-. Básicamente podríamos decir que los machotes se han tirado en plancha a por la hidratante, la antiarrugas, el cacao para los labios de toda la vida (ahora en versión sofisticada), la lima de uñas, ¡y!, atención, la cera. Como dice una amiga mía, hay noches,  cuando sale y entra a un bar lleno de tíos, que sospecha que la que tiene más vello corporal es ella…

Tengo más. No todo el monte es orégano. Técnicas como el autobronceado -solo un 19% lo considera aceptable-, la depilación de cejas -un 16%-, el uso de antiojeras -un 10%-, el maquillaje y la laca de uñas -un 9%- y el eyeliner -un 6%-, son menos comunes y poco aceptados entre su círculo (¿a que todos acabamos de visualizar a los componentes de ese “círculo”?). Vamos, que uno no puede decirle a los colegas que le esperan para ir al fútbol, aquello de “un segundo, que mientras se me secan las uñas me doy la raya”. Excepto si participas en Mujeres y hombres y viceversa. Si, el mundo tronista se extiende rápidamente y nadie conoce en profundidad, su (dramático) alcance.

Traca final del estudio. Resulta que los hombres no solo admiten cuidar de su aspecto haciendo uso de cosméticos, también aseguran sentir preocupación por diferentes partes de su anatomía (no te precipites que no es la que estás pensando, y sigue leyendo). La conocida como ‘barriguita cervecera’ es el aspecto que más ‘quita el sueño’ a la población masculina -un 40%-, seguida de los michelines -un 33%-, los abdominales -un 32%-, la grasa en la zona del pecho -un 30%- y el tono muscular -un 29%-, mientras que las arrugas y la caída del cabello preocupan a un 28% de los hombres. ¿Esto se entiende fácil no? No seré yo el que vaya haciendo sangre por ahí…

Total, que con los datos en la mano, y tras un exhaustivo análisis (que cada uno de tome el tiempo que considere para asimilar tan sorprendente estudio), podemos decir sin riesgo a equivocarnos, que al menos, a los anglosajones, les va más un centro de estética que un taller mecánico (se veía venir). Así que, hombres del mundo, dejad ya de robar las cremas a vuestras churris, y lanzaros a compraros el set de supervivencia. Hay para todos los presupuestos.

Curiosamente, los personajes de la serie de hoy, pertenecen a esa minoría de la que habla el el bendito estudio y que prefieren hacerles un peeling facial a sus señoras, cada vez que se ponen cariñosotes, que ponerse un antiojeras.

The Bridge
Áspera. Seca. Arrugada. Así es la piel de los personajes de The Bridge, una de las últimas maravillas llegadas de Estados Unidos. Vamos por partes.

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Lo primero que llama la atención de esta serie es la fascinación que sus creadores sienten por The Killing. Todo, o casi todo, parece beber de esta serie de culto que sorprendió a medio mundo, hace dos temporadas. Pero no es casual. Ambas están basadas en series danesas. Si, este pequeño país europeo se ha convertido en toda una inspiración para los canales norteamericanos. Pero no es un hecho aislado. Hace tiempo que la televisión de Estados Unidos rastrea otros mercados en busca de productos que, tras un proceso de chapa y pintura, se adapten a los cada vez más exquisitos gustos de los clientes de la televisión de pago (¿holaaaaaa, hay alguien AQUÍ?)… Hasta la reverenciada Homeland es una adaptación de una producción extranjera, en este caso, israelí (teniendo en cuenta, que el mundo del cine y la televisión americana está controlado por los judíos, todo queda en casa).

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Sigamos. The Bridge recupera las añoradas cabeceras (¡bien!), una tontería, puede, pero es que hoy en día, prácticamente han desaparecido. En dos segundos, zas, título de la serie, y al tema. Y yo las echaba de menos. Cómo no hacerlo con cabeceras tan legendarias como las de True Blood,  Dexter, A dos metros bajo tierra… Solo con ver, y escuchar la de The Bridge (pincha aquí), una desgarrada balada titulada Until I’m one with you, cantada por Ryan Bingham, uno ya sabe a lo que se enfrenta. Se puede mascar el polvo que rodea una trama que hay que ver con una botella de agua al lado (tampoco va mal un tónico facial). Se admite cerveza. Los protagonistas la beben casi tanto como el café.

La historia se desarrolla entre dos ciudades, El Paso, en Estados Unidos, y Juárez, en México. Un brutal asesino en serie hace su aparición poniendo al descubierto la corrupción del sistema. Odio a ambos lados de la frontera. Hombres y mujeres abandonados a su suerte. Unos, buscando incansablemente una vida mejor. Otros, gastando su vida para que otros no consigan su meta.

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Y entre tanta desolación, un personaje magistral se convierte en el oasis necesario donde beben el resto de personajes, y los propios espectadores. Ella es Diane Kruger, en el mejor papel de su carrera (además de ser la única, gracias a dios, que no perdona el cuidado facial).

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Poco más puedo (quiero) contar. Solo os pido que le deis una oportunidad. No es una serie fácil. Tampoco es Nietzsche, no nos pasemos, pero su ritmo pausado, su fotografía (casi quemada por el sol), sus protagonistas, y secundarios (todos inmensos), y una inquietante y a veces turbadora historia (también aquí hay que descubrir quién es el asesino), harán que os quedéis pegados al televisor. Especialmente ahora, con la llegada del otoño, las noches fresquitas… Ah, y es ideal mientras te pones la mascarilla…

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La cúpula, un zoo humano

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Llevamos un tiempo (demasiado largo, señores políticos) hablando de los recortes en educación. Y la mayoría piensa en menos profesores, más alumnos por clase… Inevitable volver a recordar la frase pronunciada por el presidente de la Universidad de Harvard, Derek Bok: “si cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia”.

Pero resulta que a mi me viene a la cabeza, “otro” tipo de educación… La que convierte este mundo en un lugar un poquito mejor. Porque no se vosotros, pero yo, cada día, miro y solo veo mala educación. Y es que no solo de geografía y matemáticas vive el hombre.

Se me ocurren varios colectivos a los que hay que señalar con toooodos los deditos (desconozco si organizados o no, eso si). Me centro en uno de los más peligrosos porque estoy sufriendo un ataque brutal desde sus filas. Estoy hablando de las jubiladas. Su técnica, desarrollada a lo largo de los años, roza la perfección. ¡Nadie se cuela como ellas en la caja del supermercado!. Que levante la mano el que no haya sufrido en sus carnes su despiadado ataque. Son implacables. Su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos merece un estudio muy serio. Resumo. Tras la incorporación del hombre a las tareas del hogar, la frase “hijo, que vosotros no tenéis prisa…” ya no funciona. Ahora son mucho más “sutiles”. Aunque haya una cola más larga que la del INEM, ellas saben dónde colocarse, cerca de su objetivo, en un lateral, entre dos cajas… Tierra de nadie. Tierra de jubiladas.

Miran desconcertadas. Como si fuera su primera vez, como si no supieran cómo funciona esto. Suelen llevar pocos productos. Sin cesta ni carro. Esperan que alguien les diga “pase, pase, que lleva poco”… Pero tampoco cuela como antes. Así que deciden, cual felino a punto de atrapar a su presa, esperar… Movimientos lentos. No hay que llamar la atención. Las últimas en incorporarse a esta organización nada secreta, parecen nerviosas… No te engañes, forma parte de su entrenamiento, casi militar.

Llega el momento de enfrentarse al momento clave. Tienen memorizado el manual, su santo, y secreto grial difundido en supuestamente inocentes partidas de cinquillo (no te engañes, son una tapadera), así que, permanecen inmóviles. A veces, puedes intuir un leve balanceo de cabeza. Es solo una distracción. Intentan mimetizarse con la estantería de chicles, pilas y condones que hay a sus espaldas (cojes una caja de cada). Como digo, están preparadas para dos situaciones. Una, que aparezca una nueva cajera, y diga aquello de “pasen en orden por aquí”… Date por muerto. Su privilegiada posición las coloca (con perdón) siempre las “primeras”. La segunda opción, consiste en esperar al despiste de su víctima. Volver la cabeza aunque sea un segundo para ver el precio del manojo de cebolletas, te lleva al fracaso. Ya está delante de ti, y encima, tienes que soportar sus miradas asesinas hacia tu cesta. Te azotarían allí mismo por comprar lo que llevas. Te inquietas, ahora eres tu el que siente un ligero nerviosismo, pero por vergüenza, por ganas de no montarle un pollo (la maldita buena educación inculcada por tus padres), o simplemente, porque no quieres arriesgarte a un linchamiento de otros miembros del grupo, ¡zas!, cuando vas a dejar las cosas, ella ya las ha colocado. Para rematar la faena, cuando ya se han colado, y decides sacar esa compasión y ternura que les debemos a nuestros mayores, te hacen la pedorreta final: sacan el monedero y de él aparecen,  tooodaaaas las moneditas que llevan porque necesitan dar el importe justo. Curiosamente, ¡nunca lo llevan!. En ese instante, sientes como una lágrima se desliza por tu mejilla. Bandera blanca. Te rindes.

Ya se que no es una problemón. La cosa no tendría mayor importancia, si previamente no te hubieran atropellado con el carro, (varias veces), impedido llegar a los yogures porque te bloquean astutamente (por si te llevas el último paquete de sabores) mientras leen con escaso interés, la etiqueta de la mantequilla (yo a su edad, ni la olería)… o, te piden amablemente, que les bajes una botella de aceite, una lata mejillones, gel de baño, tostadas, pimientos, o la leche desnatada…  aunque en su descargo, diré que hay que ser muy desaprensivo para colocar ciertos productos a la altura de los hermanos Gasol.

Este colectivo también se mueven como pez en el agua en las colas de los autobuses. Oye, que es un visto y no visto. Llegan las últimas y se suben las primeras. Y solo revisando detenidamente las cámaras de seguridad, puedes comprender una táctica que muchos entrenadores de fútbol ya quisieran dominar. Por no hablar de su mejor arma (oculta y de destrucción masiva) llamada codo. Lo usan con la misma habilidad que un samurái su catana. Con una leve apertura, te impiden que te sientes o piques tu billete (porque ellas solo lo sacan del bolso cuando están ya subidas), antes que ella. Ni hablamos del tema playa. Hasta leyes han tenido que aprobar para impedirles que se hagan con la primera línea (creo que se estudia en la armada británica). También han desarrollado técnicas muy sofisticadas en bancos y ambulatorios.

Podemos hablar de más grupos. Muchos más. Pero se me va de las manos. Adolescentes (y no tan adolescentes), políticos, periodistas, universitarios, conductores, dependientes (este grupo merece un post en exclusiva), camareros, jefes en general (a estos los tengo en el punto de mira desde hace años), vecinos, taxistas, y un larguísimo etcétera de profesionales a los que yo, sin dudarlo, les iría quitando puntos, como los del carnet de conducir. Cuando se les acaben, metería a los infractores bajo una cúpula, de cristal por ejemplo, para que el resto de los mortales, les viéramos actuar. Algo así como un reducto donde reeducar (para algunos, simplemente educar) a personas (por llamarles algo) que pasan por la vida con la única finalidad de tocarnos el “asuntillo”… Yo me lo imagino como un zoo de seres humanos, donde unos observan y otros son observados. Jornadas intensivas de reeducación a cargo de especialistas (apuesto incluso por severos castigos) y que tras un examen riguroso, se pueda salir, solo tras una declaración jurada de arrepentimiento. Llamadme lo que queráis, pero si esto sigue así, y nadie toma cartas en el asunto (grave eh) llegará un momento en que las víctimas, prefiramos quedarnos dentro, y ellos, fuera. Yo me voy de cabeza a esa cúpula. Aislados. Protegidos. Inquietos, no digo yo que no…

La cúpula

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Pero es que lo inquietante no tiene porque ser malo. En una serie, por ejemplo, es garantía de éxito. Y así es Under the dome, traducida en España como La cúpula. El éxito del verano en la televisión americana está a punto de estrenarse en nuestro país gracias a una hábil maniobra de Atresmedia, que tras coronarse en julio como el grupo más visto, sigue con una acertada política de compras de ficción extranjera y se hace con los derechos de una de las grandes bazas del momento.

Pero vamos a lo que vamos. Lo primero, decir que esta serie está recomendada para todos los públicos, porque maneja muy, pero que muy bien, la ciencia ficción con las relaciones personales. Marca de la casa del autor de la novela en la que está basada. El gran Stephen King ha sido y sigue siendo, un referente de la novela de terror, suavizado en los últimos años para adentrarse en lo que os decía, las complicadas relaciones del género humano en situaciones límite. Porque solo así, es capaz de colocar a sus personajes en la frontera que nos separa de los animales. Saca lo peor (o lo mejor, pero siempre apetece más un malote) de si mismos. Si no me creéis, por favor, echadle un ojo a La niebla. Empieza como una peli de serie B para ir transformándose en una galería de los horrores que muestra nuestro lado más oscuro.

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Dicho esto, La cúpula no es un tratado psicológico ni nada profundo. No hay que pasarse. Es sencillamente, puro entretenimiento. Sin más (pero sin menos, cuidado). Una situación extraordinaria, incomprensible, provoca el caos en una pequeña localidad norteamericana. A partir de aquí, un montón de personajes se mueven como piezas de ajedrez, movidas por unos guionistas, a los que, por ponerles un ‘pero’, les falta un pelín de mala leche. Demasiado blanca. demasiado “para todos los públicos”. Lógico, porque la serie es la última sensación de la cadena CBS (de hecho, uno de sus mejores estrenos de los últimos años), y esto implica, hacer un producto familiar, sin estridencias ni sobresaltos, que pongan a sus directivos de los nervios. Y ese es su único (gran) inconveniente.

Tras la maldad y la libertad de éxitos como The Walking Dead, Homeland o Hannibal, a esta serie se le echa en falta un poco más de oscuridad. Pero para no aburrir más. Sirve para lo que sirve. Para pasar un buen rato. Es fácil, es entretenida, y en los primeros episodios, ya se abren un montón de tramas. Los actores son guapos (en esto los americanos lo tienen muy claro, entre un guapo y un feo, no hay color), son eficaces, poco reconocidos (lo que les hace más creíbles) y lo que más me gusta, nunca se sabe quién puede morir (estilo The Following).

Insisto. Una trama sencilla, donde en ocasiones, y de manera muy inteligente, se muestra el sello de su creador. No es una genialidad, pero tampoco lo son las alitas de pollo, y oye, que ricas están… No sabemos hacia dónde irá esta serie, pero ya sabemos, que tras su éxito, el verano que viene, se estrenará una segunda temporada. Por supuesto, decir estamos ante la enésima producción televisiva de Steven Spielberg. Casi no lo menciono porque su nombre está detrás de tantas series últimamente, que ya no es garantía de nada (ay que ver). Una cosa más. La cúpula presta una especial atención a su banda sonora. Si la escuchas atentamente, descubrirás joyitas como esta: Wait de los M83. Una auténtica delicia para escuchar en la cama, de noche, a solas (o no), aprovechando que llega el fresquito, que el verano se acaba, y que nos ponemos tontorrones con más facilidad…

No cuento más. Podría, pero yo tengo educación. Y me parecería una falta de respeto adelantar lo que espero descubráis por vosotros mismos. Porque repito, en este mundo en el que vivimos, a estas alturas de campeonatos, uno nunca sabe si estaría mejor dentro o fuera de esa cúpula imaginaria. Yo, me pido donde no me encuentre maleducados sueltos. ¿Es mucho pedir?

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Nota 1: mi último post, por esas casualidades de la vida, giraba en torno a un curioso (y divertido) viaje en tren que viví hace poco. Coincidió con la tragedia de Santiago, y decidí no publicarlo. No podía ser de otra manera.

Nota 2: dicho lo que he dicho, mi más sincero reconocimiento a esa maravillosa gente mayor que con su esfuerzo y dedicación, está sacando adelante a sus familias en estos tiempos tan complicados. Que nadie se ofenda, es mi pequeño homenaje.

Scandal, anatomía del poder

Fascinante. Y reconozco que me he resistido a verla con todas las fuerzas de mi mando (a distancia). Me daban las perezas de la muerte. ¿Otra de políticos, de corrupción…? ¡Con la que está cayendo…! En mi defensa debo decir que si esa fue mi percepción, la campaña de promoción ha tenido que ser un error. No me cuesta reconocer mis fallos. Especialmente cuando tras uno garrafal, se esconde una serie tan fantástica y adictiva como Scandal. Asi que, si yo pido disculpas por no haberla descubierto antes, alguien debería hacer lo mismo por una promoción confusa incapaz de vender un producto tan exquisito (dejemoslo así). Dicho esto, y tras un abracito sin rencor (aunque me cueste disimular mis ganas de abofetear a los responsables), vamos al tajo, porque esta serie se merece mucho más de lo que ha conseguido. O lo que es lo mismo, no está en el lugar que se merece.

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Scandal es la última creación de Shonda Rhimes tras su megaéxito Anatomía de Grey. Aunque la serie ya ha sido estrenada por Cuatro (en el momento de escribir estas líneas, ya se han emitido seis episodios, puedes engancharte en su multidifusión por Divinity), resumo de qué va la cosa. Olivia Pope, una prestigiosa abogada, con conexiones directas (por decirlo de una manera fina) con el mismísimo presidente de los Estados Unidos, abandona la Casa Blanca para abrir un despacho en el que se solucionan (más bien se cubren, se tapan, se hacen desaparecer…) cualquier tipo de escándalos, mayoritariamente de gente rica y poderosa. Junto a ella, un equipo brillante, leal, formado por personajes escritos, y descritos, con una inteligencia que hacía tiempo que no veíamos. ¿Quién dijo que ya no había buenos diálogos en la televisión? ¿O que estos repelen al espectador? Aquí hay un trabajo minucioso que cautiva desde el minuto uno, hipnóticos como el discurso de un telepredicador… Pero dan mucho más gustito, y no tienen efectos secundarios (de momento).

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Algunos pensarán que la historia es predecible, pero los guionistas se encargan de demostrarnos que están equivocados. En tan solo unos pocos episodios, la trama giro bruscamente. Lo que parecía una serie amable, se convierte de pronto, en una historia oscura, que critica sin piedad a todos los poderes que nos rodean: políticos, periodistas, abogados…todos se transforman en bestias sin escrúpulos con un único fin, sobrevivir… aunque para ello haya que arrancar la cabeza del compañero. Y todo, sin mover una pestaña. Se vende yugular abuen precio.

Como veis, la cosa no puede estar más de actualidad. Tanto que a veces dudas sobre si lo que acabas de ver en las noticias ha ocurrido antes o después de la serie… Brutal. Pero hay más…

El reparto es tan excepcional que debería premiarse directamente a su director de casting. Sospechamos que su creadora habrá tenido mucha mano, como ya demostró en Anatomía de Grey. Shonda es un genio para formar repartos corales de actores increíbles y en su mayoría, poco conocidos para el gran público. Aquí repite fórmula y lo clava de nuevo.

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Hago un inciso para felicitar el doblaje de la serie. Se y conozco muy bien la presión que están viviendo en los últimos años, los estudios de doblaje. Las cadenas quieren estrenar cuanto antes, y tras la llegada de los materiales procedentes de Estados Unidos, apenas disponen de unos pocos días, para hacer su trabajo. Y hay muchas veces, que a pesar del empeño de los grandísimos profesionales que hay en esta profesión, el resultado se resiente. Pero aquí merecen un aplauso (y eso que yo defiendo con uñas y dientes la versión original). La elección de las voces españolas, da más brillo si cabe, a esta serie que nos ayudará a pasar este veranito (dramático) de sofocos y penurias. Culebrón para algunos, thriller para muchos, barnizado de mala leche que dispara sin piedad a los que ahora mismo, tenemos más ganas.

scandal-s3Scandal es una buena cita, y a una buena cita, es imperdonable (y de muy mala educación) no acudir (¿verdad, señor Presidente?).

The Killing, abierto por vacaciones

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Repaso la prensa del día y descubro que todos los periódicos (serios) ya han abierto la temporada de ‘celebritie’. Son frescas (aunque se pasen la vida al sol). Pasen y vean porque durante las próximas semanas, el desfile de famosos es interminable y a veces, extenuante. En plan quedada por whatsapp, todos, en manada, se instalan en los lugares de moda, donde harán de todo menos descansar. Sus vacaciones son sagradas para ellos… y parece que también para nosotros, que como cretinos, les seguimos día a día en reportajes fotográficos más amplios que los de una boda.

Para empezar, hay  que decir que el veraneo de un famoso impone disciplina. No se deja nada al azar. La cosa es sencilla aparentemente aunque esconda más organización que unos juegos olímpicos. Porque uno no se va solo con su pareja, hijos, amigos… No. Uno se va con cientos de paparazzis. Y claro, con la mala leche que gastan, no se les puede dar carnaza. Que se lo ganen con el sudor de su cámara.

Lujosos yates, mansiones espectaculares, playas paradisíacas… Son escenarios imprescindibles si no uno quiere pasar por un ‘mindundi’ de tres al cuarto. El veraneo puede ser de alquiler o compra. Nadie te va a pedir escrituras. Una vez confirmadas las localizaciones, pasamos al estilismo. Equivocarse es letal. Puede arruinar una portada, y pasar del Hola al Cuore en un plis plas.

Las normas son básicas. Hay que pasarse el día del chiringuito a la playa, de la playa al chiringuito, ir de tiendas, no de lujo, aquí queda fenomenal incluso, las de souvenirs, hay que acudir a restaurantes caros, o lo más de lo más, lo que se considera la graduación con matrícula de unas vacaciones VIP como el Hola manda: que te saquen a bordo de un yate… aunque no conozcamos al dueño. Nada, uno se sube en plan polizonte. Te atrincheras en un sitio visible, preguntas por Gigi o Aline (no falla), te hacen la foto, y si te descubren, mejor tirarse por la borda, para no ser vistos. Total, el pie de foto dirá algo así como “la pareja pasó un divertido día de sol a bordo del yate de unos amigos”.

Toca elegir sitio. En España, sin duda, Ibiza. Sin discusión. Futbolistas, cantantes, modelos, actores… De medio pelo y pelo largo. De aquí y de allí. Producto nacional e internacional. Si uno es o quiere ser, tiene que estar allí. Y una vez allí, comienza el duro trabajo del que hablaba. No es fácil. La competencia es feroz. El mejor bronceado. El mejor bañador. El mejor cuerpo. Mejor rubia. Mejor señor de 80 años… Agotador…

Ibiza lo tiene todo pero no lo regala. Y una buena celebritie sabe que no puede relajarse. Aunque tu les veas disfrutar, hay tensión. Y no hablo de meter tripa o esconder la resaca tras unas gafas de marca (la pose es fundamental). Hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo. No hay lugar para improvisación. Si uno tiene sed, no puede entrar a comprar agua a un súper… ¡Qué vergüenza! Nada, se busca terraza de diseño o se deshidrata. Al gusto.

Luego están las fiestas. Hay que estar conectado. Tener más contactos que un quinceañero en su Tuenti. Porque aunque todos dicen que van a descansar, aquí no descansa ni el tato. Para eso, ya está el resto del año.

Sitúo esta aventura en Ibiza porque en España es difícil encontrar un lugar que le haga la competencia. Mallorca también tiene su público. La Familia Real tira mucho y mira, seguro que te encuentras a algún fotógrafo, o si hace falta, le persigues por toda la isla. Está Sotogrande, que es un lugar muy posh con gente muy posh, pero no provoca mucho titular, quizá porque los personajes que veranean aquí son pelín aburridos (no te ofendas Ana Rosa) para la prensa y no dan mucho juego. Un torneo de golf, uno de polo, uno de ganchillo… No. Evidentemente, si te pillan dándote el filetazo detrás de una duna, el lugar geográfico en el que uno esté, carece de importancia. Como si es en el parque de la Bombilla. Saldrás.

En resumen, que mientras esta crisis nos está devorando literalmente, unos pocos afortunados disfrutarán por nosotros. Gracias a ellos sabremos que estamos en verano, que el mar sigue siendo azul, que el moreno intenso no se lleva pero algunos lo llevan, que la mecha tiene vida propia (especialmente las californianas), que los años no pasan en balde, y que qué coño hago yo viendo año tras año, a los mismos mamarrachos…

Ahora que caigo… resulta curioso que no se les vea ni de cerca por un museo, aunque quizá lo hagan pero los que no van, sean los fotógrafos. Y sin imagen de verano, no existen ni vacaciones ni veraneo ni churri ni liposucción que valga. Todo bien documentado.

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Quienes no disfrutarán de unas vacaciones como estas (ni de estas ni de ninguna clase), son los protagonistas de la nueva temporada de The Killing. Para ellos, las únicas vacaciones que existen son un paquete de tabaco, una cerveza o un sitio donde dormir… y eso, si el día ha ido bien.

Ha vuelto la sensación. Una tercera, y para muchos, inesperada temporada, lógica por otra parte, tras el éxito arrollador de sus dos primeras tandas. Esta producción de la cadena AMC (también responsable de éxitos como The Walking Dead) es la versión americana de la danesa Forbrydelsen. El asesinato de la adolescente Rose Larsen nos mantuvo en vilo durante 26 episodios, dos temporadas, con un final soprendente.  

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The Killing fue un soplo de aire fresco, desmontó la ficción televisiva para volver a construirla y reconstruirla. La renovó. Lo hizo arriesgando. Era una apuesta fuerte (especialmente para el público americano), debía serlo si querían ser fieles al espíritu de la serie danesa. Fue valiente y sin miedos. Tras un primer episodio, audiencia y críticos de medio mundo, se rindieron y ya vive en los altares reservados a las joyas televisivas.

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Su rotundo éxito dio la razón a sus creadores. Ni los constantes, a veces incluso tramposos giros en el guión, ni la oscuridad de su trama, ni su ritmo pausado, ni el paisaje desolador de un Seattle permanentemente lluvioso, ni la aparente, y muy buscada fealdad de sus protagonistas (los ya famosos jerseys de Mireille Enos son horrorosos horrorosos, como diría María Barranco), desvió ni un ápice la atención que merecía la que en 2011 fue sin duda, la serie del año.

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Y tras conocerse quién mató a Rose, nos llega una nueva temporada. Los primeros episodios sorprenden. Habrá que ver más para saber porqué los guionistas han decidido ir por un terreno que parece bastante trillado. La aparición de un cadáver desvela que un asesino en serie está actuando en la ciudad. Y las alarmas de nuestra detective Sarah Linden, se disparan. Comienza la caza. Y hay que remangarse. Aquí no hay VIP’s, ni famosos, aquí hay realidad, tanto que a veces, duele con solo mirarla. Porque de nuevo, The Killing se revuelca en la basura. Es su espacio natural. Baja al subsuelo de una sociedad enferma. Lo hace para mostrarnos un submundo que curiosamente está más cerca de lo que pensamos. The Killing da luz, tenue, pero luz al fin y al cabo, a unos personajes miserables que viven y mueren a la vista de todos.

Muchas incógnitas. Solo he visto cuatro episodios y poco puedo decir. Puede estar a la altura de lo que se espera, o defraudar enormemente. En cualquier caso, será de visión obligada, porque yo sigo creyendo que quien tuvo retuvo, y The Killing tuvo, y mucho.

The Fall, las damas primero

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Acabo de ver Carta a Eva, una maravillosa miniserie de TVE que demuestra (y así lo han visto en los más prestigiosos festivales del mundo) el inmenso, y siempre generoso talento que hay en este país. Qué injusto es el acoso y derribo al que está sometida la industria del cine en nuestro país. Qué injusto es cuando se le insulta diciendo que son unos subvencionados. Y la agricultura, y la pesca, y el deporte… Sin ir más lejos, la industria del automóvil, ha recibido cerca de 400 millones de euros de ayudas, frente a los 50 del cine. Y no he escuchado al señor ministro preguntarse si los coches no se venden porque a lo mejor no son buenos… En fin, no me toco más las palmas que me conozco… Entre sus muchas cualidades, esta serie presenta un duelo apasionante entre dos mujeres, Eva Perón y Carmen Polo, esposa de Franco. Dos primeras damas tan opuestas, tan antagónicas, que lo lógico hubiera sido que se amaran, por aquello de que los polos opuestos se atraen… Pero no fue así. Se odiaron. Mujer contra mujer. La historia las ha juzgado y colocado en lugares bien distintos. Mientras que Evita fue y es, todo un símbolo, una leyenda que supera a su propia figura, amada y odiada con pasión, a la esposa de Franco apenas se la recuerda. Un personaje gris llamado “la collares”, toda una (maligna) declaración de intenciones.

Precisamente, estos días leo en la prensa internacional, la visita que el presidente de China está realizando a México. Y es curioso como este periodismo (serio, cuidado), destaca y mucho, otro duelo de primeras damas. Ambas con pasado artístico (una cantante y la otra actriz) y digo pasado, porque ahora, las dos se han visto obligadas a abandonar sus carreras para dedicarse a lo que se le exige a la mujer de un presidente, que sean primeras damas, o lo que es lo mismo, que acompañen a sus maridos calladitas, sonrientes, bien vestidas… O sea, atractivos floreros. La esposa del mandatario chino, Peng Liyuan, es (era ya antes de casarse) toda una diva de la música en su país (algunos de los títulos de sus hits son Gente de nuestro pueblo, Soldado y madre o Elogio de la bandera… o sea, una especie de Marujita Díaz con aquello de su banderita tu eres gualda…). En su país, la llaman la Bruni china (qué sentido del humor). La del mexicano Peña Nieto, Angélica Rivera, una famosa actriz de culebrones conocida también como la Gaviota, mote del personaje de su último trabajo, Destilando amor. Desde entonces, y según se explica en la web de la presidencia del país, “sirve a México apoyando el trabajo del hombre que más admira” lo que representa “el más grande honor”.

Y yo me pregunto, ¿qué tiene que tener una primera dama? ¿Por qué resultan tan fascinantes para la prensa?

Empecemos diciendo que el trabajo es un contrato temporal, a tiempo completo, pero con fecha de caducidad y sin sueldo (al menos directamente). Los países con monarquía estamos a salvo. Aquí no existen. Bueno si. Aquí está la Reina, aunque cuentan que alguna insensata, al llegar su marido al poder, intentó convertirse en una de ellas, al más puro estilo americano. Le salió el tiro por la botella. Perdón, por la culata. Y es lógico que pensara en Estados Unidos, porque allí, a falta de monarquía, se venera esta figura, digamos, borrosa.

Me viene a la cabeza lógicamente Michelle Obama, convertida en un activo para su marido hasta el punto de ser responsable de varios miles, puede que millones, de votos a favor de su marido. Comprometida, sofisticada, con agenda propia, no llega al activismo de Hilary Clinton, pero tampoco es la típica ama de casa, papel que representó como nadie, Barbara Bush, esposa y madre de presidentes. Michelle cuida su imagen como la que más, y el simple gesto de ponerse flequillo, provoca debates televisados (fundamental para salir de la crisis). No es Jackie Kennedy. Ninguna lo ha sido, aunque sospecho que muchas, han pretendido ser.

El resto del continente americano apenas tiene primeras damas mediáticas, a excepción de Cristina Kirchner. Ella es un dos por uno. Primera dama y presidenta. Esto si es ahorro. Aunque al final no sea tal si pensamos que esta buena señora se ha gastado su peso en oro, en cirugía plástica. Su rostro es de los que yo llamo, hola y adiós, porque ese desparrame de botox y morros, te impide saber cómo está la señora presidenta. No se yo si fiarme mucho de un político aficionado a esto… Últimamente también se habla de la mujer del presidente venezolano. Pero la señora de Maduro parece más inclinada a la causa que a la moda.

Ya en Europa, la cosa se centra básicamente en Francia. Curiosamente, al país que abolió la monarquía, cortándola de raíz (nunca mejor dicho), le gusta una primera dama más que aun tonto un lápiz. La penúltima hizo correr más ríos de tinta que su marido. Carla Bruni, ex modelo y cantante, fue la percha perfecta para lucir la moda francesa. Eso si, al igual que la señora Kirchner, el botox en las tostadas de cada mañana, por aquello de ahorrarse la hidratante. Se casó y fue madre durante el mandato de su esposo. Lució allá donde la enviaban, y cumplió con su papel. Chapeau.

Un ejemplo del poder mediático que tienen sus primeras damas, lo pudimos apreciar durante la visita que la real pareja, republicana, realizó a España. El tema se nos fue de las manos, y la prensa calentó el duelo que tendría lugar, curiosamente, no con la primera dama de nuestro país, o sea, la Reina Sofía, sino con la Princesa de Asturias. Y así fue. El País, prensa seria (eso dicen ellos), ilustró la visita llevando en portada una fotografía en la que se puede ver de espaldas a la Bruni y a Doña Letizia subiendo las escaleras de palacio, embutidas en un traje cada cual más ajustado, marcando trasero, y sostenidas en una tacones de vértigo (para ser sinceros, más los de la princesa, porque el francés es tipo taco, o sea, chaparrete, lo que obligaba a su mujer, a usar tacones recortados (no confundir con armas recortadas… ¿o si?) por aquello de no hacerle quedar mal y servir solo para que tu churri apoye el bolso en tu cabeza). Buscar la imagen si no lo la visteis en su momento, porque no tiene desperdicio. El resultado del choque, incluso para la prensa gala, fue de, Bruni 0 – Letizia 1.

Pero, Nicolas Sarkozy pierde las elecciones y por lo tanto, su esposa, el trabajo. Las condiciones se saben de antemano así que no hay posibilidad de reclamación (ni indemnización). Esto es, que no se puede ir el presidente y quedarte tu en el puesto de first lady. Aunque podría ser… Al fin y al cabo, ahora hay dos Papas y tan ricamente.

Sigamos en Francia porque si la señora Sarkozy dio que hablar, la de ahora da para no callar. Valérie Trierweiler. Periodista. Aunque no están casados, a los franceses no les importa (aunque que se casen otros, parece que si y bastante). Muy enamorado tiene que estar el presidente francés para no ponerla los maletones (imagino) en la puerta del Eliseo, sin pedirle taxi ni nada. Cada vez que abre la boca, sube el pan. Su vida es pura denuncia. Todo empezó cuando la buena señora apoyó a través de su twiter al contrincante de la primera mujer de su pareja. Aviso para navegantes. No se puede ser más perra. Porque yo digo, si ya es “su primera mujer”, qué necesidad hay de darle más caña… Desde entonces, un rosario de perlas (verbales) y despropósitos (no tan verbales), que la colocan (con perdón) en una posición incómoda. Las apuestas no son muy favorables y ya hay quien cree que terminará contrato antes que Hollande. Gracias por venir y cierre la puerta al salir.

El resto del continente, soso. Acabamos de saber que Putin se ha divorciado. Yo personalmente desconozco quién era la señora Putina. 30 años casados y dos hijas de Putin. Pero vamos, que si él no lo llega contar, ni nos enteramos. Es lo que se llama primera dama de perfil bajo. En Alemania, donde gobierna (y cómo lo hace la muy…) la señora Merkel (que pena de señora por dios, tiene una de esas caras que solo puede querer una madre), su marido (para que luego digan que no existe un roto para un descosido) apenas tiene representación pública. Vamos, que no existe la figura del… ¿primer caballero?. ¿Machismo? ¿Feminismo? En Italia tampoco nada que rascar (bueno, si, pero se me va de las manos). Y el resto, no merece mención.

Total, que hoy andamos escasos de primeras damas fuertes, mediáticas, capaces de eclipsar a sus maridos… Hasta en esto hay crisis. Y se echa de menos. Es lo que tiene ser cotillas implacables, depredadores de la vida de los demás… Estaremos de acuerdo en que hay que estar hecho de una pasta especial para aguantar vivir en este lugar, que ni es lugar ni es nada… Puro escaparate. Yo lo veo como si en Ikea pusieran modelos sentados en los sofás o durmiendo en sus camas. 12 horas al día. Salario mínimo más comisiones.

The Fall

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Se me ocurren varios nombres que podrían quedar estupendamente como primeras damas. Gilliam Anderson, o mejor dicho, Stella Gibson, inspectora de policía británica. Todo talento, temple, sobriedad, elegancia, inteligencia, sin olvidar, su manejo del tacón (imprescindible) y su capacidad para sobrevivir en un mundo de hombres dispuestos a triturarlas en cuanto bajen la guardia. Es una candidata perfecta. Bueno, casi, pero no puedo contar más para no destripar la serie, o sea, hacer un spoiler, que queda más fino. Pero, ¿es la perfección un punto en su contra? Rotundamente si, porque podría hacer sombra a quien se le acerque. Ya se sabe que detrás de un hombre extraordinario, hay una mujer… sorprendida. Así que, abstenerse mediocres. Volvamos al asunto. ¿Quién es esta buena mujer, os estaréis preguntando? Pues la protagonista de la última sensación televisiva en el Reino Unido, The Fall. Lo se, lo se… ¡Otra serie británica!. Pero qué culpa tengo yo, si ahora mismo, la mejor ficción del mundo, se hace allí (por cierto, el grupo Atresmedia tiene sus derechos… ¡tampoco es culpa mía si tienen un excelente equipo de compras!).

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Empecemos desde el principio. The Fall es una serie de cinco episodios emitidos por BBC Two, que se ha convertido en un gran éxito de audiencia. La historia se desarrolla en Belfast, descrita como un lugar inhóspito, ciudad fría, lluviosa, violenta, incapaz de superar heridas pasadas, y devorada por la corrupción. El asesinato de la hija de un político provoca que la agente Stella Gibson viaje desde Londres para dirigir la investigación. Y aquí aparece una brillante Gilliam Anderson, la inolvidable Scully de Expediente X. Los años le sientan bien. Muy bien. Y los británicos saben aprovecharse de su talento. Porque Anderson ya ha participado allí en varias producciones televisivas (Bleak House, The Crimson Petal and the White). En todas, magnífica (también la podemos disfrutar esta temporada en Hannibal). Pero aquí, se sale. La composición que hace de una inspectora dura, implacable, sin corazón, poseedora de un peligroso magnetismo irresistible para los hombres, dueña de un autocontrol sorprendente… te deja sin palabras. Hasta el tono de su voz, bajo, impercetible, a veces irritante, a veces, delicioso. Pero siempre inquietante. No grita. No se enfada. Susurra. Suficiente para provocar el terror más absoluto entre sus compañeros. Y es que no hay nada que altere más que alguien… que no se altera nunca. Nada parece tener la mínima importancia en su vida. Nada, excepto… su sentido del deber, sobre todo consigo misma. Y ese deber le impone una misión: atrapar a un asesino en serie. Porque al primer asesinato seguirán otros. Todos cometidos por una mente tan diabólica como brillante. ¿Defectos? Claro. El peor de todos. Ella misma. Una lucha permanente que sin embargo, ha logrado controlar.

¿Crees que no hay nada nuevo? Espera. Porque hay algo que distingue a esta serie. En el minuto uno, el espectador conoce la identidad del asesino. ¿Qué? Pues lo que he dicho. Aquí no se trata de descubrir quién es. Aquí asistiremos a un duelo entre dos mentes privilegiadas que no descansarán hasta que uno de los dos abandone. Ha comenzado una cacería donde no se sabe quién es la presa y quien el cazador. Hay que estar muy seguro de lo que se tiene entre manos para arriesgar de esta manera. Pero es que el material es una bomba. Tanto que ya hay confirmada una segunda parte.

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Junto a la espléndida Gilliam Anderson, como siempre, un reparto excepcional. El asesino (lo puedo decir abiertamente) es Jamie Dornan, conocido hasta ahora por dos cosas. Por su participación en la serie Erase una vez, donde da vida al sheriff Graham, y por ser modelo de ropa interior de Calvin Klein. Esto ya nos da varias pistas. Una, que en la serie no ahorran momentos shirtless (se quita la camiseta con bastante facilidad y porque lo exige el guión). Dos, no es guapo, pero tiene algo. Ya sabéis cómo son estos modelos. Cara de malas pulgas, y pinta de malotes… que ya me diréis la necesidad que hay de este estereotipo si de lo que se trata es de vender calzoncillos, peeero, este es otro tema. Con todo, este chico, curiosamente nacido en Belfast, asusta al mismísimo miedo con solo una mirada, como diría nuestra querida Marta Sánchez. Pero como ya sabréis, Jamie Dornan ha sido elegido como protagonista de la versión cinematográfica de 50 sombras de Grey. ¿Qué quiere decir esto? Pues que vamos a ‘jartarnos’ de ver al muchacho en todo su esplendor. Aquí va un adelanto. Por cierto, esto no le impedirá participar en la segunda temporada de The Fall.

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Destacable la participación de Archie Panjabi, actriz inglesa conocida por la serie The Good Wife, por la que ha sido nominada al Globo de Oro en la última edición. Aquí recupera su acento, y aunque su papel es breve, será clave en la historia. Ah, y no me puedo olvidar de una niña. Un descubrimiento. Ya lo veréis (y eso que a mi, los niños en el cine y la televisión, me ponen de los nervios, especialmente desde El sexto sentido).

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Resumiendo. Estamos ante una serie brutal. Inteligente. Valiente. Con una extraordinaria mujer al frente, a la que seguramente, si le preguntásemos sobre el papel de las primeras damas, nos respondería con un ¿qué es eso?. Tampoco creo que aspire a ser una dama de primera, por muy british que sea su personaje. Presiento que ella, preferiría ser, simplemente… una mujer.

Broadchurch, una serie todo incluido

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Huele a verano. Me da igual lo que diga el hombre del tiempo. ¡Quiero que haga calor! Así que no hay más que hablar. Porque además, con la llegada del verano, llega el estrés de todo lo que tenemos que hacer y el poco tiempo que nos queda. Lo primero, decidir dónde ir de vacaciones (quienes puedan, claro). En España, uno de los destinos preferidos es la mítica Ibiza. Conocida mundialmente por sus noches interminables (por la fiesta que no es el Polo Norte), su música, sus clubs, sus celebrities, sus playas, sus aguas, y algún aderezo más, la isla blanca (manda huevos el nombre) es un paraíso en el Mediterráneo capaz de atrapar al viajero más exigente. Pero vamos al tema que empiezo a parecer un catálogo de viajes.

Cuando ya parecía que todo estaba inventado, un joven empresario de la isla se sacó de la manga un nuevo concepto de hotel. Le pidió a su padre (antiguo ministro con el señor Aznar) que le dejara 22 millones de euros y un hotel en decadencia en una de las zonas, digamos, menos agraciadas. Hasta aquí, lo normal. El chico lo tenía claro, tenía que hacer algo nuevo, diferente, original, único (ahora parezco José Luis Moreno) y en un pis pas, nacía Ushuaïa Beach. ¿Y qué tiene el Ushuaïa Beach para haberse convertido en un referente internacional? Pues entre otras cosas, que no hay que esperar a que anochezca para disfrutar de las sesiones de los mejores DJ del planeta. Aquí, a las cinco de la tarde, hora muy taurina, y previo pago de 60 euros (nada de dios mediante), Sven Väth, Luciano, David Guetta, entre otros muchos, ofrecen alrededor de una espectacular piscina, lo que la isla sabe hacer mejor que nadie: diversión con la música electrónica que marca tendencia en el mundo. Capacidad: 20.000 almas. Los clientes, entran gratis. Detallazo.

Todo un pelotazo turístico (legal) que este inquieto (y muy listo) empresario ha sabido aprovechar. De hecho, tras el éxito del primero, se acaba de inaugurar su hermano gemelo, el Ushuaïa Tower, que siguiendo a su hermano mayor, nace de las cenizas de otro hotel que ya solo conseguía clientela entre los estudiantes en su ansiado viaje de fin de curso e Imserso. Como la inflación está que se sube por las paredes, la operación de chapa y pintura nos ha salido por 25 millones de euros. Para recuperar rápido la inversión (no están los tiempos para emprendedores idealistas), ofrece reclamos que casi sonrojan: presume de tener una de las suites más caras del planeta: 10.000 euros la noche (ya tiene varias reservas). Es la habitación más grande de Ibiza (y luego dicen que el tamaño no importa). 200 metros cuadrados con jacuzzis hasta delante del microondas. Carta de almohadas, habitación para celebrar fiestas privadas con dj, bodega, vistas a Formentera y kit sexual compuesto de preservativos, lubricantes, vibrador y una bombona de oxígeno. Indispensable en cualquier hotel que se precie y mucho más práctico que eso de las biblias en el cajón de la mesilla.

Insisten en que también tienes mayordomo, al que sospecho, identificado con pulsera electrónica (y dos guardaespaldas), porque con ese precio, ya me veo a muchos llevándoselo como el champú y el gel del baño. Como extra, si quieres, te envían un avión privado a cualquier parte del mundo, y te traen a la suite. Y yo que creía que el salmón ahumado en el desayuno de los hoteles, era lo más de lo más…

Lujo (obsceno seguramente para los tiempos que corren, pero real como la crisis) al alcance de unos pocos. Según el joven empresario, las clases medias no tienen dinero, y el que lo tiene, no se lo gasta, así que pensó en ir a por las pudientes, que da la casualidad que siempre son rusos y árabes (qué obsesión la de estos países con restregárnoslo por las narices).

Vodka a 3.000 euros. Champán a 100.000. Hablo de precio por botella, no de la bodega entera. Bueno, para ser justos, también tienen uno de oferta a 46.000 euros. Que luego no digan que no piensan en que la cosa está muy malita. Las camas balinesas en la piscina, están a 6.000 euros (la cama viene vacía). Incluye un despliegue sin igual de gogos monas, limpias e internacionales. De esas que quedan bien donde las pongas. Y todo pagado con huella dactilar. Así no te enteras de lo que vas gastando y no necesitas cartera (si estás muerto, el dedo no funciona, que ya os veo venir).

Muchos no creyeron en su proyecto. Hasta su propio padre rezaba lo que no está escrito. Pero ha pasado el tiempo y ya es todo un éxito que pronto empezará a exportar. De hecho, un día se dio cuenta de que le sobraban 300 millones y no sabía dónde meterlos ( y yo que me vuelvo loco cuando encuentro 2 euros en un pantalón). Pues nada, otra vez le dijo a papá, necesito otro hotel, que me aburro. Y el padre, que es todo un padrazo, contestó aquello que nos han dicho a todos alguna vez, de “quédate con todos ya y no seas pesao”. Oye, dicho y hecho. Ha decidido reconvertir toda la zona, y todos esos hoteles que languidecían, se convertirán en 5 estrellas, con campo de golf y centro comercial. Mira, seguro que les ponen un Mercadona, que la zona, que yo recuerde, no tenía muchos súper donde hacer la compra antes de ir a la playa. Venga, datos, que nos gustan… 3000 puestos de trabajo estables y 1000 solo para su construcción.

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Irresistible para muchos. El horror para otros. Pero así es Ibiza. O la odias o la amas. Como la mayoría de los sitios de veraneo. Como Broachurch (nombre ficticio), un pequeño pueblecito en la costa inglesa, en Dorset (esto es real) donde se desarrolla una inquietante serie británica. Para los clientes de los Ushuaïa, una residencia de ancianos. Aunque, eso si, después, en plan spa, en plan descanso total para recuperarse de la agotadora experiencia ibicenca, puede ser una alternativa (esta más apta para todos los bolsillos). Decía que estamos ante otra buenísima serie de la británica ITV. Si, otra vez británica. Pero como ya he dicho aquí en varias ocasiones, asistimos al nacimiento de grandes ficciones que pueden poner en peligro a las hasta ahora todopoderosas made in Hollywood. Broadchurch toma su nombre de esta pequeña localidad de veraneo, de grandes playas y espectaculares acantilados (así es más fácil acabar con la vacaciones si el tiempo no acompaña, como es de esperar). Un asesinato romperá la tranquila y casi tediosa vida de sus habitantes. La cuenta atras para descubrir al responsable, comienza ya.

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Ocho episodios a caballo entre las magníficas The Killing y Wallander. De la primera toma su trama y su inteligente forma de confundir al espectador, ofreciéndole sospechosos (casi uno por episodio) para que la duda se instale y haga falta esperar a los últimos minutos de la serie para saber quién mató a Danny (cuentan que solo cuatro miembros del equipo conocían la identidad del asesino, y que el actor se enteró poco antes de rodar las secuencias). De la segunda, su estética, su fotografía, fría, nórdica, con imágenes desenfocadas, ritmo pausado, y mucha, mucha cámara lenta (quizá demasiada). Hasta su banda sonora es gélida, pero claro, corre a cargo de un islandés llamado Ólafur Arnalds (y allí, ya me dirás), que mezcla brillantemente lo clásico y con sonidos futuristas.

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Conviene decir que aunque a mi me ha resultado fascinante (pero claro, yo soy muy de Agatha Christie), Broadchurch reúne muchos tópicos del género. No lo digo en el mal sentido. Si no bordean el aburrimiento, los soporto. La serie tiene un poco de todo. Vamos, que está todo incluido. Tenemos un asesinato de manual. Un pueblo pequeño donde nada ni nadie es lo que parece. Secretos inconfesables. Policía bueno, policía malo. Policía atormentado, policía feliz. Una lista de sospechosos donde todos tienen un motivo… Nada nuevo, pero tampoco lo es el gazpacho y no hay dos iguales. Hasta se permite soltar una bofetada a la prensa sensacionalista, tan presente en la vida del país (y que aquí hemos importado divinamente).

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Los actores son brillantes. Como siempre. ¿Qué estudian allí para que todos sean tan buenos, tan creíbles, y además, vocalicen y se les entienda (es un decir)? Encabeza el reparto, David Tennat, actor escocés conocido por haber dado vida al Doctor Who, una legendaria serie británica de ciencia ficción. Junto a él, Olivia Colman, otra actriz de éxito de la televisión británica. Aunque la serie era autoconclusiva (ocho episodios y punto), el éxito de audiencia, y también entre la crítica, ha sido tal, que la cadena ya ha anunciado que tendrá una segunda parte. Aquí ha sido adquirida por el Grupo Atresmedia. Desconozco cuándo y en qué canal será emitida.

Así que, yo la recomiendo de verdad. Te va a enganchar. Pondrá a prueba tus cualidades como detective. Y si además, la ves en verano, te refrescará más que el aire acondicionado. Eso si, a los amantes de sol y playa, no se les pasará por la cabeza, disfrutar allí de sus vacaciones. Y a los clientes de los Ushuaïa, mucho menos. Pero estoy seguro que ambos, la disfrutarán igual.

Utopía, sin receta médica

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Los calvos y las rubias cobran más. Así de claro. Y no lo digo yo, lo dicen varios estudios realizados por universidades norteamericanas y hechos públicos hace solo unos días. Lo de las rubias lo sabíamos. Algunas incluso han hecho gala de ello y han presumido a lo largo de los años, a golpe de melena. Era un secreto a voces. Si eras rubia (natural) la vida te costaba menos esfuerzo. Si no lo eras, obligada a tirar de bote, que el esfuerzo también se premia, y tan ricamente. Eres una de ellas.

Lo que me ha sorprendido y mucho, ha sido lo de los calvos. Aleluya. Por fin una afirmación que nos saca del ostracismo al que hemos sido sometidos. A no ser que seas italiano claro. Entonces la alopecia se convierte en una seña de atractivo irresistible. Y yo a la luna de Valencia. Sobre todo porque es algo que me atañe (muy a mi pesar) y me ha preocupado durante años (demasiados). Si lo que me gasté yo en “crecepelos” lo hubiera invertido en una cuenta vivienda hoy sería dueño de una urbanización (pequeña, tampoco me lo ponía en las tostadas). Pero un buen día, me di cuenta de que los calvos también teníamos nuestro público, y me olvidé de la melena al viento. Ha pasado el tiempo. Te acostumbras a la pinta de cerilla que se nos queda en verano. Hasta que de repente, una alegría (ya nos habían intentado contentar con un noseque sobre la virilidad). Llega un estudio. No es mucho, vale. Y ha llegado tarde, pero es muy alentador.

Como no podía ser de otra forma, los datos nos llegan de Estados Unidos (qué seríamos el resto del mundo civilizado sin ellos). Además de las rubias y de los calvos, hay otros sectores de población que salen bien parados. Por ejemplo, los que tienen la voz más grave triunfan más. Resulta que dirigen empresas más grandes, cobran más y duran más tiempo en el cargo.

Antes se creía que la altura también puntuaba. Chaparretes, no gracias. Cuentan que en varias encuestas realizadas entre ejecutivos de Estados Unidos, ante la pregunta de si preferían ser altos o calvos, no había duda. Todos querían ser altos. Y lo contestaban seguramente con un ligero y sensual golpe de flequillo (cabrones). Pero se equivocaban todos. Porque ahora dicen que los que ya no nos gastamos un céntimo en peines, estamos por delante de los altos en la lista del triunfo profesional. ¡Toma! Parece ser que a ojos de otros hombres, los calvos tenemos una apariencia más dominante. Y esto es fundamental para que tus empleados no se te suban a la chepa.

Todas estas conclusiones salen de un nuevo campo académico llamado economía biológica, que pretende hallar una relación entre los rasgos físicos y la retribución económica. Es lo que tienen las crisis. Mucho tiempo libre y cientos de chorradas sin explorar. O no. Porque yo leo y leo… y me asusto y me asusto. La cosa sigue. Los que llevan barba mucho mejor que los afeitados (o sea, que donde nazca el pelo no es ninguna tontería a pesar de ser una lotería como la del sueldo Nescafé). Más. Hay que ser guapo (anda). Por lo menos a los ojos del que te va a contratar. Parece ser que en la Universidad de Harvard hicieron unos experimentos con unos laberintos (en plan hámster). Los más inteligentes superaban la prueba mucho antes pero curiosamente, los empresarios se decantaban por los guapos (aunque estos siguieran buscando la salida una semana después). Ah, y además ganan entre un 10% y un 20% más.

En cuanto a los que tienen sobrepeso, fatal (si además son bajitos, tienen voz de pito y más pelo que la Pantoja, que se olviden). Incluso se atreven a dictar una fórmula que indica el porcentaje de sueldo que pierdes por cada caja de galletas que te metes entre pecho y espalda.

En cuanto a las mujeres, pocas novedades. Lo que decíamos. Básicamente las rubias arrasan. Ya lo decía Marilyn Monroe. Los caballeros las prefieren rubias, aunque dudo que su vida pueda considerarse la de una rubia afortunada. A las morenas solo les queda, o echarle ovarios o echarse al tinte. Se admite la mecha californiana.

Yo no se a vosotros pero a mi esto me pone un poco del revés. Con la que está cayendo, con un país que se levanta cada mañana con más de seis millones de parados (momento del día en el que como Mafalda, yo siempre digo “que paren este mundo porque yo me bajo”), pues con todo esto, van y nos cuentan que ya no vale con estar bien preparado sino que hay que ser guapo, rubia o calvo (perdonen que insista en este punto), delgado y con la voz de Darth Vader, asuntos en los que a uno no le suelen preparar (excepto si quieres ser miss). En resumen, no hay que luchar por hacer un máster, hay que rezar para que tus padres se parezcan a Brad Pitt y Angelina Jolie.

Lo curioso es que lo de ser guapos es más antiguo que el hilo negro. En este país tenemos un riquísimo refranero con perlas sobre el tema tipo: la suerte de la fea la guapa la desea, fea con gracia mejor que necia y guapa, la belleza más divina también defeca y orina (este me fascina), la belleza y la tontería siempre van en compañía, la belleza y la lozanía son flores de un solo día, más bonita en la belleza con algo entre la cabeza… Y así hasta el infinito porque hay cientos, aunque no se vosotros, pero ¿no tenéis la sospecha de que fueron dichos por gente poco agraciada…?

Total, que si nos ponemos manos a la obra hay pocas soluciones. Desechemos la cirugía hasta que deje de fabricar bocas de rodaballo y pómulos como melones. ¿Qué nos queda? Siempre podemos mejorar nuestro aspecto físico de cara a un trabajo. Pero poco más. Estamos hablando del santo grial de nuestros días. La belleza por encima de todo. Que se mueran los feos. Porque segun estos estudios, los valores que realmente deben contar para triunfar profesionalmente, ni están ni se les esperan.

Llegados a este punto, solos podemos fantasear. A mi la primavera me pone tontorrón. Imaginemos una pastilla mágica que, o bien, nos volviera a todos perfectos (por fuera, lo de dentro parece que no urge) o al revés, una que con solo tomarla, viésemos a todos con otros ojillos (golosones). ¿Os imagináis? Una utopía. Ni la cura del cáncer ni el sida. Nada. Cualquier farmacéutica mataría (no se si he estado acertado en la expresión) por una magistral fórmula (que no al revés) capaz de convertirnos en lo que no somos. Porque de esto se trata, de premiar aquello que a uno le toca, por suerte o por desgracia, en el sorteo de la naturaleza, para dejar de lado el esfuerzo. Pone los pelos como escarpias (a los clavos, los vellos).

No me gustaría vivir en un mundo donde este tipo de empresas tuvieran a su alcance semejante poder. No me fío de ellas. Y esta desconfianza debe ser lo que sienten también los creadores de Utopía, una serie británica estrenada en enero de este año en la cadena Channel 4. Cortita. Seis episodios. Un tratamiento de choque con efectos secundarios. A mi me ha sabido a poco. Desde el primer episodio quieres más, porque aquí nada es lo que parece y lo que parece es… nada. Inquietante. Impactante.

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La cosa es sencilla (o eso parece). Un misterioso cómic desencadena una historia a contrarreloj salpicada de conspiraciones, donde el poder político y el de las farmacéuticas (miedito eh) se dan la mano para construir una trama consistente que solo nos dará algo de paz en los últimos segundos del último episodio.

Su estética innovadora rompe con casi todo lo que estamos acostumbrados a ver. Una etiqueta transgresora, pero vital para que el puñetazo que recibes en la primera secuencia, te recuerde que no estás ante una serie convencional. Cada entrega es como esas pastillas (gordas como mi cabeza), que hay que tomar con cuchillo y tenedor (canallas). Cuesta tragarlas pero alivian, especialmente, el aburrimiento. Utopía es una historia cruda. Sin contemplaciones. Al que no le guste que no mire, parecen decir sus creadores. Y hay veces que dan ganas de no mirar. No porque abusen de sangre ni de vísceras. No quieren mostrar casquería. Aquí se trata de charcutería fina. Al corte.

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Los actores, como siempre. Viniendo de donde vienen solo pueden ser perfectos. Desconocidos para nosotros a excepción de dos figuras del cine británico, James Fox y Stephen Rea, por aquello, imaginamos, de darle caché al producto. Eso si. Ni son guapos, ni rubios… Solo son, buenos. Mención especial para uno de sus protagonistas. Lo identificaréis porque lleva una bolsa amarilla (no quiero destripar nada). Uno de los personajes más aterradores que ha dado la televisión.

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Merece la pena ver Utopía. La recomiendo. Seis pastillas sin receta (mejor no leer el prospecto) que muy pronto estrenará Canal+. Por supuesto, no es la fórmula que nos ayudará a encontrar trabajo (si no puede la Virgen del Rocío), pero si nos hará la espera más llevadera. Y en cuanto a convertirnos en más guapos, más rubios o más altos, mejor olvidarlo. Esto si es una utopía. Por mucho que insistan algunos estudios. Palabra de calvo.

Hannibal, el delicado aroma… del horror

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El día de la madre ya está aquí. Y no es que lo tenga apuntado en el calendario. Sencillamente la televisión se ha convertido en un escaparate de anuncios de colonias, o fragancias, como se dice ahora si uno quiere resultar finísimo: nada de llamar váter al inodoro, ni sobaco a la axila ni mala hostia cuando lo que se tiene es mucho carácter, ni por descontado decir cosas como me suda la polla… en todo caso es preferible usar expresiones como “esto me humedece el aparato viril”. Los innumerables cortes publicitarios, necesarios por otra parte, pero, a veces, diseñados con “mucho carácter” se convierten en un carrusel de spots de nuevas y no tan nuevas, fragancias. Total, que la tele huele y por una vez, y hasta las navidades, no mal.

No hace falta hacer un estudio en profundidad para darnos cuenta de lo que nos venden. Porque no se trata de usarlas para oler bien, ni hablar. Para eso ya está el suavizante del pelo y el desodorante. La idea es que según que perfume lleves, tendrás más o menos opciones de echar un kiki (creo que es la primera vez que escribo esta palabra). Que nadie se escandalice. Esto es así. No hay anuncio donde los protagonistas (mozos y mozas púberes que no tendrían problema alguno en ligar ni aunque vivieran en una alcantarilla) no se miren con ojillos medio cerrados tipo “me he dejado las gafas y no encuentro el baño”.  Por supuesto, con una puesta en escena sofisticada, en lugares exóticos, apartamentos de ensueño, coches espectaculares… Lo mejor es que no sean en nuestro idioma. Queda mucho mejor “the new fragance of fulanito”… En francés, ya es lo más “eau de parfum pouturrú de fuá”. Fundamental, el vestuario. Perdón, la falta de vestuario. La tendencia es la pelota picada. Curioso verdad. ¡Los perfumes de los diseñadores no promocionan su ropa!. Prefieren que el y/o la modelo en cuestión luzcan cuerpo serrano; algo fácil si tenemos en cuenta que ninguno pasa de los 18, y ¿quién no tiene un cuerpazo a esa edad?

A partir de aquí, todo depende del estado mental del creador de la campaña publicitaria. A muchos se les va la pinza. Repasemos algunos. Una pareja, millonaria y con muchísimo glamour, viaja en un imponente descapotable. Ella, con un chasquido de los dedos, convierte a su acompañante en un perro (¿os imagináis que fuera él, quien le convirtiera a ella en una perra?…). Hay otro donde la protagonista corretea por su piso mientras se despotorra de lo que un admirador le está susurrando en el contestador automático, eso sí, en inglés y en francés, que la chica ha estudiado en internados de Suiza. Siguiente. Una pareja escultural se da el lote en una pequeña embarcación en medio de un espectacular mar Mediterráneo. Él, con bañador de los denominados turbobraga en blanco (cuentan que para el rodaje, al modelo le pusieron dos porque con uno solo, se le transparentaba todo). Ella biquini escueto que le dura puesto lo que dura el anuncio. Beso apasionado. Sube la música. Los hay de chica que busca chico pero se hace la estrecha hasta que se pone unas gotitas del perfume en promoción, y cae rendidita entre sus brazos. Me llama la atención uno con look de cómic donde un percance de tráfico entre dos desconocidos provoca de todo menos hostias. Aquí se pegan un revolcón en el asiento de atrás y tu a tu casa y yo a la mía. Más. Un gladiador de nuestros días corretea a pecho descubierto entre ruinas romanas para terminar apoyado en la pared con actitud de “que me lo quitan de las manos”… Uno que no tiene precio (el anuncio, porque la colonia vale un riñón). Una joven rubia, de pelo largo y muy tapada, coge unas tijeras y en un plis plas, se hace un corte de pelo monísimo estilo garçon y un modelito estupendo (con esta habilidad, Escarlata O’Hara en lugar del vestidazo que se fabrica con las cortinas, se hace todo el ajuar). Y el último (porque podría seguir hasta lo que dura la publicidad en el intermedio de una serie de Antena 3). De la misma marca, imborrable imagen la del marinero dejando el lecho mientras la churri, en lugar de lamentarse porque no le ha dado el número de teléfono, y le ha dejado las sábanas hechas un asco, esnifa la almohada con deseo y melancolía.

Las estrellas de cine se han convertido en los objetos perfectos para estas fantasías delirantes. Desde nuestra admirada Pe (imagen de dos) hasta la curiosa y arriesgada apuesta de la casa Channel, que pensó en Brad Pitt como imagen del perfume más universal y conocido de todos los tiempos. Un perfume de mujer. Lo que pasa es que el chico se pone tan intenso que parece que en lugar de un frasco de colonia te está vendiendo preferentes… Charlize Theron se codea con mitos del cine ya fallecidos como Marilyn Monroe o Grace Kelly (resucitadas digitalmente) para demostrar que ella no tiene nada que envidiarlas. Gwyneth Paltrow (recién elegida por la revista People, la mujer más bella del mundo) luce fresca como una lechuga antes de echarse a las calles desprendiendo el  aroma más deseado de la primavera. La lista es interminable. Nicole Kidman, Julia Roberts, Olivier Martínez, Scarlett Johanson, Natalie Portman…

Luego están los famosos que tentados por un buen cheque deciden prestar su nombre para la creación de nuevas fragancias. Shakira, Madonna, Lady Gaga, Britney Spears, los Beckham, Jennifer López, son solo algunos ejemplos. La incógnita está en saber si ellos se la ponen.

Abro un paréntesis para hablar de nuestros famosos, los de aquí, de casa, que también le han cogido el gustillo a eso del vaporizador y que yo recuerde, tienen aroma propio, Rosario (ay dios), Antonio Banderas (que milagrosamente sigue y sigue bajando el tono de su voz), David Bisbal (creo que hay estuches con la gomina de regalo), Alejandro Sanz, David Bustamante, Joaquín Cortés, Julio y Enrique Iglesias… y ¡hasta Ana Rosa!

En fin, que aunque el tema da para mucho conviene recapitular. Un buen anuncio por lo tanto, debe tener: gente muy guapa, muy joven, poco vestida (o nada), miope por aquello de la mirada, que hable poco, y si tiene algo que decir, imprescindible hablar idiomas (francés, inglés o italiano), ganas de tirarse al primer desconocido/a, y luego cada uno a su casa (de una historia de estas jamás ha salido relación estable), y finalmente lo más, más importante, llevar al menos 60 euros en la cartera (porque todo esto hay que pagarlo al pasar por caja en la tienda).

De los creadores de estas pequeñas joyas (hablo de las fragancias, no de los anuncios) se habla poco, demasiado poco. Solo tengo que decir que tienen todo mi reconocimiento. Yo que soy incapaz de distinguir entre una higuera y un cocotero, no puedo más que sentir admiración por estos genios de narices (el chiste era fácil y casi obligado). Lo que ya no sé es como se llevarán con quienes se encargan de vender sus aromas.

Sobre las normas de uso, dos cositas. Una, la fragancia debe disfrutarla preferiblemente solo el que se la pone y el de al lado como mucho (dependiendo de si tienes suerte y lo que nos venden es cierto), pero no medio vagón del metro. Y dos, nunca se debe usar para tapar “otros” olores. La combinación es letal y no se conoce vacuna alguna.

Y hablando de fragancias que desatan todas las pasiones, la última se llama Hannibal. Serie norteamericana estrenada hace poco más de tres semanas que me ha dejado del revés. Se trata de una nueva producción que pretende que el espectador sienta desde el aroma más imperceptible y exquisito hasta el olor más putrefacto del horror. Su estreno en Estados Unidos ha sido flojo en audiencia. El segundo episodio se ha mantenido y el tercero ha bajado. Esto la deja en la cuerda floja. Y su continuidad dependerá de su evolución. Pero si no remonta, creo que tendremos que hablar más bien de una “mini”serie.

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No puedo decir mucho. No es para todos los públicos (literalmente). No para estómagos delicados aunque sí para paladares exquisitos. Visualmente es lo más impactante que ha dado la televisión desde hace mucho tiempo (a veces podría ser como un anuncio de colonia… siniestro eso si). Sus imágenes son una combinación entre el delirio y la realidad de su protagonista, un consultor del FBI, un pelín inestable (siiii, otra vez el prota está más pallá que pacá, pero eso es lo que le convierte en un extraordinario analista).

Hannibal - Season 1

Como digo, poco puedo contar. Tres episodios no dan para mucho. La historia podría decirse que es una precuela de El silencio de los corderos, pero se desarrolla en la actualidad. Un sofisticado Hannibal Lecter cuarentón, ayuda a nuestro joven protagonista a curar sus extrañas fantasías, obsesiones y alucinaciones y por supuesto, idas de olla. Unos brutales asesinatos ponen en jaque al FBI, capitaneado por el siempre magnífico Laurence Fishburne (Matrix). La complejidad y las cada vez más salvajes muertes, requerirán la ayuda del agente especial Will Graham, al que da vida Hugh Dancy, un actor británico brillante y perfecto para el papel (por cierto, en la vida real, es la pareja de Claire Danes, la protagonista de Homeland). En el papel del psiquiatra, el danés Mads Mikkelsen. Su cara te sonará mucho. Siempre ha hecho de malo malísimo. Tiene un rostro de esos que cuando lo ves, te alegras de no tenerlo por vecino. Yo me lo encuentro a solas en el ascensor y subo andando aunque fuera al último piso de las Torres Petronas.

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Como digo, no puedo contar mucho porque hay que verla. Como decían nuestras madres cuando no queríamos comer algo: “¿por qué dices que no te gusta si no lo has probado?”… Por cierto, en esta serie se come, y mucho… Arrrrrggggg…. No digo más.

Cabecera magnífica. Unos efectos de sonido alucinantes. Actores impecables. El guión quizá es un poco enrevesado (más del gusto del público europeo que del americano). Curiosamente, sus casos no. Se resuelven con una facilidad pasmosa. Pero insisto, hemos visto poco para saber si la cosa tendrá chicha o no (un poquito de humor negro para quienes ya la hayan disfrutado). Así que nos quedamos a la espera de saber si tendrá recorrido o habrá durado menos que el olor de una colonia… comprada en el top manta.

Una curiosidad. El cuarto episodio fue cancelado por la cadena NBC tras el atentado de Boston. Realidad y ficción se parecían demasiado y no se consideró oportuno. Solo está disponible en su página web. En el resto del mundo, sí se verá.

Hannibal - Season 1

Por cierto, solo un apunte más. Ya se está promocionando en laSexta, The Following (también la puedes ver en FOX). La recomiendo, y mucho (fue mi primer post), aunque a veces, te ataque los nervios. Ya veréis por qué…

Homeland, la tapa más sofisticada de la temporada

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Que si, que por fin ha llegado. Hablo de la primavera. Y es primavera en todos los sitios, no solo en El Corte Inglés. Ha llegado tarde, mal y con excusas baratas. O sea que tenemos la seguridad de que esta primavera es española 100%. Luego ha aparecido el sol y entonces hemos olvidado lo que se ha hecho esperar. Somos de memoria cortita (lo cual visto lo que está cayendo en este país es una bendición). Total, que con la primavera llega el estrés. No solo por las puñeteras alergias, sino porque esta estación nos pone del revés.

Para empezar, el que no se apuntó al gimnasio en enero, lo hace ahora, corriendo (solo para apuntarse). La playa y la piscina están a la vuelta de la esquina. Nos ponemos a dieta, nos calzamos las chanclas, la bermuda, el tirante, lucimos piel blanco nuclear (aunque estén cayendo chuzos de punta). Arranca la temporada antipelo (no quiero insistir, pero ¿qué han hecho con este temita durante el invierno?), sacamos las bicicletas (¿no eran para el verano?), nos echamos a las calles para hacer footing, y, esto que no falte, nos atrincheramos en las terrazas como si no tuviéramos casa (cosa que hoy en día no tiene nada de raro). Las terracitas, los nuevos templos de peregrinación y cañeo. Eso sí, a precio de oro. Se ha cortado la cinta: ¡¡¡queda inaugurada la temporada!!! (y con ella el estrés de tantas cosas por hacer y tan poco tiempo).

Es de locos. A mi no me da el cuerpo para tantos propósitos. Por ejemplo, gimnasio y dieta. Es curioso, porque después de escuchar una y mil veces que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, esto debe ser lo único en lo que justamente hemos hecho al revés. Porque no hemos gastado de más. ¡Hemos quemado de menos!. O sea, que durante el invierno, nos hemos puesto hasta las trancas y ahora hay que empezar a pagar por nuestros pecados. Vamos a dar por hecho que esto está montado así y a quien no le guste, siempre le quedará una buena ración de bravas, oreja o fritos variados. ¡Oído cocina! Porque aunque de momento no se conozca ningún proyecto de ley contra las grasas, están muy mal vistas, si. La lorza no tiene quien la quiera. A excepción de nuestros cuerpos, a los que se abraza cual ave rapaz a su presa.

No corren buenos tiempos para los gorditos. Miro la televisión y no encuentro a nadie. Bueno, las Campos, pero la madre ya se cree que está por encima del bien y del mal, y la hija… la hija es muy… hija de su madre. En la música, tres cuartos de lo mismo. A Rosa de España le faltó tiempo para ponerse a dieta. Solo se me ocurre la gran Adele, pero acordaros que Karl Lagerfeld dijo que era mona pero que estaba  gorda. Luego pidió perdón y le envió una sarta de bolsos de Channel (conozco a muchas que por un solo bolso se hubieran dejado llamar gordas, feas… y hasta golfas) y pelillos a la mar. Vale, está Falete, pero este ha decidido tirarse a la piscina. En el cine ya no digamos, si necesitan que el personaje luzca como un zepelín, nada, cogen a la estrella de turno, la empapuzan como a una oca, y ya está (luego ya le darán algún premio por las molestias). En la política pasa lo mismo (y eso que estos comen a cuenta del contribuyente… raro verdad). Hay pocos políticos entrados en carnes. ¿Alguna sugerencia?

Total, que si el mundo no apuesta por la gordura, hay que ponerse a plan. Y el plan de choque no admite atajos. Pero fíjate tú por dónde, esos son los que más nos gustan. Olvidado el gimnasio (tras pagar la matrícula y varias mensualidades) queda la dieta. O sea, hay ponerse a régimen. No me digas que la palabra no asusta. Régimen. Dar un golpe de estado contra tu propio cuerpo para someterlo a torturas, humillaciones y vejaciones. Si la dieta de la alcachofa, la de la piña, la manzana, el té y el sirope de arce, no eran ya siniestras, ahora hay nuevas (y más terroríficas). Algunas se han convertido en fenómenos mundiales como la famosa Dukan; que consiste básicamente en ponerte de proteínas hasta las cejas, y luego usar un producto llamado salvado de avena (yo diría mejor, salvados por la avena), una especie de serrín, que actúa en tu intestino como el desatacador en tu fregadero. Es como acuchillar suelos con la lengua.

Otro ejemplo de atajo son unas pastillitas que tras ingerirlas durante las comidas, atrapan la grasa para acto seguido eliminarlas. No quiero ponerme escatológico, pero su triunfo reside en el estado de terror al que te someten, porque anula por completo la voluntad del esfínter. Por eso se recomienda tener un lavabo libre a menos de dos metros. A más distancia, date por muerto.

La última. La dieta paleo o dieta del hombre de las cavernas (un segundo que necesito coger aire). La siguen principalmente deportistas: hay que prescindir de los lácteos y los cereales, apostar por los alimentos frescos (verdura, pescado y fruta) y hacer ejercicio antes de alguna de las comidas del día. Todo se resume en que como antiguamente (bueno, antes) el hombre tenía que salir a cazar si quería comer, pues con el aquel trajín, no engordaba ni dios. Puede parecer terrible pero ya me gustaría verles ahora, un sábado en el híper… No sé si prefiero enfrentarme a un mamut o a una pareja de jubilados a los mandos de un carrito de la compra.

Muchos diréis, esto no va conmigo. De acuerdo. Sigue habiendo subversivos, milicianos de la croqueta, pero a las pruebas me remito. Recuerdo que hace un tiempo, acompañé a una amiga a una tienda. Quería un vestido que había visto en el escaparate. Mi amiga no estaba gorda. No tenía una 36 pero… “Me gustaría ver el vestido que tiene en el escaparate” La dependienta, sin perder la sonrisa, le contestó amablemente: “lo siento, tallas tan grandes no trabajamos…” Y nos fuimos sin soltar palabra. Ante algo así, metes tripa, recoges la poca dignidad que te queda y buscas desesperadamente una pastelería donde ponerte ciego.

Ah, y los hombres no os libráis de esto. Resulta que según un reciente estudio realizado en el Reino Unido, ellos no dicen jamás que están a dieta. Es top secret (como si solo tuvieran este…). Dos de cada tres lo ocultaban. Un 29% porque no querían parecer superficiales (sin embargo considerar el fútbol una cuestión de vida o muerte les parece muy profundo). Y un 18% porque temían que sus parejas arruinasen sus buenos propósitos tentándoles con platos prohibidos (hay que ser muy perra). Por el contrario, en nuestro país, los hombres jóvenes, de clase media alta y de determinadas profesiones (ejecutivos, actores…) están permanentemente a dieta. El resto, solo cuando han sufrido un infarto o cuando se enfrentan a una enfermedad grave). Tu si que vales machote.

Total, que el mundo está partío en dos. Los delgaditos miran mal a los gorditos (estoy intentando suavizar la terminología porque el tema escuece) y viceversa. Y en medio de la disputa, la caloría. ¿A favor? ¿En contra? Hay gente que rechaza sistemáticamente lo que gusta a las mayorías por ser… digamos poco sofisticado. Pero al otro lado del ring, se encuentran los que creen que lo que agrada a unos pocos… tiene que ser malo de pelotas. Total, que aquí estamos, atascados (no lo digo con segundas). Entonces, ¿no hay nada popular que sea sofisticado?

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Pues sí. Se llama Homeland. Los que crean que es para unos pocos, se equivocan. Homeland es la serie del momento y se merece estar aquí (mejor dicho, es un privilegio poder escribir en este blog sobre esta maravilla). Sé que llego un poco tarde porque muchos (millones en todo el mundo) ya la han visto, pero Cuatro ha reservado la noche de los miércoles a esta ficción brillante, intensa, soberbia, inteligente… Y hay que verla. Uno no puede ir por la vida diciendo que le gusta la televisión y darle la espalda a esta serie.

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Homeland propone el clásico juego del gato y el ratón. Pero lo que la hace diferente es que aquí no sabemos quién es el gato ni quién el ratón. Homeland es angustia. Te estresa. Hay momentos en los que se te sale el corazón por la boca. Pero cuando terminas cada capítulo, te invade una sensación de placer que ya quisieran muchas drogas. Porque es adictiva. Engancha. Y no hay cura. Solo quieres ver otro episodio más. Quieres saber más y más y más. Te conviertes en un mirón. Porque a los que amamos esta serie… nos gusta mirar.

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Basada en una producción israelita, es la serie más premiada y aclamada del momento. Y me alegro que Cuatro haya confiado en ella, ha sido valiente y se merece los mejores resultados. Si aún no la has visto, engánchate. Tienes tiempo. Serás testigo de una trama tan bien desarrollada que no te arrepentirás. Sus protagonistas son Claire Danes y Damian Lewis. Ella se hizo popular hace unos años al protagonizar una revisión actualizada del clásico Romeo y Julieta junto a Leornado Di Caprio, dirigida por Baz Luhrmann (director de Moulin Rouge). La pena es que ni Leornardo ni Baz eran quienes son hoy. Hubiera dado más juego del que dio. Desde entonces, poca cosa. Damian saltó a la fama como protagonista de la serie Life, un producto de culto que pronto se esfumó. A los dos les ha tocado la lotería. O al revés, la serie sin ellos, no sería ni de lejos lo que es. Es la bomba. O mejor dicho. Es una bomba… de relojería. Nunca sabes cuándo va explotar. Eso sí, desgraciadamente tan actual, que a veces duele y mucho.

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Tiene pocos peros. Situaciones un poco chuscas (no se si es para provocar debate entre la audiencia) y algún personaje desquiciante. Por ejemplo, a Carrie, la protagonista, yo hay veces que la mataría. Me ataca los nervios. Necesito medicarme para soportar algunas de sus reacciones (bueno, la que debería tomarse las pastillas es ella). Pero todo tiene un porqué. En cambio, hay una hija adolescente (esta no tiene excusas) que me pone tan enfermo que le daría toda la medicación que Carrie no se toma. De golpe. En una sola toma. Zas. Mención para su banda sonora. Puro jazz. Miles Davis en vena.

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Se puede hablar hasta el infinito. Pero lo mejor es verla (para la tercera temporada habrá que esperar al próximo 29 de septiembre, fecha prevista por el canal Showtime), si eres de los pocos que aún no lo ha hecho. Es necesario porque hay que comentarla. Y en esta época, en una terraza, es la tapa perfecta. No engorda. Va con todo. Eso sí. Puede producir ansiedad (como las dietas). Por eso, yo recomendaría que después de ver cada episodio, sin remordimiento, asaltes la nevera (algo hay que invadir…). Además, el cuerpo es sabio… y ya se encargan otros de que nos apretemos el cinturón.

Elementary, opiniones para todos los gustos ¡50% de descuento!

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Llevo unos días inquieto. Me cuesta conciliar el sueño. Y parece ser que el problema viene de algunas opiniones que he escuchado en los últimos tiempos. Y claro, le he estado dando vueltas a qué habré escuchado para tener esta inquietud. Me pongo a recopilar en mi memoria (justita por otra parte, de esas para pasar el día y poco más… como las lentillas), las sandeces que se dicen a diario en este país (se me llena el disco duro).

Quizá todo arrancó ese día maldito donde todos escuchamos a la señora Cospedal con aquello de la indemnización en diferido. Probablemente el discurso más hilarante jamás escuchado en boca de un político (la palabra sería patético pero me voy a poner el traje de optimista que se me está apolillando). No se si eso animó a muchos, pero a partir de ahí, esto ha sido un no parar. Inciso. Estaremos todos de acuerdo en que las opiniones son libres, todos tenemos una y el derecho a expresarlas es incuestionable. Pues… si y no. Porque hay veces que no tenemos solo una opinión, tenemos cien, mil, y ¡sobre el mismo tema! Y aquí es cuando me lío. Y ese lío me inquieta, y no duermo bien, y me levantó de mala hostia, y me entra ansiedad, y asalto la nevera, y me pongo como un dirigible… y entonces, ah, pido responsabilidades.

Investigo. Una curiosidad. Si os fijáis, en todas las encuestas, el porcentaje de los que dicen no sabe/no contesta es bajo, son los menos. O sea, que unos están en contra y otros a favor de lo que se les pregunta. Y luego hay una minoría, siempre es una minoría, que siendo pelín ordinarios, se la suda, que tienen muchas cosas que hacer y que si, lo que tu digas… O sea, que la mayoría tenemos una opinión.

Sigo, aunque advierto que se me está espesando el sentido común (así se denomina la falta de inteligencia, sentido común: “huy, ese tiene mucho sentido común”. Que nadie se fie. Ningún halago que contenga la palabra “común” puede esconder nada bueno). Me voy por las ramas. Lucho contra mi espesura. Centrifugo mi idea pero ya en el prelavado me habían asaltado las primeras dudas. Lo que dijo la señora Cospedal ¿era su opinión? ¿la de su partido?¿la de algún cenutrio llamado también asesor? ¿tiene más opiniones sobre el asunto? ¿por qué iba vestida a lo En nombre de la rosa? ¿intentaba demostrar que los antiojeras son un timo? Y lo más importante: ¿ha puesto de moda decir en voz alta lo que a uno le sale del chisme?

Yo digo que si. Porque desde entonces, no hay día en el que no tengamos que escuchar chorrada tras chorrada (sospecho que antes también). Ejemplos. La señora Valenciano intentando explicar lo inexplicable sobre el temita de la alcaldía de Ponferrada. Y tan pancha. Con la mecha en su sitio. O el señor Rubalcaba repitiendo una y otra vez que las primarias serán cuando él diga, que el que manda es él y su opinión la que cuenta (¿no sería más caritativo hundir a PSOE con un suicidio masivo, en plan secta?). O ERC diciendo que lo que antes era un despropósito (les falta por recortar las bandas de la senyera) de CIU ahora es lo más. O la ministra de Sanidad y su opinión única (no confundir con única opinión) insistiendo en que ella no tenía ni idea de quién pagaba sus fiestas. O la última, cuando el presidente de la Xunta de Galicia dice que una foto con el narco es solo una foto (sabia reflexión que ya hubiese querido la Kodack) y hace más grande aquella frase de “no es lo que parece”. Hombre, yo pienso (mira, una opinión) que cuando uno tiene que explicar con palabras algo que hemos visto, algo de confusión habrá. Puede que no sea lo que parece, pero desde luego puede parecer… lo que es.

En este país de futboleros donde todos llevamos un entrenador dentro, de charleta de bar donde a golpe de caña se solucionan los problemas del mundo, de católicos, pero solo en Semana Santa, las opiniones valen lo que valen. Nada. Porque si no te gusta mi opinión, tengo más. Que esta no te va bien, pues te subo el bajo, te arreglo la sisa, y te corto las mangas. Ea. Traje a medida.

Ya estoy llegando al aclarado (este tema no admite suavizante) y se me ocurre que algo hay que hacer para solucionar este asunto de opiniones para todos los gustos: 50% de descuento. ¿Y si creamos un impuesto (ay señor Montoro que carilla se le ha puesto eh)?. Si lo que decimos es una chorrada, zas, se paga. Si lo que decimos hoy ya no lo decimos mañana, zas, se paga. Si lo que opino hoy, ya no lo pienso mañana, zas, se paga. Pero si somos de los del no sabe no contesta (lo que yo quiero que conteste claro), zas, desgravación fiscal. Como son cuatro gatos… No me diréis que no se iba a recaudar una pastaza. Uffff, no lo veo. También podríamos limitar a tres opiniones por año. O mejor aún. Que quien salga en televisión solo tenga una opinión por tema (nos gusten o no). No… esto no. Sería el fin de las tertulias, debates y del Sálvame.

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Me rindo. Porque si todo se reduce a decir algo inteligente, a ser coherentes, a saber que nuestra opinión es nuestra, pero que hay otras, estamos perdidos. Pero no está este mundo para escuchar. Ahora se habla mucho de los líderes de opinión, personas que marcan tendencia. Algo así como los it del pensamiento. Haberlos los hay. ¿Qué sean de fiar? Ummmmm…

Uno infalible se llama Sherlock Holmes. No el de la pipa, gorrete y capita de cuadros. Hablo del protagonista de Elementary. Este si que tiene opiniones. Y (casi) siempre acertadas. Por lo menos en la serie de la televisión americana que traslada la acción del famoso detective al Nueva York actual. Se mantienen algunas cosas. Es inglés. Tiene un acento endiablado (para los americanos). Es insoportable. Deslenguado. Observador. Asexual. Inteligente como el que más. Aunque hay diferencias con el original. Por supuesto, no fuma en pipa (esto de ser políticamente correctos me desquicia). Y su Watson es una mujer.

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No llega ni de cerca a la brillantísima Sherlock de la BBC. Y le cuesta arrancar horrores. Hay que tener paciencia. Hasta el episodio 7 u 8, la presencia de Watson por ejemplo, parecen no tenerla clara. Da la sensación de ser alguien que pasaba por allí y le dijeron, venga, ponte aquí que necesitamos cumplir la cuota femenina y asiática. Porque ella es Lucy Liu. Una actriz que saltó a la fama con Ally McBeal y se consagró con la versión cinematográfica de Los Ángeles de Charlie. Sobre ella acepto todas las opiniones (una por cabeza). A mi esta chica me cae bien. Pero no puedo negar que es tan expresiva como un rollo de papel higiénico. Es de ese tipo de personas que yo llamo de “hola y adiós”. Porque es que no hay manera de saber si están llegando o ya se van. Pero aun con todo me gusta. Y eso que como decía antes, tienen que pasar unos cuantos episodios para que la chica sea Watson, o sea, el fiel ayudante del gran detective.

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Elementary tiene muuuuuuchos fallos. El malvado Moriarty ni se le ve ni se le espera (de momento). Tan solo una mención que ya veremos en qué queda. Los primeros casos no son dignos de Sherlock Holmes. Los secundarios no terminan de brillar. El look de la serie, menos. ¿Y entonces? Pues que va mejorando. Poco a poco. Saben dónde quieren llegar (otra cosa es que lo consigan). Sherlock es cada vez más Sherlock. Watson cada vez más… Lucy Watson Liu. Los guiones más originales. Los casos más complicados. Digamos entonces que la serie está a un 50%… Da para mucho más. Pero para engancharse hay que aprovechar esta oferta.

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Pido paciencia para una serie no excepcional, pero sí de las que te hacen pasar un buen rato (¿os acordáis de lo que es esto?) y aunque no niego que hay veces que al protagonista le arrancarías la cabeza (últimamente… ¿a quién no?), merece la pena echarle un ojo y tener una opinión. Por cierto, terminó el lavado. Ahora tengo que tender… mis opiniones. Pero tengo pinzas de sobra.

Revenge: el chándal, normas de uso (y desuso por favor)

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Cualquiera que camine hoy en día por la calle, habrá observado, con sentimientos desiguales, una moda instalada entre los más jóvenes: el chándal. Y digo desiguales, porque mientras que a unos les resulta indiferente, y a otros les entusiasma, a mi me aterra. Esta bendita prenda, nunca muere. Sobrevive a generaciones enteras que la usan como arma de identidad. Permitidme que haga una excepción. Venezuela. Aunque el difunto Chávez, y su heredero Maduro (ay señor), pusieran de moda esta prenda en su país, mi reflexión la sitúo solo en España, que bastante tenemos con lo que tenemos como para exportar pensamientos.

Pues bien, decía lo de la supervivencia del chándal. Yo recuerdo que durante los 90, ya asistíamos a una inquietante invasión cuando los centros comerciales se inundaban de este conjunto. Vamos, un dress code en toda regla. Imprescindible ponerse el chándal para empujar el carrito de de la compra. También se extendió su uso en los viajes. Claro, te subes al avión, y qué mejor que calzarse el modelo chaqueta pantalón para ir cómodo (entiendo que muchos lo harían para defenderse del mal del turista). Señores viajeros, abróchense el cinturón de seguridad… y el chándal. Tampoco nos olvidemos de los sábados y los domingos. Te levantas, te pones “la chándal” (me encanta, así lo llama la madre de una amiga mía), y bajas a la calle a comprar el periódico (si, eran otros tiempos y todavía se compraban) y a tomarte unos vinitos. Con la chándal. Como si se tratara de un deporte. Como si uno viniera de hacer media maratón. ¿El dorsal? El número de vasitos que te has metido al gaznate. Y no olvidar, el momento folcklorica  en chándal conjuntado con abrigo de visón y/o  gafas de sol tamaño plato sopero. Yo aún no me he recuperado. Ah, y del que les obligaron a ponerse a nuestros olímpicos en Londres ¿qué? Yo antes me clavo la jabalina. Leía en un periódico que este modelazo no era para ir a por el oro, era para robar cobre. Impagable.

¿Dónde nace el horror? Pues en Londres, que por cada cosa nueva que exportan, nos endiñan nueve mamarrachadas de juzgado de guardia. Y es que hace unos añitos, nacía allí una nueva tribu urbana. Y si, el uniforme era la bonita prenda. Como todo en Londres, inmediatamente se abrieron bares, clubs, donde se sintieran a gusto (eso si, cuando cerraban una discoteca, aquello parecía la San Silvestre). Y como no podía ser de otra manera, zas, la cosa cruza el canal, y se instala en nuestro país. Y claro, los veinteañeros, la adoptan como una religión. Y partir de aquí, se pasean tan pichis por calles, parques, institutos y universidades, luciendo EL CHANDAL. Combinado con otra moda, la de llevar los pantalones a la altura de la rodilla. Dejando al aire una combinación de cachetes (muy poco trabajados aunque con la crisis, esto está cambiando) y calzoncillo (generalmente de mucho colorido por si no nos habíamos fijado ya, principalmente de lycra, aunque el bóxer de tela también tiene su público). De la composición de la prensa no me atrevo a hablar. No tengo toda la información. Al poliéster se le debería abrir una investigación.

Recuerdo a un becario de mi departamento que venía a trabajar en chándal. Me consumía. Pero pedirle explicaciones me hacía sentir un abuelo. Le pedí a una compañera más cercana a su edad que se lo comentara. Según él, es que después del curro, tenía partido con los colegas. Y claro, qué se pone uno para ir a jugar al fútbol… Porque lo de cambiarse en el vestuario ya no se lleva. Pero este es otro tema que no tardaré en comentar.

Total, que la generación mejor preparada de la historia de nuestro país es la generación peor vestida de nuestro país. Cuando la globalización nos ha traído moda a buen precio, van ellos, y se calzan un chándal de marca que cuesta un riñón. Y no digo yo que no sea por rebeldía, que lo puede seeeeer… Pero ¿no se puede ser joven y rebelde sin chándal? Ya se que no todos lo llevan. No es justo generalizar. Pero su uso está tan extendido que hay que dar la voz de alarma. Juntos, si se puede. Hay que parar al chandalismo (un movimiento tan inquietante como los pendientes de aro donde se puede colgar un loro, las uñas con incrustaciones tamaño mejillón cuyo máximo exponente es nuestra adorada Adele, las botas blancas o las marcas del bikini… ¿cómo se puede ir por la calle con menos ropa que en la playa?)

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Estaremos todos de acuerdo en que lo que llevamos es nuestra tarjeta de presentación. Y no siempre se tiene una segunda oportunidad de causar una primera impresión (cómo me gusta esta frase). De eso saben mucho los creadores de Revenge, el culebrón por excelencia que triunfa en la televisión de Estados Unidos. Inspirado en El conde Montecristo, la serie es la heredera legítima de Dinastía, toda una propuesta de buen gusto, un decálogo del pijismo. Es todo tan hermoso. Las casas (casoplones ajenos la burbuja inmobiliaria), los paisajes (aquí no hay ley de costas), la ropa (Anna Wintour habrá dado su aprobación) y por supuesto, los protagonistas (tan guapos y tan perfectos que quedan bien donde los pongas). Hasta los pobres que salen son guapos y con estilo (esto habrá hecho las delicias de alguna diputada). Cada plano es una página del Vogue (oye, que no digo yo que tengamos que volvernos como ellos pero entre esto y el chandalismo, hay un trecho)…

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Hacía tiempo que nadie apostaba por este género que triunfó en los 80. Hasta que llegó Revenge. Gente guapa, rica, que ríe, llora, ama, sufre, pierde y gana… Personajes sucios (por dentro) llenos de secretos, de mentiras, de pasados oscuros, presentes turbios y futuros inciertos. Protagonizada por la adorable Emily VanCamp (Cinco hermanos) y ambientada en los Hamptons (la zona de veraneo más posh de la aristocracia neoyorquina), la serie es una sucesión de pequeñas y grandes putadas a cargo de este ángel herido contra una familia (estoy seguro que será la serie de cabecera de Tita Thyssen) dominada por una madre que fulmina a golpe de pestaña.

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Ahhh, Victoria Grayson. Matriarca malota donde las haya. Interpretado magistralmente por Madeleine Stowe (nominada a los Globos de Oro), este bellezón, que vivió su máximo esplendor en el cine de los 80 y 90, cayó en las garras de la cirugía plástica, y tras destrozarse (buscar en Google) la cara y posiblemente el alma, decidió dar marcha atrás y recalar en la pequeña pantalla, como muchas otras grandes del cine han hecho cuando Hollywood deja de cantarles el cumpleaños feliz (eso suele ser a partir de los 40). A pesar de alguna secuela (hay planos en los que se le engancha un ojo, o se le tuerce la boca… como un emoticón), la señora luce estupendamente. Y si encima, hace de mala malísima, mucho mejor. Si te animas a verla no olvides lo que te digo. Culebronazo. Del bueno. Prepárate para un repertorio de miradas asesinas, frases antológicas y un estilismo de primera (abstenerse los chandaleros). No es una serie que pasará a la historia, pero vivimos malos tiempos para hacer historia. ¿O no?

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The Good Wife: verdades, cuarto y mitad

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No se si habéis leído últimamente el caso del ministro británico condenado a ocho meses de cárcel por un delito cometido hace 10 años. El muy canalla no tuvo otra ocurrencia que cometer un infracción de tráfico (nada en plan Ortega Cano no se vayan a creer, una cosita menor), y culpar a su mujer de ser la infractora. Resulta que el año pasado, el canalla se lío con su secretaría, y al ser descubierto (con esa imaginación no es de extrañar), se largó de casa y se fue a vivir con la amante, ahora novia (y suponemos que pronto prometida y esposa porque ya se sabe que a los ingleses no les gustan los escándalos y mucho menor vivir en pecado). La esposa claro, hecha un basilisco, pensó: ahora te vas a cagar. Y dicho y hecho, le acusó de mentir. Él dijo que nones, pero cuando te acaban de pillar con la secretaría, la credibilidad está bajo mínimos. Al final, el ministro canalla, en un acto de valentía, declaró que era cierto, que lo sentía y que dimitía. Pero como allí son muy suyos, le dijeron que de eso nada, que de rositas no se iba, que le acusaban de obstrucción a la justicia, y que le condenaban a ocho meses de cárcel. Y a su ex mujer, por cornuda y apaleada, también (entiendo que cada uno ingresará en centro penitenciario porque obligarles a pasar la condena juntos no sería propio de un país tan civilizado como el suyo).

Admirable. Eso es un país del primer mundo. Una justicia como dios manda (de esas que le gusta imponer a Gallardón… cumplir menos). Y un político de los de antes. Aquí tenemos a políticos condenados por robar, por acosar sexualmente a compañeras, por enchufar a familiares, por blanquear dinero de las mafias rusas, de las mafias chinas, de las mafias tibetanas… Y nada. No se van ni agua caliente. Y digo condenados. No encausados, sospechosos… Con-de-na-dos. Pues ahí están. Algunos incluso han vuelto a la política, y ¡han conseguido miles de votos!. Como debe ser. ¿Qué es eso de dimitir por una multa de tráfico? ¿O por copiar en una examen hace 30 años? Nenazas. No merecen dedicarse a lo que se dedican, deben pensar los de aquí (España) sobre los de allí (Europa). Aquí, con el dinero robado, se contrata al mejor bufete de abogados que a su vez tiene excelentes relaciones con jueces y fiscales, y todos juntos consiguen que el condenado prometa no volver a hacerlo nunca más. Para vergüenza de sus vecinos.

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The Good Wife
Benditos políticos, benditos abogados, benditos jueces. Si hay una serie que muestre y demuestre lo mejor y lo peor de estos gremios, esa es The Good Wife, una de las producciones de abogados más brillantes de la historia de la televisión. Protagonizada por una esplendida Julianna Margulies (Urgencias), esta serie convence incluso a quienes detestan la temática. Aquí hay política. Y donde hay política, hay políticos. Y donde hay políticos, hay mierda. Y donde hay mierda, hay abogados. Y donde abogados, hay política… Y así, se cierra un círculo vicioso, absolutamente irresistible para el espectador (que no para el ciudadano).

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La trama es sencilla. Un fiscal del estado condenado. Una esposa humillada. Un antiguo amor de juventud. Un bufete poderoso que lucha por seguir siéndolo. Unos hijos adolescentes. Una suegra a quien sería fácil asesinar. Y mundo perverso y pervertido al que hay que hacerle frente a golpe de traje de chaqueta y taconazo.

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En The Good Wife hay luchas internas, externas, públicas y privadas. Amores y desamores. Puñaladas traperas y de diseño. Relaciones familiares queridas y malqueridas, que ni son relaciones ni mucho menos familiares. Hay intrigas, sospechas y certezas que te rompen el alma. Hay mucho en esta serie. Actores que brillan. Diálogos sobresalientes. Y sobre todo, verdad. Verdad a medias, por enteros, o a cuartos. Pero en definitiva, mucha verdad. O eso dicen los que a menudo mienten. Esa si es una verdad. Pero ¿a quién el importa? Para eso están la buenas series. Para que agraden por igual verdades y mentiras. Ahora se pagan al peso. ¿O es en la vida real?

THE GOOD WIFE

2 Broke Girls: no doy crédito

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¿Qué es la Sareb? ¿Qué es eso del banco malo? Busco en Google y me sale un banco malo es aquella entidad o institución financiera que se encarga de transferir los activos tóxicos de las entidades bancarias, donde se incluyen aquellos fondos de inversiones de pésimas condiciones y que se crearon a partir de hipotecas o créditos a personas con poca solvencia económica, a un Organismo Público que se encargaría de liquidar los pagos. No suena mal (excepto lo de tóxico). Pero si sigo leyendo me encuentro con las primeras alarmas.

Porque los perjudicados somos los contribuyentes. Cachiiiisss. Otra vez. O sea, que la mala gestión de una pandilla de torpes (por no llamarlos delincuentes… todavía, lo mismo me animo), inútiles y anormales directivos de bancos y cajas, la pagamos los de siempre.

Los más optimistas dicen que al quedar limpios de la mierda que ellos mismos cultivaron con esmero entre puro y puro y comilona y comilona, las entidades tienen dinero fresco y pueden dar créditos a personas solventes (si alguien conoce a alguna que levante la mano). Entonces, si no lo entiendo mal, el Estado, con nuestros impuestos, les ha quitado los préstamos e inversiones chapuceras (dignas de cadenas perpetuas sin revisión). Vaya. Entonces se les ha hecho una dación en pago. Me quedo con tu piso, no me debes nada y encima te doy una pasta. Y aquí me pregunto: ¿nos hemos convertido los contribuyentes en bancos que da créditos a bancos…? Pues entonces, ¿les hemos pedido avales? ¿últimas nóminas? ¿fotocopias del DNI? ¿estudio de viabilidad? Ahhh, que me dicen que no. Aquí, si tu eres una caja, llamas al Gobierno, y le dices: hola buenas, que soy el de la caja. Estamos en la ruina total… No hay problema. Rellene ese formulario y díganos cuantos miles de millones necesita. En 24 horas lo tendrá disponible para pagar sueldazos, dietas y jubilaciones. Gracias por venir. ¿Un caramelito?

No digo que me hierva la sangre porque creo que ya no me queda. La perdí cuando me echaron de la empresa en la que me dejé la piel los últimos 15 años. Cuando firmé el finiquito te obligaban a una transfusión por si te llevabas algo de la oficina. La perdí también cuando tras sufrir un atropello estuve casi ocho horas esperando en suelo de unas urgencias saturadas por los recortes. La pierdo cada vez que espero y espero y espero a que un metro o un autobús me hagan el favor de pasar. O cuando veo cómo esa maravillosa ley de dependencia se ha tirado a la basura porque los que mandan, tienen dinero para cuidadores que atiendan a sus mayores…

No doy crédito. ¿En qué país vivimos? Porque en este no quiero vivir. Prefiero hacerlo en el que recrea una impecable serie de humor llamada 2 Broke Girls (emitida en España por TNT con el título Dos chicas sin blanca). La vida de dos camareras de un pequeño restaurante de Brooklyn me hace reir (y no digo yo que en Brooklyn no tengan los suyo). Me hace sonreir. O simplemente me hace.

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Como en toda buena sitcom, y esta lo es, no pueden fallar unos diálogos ácidos, inteligentes, actuales, siempre con doble sentido (me cuesta pensar en cómo lo resolverán en el doblaje al castellano), con un puntito picante, como dirían las abuelas, y por supuesto, con un grupo de secundarios a los que les daría una serie entera, vamos, un spin off.

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En el restaurante en el que conviven tenemos un dueño coreano, un cocinero ucraniano, una vecina polaca y un cajero afroamericano. Todos ellos actores y personajes únicos, divertidos, impagables, que acompañan a nuestras dos camareras: una morena de curvas peligrosas cuya vida ha sido todo menos fácil, y a una rubia pija, arruinada y cuya única recuerdo de su época de esplendor son unos altísimos Jimmy Choo… y un padre en la cárcel al más puro estilo Madoff.

Quizá no tenga la brillantez de Modern Family, pero 2 Broke Girls es la heredera de grandes comedias como Friends, Will & Grace… Y sobre todo, para estos tiempos que corren, yo no conozco mejor antidepresivo. ¿Hacen falta más razones?

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Llama a la comadrona: a corazón abierto (y sin anestesia)

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Estaba yo el otro día en la sala de espera de un hospital. Privado (qué queréis, me comieron la oreja y les dije que si). No podía dejar de mirar a quienes me rodeaban. Una pareja que rondaba los 50 (más bien eran los 50 quienes rondaban a la pareja), junto a una niña en silla de ruedas con una pierna partida por 27 partes. Otra pareja más. De origen latino.  También con niña aunque en esta ocasión era la madre la que necesitaba los servicios médicos. Concretamente en un brazo. Un joven vestido de negro, con una extraordinaria mirada verde, tan extraordinaria como perdida. Una joven madre junto a su hija pequeña a quien trataba de entretener mostrándole videos en su móvil. Dos señores de edad avanzada pero de esos a los que se lanzan piropos como “que bien estás para tu edad”.  Una gentileza tipo “no eres tan fea como me habían dicho”.  También había un matrimonio de edad mayor. Muy mayor. Ella tenía que ser ingresada. Pero el hijo no tenía claro si ese hospital era el adecuado. ¡No tenía parking! Finalmente una familia al completo: padre, madre, hija e hijo. Desconozco quién de ellos necesitaba la ayuda médica que esperábamos, porque ninguno tenía aspectos de necesitar ayuda alguna.

Les observé. A todos. Y les observé mucho porque soy nuevo en esto de la sanidad privada. Y tenía curiosidad. Mucha curiosidad por saber cómo era la clientela de la sanidad privada. Y la verdad es que no era lo que yo esperaba. No se. Pensaba que iba a encontrarme como en el salón de te del Palace. Y no. No nos equivoquemos. En esa sala, en una encuesta sobre intención de voto, el PP se hubiera hecho con el 100%. Pero ¿gente de dinero? No necesariamente. Y lo digo porque si en este país hay un momento en el que nos arreglamos, es cuando nos visita el médico. Y si lo que yo vi era todo lo que podían arreglarse, algo falla. O la crisis realmente está arrasando a la gente pudiente, o a la sanidad privada se está apuntando todo el mundo como si sortearan viajes cada mes.

¿Y por qué alguien se apunta a algo por lo que tiene que pagar nuevamente? (conviene recordar que la sanidad se paga con los Presupuestos Generales del estado, esto es, cada vez que uno compra una barra de pan, se toma una caña, o habla por el móvil). No me atreví a preguntárselo a ninguno de mis observados. Dicen que la sanidad pública pierde dinero (y el Congreso de los Diputados y de esto no se dice ni una palabra). Pero que milagrosamente en cuanto cae en manos privadas gana. Nadie tiene datos. Pero lo saben (esto es fe y no lo de la paloma, el espíritu santo…). ¿Tenemos que sospechar entonces de los gestores públicos de dichos hospitales?. ¿O quizá la palabra privado tiene un poder curativo sobre la población que hace que no enfermemos? Tiene que ser esto. De lo contrario podríamos pensar que algunos políticos están aprovechando la crisis para desmantelar lo que hemos pagado todos durante años con nuestros impuestos para dárselo a amigos/conocidos/familiares. Pero esto sería ilegal. Y todos sabemos el respeto que tienen nuestros políticos a la ley. O sea que no. Que es el poder curativo del término privado. Y buscando en la RAE el significado de la palabra privado, me sale esto:

1. adj. Que se ejecuta a vista de pocos, familiar y domésticamente, sin formalidad ni ceremonia alguna.

2. adj. Particular y personal de cada individuo.

3. adj. Que no es de propiedad pública o estatal, sino que pertenece a particulares. Clínica privada

4. adj. Can. Muy contento, lleno de gozo. ESTAR privado

5. m. Persona que tiene privanza.

6. f. retrete (‖ aposento).

7. f. Plasta grande de suciedad o excremento echada en el suelo o en la calle.

No se con cual quedarme. ¿La 7 quizá? La 3 tiene guasa eh? De la 6 no mejor no hablamos. Reflexionemos. Y mientras lo hacemos, chutemonos por vena Llama a la comadrona (Call the midwife), una deliciosa serie de la BBC británica, basada en las memorias de la comadrona Jennifer Worth, cuya publicación supuso un fenómeno literario con más de un millón de ejemplares vendidos. Aclamada por la crítica y por el público, Llama a la comadrona ha supuesto el mayor éxito de la cadena pública británica desde 2001, con una audiencia de más de 10 millones de espectadores.

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Lo que más llama la atención de esta serie es cómo se puede crear belleza donde no la hay. Porque yo soy de los que creen que un parto tiene de todo menos belleza (incluso en la propia serie se dice que un parto no tiene nada de dignidad). Porque está ambientada en el East End de Londres en los años 50 (o lo que es lo mismo, es un miserable barrio dejado de la mano… de los políticos). Porque los personajes son feos, visten mal, viven en casas espantosas… Entonces, ¿dónde puñetas está la belleza? Pues en la historia, real (lo cual inquieta más), sencilla y directa. Menos es más. Más es lo de menos.

CALL THE MIDWIFE CASTJenny Lee, una joven enfermera de clase acomodada, llega casi sin saber a un pequeño convento de monjas que atiende los partos de las mujeres más pobres de la zona. Esto es lo que hay. Sin disimulos. La mugre que invade sus hogares (y sus vidas) es tan protagonista como las propias comadronas o las monjas que habitan el convento. Monjas que han perdido (o mejor arrojado voluntariamente) el acto de juzgar. Monjas que viven y sirven a su comunidad con un dedicación envidiable (no se porqué pero me temo que Rouco Varela no tendrá esta serie entre sus favoritas). Tampoco la ministra Ana Mato será una de sus incondicionales (ella sería capaz de instaurar el copago a las parturientas). Porque aquí hay un defensa incondicional de la sanidad pública.

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Dos cosas más. Uno. No es una serie solo de mujeres. Eso sí, tampoco me veo yo sentados a esos machitos que esperan el nacimiento de sus hijos en el bar del hospital con una copa de anís entre pecho y espalda.  Dos. ¿Hay lágrimas? Faltaría más que no las hubiera. Pero son lágrimas para todos los gustos. De rabia. De pena. De alegría. De odio. De impotencia.

Dos últimas recomendaciones. En su versión original (siempre recomendaré la versión original de todo lo que caiga en mis manos), una hermosísima voz en off (una Vanessa Redgrave en la cima de su carrera) nos pasea por las vidas insignificantes de personajes que malviven porque es más barato que morir. ¿He dicho insignificantes? Ya nos gustaría a la mayoría tener la mitad de valentía, coraje y fuerza que demuestran cada una de las madres que dan a luz sin anestesia. Aquí la epidural es el bebé que está a punto de nacer. Y la última. Saquen el shazam porque la banda sonora es un irresistible viaje en el tiempo por los éxitos de los 50.

Con una primera temporada de tan solo 6 episodios (más uno especial ambientado en Navidad), su rotundo éxito ha propiciado una segunda. Y mucho me temo que habrá serie hasta que se acaben las historias contadas por su protagonista real. Una mujer fascinante (y fascinada) que terminó siendo una pianista de éxito, y que murió el pasado año, justo unos meses antes del estreno de la serie. Esté donde esté, mirará orgullosa mientras seguro que aun espera que alguien llame a la comadrona.

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The Following: Tic Tac Tic Tac

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En un país donde el nivel de escándalos supera cualquier novela de John Le Carré, no es de extrañar que los ciudadanos (nosotros) tengamos que cribar información por el bien de nuestra (cada vez más escasa) salud mental. Y claro, hay algunos muy gordos que sin embargo pasan casi desapercibidos. Como los desastres naturales por ejemplo. Pero es que no damos abasto.

Ante esto, la profesión de periodista se especializa hasta el rídiculo. El que quiere saber, el que quiere investigar, el que quiere ser tertuliano (a pesar de las amenazas de Montoro contra el gremio). En definitiva, el que quiere ser más famoso que el famoso de quien habla (y luego se metían con los periodistas del corazón). Por un puñado de euros, se vende madre, marido, hermana, socio, compañero de partido… ¡Que me lo quitan de las manos! Y claro, la prensa se ha tirado a la piscina haya o no haya agua (primero va el becario). Se busca escándalo. No se necesitan referencias. Pago al contado. En negro. No se exige que sea verdad.

Uno de los penúltimos en estallar ha sido el caso de espionaje en Cataluña. Parece ser que una agencia de detectives llamada Método 3 (incluso investigó la desaparición de la pequeña Maddie) espiaba a los políticos de allende los calçots, más que una madre el Facebook de su hijo adolescente.

No voy a aburriros con la historia porque esto es como una película de espías pero de aquí. O sea, pelín cutre. Micrófonos en floreros (por favor), un céntrico restaurante de Barcelona convertido en el meeting point (pero pero pero…) de espías y espiados, y unos personajes indignados con la boca pequeña porque aquí está metido hasta Coby.

Pero es todo taaaaan casposo, que no da ni para una tv movie. En Estados Unidos por ejemplo, se hacen películas y series del caso más insignificante (véanse las sobremesas de Antena 3, sábados y domingos). Aquí no podemos. ¿Os imagináis una serie basada en Bárcenas? Digo serie porque es imposible resumir 30 años de “presuntos” robos, comisiones ilegales, sobres, viajes a Suiza, etc… No digo yo que TV3 no se lo haya pensado. Pero no. No son ellos de dramatizar tanto (y mucho menos si su casta política queda por los suelos).

Por supuesto me niego a considerar los intentos bochornosos, llamados biopics, de la Pantoja, La Dúrcal, la Duquesa de Alba o los Príncipes de Asturias, meras excusas para dar carnaza a los programas de vísceras, cuando estos andan escasos de contenidos. No. No tenemos ni costumbre ni tan siquiera casos que sirvan para una buena serie. ¿Una pena? Lo sería si no tuviéramos de qué hablar, pero lo malo es que tenemos para poner un mercadillo. Y quizá ese sea el problema, que son poco sofisticados.

Total, que en lugar de estar hecho unos zorros, me siento la mar de bien. Zapatero a tus zapatos (léase como cada uno quiera). Para buenas historias de espías, ya tenemos a los americanos. Y eso que ahora están superestresados. Porque el altísimo nivel alcanzado por la ficción televisiva en los últimos años ha supuesto un arma de doble filo para sus creadores. La exigencia es tal que muchas de las nuevas propuestas, de esas que se denominan “la serie de la temporada”, apenas consiguen durar unas semanas en antena. Asistimos a un nivel de cancelaciones que casi asusta (especialmente a las cadenas de televisión aunque con la que está cayendo, ya me dirás tu qué problema).

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The Following nacía con esa etiqueta, y aunque en Estados Unidos no ha sido el pelotazo que se esperaba, se ha crecido semana a semana, con picos de casi 12 millones de espectadores y la confirmación de una segunda temporada. ¡Bien!. Y es que la serie protagonizada por Kevin Bacon tiene elementos para triunfar.

La lucha (dialéctica) entre el policía atormentado y el psicópata cultivado (con acento británico como es habitual en Hollywood), se convierte en una poderosa trama que te mantiene pegado al sofá. Peligro. Alta tensión.

The-Following MALOSin ser un producto extremadamente original (sus creadores no quieren o no pueden disimular su devoción por El silencio de lo corderos), todos los componentes de la serie funcionan como un reloj suizo (lo digo sin segundas), un reloj que emite un poderoso tic tac, que previene al espectador de que algo va a estallar, pero sin pistas de cuándo, cómo, dónde…

Con un extraordinario Kevin Bacon, en su primera incursión en la pequeña pantalla, y un reparto brillante gracias a unos guionistas quizá un poco amordazados, The Following tiene recorrido. Mucho. Especialmente si los responsables se vuelven un poco más ‘malotes’ de lo que están siendo, y dejan que la historia sea un ‘pelín’ más oscura, más perversa, Será entonces cuando podamos hablar de una de las grandes apuestas. Y sin duda, podría ser, la serie de la temporada.

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Imprescindible su banda sonora. Cada episodio termina con un temazo que sirve de pomada ante tanta herida abierta. En el episodio 7, por ejemplo, hay que subir el volumen del televisor y rendirse cuando suena If I Had a Heart de los Fever Ray.

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Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 21.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 8 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Un territorio fuera de serie… por Javier Ateca

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